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Relatos Ardientes

El día que vi a mi padre desnudo en el vestuario

El día que firmé la matrícula en la universidad volví a casa con un nudo en el estómago. Había elegido Ciencias del Deporte porque era lo único que de verdad me apasionaba, pero al ver a los que iban a ser mis compañeros durante cuatro años se me cayó el mundo encima.

Mido un metro setenta y dos y peso, en un buen día, sesenta y dos kilos. Los demás chicos del aula parecían sacados de una revista de musculación. Espaldas anchas, brazos como troncos, mandíbulas marcadas. Algunos tenían mi misma estatura, otros eran mucho más altos, pero todos compartían esa apariencia adulta, sólida, que a mí me faltaba por completo. A su lado yo era un crío.

Mi padre me acompañaba aquel día porque había aprovechado para hacer unos papeles en la secretaría. Notó enseguida que algo no iba bien.

—Salías del coche dando saltos y ahora vienes con cara de funeral. ¿Qué pasa, Hugo?

—¿No has visto a esos tíos? Yo a su lado parezco un chaval de instituto.

Se rio entre dientes y me pasó el brazo por encima de los hombros. Mi padre se llama Ramón, tiene cuarenta y siete años y, a pesar de la edad, mantiene un cuerpo que la mitad de los veinteañeros del campus envidiaría. Siempre hizo deporte. Me lo metió en la sangre desde niño, y supongo que de ahí venía mi pasión por elegir esta carrera.

—Yo a tu edad estaba más esmirriado que tú —me dijo, y para demostrarlo flexionó el brazo dentro de la camiseta. Se le marcó un bíceps que parecía una pelota.

—Ya, pero tú llevas treinta años entrenando.

—Y por algún sitio se empieza. Tengo un amigo, Mateo, que trabaja en un gimnasio aquí al lado de casa. Mañana mismo te lo presento. Te montamos una rutina y, antes de Navidad, vas a ser otro. Además te va a venir bien para la carrera.

Dije que sí más por no llevarle la contraria que por convicción. La verdad es que me daba vergüenza imaginarme entrando en una sala llena de tíos cachas con mi cuerpo de espagueti.

***

El sábado siguiente, a las nueve en punto de la mañana, mi padre apareció en mi habitación sin llamar. Me arrancó el edredón de un tirón y soltó un grito que me hizo pegar tal brinco que el pantalón del pijama se me bajó hasta media pierna.

—¡Arriba, soldado!

—¡Joder, papá, qué susto!

—Vaya, vaya. Músculos pocos, pero ahí abajo veo que la mañana te ha tratado bien —dijo descojonándose de risa.

Me tapé como pude, rojo hasta las orejas. Era verdad: dormía siempre con una semierección y el calzoncillo, esa mañana, había decidido jugármela a mí también.

—No le hables así a tu padre —añadió, empujándome de vuelta al colchón con la palma abierta en el pecho—. En quince minutos quiero verte en la puerta. He quedado con Mateo.

Salió del cuarto silbando. Yo me quedé sentado en la cama un minuto largo, intentando que el corazón volviese a su sitio y haciendo como si no hubiese pasado nada. Solo es tu padre. Solo es una broma. Vamos.

***

El gimnasio quedaba a dos manzanas. Llegamos en cinco minutos y, aun así, todavía me dolía la cabeza del madrugón. Mateo nos recibió en el mostrador con un abrazo de oso para mi padre y un apretón de manos para mí que casi me deja sin huesos. Era una versión clavada de Ramón: igual de alto, igual de ancho, con la misma sonrisa de tipo que se ríe de todo. Si me hubieran dicho que eran hermanos me lo habría creído.

—Así que este es el famoso Hugo —dijo, mirándome de arriba abajo—. No te preocupes, en seis meses no te reconoce ni tu madre.

—Ya veremos —murmuré.

Nos llevó al vestuario para cambiarnos. Yo me esperaba algo discreto, con cabinas, taquillas individuales. Lo que encontré fue una sala alargada con bancos corridos, taquillas abiertas y, al fondo, las duchas. Y dentro de la sala, media docena de tíos en distintos grados de desnudez. Pollas de todos los tamaños, formas y colores se paseaban con una naturalidad que me dejó congelado en la puerta.

