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Relatos Ardientes

El maduro de la app me enseñó a ser su sumiso

Llevaba un par de meses con la app instalada en el teléfono y, aunque ya había tenido encuentros con varios hombres, ninguno me había dejado esa sensación de querer volver. Buscaba algo distinto. No una pareja exactamente, pero sí alguien fijo, alguien a quien acudir cuando el cuerpo me pedía lo que solo otro hombre sabe dar. Esa noche, después de cenar, me tiré en la cama con el teléfono apoyado en el pecho y me puse a deslizar perfiles sin demasiada fe.

Entonces apareció él. Cincuenta y seis años, una foto sobria en la que se le veía la mitad de la cara, la barba canosa bien recortada, la mirada tranquila de quien ya no necesita demostrar nada. La descripción era corta, casi seca: «Maduro, discreto, busco pasivo joven». Sin emojis, sin frases hechas, sin ese tono ansioso que se les nota a los que llevan demasiado tiempo en la app. Le escribí.

—Hola. Me llamó la atención tu perfil.

Respondió en menos de un minuto. Fue directo. Me preguntó la edad, si era discreto, si tenía experiencia. Le contesté que sí a todo. Me dijo que vivía a ocho minutos caminando de mi dirección, en un edificio bajo cerca de la plaza. Me pasó el portal y el número de timbre.

—Si quieres venir, ven ahora.

Ahora. No «cuando quieras», no «mañana si te animas». Ahora. Me gustó esa seguridad. Me puse una camisa, me lavé los dientes dos veces y bajé las escaleras con el corazón golpeándome el cuello.

El trayecto fue una eternidad de ocho minutos. Crucé la plaza vacía a esa hora, pasé por la panadería cerrada y giré en la esquina donde siempre había estado ese edificio que nunca antes me había parecido importante. Pulsé el timbre. La puerta vibró. Subí al tercero.

Él me esperaba con la puerta entreabierta, descalzo, con un pantalón de algodón gris y una camiseta blanca. Olía a jabón recién salido de la ducha y a algo más profundo, algo amaderado. Me dio la mano y me hizo pasar sin decir nada. Se llamaba Eduardo. Yo le dije mi nombre.

—Pasa, ponte cómodo.

Su casa era ordenada, sin adornos innecesarios, con libros viejos en una estantería y una lámpara baja en el rincón. Me ofreció agua. Bebí sin sed solo por hacer algo con las manos. Lo miré mientras me hablaba de tonterías para romper el hielo: el barrio, el tráfico, el calor que estaba haciendo esa semana. Yo asentía sin escuchar realmente. Solo pensaba en lo que iba a pasar después.

—¿Vamos? —dijo al fin, dejando el vaso sobre la mesa.

Asentí. Me llevó por un pasillo corto hasta el cuarto. Persianas bajadas, una luz cálida en la mesilla, sábanas recién hechas. Cerró la puerta detrás de mí.

Me besó antes de que yo me decidiera a respirar. No fue un beso tímido. Me agarró la nuca con una mano firme, abrió mi boca con la suya y me dejó claro, sin decir una palabra, quién mandaba allí. Sentí la barba raspándome el mentón. Sentí su otra mano bajando por mi espalda hasta el final de la cintura.

Cuando me desnudó, lo hizo despacio, mirándome a los ojos. Yo intenté hacer lo mismo con él, pero me temblaban los dedos. Se rió bajito y me ayudó.

—Tranquilo —dijo—. Tenemos tiempo.

Lo que me dejó sin palabras fue lo que vi cuando se quitó el pantalón. Era un hombre mayor, sí, con la barriga apenas marcada y el vello del pecho ya gris, pero entre las piernas tenía una verga gruesa, oscura, de unos veinte centímetros, que se le levantaba lentamente sin necesidad de que la tocara. Me arrodillé sin pensarlo.

Le hice oral durante mucho tiempo. Él me dejaba hacer, con las manos en mi pelo, marcando el ritmo cuando quería que fuera más profundo. De vez en cuando me apartaba un momento para mirarme la cara, recordarme dónde estaba, y volvía a meterme en la boca. Yo cerraba los ojos. Estaba descubriendo algo.

—Tienes una boca preciosa —murmuró—. Pero no quiero venirme aquí. Date la vuelta.

Me puso sobre la cama, boca abajo, con una almohada bajo las caderas. Me lubricó con paciencia, primero con los dedos, sin prisa, hasta que mi cuerpo dejó de resistirse. Cuando entró, lo hizo de un solo empuje lento, sin soltarme la cintura, sin dejar de mirarme la espalda. Solté un gemido largo contra la sábana.

