Pedí un repartidor por internet y llegaron dos
Empecé a navegar por la web de clasificados a media tarde, con el portátil sobre las piernas y la persiana medio bajada. Era mi ritual del jueves: revisar los anuncios, marcar los que me intrigaban, descartar los que olían a perdedores. Un chico como yo —veinticuatro años, delgado, con un gusto particular por las situaciones poco convencionales— tenía que ser selectivo.
Un anuncio en la sección de hombres me detuvo. «Mensajero busca boca caliente al final del turno. Juega conmigo: tú pides el pedido, yo entrego algo más que el paquete». La redacción tenía una mezcla de descaro y broma que me gustó. Le escribí enseguida.
Después de un par de mensajes acordamos vernos al día siguiente en mi piso. «Tocas y entras, está abierta», le contesté. «Te recibo listo».
Pasé la mañana en otra cosa, pero al mediodía empecé a prepararme. Me duché despacio, me depilé las piernas y el pecho con cuidado, y elegí la lencería que sabía que funcionaba: un tanga negro de encaje que apenas contenía nada, unas medias caladas que terminaban a mitad del muslo y una camiseta vieja que dejaba a la vista el ombligo. Me delineé los ojos un poco, no demasiado. Me miré en el espejo del recibidor y sonreí. Iba a ser una buena tarde.
A las cuatro menos diez sonó el timbre.
Abrí sin pensarlo. En el rellano había un tipo de unos treinta y pico, latino, con el uniforme azul oscuro de una empresa de paquetería que reconocí de las cajas que recibía. Tenía los hombros anchos, una sombra de barba de tres días y los antebrazos cruzados por venas que le marcaban hasta los nudillos. Sostenía una caja en la mano izquierda y me miraba la cintura.
—Paquete para Ari —dijo, con media sonrisa.
—Pasa —respondí, apartándome.
Cerró la puerta a sus espaldas con el talón. No esperé a que dijera nada más. Me arrodillé en el recibidor, frente a él, y le busqué la cremallera del pantalón con dedos que me temblaban un poco. Cuando le bajé la ropa interior, la verga le saltó hacia fuera ya medio dura, gruesa, con un peso que se notaba en la mano antes incluso de tenerla del todo en la boca.
—Así me gustan, sin charlita previa —dijo, enredando una mano en mi pelo.
Me la metí entera, o casi. La saboreé despacio, con la lengua plana contra la base, y luego empecé a moverme con la cabeza, primero suave y después más a fondo, hasta que la sentí golpear contra el paladar. Tenía un sabor a piel y a sudor del turno entero, y eso me ponía más que cualquier perfume.
—Qué buena boca —murmuró—. Cómemela toda.
Le obedecí. Las lágrimas me empezaron a brotar de los ojos por el esfuerzo, pero no aflojé. Cuando dejaba caer la garganta sobre él, notaba cómo apretaba la mano en mi nuca, como si quisiera asegurarse de que no me iba a apartar.
Estuvimos así un par de minutos. Después me sacó la verga de la boca y me la golpeó suavemente en la mejilla.
—Al sofá —dijo—. Estaremos más cómodos.
Me siguió hasta el salón. Se sentó, abrió las piernas y se acomodó. Yo me arrodillé delante, entre sus rodillas, y volví a tomarlo en la boca. Esta vez fui más despacio. Me concentré en la punta, en la corona, en la vena gruesa que le recorría todo el dorso. Le acaricié los testículos con una mano, los rocé con los labios, los lamí mientras le agarraba la verga con la otra y se la masajeaba sin prisa.
—Joder —se le escapó—. Me vas a obligar a correrme antes de tiempo.
—No pasa nada —le contesté, sin levantar la cabeza—. Tenemos toda la tarde.
—Te voy a correr en la boca, putito.
Le sonreí desde abajo. Llevaba meses esperando que alguien me lo dijera así, con esa naturalidad. Volví a tragarlo entero. Lo sentí endurecerse aún más entre mis labios, lo escuché jadear, y entonces se corrió en mi garganta con un gruñido seco. Me llenó la boca de un golpe, espeso y caliente. Lo tragué todo y le lamí la verga hasta que no quedó ni una gota.
—Eres un putón increíble —dijo, dejándose caer contra el respaldo.
—Me lo dicen mucho —contesté, limpiándome los labios con el dorso de la mano.
Estaba a punto de subirme a horcajadas encima de él cuando sonó el timbre por segunda vez.
Los dos giramos la cabeza hacia la puerta.
—¿Esperas a alguien? —me preguntó, sentándose más recto.
—A nadie —contesté, frunciendo el ceño.
Fui hacia el recibidor con el corazón empezando a acelerarse otra vez, aunque por otro motivo. Abrí la puerta y me quedé un par de segundos sin entender.
En el umbral había otro repartidor. También latino, también de uniforme, pero más joven —veintipocos, calculé—, con una sonrisa tímida y un acento colombiano que noté en la primera palabra.
—Busco a Ari —dijo—. Soy del anuncio.
Sentí cómo se me detenía el aire en el pecho. Si este chico era el del anuncio… ¿entonces quién era el tipo que tenía en el sofá?
—Eh… pasa —le dije.
Cerré la puerta detrás de él y lo guie hasta el salón. Cuando vio al primer repartidor sentado en el sofá, todavía con el pantalón a media pierna, se paró en seco.
