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Relatos Ardientes

Lo que descubrí con mi amigo en las ruinas

Después de aquella tarde con los dos hermanos italianos en el piso de Matías, no fui capaz de dormir bien. Se me venía a la cabeza la imagen del mayor follándose al menor, el beso guarro que se dieron mezclando los fluidos, mi propia polla entrando en el agujero del pequeño mientras el otro se la chupaba. Y al lado de cada imagen, como una sombra, aparecía Carla. Mi novia. Dulce, paciente, ajena a todo.

El lunes volví al instituto con la sensación de que cargaba un secreto que no me cabía en el pecho. En el recreo, Carla me besó delante de mis amigos y me preguntó por Leo, mi hermano pequeño, que seguía recuperándose del accidente. Le dije que estaba mejor. Le mentí en otras cosas con la misma facilidad.

—¿Y qué piensas de mis amigos? —le solté de pronto.

—Que son majos. Tomás es divertidísimo.

—¿Solo majos?

Se lo pensó. Miró hacia donde estaban ellos haciendo el tonto en un banco.

—Bueno, no son esculturas griegas, pero tienen su puntito. Sergi sobre todo. No te voy a mentir.

—¡Oye! Que tu novio soy yo.

—Tú me preguntaste, Marc.

Se rió, me besó otra vez y volvió con sus amigas. Yo me quedé mirando a Sergi un segundo más de la cuenta.

***

El viernes siguiente fue cuando todo empezó a romperse.

Había una competición intercentros y, en lugar de fútbol, el profesor de Educación Física me había metido en la prueba de natación con Sergi y con Iván. A Iván lo conocía de lejos: el típico que se paseaba desnudo por los vestuarios sin ningún pudor, hablando de su polla como si fuera un trofeo.

Me tocó nadar contra él. Quedé séptimo; Iván, segundo. Después salí a los vestuarios a cambiarme. Me entretuve más de la cuenta y, cuando me quise dar cuenta, ya éramos solo nosotros dos.

Lo vi desnudo, mirándome con esa sonrisa torcida. Cerró la puerta y echó el pestillo.

—Sé que me has mirado más de una vez —dijo—. Y tengo la sensación de que te van los rabos. ¿Por qué no me haces una prueba?

Bajé la cabeza. No respondí. Él se acercó, me agarró del cuello con firmeza pero sin apretar.

—¿Por las buenas? ¿O por las malas?

—Por las buenas —dije.

No lo deseaba. O al principio sí, un instante, mientras vi cómo su polla iba creciendo en mi mano. Pero cuando me obligó a arrodillarme, cuando me sujetó la cabeza para meterse hasta el fondo y me provocó arcadas, cuando me hizo abrir la boca para escupir en ella y repetir que era su putita, solo quería que terminara cuanto antes.

Acabó en pocos minutos. Una corrida amarga que tragué a medias. Me tumbó en el suelo desnudo y apoyó el pie en mi torso.

—Repetiremos. Y como digas algo, te destrozo.

Quitó el pestillo y se fue.

Me quedé sentado en el banco con los codos apoyados en las rodillas. Me tapé los ojos. Por primera vez en todos esos meses experimentando con tíos, sentía que algo se me había roto por dentro. No era el sexo. Era la sensación de no haber podido decir que no.

Empecé a llorar bajito.

Escuché pasos. No me moví.

—¿Marc? ¡Marc!

Sergi se acuclilló frente a mí. Me apartó las manos de la cara y vio la mancha medio reseca de semen en mi barbilla.

—¿Qué cojones te ha hecho ese hijo de puta? —Se levantó, fue hacia la puerta.

—Sergi. Por favor. Quédate.

Volvió. Me limpió la cara con un trozo de papel. Suspiró. Me sujetó la cabeza con las dos manos y, sin avisar, me besó.

Fue un beso suave, completamente distinto a todo lo que había probado antes con mis amigos. Sin urgencia, sin morbo. Solo él, sus labios, el sabor a miel de su saliva. Cuando se separó, juntó su frente con la mía y me acarició las orejas.

—Te quiero, Marc. Mucho.

Nos quedamos así un rato largo, en silencio, hasta que escuchamos voces acercándose por el pasillo. Salimos. El resto del día pasó como un eco lejano. Lo único que me ocupaba la cabeza eran sus labios y la palabra «quiero».

***

Una semana después, Tomás organizó algo en su casa para terminar un trabajo de clase. Éramos él, Carla y yo. Sus padres habían salido a cenar y Carla, que nunca había probado el alcohol, propuso abrir una botella de ron que dormía en el armario.

