El viejo del parque me llevó a un sendero a oscuras
Aquella noche no encontraba a nadie. Había escrito a dos contactos y ninguno respondía; los perfiles de la aplicación se quedaban quietos, sin un solo movimiento, y el calor de marzo dentro del cuarto solo me ponía peor. Llevaba toda la tarde con la verga dura, esa dureza necia que no se va con nada y que duele si uno no descarga.
Salí a la calle pasadas las once. Caminé sin rumbo unas cuadras y los pies decidieron por mí. Sabía bien el camino: hasta el parque del Prado, ese rectángulo de árboles viejos que recorta el centro de la ciudad y que de noche cambia de dueños. De día lo cruzan jubilados y madres con cochecitos. De noche, otra gente.
El parque estaba más silencioso que de costumbre. Las farolas alternaban encendido y apagado, dejando tramos enteros a oscuras. Recorrí los senderos exteriores, después los interiores, después la zona de los baños cerrados. Nada. Un tipo dormido en un banco. Un perro flaco. La luz azulada de un teléfono detrás de unos arbustos que se apagó en cuanto pasé cerca.
Una vuelta más y me vuelvo a casa, me dije.
Entonces lo vi. Venía por el sendero principal, sin prisa, con las manos cruzadas a la espalda. Un hombre de unos sesenta años, con la camisa por fuera y un pantalón claro que se le veía hasta en aquella penumbra. Caminaba despacio, mirando entre los árboles. Lo reconocí en el acto: yo había hecho ese mismo paseo decenas de veces.
Me adelanté al árbol más cercano y, sin mucho disimulo, me saqué la verga. Hice como que meaba contra el tronco. La tenía ya casi dura, era difícil disimular. El viejo llegó a mi altura y se quedó parado a tres pasos, mirando. No dijo nada. Yo tampoco. Aguanté unos segundos eternos, sacudiéndola con la mano izquierda como si todavía estuviera meando.
Él miró el sendero por el que había venido. Miró a los lados. Volvió a fijar los ojos en mi mano. Yo le sostuve la mirada, esperando a que diera el paso. Pero no se decidió. Tras un rato largo, soltó un suspiro corto y siguió andando.
Guardé la verga, me tomé un par de segundos y eché a caminar tras él, a unos quince metros. Si no quería allí, quizá quisiera más adelante. Era una vieja partida que conocía bien.
El viejo se daba vuelta cada veinte o treinta pasos para verificar que yo seguía detrás. Cada vez que giraba la cabeza, yo aflojaba el paso para no asustarlo. Cruzamos la salida sur del parque, después la avenida Marítima —desierta a esa hora salvo por un taxi vacío— y enfilamos por la calle de los Tilos. Yo ya intuía adónde iba.
Al final de la calle había un descampado largo, una franja de tierra y matorrales que la municipalidad nunca había terminado de urbanizar. Antes era parte del parque viejo; ahora era una zona muerta entre dos barrios. De día pasaba algún corredor. De noche, casi nadie.
El viejo se metió por el camino de tierra, avanzó unos cuarenta metros y se detuvo a la altura de una mata espesa que ocultaba el costado del sendero. Se volvió y me esperó. Esta vez no había duda. Llegué junto a él, despacio, sin decir palabra. La luna sacaba apenas un brillo de las hojas. Más allá, en el fondo, se oía el zumbido lejano de la avenida.
Volví a sacarme la verga. Esta vez no fingí. La tenía dura otra vez, durísima de la caminata y de la espera.
—Tienes un buen pedazo —dijo en voz baja.
—Llevo toda la noche así —respondí.
Se acercó otro paso y me la agarró. Tenía las manos calientes, los dedos firmes; sabía perfectamente lo que hacía. Empezó a sacudírmela con un ritmo lento, casi pedagógico, mientras me miraba a los ojos.
—Andas bien caliente, ¿eh? —dijo.
—Mucho.
—Se nota.
