Lo que pasó con mi hermano durante el encierro
Estado de alarma. Nos cayó encima de un día para otro y, cumplidores como somos en mi familia, ninguno puso un pie en la calle. Mi padre se encargó de todo desde el ordenador: pidió por internet la compra de tres semanas siguiendo una lista interminable que le dictó mi madre. Cuando llegaron las cajas a la puerta, parecía que nos preparábamos para un asedio.
Somos siete viviendo bajo el mismo techo. Papá, mamá, mi hermana mayor Carla —que dirige una tienda de ropa en el centro y que de un día para otro se quedó sin trabajo a la fuerza—, mi hermano Iván, las gemelas Lía y Noa, y yo. Mis padres tienen su dormitorio con baño propio. Carla heredó la habitación pequeña, pero la tiene como una caja de bombones: baño suyo, televisor, un rincón perfectamente suyo. En quince días apenas la he visto fuera de las comidas; se encierra a hablar por videollamada con su novio, que vive en Hamburgo, y se le va la tarde entre risas en alemán mal pronunciado.
Las gemelas comparten habitación y tienen enfrente un baño que usan ellas casi en exclusiva. Iván y yo dormimos en la habitación más grande, la del balcón a la calle, y nos toca compartir el baño común, el que usa todo el mundo, incluidas las visitas en otros tiempos. Vivimos con la bolsita de aseo en la mano y la toalla al hombro, como si estuviéramos en un camping.
Iván tiene novia. Yo estoy en segundo de carrera y me gustan los chicos, pero eso no lo sabe nadie en esta casa. Llevo años en el armario, callándomelo por comodidad, por miedo, por costumbre.
Lo que noté desde el primer día fue el nervio de mi hermano. Iván es así, le da el ahogo en cuanto siente que algo le obliga a quedarse quieto. Esto del encierro le iba a hacer más daño que el virus, lo supe antes de que terminara la primera semana. Al tercer día, un martes, ya estaba como un león enjaulado. El viernes le soltó a mi madre una grosería en la cocina y mi padre tuvo que levantar la voz por primera vez en años. El sábado por la noche, antes de apagar la luz, lo escuché dar vueltas en la cama de al lado durante una hora entera.
—Tú, marica… —dijo de pronto, casi sin abrir la boca.
—Iván, yo tengo nombre.
—Sí, sí, ya lo sé. Pero no tienes novia.
—Ni tengo, ni quiero, ni voy a tener.
—Eso ya se nota, Hugo. Yo me doy cuenta de cómo me miras. Sobre todo cuando me cambio.
Sentí que me ardía la cara. Menos mal que estábamos a oscuras.
—Iván, eres guapo y siempre me has gustado. Te he querido desde que recuerdo. No discutimos nunca, las gemelas se pasan el día gritándose y nosotros no, ¿no te has dado cuenta?
—Hugo, es que… ¿tú sabes lo que es no poder ver a Aitana en quince días?
—Me lo imagino.
—¿Tú qué vas a saber?
—Iván, ¿yo qué voy a saber? Cuéntamelo tú.
—No te hagas el tonto, joder.
—Vale, no me hago el tonto. Cuéntame, anda, no seas borde.
Pasó un silencio largo. Lo escuché morderse el labio en la oscuridad.
—De esto ni una palabra a nadie, ¿eh?
—Te lo juro por lo que quieras.
—A estas horas, un sábado, yo estaría con Aitana follando. Dos veces, tres si me pongo. Y luego durmiendo pegado a ella, calentito, sintiéndola respirar. Solo de pensarlo se me pone dura.
—¿En su casa?
—Qué va. Su padre no me deja ni pisar el salón. Vamos siempre al hostal de detrás de la estación.
—Será más cómodo que ir al cine, supongo.
—Cómodo y con la luz encendida.
—Por eso aquí te masturbas con la luz apagada.
—¿Lo has notado?
—Llevas dos semanas. Todas las noches. Te oigo.
Iván resopló. Yo seguí mirando el techo.
—Es una desesperación, Hugo. No te haces a la idea.
—Y por eso te pasas el día gritándole a todo el mundo.
—¿Y qué quieres que haga?
—Masturbarte más. Si lo haces, te calmas. Lo veo todas las noches: te tranquilizas y duermes como un bebé.
—Debí haberme comprado una muñeca hinchable antes de que cerraran las tiendas.
—¿Para qué quieres una muñeca?
—Para follarla, ¿para qué va a ser? Pero oye, te voy a hacer caso. La voy a sacar ahora, que la tengo dura desde hace media hora.
—Te hago una propuesta.
—A ver.
—De esto, ni una palabra. Ni a Carla, ni a las gemelas, ni a nadie.
—Te lo juro.
—No te masturbes esta noche. Voy yo, y te la chupo hasta que sueltes toda la mala leche que llevas acumulada.
Hubo un silencio de varios segundos. Pude oír cómo tragaba saliva.
—¿Lo dices en serio?
—¿Te suena a broma?
—Hugo, joder…
—¿Sí o no?
—Sí, claro que sí. Si te quiero, hermano. Si yo siempre te he querido.
