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Relatos Ardientes

Deseé a ese chico cuando ya se estaba yendo

La idea no fue mía del todo. Empezó como una incomodidad, después una urgencia, y al final una certeza que no me dejaba dormir.

Daniel llevaba semanas preguntando por Lucía. No de frente. Lo hacía de costado, mirando el techo de la habitación del hospital, como quien tantea un terreno que no se atreve a pisar.

—¿Crees que esté bien? ¿Sigue saliendo a correr por las mañanas? —soltaba, fingiendo que era simple curiosidad.

Yo sabía que mi hermano quería verla. También sabía que ya no se sentía con derecho a pedirlo.

La busqué un jueves, a la salida de la facultad. Lucía estaba en la misma banca de siempre, con un café que ya debía estar frío entre las manos. Cuando me vio, la cara se le iluminó y enseguida se le apagó, como si entendiera de golpe que mi visita no era casual.

No le hablé de diagnósticos ni de pronósticos. Le hablé de él. De cómo preguntaba por ella con insistencia. De cómo seguía haciendo planes con un futuro que ya casi no le pertenecía.

—Quiere verte —dije al final—. Pero no se anima a pedírtelo.

Ella miró al cielo un rato largo. Después se abrazó a sí misma, como buscando un consuelo que llevaba tiempo esperando.

—Yo nunca me alejé —murmuró—. Solo no sabía si él quería que siguiera ahí. Y lo conozco: cuando dice que está bien es cuando más necesita que alguien se quede.

Ahí entendí que no bastaba con llevarla al hospital. Daniel no necesitaba una visita. Merecía algo que no oliera a despedida, algo que le devolviera, aunque fuera por una noche, al hombre que todavía recordaba ser.

***

No hicimos nada exagerado. Un par de luces pequeñas, colocadas con más cuidado del necesario. Un mantel sobre la mesa de metal para tapar lo que no se podía esconder. Flores que alguien trajo sin que yo supiera de dónde. Una bocina escondida entre bolsas, como si también ella tuviera que pasar desapercibida.

Mis padres se sumaron sin preguntar por qué, solo cómo. También una enfermera que ya conocía a mi hermano mejor que medio mundo, y un camillero que por una vez quiso ser parte de una historia que no terminara mal.

Cuando entramos todos juntos, Daniel frunció el ceño.

—¿Qué es todo esto? —preguntó, desconfiado.

—Tu graduación —dije—. Se adelantó un poco. Ya casi estabas listo.

Se rió, con una nostalgia que no alcanzó a esconder con sus chistes. Le pusimos un saco encima de la bata del hospital. Le quedaba enorme.

—Me veo ridículo —dijo, mirándose.

—Te ves guapísimo —corrigió mi madre, sin dudar.

Y entonces entró Lucía.

Daniel se quedó sin palabras por primera vez en mucho tiempo. Abrió la boca, la cerró, lo intentó de nuevo.

—¿En serio estás aquí? —balbuceó.

Se abrazaron. Un abrazo largo, profundo, de los que intentan recuperar meses en un solo gesto. Los dejamos solos. Adrián y yo nos quedamos en la puerta, medio escondidos, sin querer interrumpir nada.

Desde ahí los vimos. La risa de Lucía se fue apagando despacio, hasta volverse llanto. Daniel le limpió las lágrimas con esa torpeza suya de no querer abrumar. Ella tomó una flor de la mesa y se la acomodó en el saco, alisándole la tela con las manos, mirándolo a los ojos como si el gesto pudiera sostener cualquier cosa.

La música empezó bajita. Mi hermano se levantó con esfuerzo y la tomó de la mano. Bailaron lento, torpe, como si el mundo hubiera decidido ir más despacio solo para ellos.

No era solo un baile. Era despedida y celebración a la vez. Todo lo que no pudo ser, siendo por fin un poco.

Sentí un nudo en la garganta que no era tristeza pura. Era alivio. Como si esa noche Daniel también hubiera firmado su tregua. No con la muerte, sino con lo que aún podía ser.

Adrián me miró entonces, con ese gesto suyo de decir demasiado sin decir nada. No me tomó la mano. Pero fue como si lo pensara.

