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Relatos Ardientes

Fui a ver un cuarto y terminé en la cama del casero

Llevaba dos meses en Querétaro por una asignación de trabajo y todavía no decidía si me convenía mudarme en serio. Mientras tanto seguía en un hotel cerca de la salida a Celaya, a pocas cuadras de la avenida Universidad. La habitación era cómoda, pero el costo diario empezaba a comerme el viático.

Una tarde, después de cerrar la última junta, me tiré en la cama con el celular y abrí la aplicación que llevaba semanas usando para distraerme. La pandemia me había dejado sin contacto con nadie por meses y los perfiles que veía eran los mismos cuatro o cinco hombres que ya conocía de vista. Por aburrimiento, edité mi estado y escribí: «Busco cuarto en renta por la zona».

No esperaba respuesta. Llevaba el chat abierto solo para revisar mensajes mientras pedía algo de cenar al servicio del hotel. A los veinte minutos, un perfil sin foto me escribió.

—Buenas tardes. ¿Por dónde buscas el cuarto?

Le contesté de inmediato. Le dije que necesitaba algo cercano al hotel, sobre la zona universitaria, para no perder demasiado tiempo de traslado. Su respuesta tardó menos de un minuto.

—Yo tengo uno disponible. Vivo entre Independencia y Reforma. Está a quince minutos a pie de la Universidad.

Abrí el mapa. La dirección coincidía exactamente con la zona que me interesaba. Le pregunté si lo podía ver y me contestó que sí, que estaba en casa, que podía pasarme la ubicación en el momento.

Mientras me cambiaba, una parte de mí pensaba en el cuarto y otra en el tono casual con el que aquel hombre proponía la visita un viernes a las nueve de la noche. La aplicación no era exactamente Airbnb. Pero callé la sospecha, me puse un pants negro, una sudadera azul marino, los tenis blancos que tenía a la mano y una gorra. Debajo, una playera lisa y el bóxer ajustado que me había puesto esa mañana sin pensar en él dos veces.

Caminé las seis cuadras que separaban el hotel del domicilio. Le mandé un mensaje al llegar y, antes de poder guardar el celular, escuché el chasquido del zaguán al abrirse.

Era casi de mi estatura —yo mido un metro setenta y ocho—, aunque le notaba un par de centímetros de ventaja. Delgado, con la mandíbula marcada y unos cuarenta y dos años bien llevados. Vestía un pants gris claro y una camiseta blanca de cuello redondo.

—¿Eres Marcos? —me dijo, tendiéndome la mano.

—Sí. Mucho gusto, Aarón.

El apretón se prolongó medio segundo más de lo necesario. Me invitó a pasar y me condujo a través de un patio interior donde tres puertas se abrían a igual número de cuartos. El que tenía disponible era el del fondo, con baño propio y ventana hacia el patio.

Entré. Aarón se quedó muy cerca, a un paso de distancia, mientras yo abría el clóset y revisaba el espacio para una mesa de trabajo. Cada vez que me agachaba para mirar un enchufe o un detalle del piso, sentía sus pasos detenerse justo detrás de mí. En una de esas, su mano me rozó la nalga al supuesto descuido. Después su dedo recorrió la línea entre mis glúteos por encima del pants, sin disimulo. No me moví. Tampoco protesté.

—¿Te gusta? —preguntó, refiriéndose al cuarto.

—Está bien —respondí, fingiendo concentrarme en una mancha del techo.

—Vamos a la sala y platicamos del precio.

Me llevó a una sala pequeña con un sillón de tres plazas. Me senté en el centro. Él se acomodó frente a mí, en un sillón individual, y empezó a hablar de los servicios incluidos, del depósito, del horario de la cerradura común. Después, sin cambiar el tono, soltó la pregunta que sabía que iba a soltar.

—¿Y qué buscas en la app, Marcos? Aparte del cuarto.

—Lo que pase —contesté—. No me cierro a nada.

—¿Activo, pasivo, versátil?

—Pasivo, casi siempre.

Se levantó, cruzó la sala en tres pasos y se sentó a mi lado. Pasó la mano por mi muslo, despacio, y se acercó a hablarme al oído.

