Llegó al hotel después de meses de cámara web
Llevábamos casi cuatro meses encerrados en una conversación que solo existía dentro de una pantalla. Empezamos un sábado por la madrugada, cuando los dos teníamos demasiado tiempo libre y muy pocas ganas de dormir. Él me escribió primero. Una sola línea, casi seca: «Me gustan tus fotos. ¿Hablamos?». Le contesté antes de pensarlo y, a partir de ahí, todo se nos fue de las manos.
Pasábamos noches enteras frente a la cámara, contándonos cualquier cosa para alargar el momento. Después venía lo otro. La luz baja, la respiración pesada, los dedos torpes intentando sostener el teléfono y a la vez recorrernos el cuerpo. Yo le hablaba al oído como si lo tuviera al lado, y él respondía con frases cortas, como si le costara articular cuando estaba a punto de correrse. Aprendí a reconocer la curva de sus abdominales antes que su voz.
Una noche de noviembre, mientras los dos terminábamos con la respiración entrecortada, me preguntó si quería verlo en persona. Lo dijo sin levantar la mirada, como si tuviera miedo de que la pantalla lo delatara. Le contesté que sí en menos de dos segundos.
Quedamos en un pueblo de la costa, a mitad de camino entre las dos ciudades. Reservé yo el hotel: un sitio pequeño cerca del paseo marítimo, fuera de temporada y casi vacío. Le mandé la dirección y la hora. No quise saber nada más para que la espera fuera larga.
El día llegó con viento del norte y el mar revuelto. Conduje cuatro horas con la radio bajita, repasando mentalmente cada cosa que le había dicho durante esos meses. Llegué al hotel a media tarde, dejé las cosas en la habitación y bajé a caminar por la playa. No conseguía estarme quieto. Sentía los latidos del corazón en sitios donde no debía sentirlos.
***
Volví a la habitación a las ocho. Pedí una botella de agua, me duché y me quedé tumbado en la cama mirando el techo. Faltaban dos horas. Le escribí para preguntarle si seguía en camino, y me respondió con una foto del coche aparcado en una gasolinera. Cuarenta minutos, decía el mensaje. Cerré los ojos e intenté respirar despacio.
Me puse unos slips negros y nada más. Era una tontería, pero quería que lo primero que viera al cruzar la puerta no dejara lugar a dudas. Mi cuerpo ya estaba reaccionando solo. La tela tirante, la piel caliente, el pulso golpeando contra el cuello.
Cuando llamaron a la puerta, me costó ponerme de pie. Caminé los tres pasos como si caminara por arena mojada. Miré por la mirilla. Era él.
Más alto de lo que pensaba. La chaqueta empapada por la llovizna y el pelo aplastado contra la frente. Tenía esos rasgos casi infantiles que me habían vuelto loco desde la primera cámara: pómulos suaves, boca pequeña, una sombra de barba que no llegaba a cuajar del todo. Pero los ojos no eran infantiles. Los ojos sabían exactamente a lo que venían.
—Mateo —dijo, como saludo y como aviso.
—Entra.
No hubo presentaciones. Cerré la puerta con la mano izquierda mientras con la derecha le agarraba la nuca y tiraba de él hacia mí. Su boca sabía a café frío y a viento. Nos besamos contra la pared del recibidor, con esa urgencia rara que tienen los dos primeros minutos, cuando todavía no te crees que la otra persona esté ahí de verdad.
Le quité la chaqueta sin separarme de su boca. La camisa también, botón por botón, porque quería tomarme mi tiempo con esa parte. Llevaba meses imaginando esos abdominales. Cuando aparecieron, ni siquiera me dejé margen para mirarlos: bajé la cabeza directamente y empecé a besárselos despacio, contando los hundimientos con la lengua. Él se reía bajito, con la respiración cortada, y me sujetaba el pelo con una mano.
—Esto sí que no lo veías por la pantalla —susurró.
No le contesté. Tenía la boca ocupada.
***
Le desabroché el pantalón con torpeza, como si los dedos se me hubieran olvidado de funcionar. El bóxer ya estaba marcado por dentro, tirante. Lo bajé sin ceremonias y me lo metí en la boca de una sola vez, todo lo que pude. Mateo soltó un quejido que casi no salió del pecho. Le apoyé las manos en las caderas, sintiendo los músculos tensarse y aflojarse mientras yo le marcaba un ritmo.
Él me agarró del pelo, no para imponer, sino para no caerse. Las piernas le temblaban un poco. Me gustó saber que llevaba meses imaginándome a mí también, que esa noche no era solo mía.
Después de un rato me levanté, lo cogí de la mano y lo llevé hasta la cama. Le terminé de quitar la ropa por el camino, como si fuera un trámite. Lo tumbé de espaldas y me coloqué encima, piel contra piel, sintiendo por primera vez su peso y su calor sin ningún filtro digital de por medio. Fue mareante. Tuve que parar dos segundos y respirar contra su cuello.