***

Días después acompañé a mi padre a su oficina. Nunca había ido; ese lugar siempre lo ocupó Daniel, el hijo que sabía sonreír en el momento justo y estrechar manos sin sudarlas.

Lo vi ahí, rodeado de trajes finos y relojes caros, cumpliendo con un mundo que jamás fue su sueño. En el almuerzo nos escapamos a una fonda y me dediqué a destrozar verbalmente a cada socio que habíamos visto. Él se reía bajito, esa risa que no hace ruido pero es de verdad.

—Perdóname, hijo —dijo de pronto, dibujando círculos con el dedo en su taza—. Si por mí fuera…

No terminó la frase. No hacía falta. Mi padre nunca habló de lo que sentía; lo sostenía. En el vaso de agua que aparecía en la mesita. En la luz del pasillo que dejaba encendida para que no nos diera miedo levantarnos de noche. En estar, incluso cuando parecía que no estaba.

Le tomé la mano, grande y áspera, y la apreté. No dijo nada. No hacía falta.

***

A Iván lo encontré una tarde en los jardines de la facultad, donde yo iba a esconderme cuando todo me alcanzaba. Saltó sobre mí para asustarme, como siempre, pero esta vez algo en él estaba apagado.

—Vine a despedirme —dijo, dejándose caer en el pasto. Encendió un cigarro mal armado y miró el cielo—. Mi viejo nunca fue nadie importante. Todo lo que les conté era pura mentira. Tenía cáncer de pulmón, en ambos pulmones. Le gustaba demasiado fumar.

Soltó el humo despacio. Su familia estaba harta de él, de sus líos; hablaban de mandarlo lejos, a empezar de cero en otra ciudad.

—No vine a disculparme contigo —siguió—. Vine por Tobías.

Eso me dolió más que todo lo anterior. No como un golpe, sino como algo que se queda atorado.

—Él sí te quiere. De verdad —dijo—. ¿Te acuerdas que te conté que me había acostado con él? Pues mentí. Una noche estábamos borrachos, me lancé hacia él y me frenó. Con respeto. Dijo que ya estaba enamorado de alguien más, que todavía era confuso, pero que algo en cómo se sentía con esa persona empezaba a darle claridad.

No lo nombró. No hacía falta. Supe que hablaba de mí.

Todo se acomodó de golpe adentro, y dolió. Pensé en mis rechazos, en las veces que quise creer que Tobías solo era un problema. Y por un segundo —uno solo— pensé que, si Adrián no hubiera aparecido, tal vez Tobías habría sido suficiente. Eso me asustó.

—¿Sabes lo que es la resiliencia? —preguntó, ya más tranquilo—. Yo la aprendí cuando murió mi viejo. La gente cree que lo peor es la muerte. No lo es. Es todo lo que se rompe antes, y cómo te va rompiendo a ti también. Y aun así sigues queriendo, sigues sintiendo. Tú ya eres eso, aunque no lo sepas. Yo no supe. No sé en qué momento me perdí.

Se levantó y se sacudió el pasto de la ropa.

—Eres afortunado, aunque ahora no lo parezca. Hay alguien dispuesto a ponerse frente a ti siempre que haga falta.

Se fue. Por primera vez lo vi con otros ojos.

***

Con Adrián todo se había vuelto medido. Con los demás reía fuerte, se soltaba, era genuino. Conmigo se contenía, como si cuidara cada movimiento, como si midiera el peso de estar ahí.

Una noche estábamos solos en casa. La televisión encendida sin que ninguno la mirara. Se acercó y me besó, y yo respondí, porque el cuerpo sí quería, porque el calor seguía ahí, porque todavía era él.

Sus manos bajaron por mi espalda y me subió la camiseta despacio, con la boca tibia recorriéndome el cuello. Lo dejé hacer. Sentí su peso encima, el roce de su piel contra la mía, su respiración entrecortada chocando con la mía en la penumbra. Por un momento fuimos solo eso: dos cuerpos buscándose, sin nada más complicado de por medio.