Soltó la verga el tiempo justo para desabrocharme el cinturón, el botón, el cierre. Me bajó el pantalón y el bóxer hasta los tobillos de un solo movimiento. El aire frío me golpeó las piernas. Llevó las manos al pecho, las metió por debajo de la remera y me pellizcó los pezones con dos dedos; no fuerte, pero suficiente para que se me cortara la respiración.
—Estás caliente como una perra —murmuró.
Se inclinó y me besó. No fue un beso cuidadoso. Me metió la lengua hasta el fondo con un movimiento decidido. Olía a tabaco y a una colonia vieja, demasiado dulce. Lo dejé hacer. Lo necesitaba.
Sin despegarse mucho, fue bajando por el cuello, por la clavícula, por el vientre, hasta arrodillarse. Tenía sesenta años y se arrodilló como si tuviera veinte. Me agarró los testículos con la mano izquierda y se metió la verga en la boca sin tantear. La tragó hasta donde pudo y empezó a chupármela con ganas, sin pausa, marcando él el ritmo.
—Te gusta, ¿no? —dijo entre chupada y chupada.
—Sí —respondí, casi sin voz.
Me soltó los testículos y me llevó la mano izquierda por detrás. Con un dedo me fue buscando el agujero. Cuando lo encontró, lo presionó despacio y, sin previo aviso, lo metió hasta la primera falange. Me arqueé. Solté un suspiro largo.
—Te gusta, te gusta —repitió, ahora con sonrisa en la voz—. Andas caliente, maricón, andas muy caliente.
***
Se incorporó y se desabrochó el pantalón. Se sacó la verga por la bragueta. No era enorme, pero estaba durísima, casi violeta en aquella luz mala. Me llevó la cabeza hacia ella con una mano en mi nuca.
—Ábrela —dijo—. Chúpala bien.
Abrí la boca y la metí. Tenía un gusto fuerte, salado, viejo. Se la chupé despacio: primero la punta, después más profundo, dejando que él marcara el ritmo con la mano en mi nuca. Con la otra mano busqué sus testículos por la abertura del pantalón, se los saqué y se los acaricié mientras seguía chupando.
Fue en ese momento cuando oímos los pasos.
Venían por el camino de tierra, lentos. Yo levanté un poco los ojos sin sacar la verga de la boca. El viejo apretó la mano en mi nuca para que no me moviera. Por entre las hojas vi a un muchacho de no más de veinticinco años, con una mochila al hombro y una camisa abierta sobre una remera negra. Volvía del trabajo, pensé. Había agarrado el atajo del descampado y se nos había aparecido encima sin querer.
Se quedó parado a unos cinco metros, mirando. No huía. No avanzaba. Solo miraba.
—Me vino siguiendo desde el parque —le dijo el viejo, como si me presentara—. Anda bien caliente. Mira cómo no me suelta la verga.
El muchacho dio dos pasos. Se acercó hasta quedar al borde de la mata, donde yo lo veía bien por el rabillo del ojo. Tenía las cejas levantadas, no de susto sino de sorpresa. Empezaba a respirar más fuerte.
—Si quieres, dale por el culo —dijo el viejo—. Mira el agujero que tiene. Le tocas y abre. Anda, dale al maricón.
El muchacho se acercó otro paso. Me posó la mano en el costado, después en la nalga, después la deslizó hacia el medio. No tenía mano de chico nuevo. Sabía dónde tocar. Me apretó las nalgas, las abrió un poco con los pulgares y después las soltó.
—Está bien dispuesto —murmuró.
—Llévatelo —dijo el viejo—. Yo lo entretengo arriba.
Oí el sonido del cinturón, después el del cierre. El muchacho se bajó el pantalón hasta los muslos, lo justo. Se escupió la mano dos veces, se la pasó por la verga y se acercó a mi culo. Yo no lo veía, pero lo sentía. Me apoyó la cabeza en la entrada y empujó, lento al principio.
Después no tan lento.
Cuando me la enterró del todo, el viejo aprovechó la sacudida y me hundió la suya hasta el fondo de la garganta. Me atraganté. Tosí con la verga adentro. Las lágrimas me subieron a los ojos y me corrieron por las mejillas.
—Joder, casi le arrancas los huevos con esa estocada —se rió el viejo—. Le pasaste hasta la campanilla.
