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Relatos Ardientes

El sábado que lo cité en la esquina a las nueve

Pasó hace pocos meses, en mi propio negocio. Tengo una papelería con sección de regalos en un barrio del sur, una de esas tiendas pequeñas donde casi todos los vecinos terminan entrando una vez por semana. Lo conocí ahí, detrás del mostrador, una tarde de jueves en la que entró con su madre a buscar útiles escolares para una sobrina.

Era un chico de unos veintiuno, delgado, de rasgos finos y unas pestañas largas que no parecían suyas. Hablaba bajo. Su madre llevaba el bolso colgado del antebrazo y revisaba la lista con cara de apuro. Yo iba sumando precios con la calculadora y, de vez en cuando, levantaba la vista para mirarlos.

En el mostrador tengo una foto enmarcada de Shakira de hace muchos años, una pequeñez que dejó la dueña anterior y nunca me animé a quitar. El chico la vio mientras esperaba el vuelto. Sonrió, se acomodó el flequillo y me dijo, casi en voz baja, que él se parecía a Shakira cuando se disfrazaba. Miré a su madre buscando una reacción y ella solo sonrió, sin decir nada, como si ya conociera la escena.

La segunda vez también vinieron juntos. Compraron papel de regalo, una cinta dorada y dos cuadernos. Cuando le entregué la bolsa, se quedó un segundo más de la cuenta apoyado en el mostrador y me dijo, esta vez en serio, que le encantaría probar mi leche. Lo dijo así, sin entonación, mirándome a los ojos. Yo me hice el que no había entendido. Tomé el cambio, se lo di con las dos manos y los acompañé a la puerta.

Esa noche pensé en él más de lo que debía. Mi mujer dormía a mi lado y yo me quedé mirando el techo, intentando recordar cómo había sonado exactamente la frase y cuánto de chico tenía todavía aquel cuerpo flaco.

La tercera vez vino solo. Era una tarde calurosa, mediados de semana, y la tienda estaba casi vacía. Cuando vi que se acercaba al mostrador sin la madre detrás, se me cerró un poco el estómago. Pidió un bolígrafo y un cuaderno A5, cosas que no necesitaba. Le cobré despacio. Antes de que se diera vuelta, le pregunté qué iba a hacer esa noche.

—Nada importante —dijo, y subió un poco los hombros—. ¿Y usted?

—Pensaba invitarte a mi cuarto a tomar unas copas.

Lo solté como si fuese lo más natural del mundo, sin sonreír, casi mirando a otro lado.

—¿Y su esposa?

—Olvídate de ella —contesté.

Le dije que lo esperaba a las nueve en la esquina del semáforo, dos calles más abajo de la tienda. Asintió con la cabeza, pagó y se fue. No miré la puerta cerrándose. Me quedé un rato fingiendo que ordenaba el cajón.

A las nueve menos cinco crucé la avenida con la moto. Estaba ahí, con una chaqueta fina y las manos metidas en los bolsillos, apoyado contra el cartel del kiosco. Apagué el motor, le hice una seña.

—Súbete.

Se subió sin preguntar nada y se agarró fuerte de mi cintura.

Mi piso queda a quince minutos. Subimos por la escalera porque el ascensor estaba roto desde hacía semanas. Cuando abrí la puerta y prendí la luz del salón, me preguntó otra vez por mi mujer.

—Por ahora vivo solo —contesté.

Era cierto a medias. Ella había viajado a casa de sus padres por unos días, pero el chico no necesitaba saber eso.

—Ponte cómodo. ¿Te sirvo un trago?

Me dijo que sí con un movimiento de cabeza, mirando alrededor como si estuviera midiendo el espacio. Le quité la chaqueta, la colgué en el perchero y serví dos vasos cortos de whisky con un poco de hielo.

Nos sentamos en el sofá, uno a cada extremo. Hablamos primero de tonterías, del barrio, de un perro que había mordido a un repartidor la semana anterior. El whisky bajó rápido. Le serví otro. Empezó a hablar más, a moverse más cerca, a apoyar el brazo sobre el respaldo. La conversación fue subiendo de tono casi sin darnos cuenta, hasta que me contó, sin mirarme, que lo que más le gustaba en la cama era el sexo oral.

—¿Y se te da bien? —pregunté.

—Hay quien dice que sí.

—Muéstrame, entonces.

Lo dije bajito, mirándolo directo. Bajó la vista al vaso y sonrió. No hizo falta repetirlo.

Se arrodilló frente al sofá, sin apuro, y me bajó los pantalones lentamente. Le tembló un poco la mano cuando me agarró por primera vez, pero se le pasó enseguida. Me miró desde abajo, se humedeció los labios y se la metió entera. No exageraba. Sabía exactamente lo que hacía con la lengua, con la garganta, con la mano que apoyaba en mi muslo.