Pero algo en mí no me dejó seguir. Me tensé apenas, lo justo para que él lo notara. Adrián se detuvo. No se apartó de golpe; esperó, con la frente apoyada en la mía.

—¿Qué pasa? —dijo, bajo.

—No puedo así —murmuré—. Como si todo estuviera bien cuando siento que está sostenido con alfileres.

Se sentó en el borde del sillón, los codos en las rodillas. Se pasó las manos por la cara, como ordenando algo por dentro antes de decirlo en voz alta.

—Cuando estoy contigo las cosas se sienten más simples —dijo, casi sorprendido de decirlo—. Y eso me gusta. Por eso me quedo.

Ahí estuvo. No en lo que dijo, sino en lo que no. Se levantó despacio, tomó su chaqueta y salió a dar una vuelta. Antes, eso me habría dolido, me habría hecho sentir elegido a medias. Esa vez sentí alivio, y debajo, una tristeza nueva.

La verdad la entendí unos días después, en el hospital. Daniel estaba de buen ánimo, de esos días en que hablaba más y se quejaba menos.

—Tú y Adrián se hicieron bien cercanos, ¿no? —dijo, sin intención—. Me da gusto. Por eso me da cosa que se vaya.

Sentí algo raro en el pecho.

—¿Que se vaya? —pregunté.

Frunció el ceño, más sorprendido de que yo no lo supiera. Adrián tenía todo decidido desde antes de que mi hermano enfermara: su padre le había ofrecido irse con él a otra ciudad, una vida ya armada esperándolo. Estudios, familia, futuro.

—Pensé que te lo había dicho —murmuró Daniel.

Dentro de mí pasó lo mismo que el día del diagnóstico. Ese ruido, como si alguien tirara algo muy pesado en mi cabeza. Todo encajó solo: las pausas de Adrián, las veces que evitó hablar del futuro, las veces que dijo «luego vemos», las veces que estuvo conmigo pero con un pie afuera.

No era miedo a decidir. Era que ya había algo decidido. Yo había sido el paréntesis.

***

Esa semana, Tobías y yo quedamos en la biblioteca para terminar un trabajo que ya solo me importaba a medias. Llegó con todo más avanzado de lo que esperaba. Eso también dolió, no porque estuviera mal, sino porque estaba bien, ordenado, claro, mientras yo no lograba poner una idea detrás de otra.

—Te ves cansado —dijo, y buscó en su mochila un chicle aplastado, de esos que uno guarda sin pensar para después—. Me sobró.

Ese gesto mínimo casi me hizo llorar. Fue por agua, regresó sin prisa, y nuestros dedos se rozaron apenas al pasarme el vaso.

—Si hoy no traes cabeza, lo dejamos para mañana —ofreció.

—Nomás… acompáñame —pedí—. No me preguntes nada. No intentes arreglar nada. Solo quédate un rato.

No sonrió ni dijo «claro» enseguida. Solo movió su silla un poco más cerca, sin tocarme.

—Aquí estoy. Avanza cuando puedas.

Escribí mal, lento, como si cada palabra pesara de más. Y entonces, sin pensarlo, me incliné y apoyé la cabeza en su hombro. No como antes, no buscando nada. Solo dejándome caer.

Su cuerpo se tensó un segundo. Después no. No me rodeó ni me apartó. Se quedó. Sentí su respiración pareja, tranquila, y un calor distinto subiéndome por el pecho, mezcla de culpa y de ganas que no me atreví a nombrar.

Pensé, sin querer, que tal vez no eran los brazos correctos, que no era justo para nadie. Pero algo en mí llevaba días sobreviviendo sin estar vivo del todo, y necesitaba no estar solo.

—Aquí estoy —repitió, casi sin voz.

Cerré los ojos. No lloré. Me quedé ahí, sintiendo su hombro firme bajo mi mejilla, sabiendo que me sostenía de algo que no me pertenecía, pero que por ahora era lo único que evitaba que me cayera del todo.

Guardé mis cosas y salí de la biblioteca sin mirar atrás. No porque ya hubiéramos terminado. Sino porque todavía no se sentía como un final.

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