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Relatos Ardientes

El día que mi compañero hetero quiso probar

Esto pasó hace unos años, cuando trabajaba en una agencia de atención telefónica en Lima. Tenía veintisiete años, estaba fuera del clóset desde la adolescencia y llevaba dos años con mi pareja. Mi vida laboral era tranquila, sin grandes dramas, hasta que entró Mateo al equipo del turno nocturno.

De entrada no me pareció gran cosa. Treinta y seis años, un cuerpo pesado pero firme, esa barba de tres días que nunca terminaba de afeitarse y la cara cansada de quien ya tenía hijos. Vestía siempre con la camisa metida y zapatos viejos. Nada que pudiera despertarme nada, o eso pensé los primeros días.

Lo asignaron a la fila de cubículos pegada a la mía y, como suele pasar en esos trabajos donde la rutina se sostiene a base de café y comentarios sarcásticos por el chat interno, terminamos hablando. Al principio era el clima, los clientes pesados, las pausas para fumar abajo. Después fueron las parejas. Él estaba comprometido con Lucía y vivían juntos desde hacía cinco años. Tenían planes de casarse al año siguiente.

Le conté sin rodeos que yo salía con un hombre. No reaccionó mal ni se incomodó. Solo asintió, como quien recibe un dato cualquiera, y siguió hablándome de su novia. Eso me cayó bien. Con el tiempo nos volvimos esos compañeros que se cubren las llamadas cuando el otro necesita salir antes, y los turnos juntos empezaron a hacerse largos y entretenidos.

Las conversaciones fueron mutando. Primero anécdotas inocentes, después confidencias. Una madrugada, sentados en la sala de descanso con un café cada uno, me preguntó cómo era estar con un hombre. No con malicia, más bien con la curiosidad torpe de quien nunca se había permitido la pregunta. Le respondí con naturalidad, sin morbo, contándole lo que me parecía relevante. Él escuchaba atento y me devolvía detalles de sus encuentros con Lucía con la misma franqueza.

Y ahí empezó el problema, por lo menos para mí.

Cada vez que me describía algo —cómo ella se ponía encima, cómo se la mamaba por las mañanas— yo me iba imaginando la escena. No a Lucía: a él. A su espalda ancha moviéndose, a esa panza dura que se le marcaba bajo la camisa, a la cara que pondría en el momento. Una noche, al volver a mi puesto, tenía la verga tan dura que me costó sentarme normal.

Lo agregué al Facebook con cualquier excusa. Tenía pocas fotos, pero entre ellas había una de un viaje a la playa: sin camisa, gordito, peludo, con esa sonrisa relajada de los hombres que no saben lo bien que se ven. Esa noche me masturbé pensando en él. Más de una vez.

A partir de ahí ya no podía mirarlo igual. En la oficina trataba de disimular, pero cada vez que se levantaba a buscar algo me quedaba siguiéndole la espalda con la vista. Él no se daba cuenta, o eso creía yo.

Las charlas siguieron subiendo de tono. Empecé a deslizar comentarios sobre mí, no directos pero suficientemente claros. Le dije una vez que lo que más me gustaba en la cama era una buena mamada, hacerla y recibirla. Que me concentraba en eso como si el mundo se redujera a un cuerpo. Él se rio, medio nervioso, y me preguntó:

—¿Y eso lo harías así, sin compromiso? Una mamada, digo.

—Si el tipo me gusta, sí —contesté—. Sin drama, sin pedir nada después.

Se quedó callado unos segundos. Después siguió con otra cosa, pero yo sentí que algo se había movido.

Las preguntas se volvieron más específicas con el paso de las semanas. Quería saber si me importaba el tamaño, si prefería los hombres rasurados o peludos, si me gustaba tragar. Yo respondía con sinceridad, sin alardear pero sin esconder nada. Le dije que el tamaño me daba igual, que con peludo me podía morir, que tragar era lo que más me gustaba. Le confesé que estaba al día con los análisis y que un encuentro discreto con alguien limpio no era algo que me asustara.

