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Relatos Ardientes

El desconocido que me dominó por la pantalla

Vengo a contaros algo que me pasó hace unos meses y que todavía me cuesta creer que fuera yo. Un completo desconocido me sometió por videollamada una tarde cualquiera, y en menos de media hora descubrí una faceta del sexo que no sabía que tenía dentro. No hubo contacto, no hubo nadie en mi habitación. Solo una pantalla, su voz escrita y unas órdenes que terminé obedeciendo sin pensar.

Era una de esas tardes muertas en las que no sabes qué hacer contigo mismo. Estaba aburrido, un poco caliente, dando vueltas por casa sin ganas de nada en concreto. Mis padres andaban por el salón viendo la tele, así que me encerré en mi cuarto, me tumbé en la cama y abrí el chat de texto gay al que entraba de vez en cuando, solo para curiosear.

Estuve un rato leyendo conversaciones, respondiendo a un par de tíos sin demasiado interés. La mayoría iban directos al grano, mandaban fotos sin venir a cuento o se cansaban a los dos mensajes. Yo iba a otra cosa esa tarde, aunque ni siquiera lo tenía claro del todo.

Poco a poco, sin embargo, se me fue calentando la cabeza, y empecé a tener ganas de algo distinto. No quería solo una paja rápida y olvidarme. Me apetecía ponerme en plan sumiso, dejar que otro llevara las riendas por una vez, obedecer en lugar de decidir. Era una fantasía que tenía rondándome desde hacía tiempo y que nunca me había atrevido a soltar en voz alta. Así que respiré hondo, me armé de valor y lancé mi anuncio en la sala general.

—Chico de 23, sumiso —escribí—. ¿Algún amo morboso me controla la paja por videollamada?

Como siempre que pones algo así, en cuestión de segundos me empezaron a saltar varios privados. La pantalla se llenó de notificaciones, una detrás de otra. Algunos los descarté de inmediato, demasiado sosos o demasiado bruscos sin gracia, de esos que escriben en mayúsculas y exigen sin saber crear nada. No buscaba a alguien que gritara; buscaba a alguien que mandara de verdad, con cabeza. Pero hubo uno que me llamó la atención por cómo arrancó la conversación, tranquilo y seguro, como si ya supiera que iba a obedecerle.

—Ey, ¿qué tal estás? Yo te saco esa leche cuando quieras —me escribió alguien con el nick de Tristán.

—Ey, aquí en mi cuarto, caliente perdido —le respondí—. ¿Y tú?

—Igual que tú. Entonces, ¿quieres que te ordeñe bien?

—Uff, claro. Estoy a tope —contesté, y noté cómo se me aceleraba el pulso solo de escribirlo.

—¿Hace falta que ponga cámara o micro yo? —preguntó.

—Qué va, sin problema. Me pone exponerme. Lo único, hablamos por escrito, que no estoy solo en casa y no quiero que se oiga nada fuera.

—Perfecto. ¿Tienes Telegram?

***

Intercambiamos los contactos y nos pasamos a la otra aplicación. La charla previa fue cortísima, porque los dos teníamos claro lo que queríamos. Antes incluso de iniciar la llamada, ya me había bajado los pantalones hasta las rodillas. La tenía durísima, y al soltarse de la tela se levantó de golpe y me golpeó el abdomen. Me reí solo de las ganas que tenía.

Cogí el móvil con la mano izquierda y enfoqué hacia abajo, hacia mi polla apuntando a la cámara. Quería que lo primero que viera fuera eso. Respiré hondo y pulsé el botón de llamada.

Conectó al instante. No había imagen suya, solo un cuadro negro, pero supe que estaba ahí, mirándome.

—Joder, tío, te veo bien caliente, ¿no? —escribió.

—Uff, sí. Estoy a mil —tecleé como pude con la mano que sujetaba el teléfono.

—Venga, empieza a menearte esa polla para mí, zorra.

Leer aquella palabra dirigida a mí me recorrió entero. No sé explicarlo, pero algo en que me tratara así me encendió de una forma nueva. Agarré la polla con la mano derecha y empecé a masturbarme rápido, como un descosido.

—Tranquila, zorra —me cortó enseguida—. Más despacio. Mando yo el ritmo.

Le obedecí sin rechistar. Reduje la velocidad, apreté los dientes y dejé que la mano subiera y bajara lenta, justo como él quería. La idea de estar siguiendo sus instrucciones me ponía más que la propia paja. No era el roce lo que me volvía loco, sino saber que cada movimiento mío salía de una orden suya escrita en una pantalla a kilómetros de distancia.

—Enséñame los huevos. Quiero vértelos.

Me los cogí con la mano libre y los apreté con fuerza, mostrándolos a la cámara. Noté un tirón de placer subiéndome por la espalda.

—Me encantas —escribió—. Porque eso es lo que eres, ¿verdad? Una puta zorra.

—Sí —tecleé con el pulgar, sin soltar el móvil—. Soy tu puta zorra.

***

—¿Quién hay en tu casa ahora mismo? —me preguntó de repente.

—Mis padres, en el salón —confesé—. Y si te soy sincero, eso me pone todavía más. Hacer esto mientras ellos andan al otro lado de la pared.

—Claro que te pone, zorra. Seguro que te encantaría que abrieran la puerta y te pillaran con la polla en la mano.