Mi padre, al que en mi vida había visto siquiera en calzoncillos por casa, se quitó la camiseta, los pantalones y la ropa interior sin pestañear. Y, por primera vez desde que tengo uso de razón, lo vi entero.

Y cuando digo entero, digo entero.

Tenía el cuerpo de alguien que entrena en serio: pectorales marcados, abdomen plano, muslos como columnas. Una mata de vello negro le cubría el pecho y bajaba hasta el ombligo, y de ahí seguía hasta la entrepierna. Pero lo que se escondía entre sus piernas era otra historia. Era enorme. Aun en reposo, le colgaba pesada, gruesa, con unos testículos bajos que se movían cuando se inclinaba a coger algo de la taquilla. Me pareció, durante una décima de segundo, que aquello no podía ser de mi padre.

—Eh, despierta —me chistó con la cabeza ladeada—. ¿Sigues dormido?

—Me queda media hora todavía —dije, intentando que la voz me saliera normal.

Me cambié de espaldas a él, con el corazón a doscientos. Me puse las mallas largas, una camiseta vieja y traté de pensar en cualquier cosa menos en lo que acababa de ver. Mi padre se enfundó unas mallas cortas y negras, sin nada debajo. Por mucho que fueran negras, la silueta de aquel paquete se le marcaba como un puño cerrado.

—Vamos —dijo, dándome una palmada en el hombro—. Mateo nos espera.

***

La sesión de entrenamiento se me hizo eterna y, al mismo tiempo, demasiado corta. Mateo iba enseñándome los aparatos con la paciencia de alguien que se ha tragado a mil principiantes. Cargas bajas, repeticiones largas, técnica antes que peso. Mi padre, a un par de máquinas de distancia, levantaba el doble que cualquiera de los presentes con la respiración tranquila.

De vez en cuando los pillaba a los dos en mitad de un cuchicheo, comentando alguna chica que pasaba por la zona de cardio. Más de una vez les vi quedarse con la mirada clavada en alguna mujer en mallas. Eran clavados también en eso. Yo me reía por compromiso, porque la verdad es que no estaba mirando a las chicas. Estaba mirando a mi padre.

Lo miraba desde detrás cuando hacía sentadillas, fijándome en cómo las mallas se le tensaban sobre el culo. Lo miraba cuando se sentaba en el banco a beber agua y se le marcaban los abdominales bajo la camiseta empapada. Lo miraba, sobre todo, cuando levantaba los brazos para ajustarse la coleta del pelo y la camiseta se le subía y le dejaba a la vista la línea de vello que bajaba hasta la cintura de las mallas.

Es tu padre, joder. Es tu padre.

—Oye, Ramón —dijo Mateo cuando faltaban veinte minutos para cerrar—. Salgo a la una y media. ¿Os apetece comer juntos?

—Hecho. Pásate por casa cuando termines. Hoy me toca Hugo a mí, así que vamos a aprovechar para colocarle bien la habitación. Empieza la universidad la semana que viene y se viene a vivir conmigo, que le queda mucho más cerca.

—Pues nos vemos en un rato.

Mi padre y yo recogimos las toallas y nos fuimos a los vestuarios. Yo iba un paso por detrás de él, con la mirada fija en la nuca, intentando no pensar en lo que venía a continuación.

***

Me enrollé la toalla a la cintura antes de quitarme los calzoncillos. Mi padre, fiel a sí mismo, se desnudó delante de la taquilla sin tomarse la molestia de cubrirse, se echó la toalla al hombro y se encaminó a las duchas con la naturalidad de quien va al sofá. Yo lo seguí, contando los pasos.

Lo que vi al doblar la esquina me dejó otra vez clavado. Las duchas eran abiertas. Un rectángulo embaldosado, sin mamparas, sin cortinas, sin nada. Una docena de alcachofas alineadas en dos paredes enfrentadas. Tres adolescentes ya estaban dentro, riéndose y dándose codazos. Mi padre se había colocado en la pared del fondo y el agua le caía por encima, oscureciéndole el vello del pecho.

—¿Entras o te has quedado pegado a la pared? —me dijo sin abrir los ojos.