***
Salté a su cama sin pensarlo dos veces. Me quité la camiseta para sentir el contacto de su piel y le bajé el pantalón corto de dormir antes de que pudiera arrepentirse. La tenía dura, caliente, y olía a él. Le pasé la lengua por toda la longitud, despacio al principio, sintiendo cómo se le tensaban los muslos a ambos lados de mi cara. Le acaricié los testículos con la mano libre.
Iván no decía nada. Solo respiraba fuerte y, cuando me hundía más, soltaba un suspiro entre dientes para que las gemelas no lo oyeran a través de la pared. Le subí el ritmo. Llevaba años imaginándomelo y no iba a desperdiciar la ocasión. Le agarré la base de la polla con una mano y dejé que el resto se hundiera todo lo que pude en mi garganta.
—Hugo… Hugo… espera —susurró, pero le clavé las uñas en el muslo y siguió.
Cuando se corrió, casi me ahoga. Soltó dos semanas enteras de tensión en mi boca y no me dejó tragar de una sola vez. Yo seguí chupando hasta que se la dejé lacia, limpia, mansa. Luego subí a su lado, le saqué la camiseta y nos abrazamos. Se quedó dormido en cinco minutos.
Yo no dormí. Me quedé mirándole la cara hasta que entró luz por la persiana.
***
A las seis de la mañana noté que se removía. Me apretó contra él, todavía medio dormido.
—Hugo, Hugo. Otra vez. No aguanto.
—Cómeme el culo y métela —le dije al oído.
Me giré de espaldas. A Iván se le da bien comer coños porque Aitana se lo ha enseñado a base de paciencia, según él mismo presume cuando lleva dos cervezas. Esa noche me metió la lengua todo lo que pudo, y pudo bastante. Sentí cómo me iba abriendo, despacio, sin prisa, lamiendo, mordiendo el borde, hundiendo la cara entre mis nalgas con un hambre que no le conocía.
Cuando se incorporó para colocarse, me preguntó:
—¿Estás seguro, Hugo?
—Tira y calla.
Me la metió de golpe. Dolió, claro que dolió. Pero qué bien duele cuando es la primera vez con la persona correcta. Sentí su peso encima, el aliento en mi nuca, sus dedos clavándose en mis caderas. Apretó la cara contra mi pelo y empezó a moverse despacio, midiéndose, hasta que perdió la cuenta y se dejó ir.
Me folló sin compasión, como me gusta. Con una mano me agarró la polla y se la cascó al mismo ritmo que me embestía. Me corrí entre sus dedos antes de que terminara él. Luego sentí cómo se tensaba a mi espalda, cómo apretaba los dientes para no gritar, y cómo se vaciaba dentro de mí.
Cuando salió, me giré. Le besé en la boca por primera vez en mi vida. Él tardó un segundo en responder, pero después me devolvió el beso con la lengua entera y me trabó la suya. No había prisa. Nadie iba a venir a buscarnos.
—Iván —le dije pegado a sus labios—, esto puede durar semanas. No nos queda nada que hacer. Quiero hacértelo más fácil porque te quiero, hermano. No grites más. No insultes a nadie. Cuando notes que vas a explotar, nos venimos aquí los dos y se acabó el problema.
—¿Y a ti qué te aporta?
—Lo mismo que a ti.
Se quedó pensando un rato y asintió.
***
Llevamos ya dos semanas con el sistema. Follamos dos o tres veces al día. Tengo el culo en forma, ya no me duele, pero noto la presencia de Iván incluso cuando estamos sentados a la mesa, cenando entre todos. Es una sensación rara, como traer un secreto pegado a la piel debajo de la ropa.
Una mañana me sorprendió en el baño lavándome con la pera de goma que escondo en el armario.
—Ahora lo entiendo —dijo apoyado en el marco de la puerta—. Tu culo huele a jabón, no a otra cosa. El de Aitana huele a sudor del día y, cuando estoy a tope, me da igual, pero no es lo mismo. Y tú, Hugo, gimes bonito. No chillas como ella. Encima estás bueno, joder, tienes un culo de premio. Te cambiaría.
Le tiré la pera por la cabeza riéndome.
—Cállate y vete a desayunar antes de que mamá note algo.
Lo de mi padre y mis hermanas es lo mejor de todo. Mi padre le comenta a mi madre por las noches, cuando creen que no los oímos:
—Los chicos ya se han hecho a la situación. Están como una balsa de aceite.
Las gemelas son menos sutiles. Me agarran a solas cada vez que pueden.
—Hugo, ¿qué le has dado a Iván que lo has dejado como nuevo?
—Paciencia. Le presto un poco de la mía.
—Sí, ya. Paciencia.
Se ríen entre ellas y se largan sin esperar respuesta. Sospecho que sospechan algo, pero tampoco van a hurgar; bastante tienen con sus dramas paralelos. Carla sigue encerrada con su alemán, mi madre con su cocina y mi padre con sus noticieros. Iván y yo, mientras tanto, hemos encontrado nuestra propia forma de pasar el encierro.
Ya os contaré cómo sigue todo esto cuando levanten el confinamiento. Por ahora hemos descubierto que mientras follamos no hacemos daño a nadie y que cuanto más follamos, más fácil es convivir. En casa reina una paz extraña. Y en mi cama duerme cada noche el hermano que llevaba años deseando en silencio.