El muchacho me agarró por la cintura con las dos manos. Empezó a moverse, primero con embestidas medidas, después cada vez más rápidas. Yo tenía la verga del viejo en la boca, atragantado todavía, y la del muchacho abriéndome paso a paso. Los oídos me zumbaban.
—Tiene el culo caliente —dijo el muchacho, casi para sí—. Caliente y apretado.
—Está bien dotado, fíjate —le contestó el viejo.
El muchacho me llevó una mano por debajo del vientre y me agarró la verga. La tenía durísima, mojada en la punta. Me la sacudió un poco mientras seguía cogiéndome. Yo solté un quejido contra la verga del viejo, que me apretó más fuerte la nuca.
—Quieto —dijo el viejo—. Traga.
Plas, plas. La pelvis del muchacho contra mi culo. El golpeteo seco. El viejo embistiéndome la boca a un ritmo distinto, más caprichoso, más errático. Yo no era nada en ese momento. Era un agujero arriba y un agujero abajo. Y nunca había estado tan tranquilo.
***
El viejo se vino primero. Lo supe porque dejó de hablar. Empezó a respirar con la boca abierta, en sacudidas cortas, y de repente me hundió la verga hasta donde pudo y la mantuvo ahí. La sentí palpitar contra el paladar. Me llenó la boca de un golpe. No me dejó sacarla. Me apretó la nuca y me obligó a tragar todo, mientras decía cosas que yo apenas entendía.
—Traga, maricón, traga. Toda. Toda.
Tragué. No tenía otra opción y, además, no quería tenerla.
Cuando por fin sacó la verga, el muchacho seguía cogiéndome. Ahora más despacio, con embestidas profundas, casi de planeo. La pelvis se le quedaba pegada a mi culo unos segundos cada vez. Estaba cerca, lo notaba en la respiración.
—Aaah —gimió—. Aaah, ya.
Me sostuvo por las caderas con las dos manos, hundió la verga hasta el final y empezó a temblar. La descarga la sentí adentro, en pulsos. No paró de moverse durante un par de segundos más, lento, como exprimiéndose. Después se quedó quieto, con la frente apoyada en mi espalda, respirando fuerte.
—Ahora vos —dijo en voz baja, y empezó a sacudírmela por debajo.
No tardé mucho. Llevaba toda la noche así, y entre la verga adentro y la mano del muchacho afuera, se me terminó de soltar todo. Solté un quejido largo y me corrí de una sola descarga densa que se perdió en la tierra del sendero. El muchacho siguió moviendo la mano hasta sacarme la última gota.
—Mira cómo gime el maricón —se rió el viejo, mirándome desde arriba—. Mira la corrida que tiró. Se ve que le gusta.
Se rió un poco más. El muchacho me sacó la verga despacio, sin tirones. Sentí el aire frío entrar de golpe ahí donde unos segundos antes había habido todo. Me incorporé, con las piernas tibias, los pantalones todavía en los tobillos.
Ninguno habló durante un minuto. El muchacho se acomodó la ropa primero. El viejo después. Yo me limpié con un pañuelo del bolsillo lo mejor que pude y me subí los pantalones. El cinturón me costó cerrarlo: tenía las manos todavía temblando.
—Cuídate —dijo el viejo, palmeándome el hombro.
—Igualmente —respondí.
Se fueron juntos por el camino, en dirección al barrio del Cerro. Los vi alejarse hasta que se los tragó la oscuridad de los matorrales. Después me di vuelta y caminé hacia el otro lado, hacia el parque, hacia la avenida, hacia casa.
Llegué pasadas las tres. La cocina estaba a oscuras. Me serví un vaso de agua y me lo tomé de un trago. Me apoyé contra la mesada un rato largo, con la luz del extractor encendida, esa luz amarilla que siempre me había parecido fea y que aquella noche, no sé por qué, me pareció acogedora.
Iba aliviado por fin. El culo abierto, la verga descansada, la barriga llena de leche ajena. Y a la mañana siguiente, cuando me despertara, iba a estar otra vez igual. Pero eso sería problema de mañana.