Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que mis dos compañeros heteros me sorprendieron

Han pasado ya casi nueve años desde aquel verano en el que trabajé como animador en un complejo recreativo a las afueras de la ciudad. El sitio contrataba sobre todo a estudiantes universitarios, gente joven con ganas de ganar algo extra durante las vacaciones, y el ambiente entre los empleados era de una camaradería que se sentía casi de campamento. Pasábamos el día rodeados de niños, padres y globos de colores, pero al final de cada jornada nos íbamos juntos a tomar algo, a quejarnos del calor y a contarnos lo que nos había pasado esa tarde.

De todo el grupo, fui acercándome especialmente a dos chicos de mi edad. A Ezequiel lo conocí en la primera semana, durante una capacitación de seguridad, y nos hicimos amigos casi en automático. A Tobías lo conocí poco después, en una rotación al área de juegos mecánicos. Los tres terminamos compartiendo turnos, recreos y, sobre todo, las noches libres.

La casa de mi madrina Esther se transformó en nuestro refugio. Ella trabajaba interna en la residencia de una familia adinerada del barrio norte, cuidando a una niña con problemas de salud, y solo volvía los domingos por la tarde. Eso nos dejaba toda la semana libre para ocupar el departamento como si fuera nuestro. Llevábamos cerveza, una botella de ron barato, papas, y nos instalábamos frente a la consola hasta que el sol se asomaba por la ventana.

Hablábamos de todo. De las chicas que les gustaban, del jefe que nos tenía hartos, de la familia, de la plata que no nos alcanzaba. Yo era abiertamente gay desde el secundario, así que tampoco me ocultaba al contarles mis enredos con otros chicos del trabajo o de la facultad. Lo que me llamaba la atención era la naturalidad con la que ellos escuchaban. Ezequiel hacía preguntas concretas, técnicas casi, como quien estudia un manual. Tobías se reía bajito y miraba al techo, pero nunca cortaba el tema.

Había detalles que me tenían pensando desde hacía semanas. Cómo, después de una cerveza de más, Ezequiel apoyaba la mano sobre el muslo de Tobías y la dejaba ahí, distraído, mientras hablábamos. Cómo Tobías, jugando al fútbol en la consola, se sentaba prácticamente sobre Ezequiel en el sillón, sin que ninguno de los dos se incomodara. Cosas que entre amigos heterosexuales suelen tener un límite invisible que ellos parecían cruzar sin darse cuenta. O dándose cuenta perfectamente.

Una noche todo se desordenó.

Era viernes y al día siguiente nos tocaba cubrir un evento importante en el complejo: una presentación de animadores disfrazados, con desfile incluido, para un cumpleaños múltiple. Sabíamos que teníamos que estar en pie a las nueve, sabíamos que debíamos descansar. No descansamos. La botella de ron se vació más rápido de lo previsto, las cervezas siguieron y, hacia las tres de la mañana, decidimos rendirnos.

—Vamos a dormir, dale —dijo Tobías arrastrando las palabras—. Mañana nos matan.

Caminamos por el pasillo riéndonos de nada, golpeándonos contra las paredes. El cuarto de huéspedes tenía dos camas matrimoniales perfectamente disponibles. No usamos ninguna de las dos por separado. Caímos los tres en la de la izquierda, vestidos, hablando todavía mientras la habitación nos daba vueltas.

Y entonces, sin previo aviso, Ezequiel se giró sobre el codo y besó a Tobías en la boca.

No fue un beso de juego, de esos que se dan los amigos borrachos para hacerse los provocadores. Fue lento, con la boca abierta, con la mano de Ezequiel sosteniendo la nuca del otro. Tobías no se apartó. Cerró los ojos y respondió.

Yo me quedé apoyado contra la cabecera, sin moverme, sintiendo cómo el alcohol se me bajaba de golpe y el corazón se me subía a la garganta. Estaba viendo lo que llevaba meses imaginando y no atinaba a hacer nada. Pensé en levantarme, en irme a la otra cama, en pedir disculpas por haberme quedado mirando. Pensé también en cosas mucho menos decentes.

Ezequiel rompió el beso y me miró por encima del hombro.

—¿Qué esperás? —dijo, con la voz pastosa—. Bajale los calzoncillos y comételo.

No me lo iba a pedir dos veces.

Me arrodillé en la cama. Tobías estaba boca arriba, casi inmóvil, los ojos entreabiertos pero atentos a cada movimiento mío. Llevaba un short deportivo y un bóxer negro debajo. Le bajé los dos al mismo tiempo, despacio, con cuidado de no tirar de más. Cuando aparecieron, me quedé un segundo mirando antes de tocar nada. Tenía un pene grueso, de piel muy clara, con el glande sonrosado y la punta brillante por la excitación. El vello recortado, pero no rasurado. Olía a jabón y a sudor caliente.

Detrás de mí seguía el sonido de los besos de Ezequiel sobre Tobías, ese chasquido húmedo de dos lenguas buscándose. Bajé la cabeza y hundí la cara entre los testículos de Tobías. Estaban tibios, suaves, sin olor fuerte, apenas un rastro mineral. Los lamí enteros, uno por uno, los chupé como si fueran dos frutas duras, y subí lentamente por el costado del tronco hasta llegar al glande.

Cuando me lo metí en la boca por primera vez, Tobías gimió bajito y arqueó un poco la espalda. Estaba completamente entregado, ese tipo de borrachera floja que vuelve a un cuerpo todo respuesta y nada de cálculo. Subí y bajé despacio, sintiendo en la lengua cada vena, cada cambio de textura, y mientras tanto me las arreglé para sacarme el pantalón y el bóxer con una sola mano. El mío ya estaba más que listo, con un hilo de líquido que me corría hasta el ombligo.