—Yo me rasuro abajo —soltó una vez, mirando la pantalla, como si fuera un dato técnico—. Hace años que me rasuro. A Lucía le gusta así.

—Te suma puntos —le dije, en broma pero no tanto.

Se rio. No dijo nada más. Pero ya no podía deshacer lo que estaba flotando entre los dos.

***

El turno de la madrugada del jueves siguiente nos tocó casi vacío. Éramos cuatro en la sala, y dos se fueron temprano por una emergencia familiar de uno de ellos. Quedamos él y yo en filas opuestas, las llamadas habían bajado a casi nada, y los cubículos del fondo formaban una especie de pasillo muerto al que las cámaras no llegaban. Eso lo sabíamos todos los del turno nocturno.

Estaba revisando un correo cuando lo vi acomodarse en la silla, mover el monitor un poco y abrir una página. No miré al principio. Después de un rato dijo en voz baja:

—Ey, ven un segundo.

Me acerqué con la excusa de necesitar algo del sistema. Él tenía la pantalla con imágenes de hombres desnudos. Vergas, primer plano. Me miró sin sonreír y dijo:

—¿Así te gustan?

—Sí —contesté, sintiendo cómo se me secaba la boca.

—Así la tengo yo.

—¿En serio? —pregunté, aunque ya no era una pregunta de verdad.

Empujó la silla hacia atrás, deslizándose hasta quedar tapado por la mampara del cubículo del costado. Punto muerto. Se levantó la camisa apenas, se aflojó el cinturón y se bajó el pantalón lo suficiente como para sacarse la verga. Estaba a medio camino, gruesa, con la cabeza ya hinchada, perfectamente rasurada como había dicho.

No lo pensé. Me agaché a su lado, en el mismo punto muerto, y se la agarré con la mano. Latió bajo mis dedos. Levanté la mirada y vi su cara: los labios entreabiertos, los ojos clavados en mí, una mezcla de miedo y deseo que me destruyó cualquier resto de cordura.

Me la metí en la boca despacio, lamiéndole primero la cabeza, después tragando todo lo que podía. Se le puso completamente dura en segundos. Yo me concentré en hacerlo bien: subir y bajar con ritmo, jugar con la lengua en el frenillo, sacármela para respirar y volver a engullirla. Lo miré sin sacarla, con la boca llena, y él tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás.

Sentí su mano apoyarse en mi nuca. No para empujar; más bien para sostener. Como diciendo: «no pares». Aceleré. Él me detuvo de pronto, con un susurro entrecortado:

—Acá no… vamos al cuarto de atrás.

***

El cuarto de atrás era un espacio chico con un sofá viejo, una consola con un Xbox que casi nadie usaba y una puerta que se podía trancar con seguro. No había cámaras. Era el sitio donde algunos compañeros aprovechaban para dormir veinte minutos cuando la noche se hacía larga.

Me acomodé la ropa, bloqueé la computadora con la respiración todavía agitada y salí sin mirar a nadie. No había a quién mirar, en realidad. Caminé hasta el cuarto, entré y me senté en el sofá a esperar. Pasaron cuatro minutos. Cada uno se me hizo eterno. Pensé que se iba a arrepentir, que iba a volver al puesto como si nada y al día siguiente fingiríamos que nada había ocurrido.

Pero entró.

Cerró la puerta con seguro y se quedó parado en el medio, mirándome sin saber qué hacer. Estaba nervioso. Cualquier palabra mía podía arruinar el momento, así que me levanté, le tomé la mano y lo guie al sofá. Lo acosté boca arriba y le puse las manos detrás de la nuca, esa postura que le da a un hombre la sensación de estar dejándose hacer sin perder nada de su papel.

—Tranquilo —le dije bajito—. Yo me encargo.

