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Relatos Ardientes

Lo que busco en cada cita de Grindr y no admito

Lo he pensado tantas veces que ya me da vergüenza admitirlo en voz alta, así que prefiero escribirlo. Esto que sigue no es un cuento que me inventé para parecer interesante. Es lo que de verdad escribo en la cabeza cada vez que abro la aplicación, deslizo entre fotos y borro conversaciones que no van a ningún lado. Es mi cita perfecta. La que casi nunca aparece, pero que una noche apareció.

Voy a ser claro desde el principio, porque mentir sobre esto sería absurdo. No busco una historia de amor. No busco que alguien me lleve a cenar ni que me mande buenos días con un corazoncito. Busco una boca, la mía, puesta al servicio de un hombre que de verdad lo necesite. Busco arrodillarme. Busco mamar y hacerlo bien, con ganas, hasta que él se olvide de mi cara y solo recuerde lo que le hice.

Nada de sexo anal. Eso ni siquiera está sobre la mesa. Lo que me excita es otra cosa: ser usado de la cintura para arriba, con la lengua, con la garganta, con la paciencia. Que me trate como su puta sin rodeos. Que no haya cortesía, que no haya «¿estás cómodo?», que no haya nada de eso. Solo él, su urgencia, y yo ahí para resolverla.

Me gusta entrar en un juego de roles donde yo soy el que se entrega y él el que da las órdenes. No necesito que sea un dominante de manual, de esos que aprenden frases en internet y las repiten sin creérselas. Si lo fuera, no me quejaría. Pero lo que de verdad necesito es que sea sucio al hablar. Que suelte las palabras crudas, sin filtro, que me diga cosas que me hagan sentir pequeño y usado. Que me llame lo que soy en ese momento, y que lo diga como si fuera la verdad más obvia del mundo.

Tengo una imagen mental bastante precisa de él. Me lo imagino con una verga cabezona, gruesa, de esas que llenan antes de empezar. Sin circuncidar, con el prepucio que hay que retirar despacio. El largo me da exactamente igual, lo juro; lo que me vuelve loco es el grosor, esa sensación de que apenas me cabe, de que tengo que abrir la mandíbula y relajar la garganta solo para recibirla. Si encima la tiene blanca, pálida, con el glande rosado asomando, entonces ya estoy perdido antes de tocarla.

Y me calienta muchísimo que sea mayor que yo. Mucho mayor, si se puede. Quiero sentir esa diferencia, esa sensación de estar en desventaja, de que me está usando porque puede, porque yo soy más joven y estoy ahí para eso. Si es de mi edad y tiene la actitud, también funciona. Pero un hombre con años encima, con esa seguridad que da no tener nada que demostrar, me desarma en segundos.

Su físico me da igual. Puede ser alto o bajo, flaco o con barriga, peludo o lampiño. No me importa. Al final lo único que quiero es su verga y lo que él decida hacer con mi boca. Todo lo demás es decorado.

***

El hombre que cumplió todo esto no tenía nombre. O sí lo tenía, claro, pero nunca me lo dijo y yo nunca lo pregunté, y esa fue justamente la parte que más me gustó.

Apareció un jueves a las once de la noche. Su foto de perfil era una mano sobre un volante, nada más. El primer mensaje fue directo, sin saludo.

—Sé lo que quieres. Lo dice tu perfil sin decirlo —escribió.

Me quedé mirando la pantalla más tiempo del que quiero admitir.

—¿Y qué es lo que quiero? —respondí.

—Quieres servir. Y quieres que no te trate bien mientras lo haces.

No contesté con palabras. Le mandé mi ubicación.

Vivía a quince minutos, en un edificio sin gracia, de esos con pasillos que huelen a comida ajena. Me abrió la puerta en silencio. Tendría unos cincuenta y tantos, el pelo entrecano, una camiseta vieja y un olor a cigarrillo que debería haberme molestado y no me molestó. Me miró de arriba abajo como quien revisa un pedido antes de aceptarlo.

—Pasa. Y cállate —dijo.

Pasé. Me callé.

En la mesa del comedor había una laptop abierta. Vi de reojo lo que estaba reproduciendo y casi me río de lo perfecto que era: porno hetero. Una mujer de rodillas, un tipo agarrándola del pelo. Él lo dejó andando, como si fuera música de fondo.

—No me prende el porno gay —dijo, sin que yo preguntara—. ¿Te molesta?

—No —dije. Y era verdad. A mí tampoco me prende, y que a él le pasara lo mismo me caldeó por dentro de una manera que todavía no termino de entender.

—¿Casado? —pregunté. Fue lo único que me permití preguntar.

Levantó la mano izquierda. La marca pálida del anillo seguía ahí, aunque el anillo no estuviera.

—Está durmiendo. Me lo hizo mal hace un rato y me dejó así —dijo, y se llevó la mano al bulto del pantalón—. Para eso te llamé.

No sé explicar bien por qué eso me gustó tanto. La doble vida, la mujer en la otra habitación, yo entrando a resolver lo que ella no había sabido resolver. Me hizo sentir como un secreto sucio y útil al mismo tiempo. Exactamente lo que quería ser.

***

—De rodillas —dijo, y no lo repitió.

Me arrodillé en el piso frío del comedor, con la luz azul de la pantalla parpadeando sobre las paredes. Él se quedó de pie frente a mí, sin prisa, disfrutando el momento en que yo ya estaba abajo y él todavía no había hecho nada.

—Mírame —ordenó.

Lo miré. Tenía los ojos cansados y la boca medio torcida en una sonrisa que no era amable.