Cerré los ojos. Le agarré la nuca con suavidad, no para forzarlo, solo para sentirlo. Subía y bajaba con un ritmo lento que iba acelerando cada tantos segundos. Cuando levanté la cadera, supo lo que venía y se quedó quieto, recibiendo. Me corrí dentro de su boca y él no se movió. Se tragó todo y siguió chupando un poco más, como si quisiera asegurarse de que no quedaba nada.

Lo miré desde el sofá, con la respiración entrecortada. Se limpió un costado de los labios con el dorso de la mano y me sonrió como un chico al que acababan de darle un premio.

Se sentó a mi lado. Le pasé el vaso, tomó un trago largo. Esperé a sentirme firme otra vez —cuestión de minutos a esa edad— y le dije que se desnudara y se sentara encima.

No preguntó nada. Se puso de pie, se quitó la camiseta, se bajó los pantalones y el bóxer en un solo movimiento. Tenía el cuerpo más fino de lo que se le notaba con ropa, pero también más definido. Estaba duro.

Se acercó, se ensalivó los dedos y se humedeció. Después se montó encima de mí, mirándome a los ojos, y empezó a bajar despacio. Sentí cómo me apretaba al principio, cómo intentaba acomodarse, cómo se mordía el labio cada vez que cedía un poco más. Lo agarré de las caderas. No para empujarlo, solo para sostenerlo.

—Tranquilo —le dije—. Tómate el tiempo que necesites.

Bajó otro centímetro y respiró fuerte. Yo me quedé quieto, con la espalda contra el sofá y la cabeza echada hacia atrás. Cuando terminó de bajar del todo, se quedó así unos segundos, sentado encima de mí, con la frente apoyada en mi frente.

Empezó el movimiento. Lento al principio, casi como un balanceo. Después un poco más rápido. Le miraba la cara, las cejas que se le juntaban, la boca que se le abría sin sonido. A mí me costaba aguantar. Cada vez que se sentaba del todo, sentía un golpe de calor desde la base de la columna.

Le agarré las caderas con más fuerza y empecé a moverlo yo, marcándole el ritmo. Él se dejó, apoyando las manos en mi pecho. Las piernas le temblaban. Cuando ya no pude más, lo apreté contra mí y me corrí dentro de él. Lo sentí abrir más los ojos y soltar un gemido corto. Después se quedó quieto, sin levantarse, respirando con la boca abierta sobre mi cuello.

Estuvimos así un rato largo. Después se levantó con cuidado, fue al baño, volvió con una toalla húmeda y me limpió. Lo hizo con una calma rara, como si fuese una rutina que ya hubiese hecho antes. Me dio dos besos en el pecho y se acostó a mi lado en el sofá, pegado, con la cabeza apoyada en mi hombro.

***

Esa noche no fue solo una vez. Después de un rato me lo llevé a la cama y volvimos a empezar. Lo puse contra el colchón, boca abajo, y entré desde atrás. Más tarde lo tuve de costado, agarrándole una pierna en alto. En algún momento de la madrugada perdimos la cuenta de las posturas y de los vasos de agua que íbamos a buscar a la cocina.

Nos quedamos dormidos cerca de las cinco, abrazados, sin sábanas, con el ventilador girando arriba de la cama. Antes de cerrar los ojos lo escuché decir algo en voz baja, casi para él, que sonó como un gracias.

Me desperté con la primera luz, pasadas las nueve. Tenía la mano sobre su espalda y, otra vez, la entrepierna lista. Lo miré dormir un rato. Después le pasé el pulgar por la mejilla.

—Despierta.

Abrió los ojos despacio, sonrió.

—¿Tan temprano?

—Una más antes de irnos.

No protestó. Bajó por debajo de la sábana, me tomó otra vez con la boca y trabajó con la misma habilidad de la noche anterior, esta vez más calmado, como quien sabe que tiene tiempo. Le agarré el pelo. Me corrí en menos de cinco minutos. Volvió a tragar todo y subió a darme un beso largo, con sabor a mí.

Nos quedamos abrazados un rato más. Después fuimos al baño, nos enjuagamos por turnos en la ducha, sin hablar mucho. Le presté una camiseta limpia porque la suya tenía una mancha en el cuello. Cuando estuvimos vestidos, le abrí la puerta y bajamos juntos en silencio hasta la calle.

Lo llevé en la moto hasta la esquina donde lo había recogido la noche anterior. Antes de que se bajara le dije al oído, sin quitarme el casco:

—El sábado que viene, a las nueve, en el mismo lugar.

Se giró, me miró un segundo más de la cuenta y asintió con la cabeza.

Lo vi cruzar la avenida, ajustarse la chaqueta, meter las manos en los bolsillos. Esperé hasta que dobló la esquina y desapareció detrás del kiosco. Después arranqué la moto y volví a casa pensando en cuántos sábados podía sostener algo así antes de que mi mujer regresara de lo de sus padres.

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Comentarios (2)

AlexBA_lector

Excelente!!! seguí así, de lo mejor que leí esta semana

fede_lector

Por favor seguí, quede con ganas de saber como termino todo jaja. Muy bueno

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