El vikingo del chalet aprendió a morder la almohada
Damián seguía follándome al borde de la cama con las piernas dobladas casi sobre el pecho, el culo elevado al filo del colchón y la espalda hundida en las sábanas revueltas. Cada embestida era seca, profunda, calculada. Entraba hasta el fondo y volvía a salir casi del todo antes de hundirse otra vez con esa violencia controlada que llevaba meses aprendiendo a aplicarme. Yo gemía ronco, con los nudillos blancos de aferrarme a la tela, el cuerpo temblando como si me estuvieran vaciando por dentro.
El placer no llegaba en olas, llegaba en martillazos. La próstata respondía a cada golpe con una sacudida que me subía por la columna y se me quedaba latiendo detrás de los ojos. Tenía la polla tiesa contra el abdomen, goteando sin que nadie la tocara, pesada, venosa, lista para reventarme sin necesidad de una sola caricia.
Damián lo notó. Notó cómo se me cortaba la respiración entre gemido y gemido, cómo el culo se le cerraba alrededor cada vez que me hundía, cómo el cuerpo entero empezaba a tirar hacia el borde. Sonrió lento y se salió de golpe.
El vacío fue brutal. El agujero se contrajo en el aire, húmedo, palpitando, desesperado por volver a sentirlo dentro. Solté un gemido entrecortado, casi un quejido, las piernas temblando altas, los talones buscando algo a lo que aferrarse.
—Todavía no, maricón —dijo ronco, agarrándome por las caderas para girarme—. Quiero verte a cuatro patas cuando te corras. Quiero verte romperte del todo, como la zorra que siempre fuiste por dentro.
Me colocó en el centro de aquella cama enorme que mi mujer y yo habíamos elegido juntos cinco años atrás. Rodillas hundidas en el colchón, manos abiertas contra las sábanas, espalda arqueada en esa curva que me exponía entero. El pelo, largo desde el verano, me caía sobre la cara como una cortina húmeda. Damián se acomodó detrás, una mano en mi cadera, la otra subiéndome por la espalda hasta agarrar un mechón y tirar para arquearme un poco más. El cuello quedó tenso, la garganta ardiendo todavía del rato anterior, los mordiscos palpitando en el hombro y en la nuca.
Entró de una sola estocada.
Gemí largo, sin disimulo, y él tiró del pelo para que no pudiera bajar la cara contra la almohada. Quería verme. Quería que yo me viera siendo visto.
—Así, zorra. A cuatro patas, como una perra en celo —gruñó, empezando a follarme más duro que antes—. Mira cómo te abres. Mira cómo se traga el culo cada centímetro. Te vas a correr sin tocarte, Marcos. Te vas a correr solo porque te estoy follando como nadie te ha follado en treinta y nueve años.
Las caderas le chocaban contra mis glúteos con golpes sordos que hacían temblar la estructura entera de la cama. El ritmo era rápido, profundo, sin pausa. La próstata aplastada sin descanso, el orgasmo acumulándose en la base de la polla como un nudo que se apretaba y se apretaba sin terminar de soltar. Yo gemía demasiado alto, gemía con una desesperación que no reconocía como propia, gemidos roncos que no sabía que un hombre pudiera hacer.
Damián se rió bajito y alargó la mano hasta una de las almohadas del cabecero. Me la apretó contra la boca, obligándome a morderla.
—Muerde, puta —ordenó—. Muerde fuerte, que estamos en un chalet adosado y la pared de la cocina da al jardín de los Sandoval. No quiero que el vecino con el que tomas cerveza los domingos te oiga gemir como una perra mientras te abren entero.
Mordí. Clavé los dientes en la tela suave y los gemidos se volvieron un sonido distinto, más íntimo, más obsceno: gemidos amortiguados que vibraban contra el plumón, saliva empapándolo, el cuerpo entero ondulando hacia atrás para recibirlo más profundo. Cada embestida me hacía empujar el culo contra él, ofrecerme más, abrirlo más. El agujero se cerraba alrededor de la polla como si quisiera retenerla, como si tuviera memoria propia y supiera que sin ella el resto del mundo era insoportable.
Damián tiró más del pelo, me arqueó hasta el límite, y se inclinó sobre mi espalda. Sentí su pecho pegado contra el tatuaje que me había hecho a los veintidós, esa águila que era el orgullo del grupo y que ahora aplastaba un hombre que pesaba veinte kilos más que yo. Pegó la boca a mi oreja.
—Mírate, Marcos —susurró, sin bajar el ritmo—. Mira cómo muerdes la almohada para que no te oigan. El que iba de macho alfa por el pueblo entero, el que presumía de coche y de mujer y de saunas finlandesas, ahora a cuatro patas, mordiendo plumón para que los gemidos no salgan al jardín. ¿Te imaginas si entraran ahora? ¿Si Lucía, Pilar y Beatriz cruzaran esa puerta y te vieran así, abierto, goteando, mordiendo tela porque te follan como nunca te follaron?