Solo de imaginarlo aceleré el ritmo otra vez. Estaba tan caliente que se me escapaban gemidos por lo bajo, y tenía que morderme el labio para no hacer ruido. La adrenalina de saber que cualquiera podía entrar lo multiplicaba todo.

—Uff, sí —escribí entre jadeos—. Estoy tan cachondo que si entraran ahora ni siquiera pararía.

—Eso es lo que debes hacer si entran. No parar. Es lo que hacen las zorras de verdad.

Me quedé mirando la pantalla, esperando la siguiente orden, completamente entregado. Y entonces escribió algo que no me esperaba.

—¿Tienes por ahí algún peluche de cuando eras crío?

Miré a mi alrededor sin entender muy bien adónde iba. En la estantería, entre cajas y trastos viejos, descansaba un oso de peluche con la cabeza enorme, del tamaño de un balón. Lo tenía desde siempre y nunca le había hecho ni caso.

—Sí, aquí tengo uno —respondí.

—A ver, enséñamelo.

Estiré el brazo, lo cogí y lo enfoqué con la cámara del móvil. Me sentí un poco ridículo mostrándole un peluche a un desconocido mientras me la machacaba, pero hice lo que me pedía.

—¿Alguna vez te lo has follado? —escribió.

—¿Follármelo? —tecleé sin entender—. ¿A qué te refieres?

—Pues a darle polla al osito, zorra.

—Qué va. Nunca he hecho algo así —contesté, medio riéndome de lo absurdo de la situación.

—Pues hoy vas a estrenarte. Coge el peluche y métete la polla en la barriga, entre las patas.

***

Estaba tan ido que no me paré a pensarlo ni un segundo. Agarré el oso y, tal como me había dicho, encajé la polla contra su barriga, entre las dos patitas delanteras. El tamaño era perfecto: las patas me rodeaban justo y me hacían la presión exacta, ni mucha ni poca. Solté un suspiro de sorpresa al notarlo.

—Así, zorrita —escribió—. Qué obediente eres. Ahora empieza a moverlo con la mano. Frótatelo contra la polla.

Y eso hice. Cogí al oso por el cuello y empecé a subirlo y bajarlo despacio. La barriga me frotaba toda la base mientras las patitas me agarraban el tronco y me arrastraban el pellejo arriba y abajo. Para mi sorpresa, la suavidad del pelo daba una sensación increíble, distinta a cualquier otra cosa. Cerré los ojos un instante, pero los abrí enseguida para no perderme la pantalla.

—Dios, qué zorra eres —me escribió—. Mírate. En tu casa, follándote un peluche mientras tus padres están a tres metros.

Pensé en lo que estaba haciendo y, en lugar de cortarme, me lancé con más ganas todavía. Le estaba enseñando a un extraño cómo me follaba un peluche viejo, y me encantaba. Me sentía expuesto, humillado y al mismo tiempo más excitado que nunca en mi vida. Aceleré el balanceo, clavándome el oso contra las caderas.

—Mira que si te pillaran ahora mismo así, puta —siguió—. ¿Qué pensarían? ¿Estarían orgullosos de un hijo que solo sirve para frotarse con un peluche?

Leer aquella última frase pudo con todo mi aguante. Apreté la mandíbula para no gritar, di una última embestida hundiendo la polla en la barriga del oso y exploté. Varios chorros espesos salieron disparados, cayéndome por el pecho, el abdomen y la mano. Acabé empapado, jadeando en silencio, con el peluche pringado y la respiración entrecortada.

—Mmm, joder, qué zorra más lechera —escribió, y casi pude oír la sonrisa detrás de las palabras—. Más que zorra, eres una vaca.

***

Me dejé caer de espaldas en la cama, con el bajón post orgasmo cayéndome encima de golpe. Aparté el oso, soltó una risa nerviosa y miré el techo unos segundos, intentando entender qué acababa de hacer. Tenía la cara ardiendo y el corazón todavía a mil.

—¿Te has divertido, zorra? —me preguntó.

—Me ha encantado —tecleé, y era completamente verdad.

—Pues otro día repetimos, entonces. Y la próxima subimos el nivel.

—Cuando quieras —respondí antes de cortar la llamada.

Me limpié como pude con unos pañuelos de la mesita y dejé el oso a un lado, todavía húmedo, sin atreverme a mirarlo demasiado. Una parte de mí se moría de vergüenza; otra, mucho más grande, quería volver a empezar de inmediato.

Me quedé un rato tumbado, escuchando a mis padres reírse con algo de la tele al otro lado de la pared, sin tener ni idea de lo que su hijo acababa de hacer a unos metros. Nunca había sentido nada parecido. No por la paja en sí, que esa la había echado mil veces, sino por la entrega, por obedecer, por dejarme llevar a sitios que jamás se me habrían ocurrido solo. Aquel desconocido había encontrado en quince minutos un interruptor que yo ni siquiera sabía que tenía.

Y sí, repetimos. Otro día, con cosas nuevas que quizá os cuente más adelante, porque aquella tarde solo fue el principio de algo que todavía estoy descubriendo. Pero esa es otra historia.

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Comentarios (5)

FabriR_

increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!

RamonNocturno

El detalle de los padres al otro lado de la pared le da una adrenalina especial que pocos relatos logran. Se hizo corto, esperando mas.

NocheSinFin88

buenisimo!!! sigue asi

CrisNocturna

Me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer. Tremendo.

SilviaCba33

Me recordo a algo que viví yo tambien, aunque mucho mas tímido jaja. Muy bien contado, se siente real.

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