Tres chupitos cada uno. Y la botella vacía, girando en el suelo, decidiendo verdades y retos.

Cuando me tocó a mí, Carla propuso que besara a Tomás. Lo hice sin pensarlo. Mi amigo cerró los ojos y me devolvió el beso con lengua, sin titubear. Cuando le tocó a Carla, me vengué: que besara ella a Tomás. Lo pensó dos segundos. Después se acercó a él, entrecerró los ojos y lo besó largo. Lo bastante largo como para que yo, en vez de cabrearme, sintiera que se me ponía dura.

Me uní. Besé primero a mi novia y después a mi amigo. Las manos empezaron a moverse solas. La tumbé en el suelo. Tomás me bajó los calzoncillos con la boca, deslizó los labios por mi cadera. Yo le bajé las bragas a Carla. La miré pidiéndole permiso. Ella miró a Tomás y asintió.

—Chúpasela —le dije, con la voz tomada.

Jamás pensé que me pondría tanto verla con la polla de mi mejor amigo en la boca. Saqué el condón que me alargó Tomás, me lo puse con torpeza y la penetré despacio. Tomás le sujetaba la cara, le metía hasta el fondo. En un momento, sin soltar a Carla, mi amigo se giró hacia mí y me besó con la misma rabia con la que ella se masturbaba.

Yo me corrí en el condón. Tomás, en la cara de mi novia. Ella, sobre mí, empapándome el abdomen.

Nos limpiamos en silencio. Cuando salí con Carla y la acompañé hasta el portal, pensé en decirle todo lo que llevaba semanas reprimiendo. Pero acababa de follármela. No era el momento. Nunca era el momento.

—¿Qué coño ha sido eso? —le escribí a Tomás de camino a casa.

—No sé, che, pero sigo cachondo. Una locura.

***

El primer fin de semana de febrero subimos al pueblo. Llegamos el jueves por la noche y, el viernes por la tarde, Nico me escribió por WhatsApp.

—¿Nos vemos a las ocho en las ruinas?

Nuestro pueblo tiene un castillo medio derruido en una colina apartada. Es nuestro símbolo, el lugar al que mis amigos y yo subíamos desde críos. Por allí no pasa nunca nadie. Hemos hecho de todo entre esas piedras: fumar a escondidas, escondernos cuando llovía, contarnos secretos que no contábamos a nadie más.

A las ocho ya estaba allí. Nico me esperaba sentado en una roca, pasando reels en el móvil. Su pelo cobrizo, a media melena, sus ojos casi grises, las pecas sobre las mejillas que le daban un aire ingenuo. Me dio un abrazo enérgico.

—¡Pero chaval!

Nos sentamos en el suelo de piedra, abrigados con plumas, y empezamos a charlar como hacíamos siempre. De clase, del accidente de Leo, del negocio nuevo de sus padres. Y, al final, de Carla.

—Es todo lo que quería, Nico. Pero ya no es todo lo que quiero.

Le conté lo del trío con Carla y con Tomás. Le dije que me había puesto más Tomás que ella. Le hablé de Sergi. De aquel beso después de lo de Iván. De que llevaba semanas sin saber qué hacer.

Nico me apretó el hombro.

—Habla con ella, tío. Aunque no se lo cuentes todo, se merece una explicación. Si fuera al revés, ¿no querrías saberlo?

—Sí. Tienes razón.

Sonreí. Le miré.

—¿Y tú? ¿Alguna novieta?

Bajó la vista. Tardó en contestar.

—Hay una de mi clase que me mola, pero no me da bola. Y… Marc, te voy a decir una cosa rara. Desde que me contaste lo que habías hecho con tus amigos, he soñado contigo un par de veces. En plan que nos hacíamos una paja. Tú y yo. No sé. Me dio curiosidad. ¿Es normal eso?

—Bro. Se lo estás preguntando a alguien que les ha comido el rabo a sus amigos. Yo ya veo todo normal.

Rió, medio tenso. Nos quedamos en silencio un momento.

—Podemos probar —dije—. Si quieres.

Me miró. En la penumbra leí emoción más que duda.

—¿Aquí? ¿Así de pronto?

—Hace frío, pero enseguida entramos en calor.

Bajamos un par de metros, a una esquina del castillo donde dos paredes en pie nos resguardaban del viento. Nos desabrochamos los abrigos. Nos sacamos la polla. La de Nico era curva, ligeramente arqueada hacia abajo, con un glande prominente. Sus huevos, encogidos por el frío, parecían más pequeños de lo que probablemente eran.