Gemí más fuerte contra la almohada al oír esos nombres.
Lucía. La novia del último curso del instituto, la que todos asumían mía porque yo era «el que repartía». Lucía me había aguantado dos años de manos rápidas y silencios largos antes de irse con un chico de su clase de música.
Pilar. La capitana del equipo de balonmano, con la que me enrollé en una despedida de soltero ajena y a la que arrastré por toda la cuadrilla como un trofeo. Pilar se había casado hacía cuatro veranos y todavía me cruzaba con ella en el supermercado.
Beatriz. Beatriz era otra cosa. Beatriz llegó cuando yo ya tenía treinta y dos, la empresa funcionando, los socios contentos, y ella tan tranquila y tan lista que durante seis meses pensé que por fin había llegado el sitio donde quedarme. Fue ella quien me dejó. Fue ella la que me dijo, una noche cualquiera, mientras yo me lavaba los dientes en su baño: «No sé qué te pasa, Marcos, pero no estás aquí conmigo. Es como si cada vez que te toco tuvieras la cabeza en otro sitio».
Beatriz me abrió los ojos sin saber que me los abría. Empezaron entonces los viajes a Madrid sin motivo, las apps con el perfil sin foto, los hoteles pequeños cerca de la estación. Empezó la otra vida.
Y ahora Damián decía su nombre mientras me follaba a cuatro patas y yo sentía que algo, dentro, se rompía de una forma que llevaba años aplazando.
—¿Lo has oído? —siguió, riéndose contra mi oreja, follándome cada vez más duro—. Gemiste cuando dije sus nombres. Te pone, ¿verdad? Te pone imaginar que te vean así. Lucía se cubriría la boca. Pilar grabaría un vídeo para enseñárselo a las del balonmano. Y Beatriz… Beatriz no diría nada. Beatriz se quedaría en el umbral mirándote y entendería de golpe todo lo que estuvo intentando entender aquel año contigo. Esa es la que más te pone, ¿a que sí? Que ella te vea. Que ella confirme que tenía razón.
Mordí la almohada hasta que noté el sabor de la tela en la lengua. Las lágrimas, esa mezcla rara de placer y de vergüenza que llevaba meses descubriendo, me picaron en los ojos. El orgasmo se acercaba inminente, brutal: la base de la polla me latía, el agujero se contraía en espasmos pequeños y rápidos, el cuerpo entero temblaba al ritmo de las caderas de Damián golpeándome.
Damián lo notó y aceleró todo. La mano de la cadera bajó hasta clavarse en la carne del flanco y tirar de mí hacia atrás con cada estocada, sincronizando mi cuerpo con el suyo. La otra mano seguía tirándome del pelo, manteniéndome arqueado, manteniéndome expuesto. La cama crujía, las sábanas se arrugaban bajo mis rodillas, el sudor le caía del pecho a mi espalda y resbalaba por los costados.
—Te vas a correr así, maricón —gruñó, la voz tirante también, al borde—. Mordiendo la almohada, ahogando los gemidos para que los vecinos no se enteren, con el culo lleno de mi polla mientras piensas en Beatriz mirándote desde la puerta. El vikingo del chalet adosado, el del coche alemán, convertido en mi zorra. Empuja, Marcos. Empuja para que te corras tú solo. Quiero verte hacerlo.
Empujé. Empujé hacia atrás con una desesperación que no había sentido nunca, ni con Lucía, ni con Pilar, ni con Beatriz, ni con mi mujer, ni con ninguno de los chicos de los hoteles cerca de la estación. Empujé con el culo abierto, con el pelo tirante, con la cara hundida en una almohada que ya estaba empapada de saliva. Empujé como si en el otro extremo de ese empuje estuviera por fin la persona que llevaba treinta y nueve años fingiendo ser otra.
—Así, joder… córrete para mí —susurró, tirándome más del pelo—. Córrete pensando en cómo te vería Beatriz. A cuatro patas. Mordiendo almohada. Gimiendo como una perra porque te follan como nunca te han follado. Eres mío, Marcos. Mi puta. Mi maricón. Y te vas a correr así. Roto. Entregado. Humillado entero.
La polla me latía sin tocarla. El agujero se cerraba en espasmos cada vez más cortos. Los gemidos ahogados eran ya un sonido continuo contra el plumón. El cuerpo me temblaba al borde, Damián follaba sin piedad, riéndose suave de mis gemidos cada vez que pasaba cerca de uno de aquellos nombres, llevándome al límite absoluto del placer y de la rendición.
Cerré los ojos.
Vi a Beatriz en el umbral del cuarto. La vi quieta, sin sorpresa, con las cejas apenas levantadas, como si por fin todas las piezas le encajaran. La vi mirarme y no apartar la mirada. La vi no decir nada. La vi entender. Y mordí la almohada con todas mis fuerzas porque el orgasmo estaba ahí, a un golpe, a medio golpe, a una palabra más de las suyas.
—Córrete, zorra —ordenó Damián contra mi oreja.
(Continuará en el capítulo siguiente…)