—Yo soy activo. Y desde que te vi en el zaguán supe que ibas a entrar.

Me besó antes de darme tiempo a contestar. Fue un beso firme, con la lengua decidida y el brazo izquierdo presionándome el hombro para pegarme a su cuerpo. Su mano libre encontró la cintura del pants y empezó a empujarlo hacia abajo, aprovechando que la tela no tenía botones ni cinturón. Las rodillas frenaron la caída.

—Date la vuelta —murmuró—. Apóyate boca abajo sobre mis piernas.

Obedecí. Quedé de costado, con el pecho sobre sus muslos y la cara apoyada en el descansabrazos. Sentí cómo el bóxer cedía cuando él lo bajó hasta dejarme las nalgas al aire. Una palmada seca. Otra. Sus manos abriéndome con cuidado para mirar lo que tenía debajo.

—Mira nada más qué culito traías escondido —dijo en voz baja.

Me hizo incorporarme solo para reacomodarme: ahora con el pecho contra el respaldo del sillón, las piernas firmes en el piso y los brazos cruzados sosteniendo mi propia frente. Me terminó de bajar el pants, me sacó los tenis, me jaló la sudadera y la playera hasta dejármelas amontonadas sobre la nuca. La espalda desnuda. El culo ofrecido.

Sus manos recorrieron todo a la vez: las piernas, la cadera, la espalda baja. No tenía prisa. Cada caricia se demoraba lo suficiente para hacerme cerrar los ojos. Cuando volvió a abrirme las nalgas, sentí que mi entrada se contraía sola, sin mi permiso.

—Ese culito ya está ansioso, ¿verdad?

No le contesté. Estaba demasiado ocupado conteniendo el primer gemido cuando sentí su lengua pasar por donde nadie me tocaba desde antes del encierro. La pasó despacio, deteniéndose justo en el centro, ensalivando con paciencia. Después intentó meter un dedo. Mi cuerpo se resistió la primera vez. Volvió a la lengua, dejó más saliva, regresó al dedo. Esta vez entró la primera falange. Luego entró entero.

Soltó un comentario por lo bajo que no entendí. Yo solo escuchaba mi propia respiración. El dedo salió, volvió a entrar con más facilidad, salió otra vez. Entonces vino el segundo. Mi culo lo aceptó sin protestar, casi con ganas. Movió ambos en círculos, los sacó, los volvió a meter, mantuvo el ritmo durante un par de minutos que se me hicieron largos y cortos a la vez.

—Vamos a la recámara —dijo al oído.

***

La habitación estaba a tres pasos. Me tomó de la mano como si fuéramos a otra cosa y no a coger. Adentro me sentó al borde de la cama, se desnudó frente a mí sin apuro y dejó a la vista una verga de unos dieciocho centímetros, con un grosor que me secó la boca un instante.

Me jaló para que me pusiera de pie y me besó. Con una mano me sujetó la cintura y con la otra terminó de quitarme la sudadera enredada en la nuca. Después me giró, me apoyó la espalda contra su pecho y me restregó la verga entre las nalgas, despacio, mientras me hablaba al oído.

—Siente nada más lo que te vas a coger.

Me dobló sobre la cama. La misma postura del sillón, ahora con el colchón debajo. Pasó la lengua de nuevo por donde había dejado los dedos. Volvió a meter primero uno, luego dos. Mi cuerpo ya lo conocía. Cuando retiró la mano, sentí algo distinto: la cabeza de su verga apoyada justo en la entrada.

Empujó con calma. La primera vez mi esfínter cerró y le frenó el avance. Escuché que escupía. Volvió a poner la punta. Esta vez cedí. Un punto de dolor agudo, después otro de placer y al final la sensación absoluta de estar lleno. Entró por completo, hasta que sentí sus testículos contra los míos.

—Qué rico culo tienes, papacito —dijo entre dientes—. Tenías rato sin coger, ¿verdad?

Sí. Tenía meses. Y no había olvidado lo que se sentía.