—No, prefiero ducharme en casa.

—No seas tonto. Tenemos que pasar por el supermercado y no vas a ir oliendo a vestuario.

—Papá…

—Papá nada. Dentro.

Colgué la toalla en el gancho exterior, respiré hondo y entré. Me coloqué en la alcachofa más lejana de la suya, de espaldas, y abrí el grifo. El agua salió helada de golpe y me arrancó un siseo. Cerré los ojos. Acaba rápido. Acaba rápido y vete.

—¿No había una un poco más lejos? —oí a mi espalda.

Me giré sin pensar. Mi padre se había cambiado a la alcachofa justo al lado de la mía. Estaba enjabonándose la entrepierna con una calma desesperante. La mano subía y bajaba por el tronco del miembro con un movimiento lento, redondo, demasiado parecido a otra cosa. Tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, dejando que el agua le resbalara por la garganta.

Aparté la vista, pero la vista volvió sola. Sus dedos se demoraban demasiado. Quizás estaba pensando en alguna de las chicas de la sala de musculación. Quizás solo se estaba lavando. Pero yo, desde mi alcachofa, juraría que aquella polla descomunal iba ganando volumen entre sus dedos. Crecía despacio, como un animal estirándose.

Justo entonces irrumpieron los tres adolescentes que faltaban, hablando a gritos de las tetas de no sé qué chica y dándose empujones. Las pollas les colgaban bamboleando al ritmo de los pasos. Mi padre se giró para enjuagarse, y entonces lo vi de espalda.

Tenía un culo redondo, alto, firme, de los que parecen esculpidos. Una pelusa fina y oscura, como la piel de un melocotón, le cubría la curva de las nalgas y se hundía entre ellas. Y por la marca clara que le dejaba el bañador en el verano supe que en los últimos meses se había duchado mucho al sol, también allí.

—Venga, chaval —dijo, devolviéndome al presente sin avisar—. Que se nos hace tarde y a Mateo no le gusta esperar.

Salió de debajo del agua, se sacudió el pelo y se enrolló la toalla por la cintura sin secarse del todo. Pasó por delante de mí dejando un rastro de gotas en el suelo y desapareció en dirección a las taquillas.

Yo me quedé allí un minuto más, con los tres adolescentes hablando a mi alrededor y el agua cayéndome por la cabeza, intentando que la imagen se la llevara la espuma por el desagüe.

No se la llevó.

***

Cuando salí del vestuario, ya vestido, mi padre estaba apoyado en el coche tecleando algo en el móvil. Levantó la cabeza al verme y me lo tendió.

—Hugo, te está llamando Lucía. Llevas el silenciado puesto otra vez.

—No lo cojas —dije.

Lucía era mi novia desde el último curso del instituto. Quedamos en hablar esa mañana para organizar una cena con sus padres. Una conversación normal de un sábado normal, y yo en ese momento no era capaz de mantener una conversación normal con nadie.

Mi padre me miró un segundo, levantó una ceja y guardó el teléfono sin decir nada.

—Sube. Por el camino paramos en el súper.

Subí al coche y apoyé la cabeza en la ventanilla. Por el rabillo del ojo lo miré, sentado al volante, con el pelo aún húmedo y el olor a su gel barato llenando el habitáculo. Mateo nos iba a esperar en casa. Yo iba a vivir con él a partir de la semana siguiente. Su cuarto estaba pegado al mío.

Cerré los ojos. Aquella mañana en las duchas no se iba a quedar en una mañana, y en algún rincón muy callado de mi cabeza yo ya lo sabía.

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Comentarios (5)

GonzaK88

que buenisimo!!! seguí escribiendo por favor

AlexBsAs_R

Por favor continua la historia, no puede quedar asi. Quede con muchas ganas de saber que paso despues

nocturno88

Me engancho desde el primer parrafo. Esa tension que se arma en el vestuario esta muy bien captada, se siente real

Sandra_lec

Si bien no soy gran lectora de esta categoria, este me atrapo bastante desde el inicio. Muy bien llevado el relato

ManuelT_22

Increible como capturaste ese instante de descubrimiento. Se siente que fue real, o casi real jaja. Felicidades

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