Empezamos a pajearnos mirándonos a los ojos, riéndonos por lo bajo. Cuando alargué la mano y le toqué a él, dio un pequeño respingo. Mi mano estaba helada. Se rió.

—¿Qué pasa? —pregunté después de un minuto, al notar su impaciencia.

—Es que… no solo soñé que nos hacíamos una paja. Había más.

Me arrodillé. Las piedras del suelo se me clavaron en las rodillas. Sujeté su polla arqueada y lo miré desde abajo. Él me miraba con una sonrisa nerviosa, como si no terminara de creerse que aquello estaba pasando.

Me la metí en la boca. Estaba caliente, dulce de un modo que no sabría explicar. Nico no decía nada. Permanecía quieto, como si cualquier movimiento pudiera deshacer el hechizo. Le bajé los pantalones y le palpé las nalgas. Saqué su polla y bajé a sus huevos. Me acordé de la primera vez que metí unos huevos en la boca, hacía meses, con torpeza. Esta vez sabía exactamente qué hacer.

Después fue él quien tiró de mí. Apoyó mi espalda contra la pared de piedra y se arrodilló. Cerró los ojos un segundo, como si tomara aire, y me la metió en la boca. Lo hacía bastante mejor de lo que esperaba.

—No se te da mal, loco.

Se la sacó.

—Bueno, la otra vez te mentí un poco. Un amigo de clase y yo… probamos. Solo me la chupó él a mí, ¿eh? Pero me fijé. Hace ya un par de años.

—Pues te acuerdas bien.

Siguió. Su lengua jugaba con mi glande, sus labios apretaban cada vez que llegaban a la punta. Yo gemía bajito, mirando al cielo, mirando las piedras, mirándolo a él. Y entonces, sin saber muy bien por qué, le hice una pregunta.

—¿Quieres… probar a metérmela?

La última palabra se la llevó el viento.

—Pf. No sé, tío. Eso es mucho ya, ¿no?

—Ya. Era solo si querías.

Silencio. Después:

—A ver. Si quieres, lo intentamos.

Era todo lo que necesitaba escuchar.

Busqué un sitio cómodo. Una columna derrumbada me hacía de mesa. Dejé el abrigo en el suelo, alcé una pierna y la apoyé sobre la columna. Nico se colocó detrás de mí, todavía con la polla dura. Le indiqué que fuera despacio. Y, sorprendentemente, entró sin problema. Las sesiones de autoexploración y todo lo que había aprendido en los últimos meses con mis amigos me habían dejado más que preparado.

—Hostia, tío. Se siente súper bien. ¿No te duele?

—Un poco. Saca y mete despacio.

Lo hizo. Después aceleró. Sus huevos chocaban contra mi piel. Una de sus manos se apartó de mi cadera y avanzó hasta mi polla, que ya soltaba precum. Lo miré por encima del hombro. Tenía la cara desencajada del gusto. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, sonrió y se mordió la lengua. Nunca lo había visto así.

Acerqué mi boca a la suya. No se apartó, pero noté su titubeo cuando rocé sus labios. Su lengua era torpe, inexperta. Se separó enseguida y se rió, nervioso, sin dejar de embestirme.

—Me voy a correr, Marc.

Me saqué su polla del culo y me agaché. Empecé a chuparla y a pajearla a la vez. Su corrida cayó en mi boca en cinco trallazos amargos. No los tragué. Cuando le saqué la polla, un último chorro me cayó en la mejilla. Abrí la boca para que viera.

—Buah —dijo solo eso.

Me corrí yo nada más con verle la cara. Mi leche cayó sobre la tierra. Escupí la suya al lado. Se quedarían las dos allí, juntas, hasta que la próxima lluvia las llevara.

Me incorporé. Me dolía un poco el culo. Reímos los dos en complicidad.

—Bueno, ¿qué tal?

—Una locura, tío. Una locura.

Pasamos el resto de la noche allí, recordando todas las cosas que habíamos hecho en el pueblo desde críos. Nico y yo en la piscina de su casa. Nico y yo quemando ramas a escondidas. Nico y yo espiando a la vecina mientras se duchaba. Y ahora, Nico y yo en las ruinas.

Al final, lo que pasa en el pueblo se queda en el pueblo.

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Comentarios (4)

NicoRdz22

Buenisimo!!! me dejó con ganas de mas jaja

Lautaro_Mdq

Por favor seguí con esto, me quedé con muchas ganas de saber qué pasó después entre ellos

TomásBA

Me recordó a algo que viví en un viaje con un amigo hace años... uno nunca sabe como puede cambiar todo en una sola noche. Muy autentico

RobertoNoche

increible como captaste esa tension, sin exagerar nada. Bravo

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