—Me había olvidado de cómo era esto —dijo, casi sin voz.
—Yo también.
Nos pusimos de lado, en un sesenta y nueve un poco desordenado, riéndonos cuando alguno se chocaba con el codo del otro. Le agarré los testículos con cuidado mientras se la tragaba entera. Él me chupaba al mismo tiempo, lento, alargando cada movimiento como si tuviera todo el tiempo del mundo. La lengua le bajaba después por el perineo, hasta el ano, y empezaba a jugar ahí con una mezcla de dedos y saliva que me dejaba sin frases enteras en la cabeza.
—Ven aquí —le dije, cuando sentí que no aguantaba más.
Me puse a cuatro patas en el centro de la cama. Él se colocó detrás, sin prisa. Tenía un bote de lubricante sobre la mesilla; lo había dejado ahí por la tarde, sin saber si llegaría a usarlo. Lo abrió, se untó los dedos y empezó a prepararme con una paciencia que no me esperaba. Un dedo. Después dos. Curvándolos despacio, esperando a que mi respiración se acomodara antes de seguir.
Cuando finalmente apoyó la polla contra mí, me agarró las caderas con las dos manos y se quedó así unos segundos, sin moverse, dejándome decidir el ritmo. Empujé yo. Lentísimo. Sentí cómo entraba centímetro a centímetro, esa quemazón conocida que se transforma en placer si tienes paciencia. Solté el aire que llevaba aguantando desde no sé cuándo.
—Estás dentro —dije, más para mí que para él.
—Estoy dentro —repitió.
Y entonces empezó a moverse.
***
Las primeras embestidas fueron suaves, casi de tanteo. Pero a los pocos minutos los dos sabíamos que esa noche no íbamos a parar a medio camino. Le pedí más. Me lo dio. Le pedí más fuerte. Me lo dio también. Sentía el golpe de sus caderas contra las mías, el sonido seco de la piel chocando, los dedos hundiéndose en la carne hasta dejar marca. Mi propia mano se movía abajo, al ritmo de sus empujones, sin que tuviera que pensarlo.
Hablamos poco. Él me decía cosas al oído de vez en cuando, frases cortas, casi órdenes, y yo le respondía con la respiración. En algún momento me incliné más hacia adelante y dejé que apoyara todo el peso sobre mi espalda. Me besaba el cuello, la nuca, el hombro. La cama crujía. La luz de la mesilla seguía encendida y se reflejaba en el espejo del armario.
Me corrí antes que él. No pude evitarlo. La presión por dentro y mi propia mano por fuera me llevaron al límite sin avisar. Solté un sonido que ni siquiera reconocí como mío y empapé las sábanas. Mateo no se detuvo. Aceleró, agarrándome más fuerte, y a los pocos segundos lo sentí salir de mí y descargar entera mi espalda, hasta el cuello, con un gemido largo y bajo que se le rompió en la garganta.
Nos quedamos así un rato, jadeando, sin saber muy bien qué decir. Le pasé los dedos por el pelo. Él me besó el hombro como si me agradeciera algo que no se atrevía a poner en palabras.
***
Después fuimos a la ducha. El agua salía tibia, con presión, y el cuarto de baño se llenó de vapor en minutos. Me apoyé en los azulejos y dejé que me lavara la espalda. Sus manos eran metódicas ahora, como si quisiera revisar el inventario de mi cuerpo en silencio. Me dio la vuelta. Me miró a los ojos por primera vez en mucho rato.
—¿Otra vez? —preguntó, como si necesitara permiso.
Le contesté con la boca pegada a la suya. Volvió a entrar en mí ahí mismo, contra la pared mojada, con el agua cayéndonos por la cabeza. Esta vez fue más despacio. Más conectado. Sin la urgencia inicial. Me empujaba con un ritmo casi musical, y yo movía las caderas hacia atrás para encontrarlo a mitad de camino.
Le agarré la muñeca y la puse sobre mi cuello, sin apretar, solo apoyada. Él entendió. Cerró un poco los dedos, lo justo para que yo sintiera el contorno, y siguió moviéndose dentro de mí. Le miré por encima del hombro y le sonreí. Hacía meses que no me corría dos veces en la misma noche, pero supe en ese instante que iba a pasar.
Cuando terminamos, nos quedamos un buen rato bajo el agua, abrazados, sin decir nada. La habitación, al otro lado de la puerta, olía a sexo y a sábanas revueltas. La calefacción seguía baja. Por la ventana se escuchaba el mar al fondo, lejano, como un sonido que pertenecía a otra historia.
—Mañana me tengo que ir temprano —dijo, mientras nos secábamos.
—Lo sé.
—¿Volveremos a vernos?
Le tiré la toalla a la cara, riéndome, y le contesté que de eso ya hablaríamos por cámara. Pero los dos sabíamos que sí. Que esa noche no iba a quedarse encerrada en un pueblo de la costa, ni en una pantalla, ni en ningún sitio del que pudiéramos huir tan fácil.