Me arrodillé entre sus piernas. Le toqué el bulto por encima del pantalón y volví a sentir cómo la verga le respondía debajo de la tela. Le abrí el cinturón, le bajé el pantalón hasta los tobillos y después el bóxer. Él se ayudó levantando un poco las caderas. Quería repetir. Eso quedó claro sin necesidad de palabras.

Esta vez con calma. La miré antes de tocarla. Era una verga sencilla, recta, con la cabeza grande, los huevos pesados y bien rasurados. Olía a sudor de hombre, ese olor limpio pero intenso que no se parece a ningún otro. Le pasé la lengua despacio por todo el largo, desde los huevos hasta la punta, y lo escuché soltar el aire por la nariz.

Empecé a chupársela en serio. Engullía, sacaba, jugaba con la lengua, le lamía los huevos, los chupaba de a uno. Disfruté cada parte. Quería que ese encuentro durara, que él se acordara de esa mamada cada vez que su novia le hiciera otra.

—Aaah… mmm… qué rico —murmuró, con la voz quebrada—. Nunca… así, nunca.

Eso me prendió todavía más. Aceleré. Le sentía la verga vibrar, los huevos cada vez más apretados contra el cuerpo. Sabía que estaba cerca. Empezó a moverse un poco, a respirar fuerte. En un momento me agarró del pelo y me dijo en un hilo de voz:

—Voy a acabar… sácala…

Me la saqué dos segundos. Solo dos.

—No pasa nada —le dije—. La quiero acá.

Y volví a engullirla. Él se tensó entero, soltó un gemido grave, y la verga le explotó dentro de mi boca. Cargada, espesa, caliente. Me llenó la garganta y yo tragué sin parar, sin separarme, mientras con la otra mano me masturbaba a mí mismo. Acabé en el piso a los pocos segundos, ahogado en mi propia respiración.

Se quedó quieto un rato largo, todavía con las manos detrás de la nuca, mirando el techo. Después suspiró fuerte. Sacó un paquete de servilletas del bolsillo del pantalón —no sé para qué, si yo le había dejado la verga limpia con la lengua— y se limpió igual. Me pasó un par para el piso. Se acomodó la ropa sin mirarme.

—Tengo que volver —dijo—. Por si entra alguna llamada.

Salió rápido del cuarto. Yo terminé de limpiar, esperé un par de minutos para que no fuera tan obvio y volví a mi puesto. El resto del turno lo terminamos sin novedad, cruzándonos miradas que no necesitaban explicación.

Pensé que con Mateo todo iba a cambiar después de eso. Que el remordimiento le iba a ganar y volveríamos a ser dos compañeros que apenas se hablan. No fue así. A los días tocamos el tema con la naturalidad de los que ya cruzaron una línea y no piensan deshacerla. Me confesó que lo había disfrutado más de lo que esperaba, que había sentido culpa al día siguiente —cosa lógica— pero que tampoco se cerraba a repetir.

Y repetimos. Varias veces. Esa madrugada fue el principio de una serie de encuentros que siguieron mientras compartimos trabajo y de una amistad rara y honesta que todavía sostengo con él. Ya no trabajamos juntos. Sigue con Lucía, ahora casados, con un hijo en camino. Yo sigo con mi pareja. Pero cada tanto, cuando se da, nos encontramos. Sin culpa, sin promesas y sin nada que arruine lo que tenemos.

Si a él no le molesta, contaré más adelante alguno de los otros encuentros. Hay material.

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Comentarios (4)

LoboGris88

Muy bueno, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!

TomyCba

Necesito una segunda parte urgente, no puede terminar asi jajaja

EduMR22

Me recordó a algo similar que me pasó hace años en el trabajo. Esas situaciones uno no las olvida. Muy bien contado.

JulianCordo

Muy bien narrado, se nota que fue real. Pregunta: hubo un despues o quedo en eso?

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