—¿Qué…? —empezó a decir.
El primero se incorporó un poco, sin la más mínima vergüenza. Me miró a mí, miró al recién llegado, y soltó una risa corta que sonó casi a complicidad.
—Creo que aquí hay un malentendido —dijo—. Pero no sé si necesita arreglo.
El chico colombiano me miró a mí, dudando, y después al hombre del sofá. Se mordió el labio. Despacio, bajó la vista a mis medias, a mi tanga, a mis labios todavía hinchados. Vi cómo le subía el bulto bajo el pantalón.
—Ya que estoy aquí… —dijo, y empezó a desabrocharse el cinturón.
***
Me arrodillé entre los dos. Cada uno se acomodó en una esquina del sofá y yo en el suelo, en medio, con una verga en cada mano. La diferencia entre ambas era casi cómica: la del primero, gruesa, oscura, con la cabeza ancha; la del colombiano, más larga y más delgada, con una curva suave hacia arriba. Cerré los ojos un momento y pensé en lo absurdo de la situación. Pensé también en lo afortunado que era.
—Empieza por mí —pidió el colombiano, en voz baja.
Le obedecí. Me incliné hacia su lado y le pasé la lengua por toda la base antes de tragármelo. Era más fácil que el primero —menos grueso, más manejable—, pero la curva me golpeaba en un punto del paladar que no había sentido antes. Mientras tanto, no dejaba de masturbar al otro con la mano, manteniendo el ritmo, sintiendo cómo se endurecía otra vez.
—Ahora aquí, puta —ordenó el primero, tirándome suavemente del pelo para girarme.
Me encantó que me llamara así. Se lo dije, con la voz un poco rota, y los dos se rieron, complacidos. Empecé a alternar entre las dos vergas. Una y otra. Una y otra. Saliva por todas partes, las rodillas clavadas en el parquet, las medias bajándoseme por una pierna, y los dos hombres encima de mí, mirándome con esa especie de hambre que no se finge.
—Al suelo —dijo el primero después de un rato—. Quiero verte a cuatro patas.
Me dejé caer sobre la alfombra del centro del salón, con el culo hacia arriba, apoyado en los codos. El primero se colocó delante de mí, con la verga ya goteando otra vez contra mis labios. El colombiano se colocó detrás. Sentí cómo me bajaba el tanga hasta los muslos. Sentí los dedos del colombiano abrirme con suavidad.
—¿Listo? —me preguntó.
Asentí, sin poder hablar porque ya tenía la verga del primero entre los dientes. Sentí el lubricante frío y, un segundo después, el empuje.
Entró despacio, dándome tiempo. Pero una vez dentro no se contuvo. Empezó a moverse con un ritmo que me obligó a sujetarme con las dos manos en las caderas del que tenía delante. El primero me empujó la cabeza, me la guio, me llenó la boca al mismo compás en el que el otro me llenaba por detrás.
—Joder, qué bien te lo está dando —dijo el de delante.
—Está hecho para esto —contestó el colombiano, sin parar.
Yo no podía contestar. Solo gemía contra la verga que tenía en la boca, sintiendo cómo me sacudían el cuerpo entero, sincronizados sin haberse puesto de acuerdo. La habitación se llenó del sonido de la piel chocando contra la piel, de mis gemidos amortiguados, del jadeo entrecortado de los dos hombres, del crujido del parquet bajo mis rodillas.
—Te voy a llenar, puta —avisó el colombiano después de un rato—. Te voy a dejar marcado.
—Sí —conseguí decir, sacando la verga del primero un segundo—. Lléname.
El colombiano se vino con un gemido grave, agarrándome de las caderas con las dos manos, hundiéndose hasta el fondo. Lo sentí pulsar dentro de mí, caliente, y antes de que terminara, el primero también se corrió, esta vez sin avisar, llenándome la boca por segunda vez aquella tarde.
Me quedé un momento así, en el suelo, con una verga en cada extremo, lleno por arriba y por abajo, con las piernas temblando y el corazón a punto de salírseme por la clavícula.
***
Pasaron un par de minutos en silencio. El colombiano se dejó caer al lado mío, todavía respirando fuerte. El primero se recostó en el sofá. Yo me senté despacio en la alfombra, con el tanga aún a media pierna y las medias hechas un desastre.
—Esto no estaba en el guion —dijo el primero, riéndose un poco.
—Pero ha estado bien —añadió el colombiano.
Sonreí. Tenía la boca seca y un sabor a sal que no me molestaba en absoluto.
—Tenemos que repetirlo —dije.
Se vistieron despacio, sin la urgencia con la que habían entrado, mientras yo seguía en el suelo, sin esfuerzo por taparme. Sabía cómo me veía y me gustaba que ellos lo vieran también.
—La próxima vez avísame —dijo el colombiano, ya abrochándose el cinturón—. Para venir preparado.
—O —intervino el otro, mirándome con la sonrisa torcida que ya empezaba a reconocerle— mejor, no te vayas. Dame veinte minutos y vamos a por una segunda ronda. Los tres.
Los miré. Me incorporé un poco, me apoyé en los codos, abrí las piernas con cuidado para que vieran que aún goteaba.
—Creo —dije— que me gusta esa idea.
Y supe, sin mirar el reloj, que la tarde estaba lejos, muy lejos, de terminar.