Salió hasta dejar solo la cabeza adentro. Volvió a entrar. Esta vez la velocidad subió de golpe y los dos empezamos a gemir al mismo ritmo. Sus manos me sostenían por la cintura, sus caderas chocaban contra las mías con un sonido seco. De vez en cuando se inclinaba sobre mi espalda, me besaba el cuello, me jalaba el pelo para girarme la cabeza y meterme la lengua.

En algún punto, sin previo aviso, se detuvo. Sacó la verga, me hizo girarme y me sostuvo la cara entre las dos manos.

—Tengo una fantasía. Quiero acabar en tus labios. ¿Me dejas?

No supe qué responder. La pregunta llegó cuando todavía estaba con la respiración rota. Aarón interpretó el silencio a su manera. Me empujó hacia atrás, caí sobre la cama boca arriba, se subió entre mis piernas y me las pasó por encima de uno de sus hombros, cruzadas. Humedeció dos dedos con saliva, los hundió de un solo movimiento, los retiró y volvió a meterme la verga con la misma decisión. Hasta el fondo.

Esta vez los embates fueron más lentos y más profundos. Yo le miraba la cara, le veía la mandíbula apretada, los ojos cerrados, la concentración de quien está aguantando para que dure. Mi propia verga goteaba contra mi vientre sin que ninguno de los dos la tocara.

—Tienes un culito insaciable —dijo, sacando la verga de golpe y volviéndome a meter dos dedos.

—No es insaciable —contesté con la voz tomada—. Es que estás cogiéndome muy rico, papi.

Se rio bajito. Salió de la cama, me jaló por las muñecas y me hizo arrodillarme sobre la alfombra, frente a él.

—No tienes escapatoria —dijo.

Acercó la verga a mi cara y la restregó por mis mejillas, por la nariz, por los labios. Empezó a masturbarse con una mano, mientras con la otra me sujetaba la barbilla para mantenerme firme. La punta volvía cada cierto tiempo a tocarme la boca. La abrí solo lo suficiente para pasar la lengua por la cabeza, sentir el sabor salado, dejarlo entrar dos o tres centímetros. La sacó enseguida. Quería terminar afuera.

—Ahí te voy. Disfrútalo.

El primer chorro me dio entre los labios. El segundo cayó sobre el labio superior y empezó a escurrirme por el mentón. Caliente, espeso, con ese sabor metálico y dulce que reconoces aunque no te guste. Aarón siguió la descarga con la punta apoyada en mi boca, embarrándome lo que quedaba, mientras yo dejaba la lengua afuera y la pasaba por la cabeza.

Se quedó quieto un instante, con la respiración cortada. Después agarró un pedazo de papel de la mesa de noche, me limpió la cara con una suavidad que no esperaba y me dio una nalgada de despedida.

—Qué rico estás. Lo disfruté en serio.

Me trajo la ropa. Antes de dejarme vestir, me hizo inclinarme una última vez sobre la cama, me abrió las nalgas y miró el resultado.

—Y mira cómo dejé este culito. Bien abierto.

Me vestí en silencio. Bajamos juntos hasta la puerta del zaguán hablando del cuarto, del precio, del depósito, como si en la última hora no hubiera pasado nada distinto a una visita normal. Quedamos en que yo le confirmaba al día siguiente.

Regresé al hotel caminando despacio, con el culo palpitando todavía, con la boca pegajosa, con la sensación rara de haber resuelto en una hora dos meses de abstinencia.

La renta nunca se concretó. Una semana después la empresa me devolvió a mi ciudad y el proyecto en Querétaro se canceló. Le mandé un mensaje a Aarón disculpándome. Me contestó con un emoji de pulgar arriba y una propuesta que no acepté: que si volvía a la ciudad, le avisara. El cuarto seguramente seguía libre. Y él también.

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Comentarios (4)

PatoLect

me encanto!! no es mi categoria habitual pero enganche desde el primer parrafo y no pude parar

VigorStudio

Por favor segui con esto, quede con ganas de saber como evoluciono la relacion entre los dos. Tremendo final abierto

TatoSur88

jajaja la app de «busco cuarto» nunca fue tan productiva xd

RubenMza

No es lo mio este tipo de relatos pero reconozco que esta bien escrito y el enganche del inicio es muy bueno. Respetos

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