—Vas a hacer esto bien, ¿no? Porque si no, te vas por donde viniste.

—Lo voy a hacer bien —dije.

—Lo voy a hacer bien, ¿qué?

Tragué saliva. La palabra salió sola.

—Lo voy a hacer bien, señor.

Le gustó. Lo vi en cómo respiró. Se desabrochó el pantalón despacio, lo dejó caer, y ahí estaba, tal cual la había imaginado durante meses sin conocerla: gruesa, pesada, sin circuncidar, con el prepucio cubriéndola entera. Me la acercó a la cara sin tocarme todavía, solo dejándola ahí, a un par de centímetros de mi boca, para que yo me muriera de ganas.

—Pídela —dijo.

—Dámela. Por favor.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, señor.

Recién entonces me dejó. Empecé por la base, con la lengua, retirando el prepucio despacio hasta descubrir el glande rosado y húmedo. Lubricaba mucho, un hilo brillante que se estiraba cuando separaba la boca. La primera probada me confirmó todo: el grosor que llenaba, la forma que obligaba a abrir la mandíbula, el calor. La metí entera lo que pude y dejé que la garganta protestara.

—Eso es —dijo él, agarrándome del pelo, no con violencia, pero sí con dueño—. Para esto sirves. Mira cómo se te resbala.

Y siguió hablando. Esa fue la parte que me terminó de romper. No se calló ni un segundo. Me dijo cosas que no voy a repetir todas, porque sonarían peor escritas que dichas, pero el tono era siempre el mismo: que yo era su juguete, que para eso estaba, que su mujer no sabía hacerlo así, que menos mal que existían los putitos como yo para resolverle la noche. Cada palabra me hundía más y cada palabra me gustaba más.

—¿Te gusta que te diga lo que eres? —preguntó.

No podía contestar con la boca llena, así que solo lo miré desde abajo y gemí. Él entendió.

—Claro que te gusta. Se te nota en la cara.

***

Estuvimos así un largo rato. Él no tenía prisa, y yo menos. Cuando se acercaba demasiado, me apartaba de un tirón del pelo y me dejaba con la boca abierta, jadeando, esperando, y eso era casi peor que cualquier cosa. Me hacía esperar a propósito. Me hacía sentir que el placer era suyo y que yo solo tenía permiso de participar.

—Las manos atrás —dijo en algún momento.

Crucé las manos detrás de la espalda, sin tocarme, sin tocarlo más que con la boca. Quería que fuera así. Quería que todo dependiera de la lengua y de las ganas, de hacerlo tan bien que él no pudiera mandarme a casa nunca más sin antes querer repetir.

—¿Quieres que terminemos esto bien grabado la próxima? —dijo entre dientes—. Tu cara, de rodillas, rogando. Te juro que te grabaría entero.

La idea me atravesó como una corriente. Sí. Quería justo eso. Quería que me grabara suplicándole, y grabarlo yo también, mi lengua jugando con él, cómo me lo tragaba todo y pedía más. Pero esa noche no hubo cámaras. Esa noche fue solo la pantalla con su porno hetero de fondo, su mano en mi pelo y mi boca cumpliendo.

Cuando por fin no aguantó más, me lo dijo con una orden seca, casi un gruñido, y me sujetó la cabeza para que no me moviera ni un milímetro. Fue abundante, espeso, mucho más de lo que esperaba, un chorro tras otro que me obligó a tragar para no atragantarme. No me dejó apartarme hasta el final. Quería que recibiera hasta la última gota, y yo quería recibirla.

Me soltó el pelo. Me quedé un segundo de rodillas, recuperando el aire, con la cabeza apoyada apenas contra su muslo, y por un momento sentí algo parecido a la paz.

—Bien —dijo él, subiéndose el pantalón—. Lo hiciste bien.

Tres palabras. Fue todo lo que necesitaba escuchar.

***

No hubo charla después. No me preguntó cómo estaba, ni a qué me dedico, ni si quería un vaso de agua. Y eso, lejos de molestarme, fue el cierre perfecto. Me levanté, me acomodé la ropa, y él me acompañó a la puerta con la misma economía de palabras con la que me había recibido.

—Si te escribo otra noche, ¿vienes? —preguntó, con la mano ya en el picaporte.

—Vengo —dije.

—No vas a saber mi nombre.

—No lo quiero saber.

Sonrió de medio lado. Cerró la puerta.

Bajé las escaleras de ese edificio feo con un vacío caliente en el pecho y una sola idea dando vueltas: ojalá escriba. Ojalá me mande un mensaje cualquier noche, después de que su mujer se lo haga mal o no se lo haga, cuando esté caliente y necesite descargar y se acuerde de que existo. Que me vea como su juguete disponible. Que me use porque puede.

Esa es mi cita perfecta. No es romántica, no es bonita, no la voy a contar en ninguna cena. Pero es mía, es de verdad, y la escribo acá para no tener que decirla en voz alta. Solo puta por acá, papito por allá. Sin nombres, sin reglas, sin mañana. Una y otra vez.

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Comentarios (5)

Diegote_BA

tremendo relato, se siente muy real. bravo!

lector_BA91

Por favor mas relatos asi. Quede con ganas de saber mas de vos y de como sigue tu historia.

NicoVienna

Me recordo a cosas que yo tambien hice y nunca admiti jaja. Gracias por la valentia de escribirlo.

SilvestreK

Que honestidad la tuya. Es raro encontrar algo tan sincero en este sitio, normalmente la gente lo disfraza todo. Muy bien.

PabloSF_77

Lo leí de un tirón. Me gustó como lo escribiste, sin adornos innecesarios, directo al punto. Sigue así!

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