Me incorporé un instante para acomodarme y ahí me di cuenta de que Ezequiel ya estaba desnudo de la cintura para abajo. Había cambiado de posición sin que yo lo notara. Se había sentado a horcajadas sobre la cara de Tobías, mirando hacia los pies de la cama, y le pedía a media voz que le pasara la lengua por el ano. Tobías, en su estado, respondía con una eficacia que me sorprendió: sacaba la lengua, lamía, se reía, volvía a lamer. Era como si su cuerpo hubiera entendido la situación mucho antes que su cabeza.

***

Lo que siguió fue una hora desordenada que todavía recuerdo en fragmentos. La luz de la lámpara de noche nos daba apenas para distinguir contornos. Yo me dediqué a Tobías casi por completo, perdido en la combinación de su pene en mi boca, sus testículos resbalando entre mis dedos y, sobre todo, sus pies. Mucha gente no entiende lo que significa tener un fetiche con los pies hasta que se encuentra con unos como los de Tobías esa noche: largos, delgados, con los dedos limpios, las uñas cortas. Cada vez que lo escuchaba contener la respiración, veía cómo doblaba los dedos hacia adentro, como si quisiera agarrar la sábana con ellos. Esa imagen me volvía loco.

Ezequiel, sentado encima, marcaba el ritmo. Subía y bajaba apenas, frotando todo su peso contra la lengua de Tobías, y se masturbaba sin pausa con la mano derecha. No hablaba demasiado, soltaba palabras sueltas, alguna grosería, algún «así, así». Lo miré de costado durante varios minutos. Tenía el cuello manchado de rojo por el esfuerzo y la espalda perlada de sudor.

Cuando se vino, lo hizo con un sonido seco, casi un gruñido. Echó la cabeza atrás, se levantó un par de centímetros y dejó salir todo. El primer chorro le subió hasta la cara y le cubrió parte del ojo derecho. El segundo le cayó en el pecho, y el tercero le manchó la mano con la que se estaba sosteniendo. Vi sus pies por encima del hombro de Tobías, los dedos curvados hacia abajo, los talones rígidos. No sé por qué, esa imagen me terminó de prender.

Yo seguía con la boca llena. Tobías balbuceaba algo que no se entendía, un «sí, sí» quizás, o simplemente sonidos que se le escapaban entre lametazos. Mi mano izquierda viajaba sin parar entre mis piernas. Sentí el calor subir desde el bajo vientre y supe que no iba a poder esperar. Saqué a Tobías de mi boca, me incliné, y en el último instante me lo volví a meter hasta el fondo de la garganta.

Me vine así, ahogado, con el sabor de su piel pegado al paladar. Apreté con la otra mano la base de mi propio pene para que nada cayera sobre las sábanas. Cuando el último espasmo pasó, me quedé un segundo arrodillado, respirando.

Después hice algo que no me explico del todo. Me arrastré hasta la cabecera, donde Tobías seguía con los ojos casi cerrados. Acerqué mi mano todavía húmeda a sus labios y, con dos dedos, le pinté la boca con mi propio semen. Él entreabrió los labios, sacó la lengua sin pensar y dejó que el sabor entrara. Me incliné y lo besé en ese mismo segundo. Nos repartimos lo que quedaba en un beso largo, lento, sin urgencia. Ninguno de los dos dijo una palabra.

***

Ezequiel se desplomó del lado izquierdo. En menos de un minuto ya estaba dormido, con la respiración pesada de quien ha mezclado demasiado alcohol con demasiado esfuerzo. Tobías quedó tirado en diagonal, boca arriba, manchado de saliva y sudor ajeno, sin poder mover prácticamente nada. Lo limpié con la sábana de arriba, le acomodé el bóxer hasta la mitad del muslo y le pasé los dedos por el pelo. Me sonrió con los ojos cerrados.

Me levanté tambaleándome, me puse el bóxer y caminé descalzo hasta la cocina. La heladera zumbaba bajito en la oscuridad. Llené un vaso de agua y me lo tomé entero, apoyado contra la mesada, mirando por la ventana cómo empezaba a aclarar afuera. Pensé en mi madrina Esther, que volvía el domingo y nunca sospecharía nada. Pensé en el desfile infantil que teníamos que armar en pocas horas. Pensé en cómo iba a mirar a Ezequiel a los ojos mientras le abrochaba la peluca a un nene de cinco años.

Sobre todo, pensé en lo que acababa de pasar. Dos compañeros que llevaban meses repitiéndome que les gustaban las chicas, que tenían novia, que el sábado salían con primas y vecinas. Dos compañeros a los que acababa de ver besarse, terminar, dejarse hacer y dejarse mirar sin ningún tipo de pudor.

Volví al cuarto y me acosté en el medio, entre los dos. Ezequiel ya roncaba apenas. Tobías giró la cabeza hacia mí y, sin abrir los ojos, apoyó el brazo sobre mi pecho. Me quedé mirando el techo, con la respiración de los dos a cada lado, sabiendo perfectamente una sola cosa.

Aquello no había sido un accidente, y tampoco iba a ser la última vez.

Valora este relato

Comentarios (3)

CarlosV_BA

tremendo relato, muy bien escrito. eso de sospechar algo y que se confirme al final tiene mucho morbo jaja

Juancho_BA

Por favor tiene que haber una segunda parte!! me quede con ganas de saber mas

Gabriel_BA

El titulo ya lo dice todo sin decirlo... de lo mejor que lei esta semana

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.