Lo nuestro la primera vez fue casi normal, podría decir. Estuvimos los dos un poco nerviosos, midiéndonos, tanteando hasta dónde podía llegar el otro. Pero hubo un momento, cuando me agarró del pelo y me obligó a girar la cabeza para mirarlo por encima del hombro, en el que entendí que ese hombre no iba a ser un encuentro más en mi lista.

Cuando terminamos, nos quedamos un rato tumbados en silencio.

—Me has gustado —dijo, pasándome la mano por la espalda—. Un joven con un buen culo. Eso no se encuentra todos los días.

Me reí avergonzado. Me vestí despacio. No nos intercambiamos el teléfono. Él me dijo que solía conectarse a la app a esas horas casi todos los días. Que si quería volver, lo buscara.

—Sin presión —añadió—. Tú decides.

***

Pasaron casi dos semanas antes de que me decidiera a escribirle. No por falta de ganas, sino por orgullo. Quería convencerme de que podía controlarme, de que no necesitaba a ese hombre. Me masturbaba de noche acordándome de su voz, de la forma en la que me había agarrado la nuca, de cómo me había dicho «tranquilo» justo antes de entrar. Y cuanto más me convencía de que no lo necesitaba, más claro veía que sí.

Una tarde de jueves, después del trabajo, le escribí.

—Estoy caliente. ¿Estás solo?

Tardó dos minutos en responder.

—Ven.

Salí de casa con la ropa más fea que tenía, como si el universo fuera a notar menos lo que iba a hacer si me vestía discreto. Crucé la plaza, esta vez con gente todavía paseando, niños en bicicleta, abuelas en los bancos. Sentí que todos me miraban, aunque nadie lo hacía.

Cuando llegué a su casa, me abrió la puerta con una sonrisa más relajada que la primera vez. Ya no fingíamos. Pasé sin que me ofreciera agua. Lo seguí hasta el cuarto.

—Quería decirte una cosa —empecé, mientras él se quitaba la camiseta—. La primera vez me gustó mucho. Y quería que esta también la disfrutemos los dos.

Me miró un segundo, con la camiseta colgando de una mano. Luego sonrió de lado.

—Qué va —dijo, casi divertido.

Me quedé sin saber qué contestar.

—¿Quieres ser mi puta? —preguntó, dejando caer la camiseta al suelo.

No fue una pregunta agresiva. Fue una pregunta tranquila, casi cariñosa, como si me estuviera ofreciendo café. Y, sin embargo, me derrumbó por dentro. Sentí cómo algo se acomodaba en mi cuerpo, como si llevara años buscando esa frase exacta.

—Sí, papi —dije—. Quiero que me cojas como nadie.

—Pues vas a ser mi puta. Me encanta cómo coges, y me encanta lo caliente que eres.

Esa tarde me destrozó. Y lo digo sin metáforas. Me agarró del pelo, me dobló sobre la cama, me dio cachetadas en el culo hasta dejarme las marcas de su mano. Me hablaba sucio al oído, me decía cosas que en boca de cualquier otro hombre me habrían sonado patéticas, pero en la suya sonaban como verdades. Yo solo gemía contra la almohada y empujaba el culo hacia atrás pidiendo más.

En algún momento me dio la vuelta y me hizo montarlo. Me apoyé con las manos en su pecho, sentí su barba contra mis dedos, y empecé a moverme. Él me miraba desde abajo, sereno, sin tocarme la verga, dejando que fuera yo quien marcara el ritmo de mi propio placer. Cuando intentaba ir más rápido, me agarraba las caderas y me obligaba a frenar.

—Despacio —decía—. Quiero verte la cara.

Nos besábamos como si fuéramos novios. Y eso, en mitad de todo lo demás, era lo que más me confundía. Un hombre que en un mismo minuto era capaz de llamarme su perra y de besarme con una ternura de domingo por la mañana.

Lo que más me gusta de Eduardo es que dura. Mucho. Puede pasarse una hora sin venirse, cambiándome de postura, descansando un minuto para volver a empezar. Y cuando por fin se viene, me pide siempre lo mismo.

—Adentro —murmura, con los dientes apretados—. Quiero dejártelo todo dentro.

Y yo accedo. Siempre accedo.

Sentir cómo bombea su semen dentro de mí es algo que no sé describir bien. No es solo el calor. Es el peso de saber que ese hombre, en ese momento, está dejándose ir en mi cuerpo como no se deja ir en ningún otro sitio del mundo. Y lo mejor es que, incluso después, su pene se queda erecto un rato más, sin salir, así que la sensación de que me sigue cogiendo no termina del todo. Como si quisiera marcar territorio.

***

He aprendido a gemir alto cuando estoy con él. Los que han leído otras cosas que he escrito ya saben que esa es una de mis cosas. Gemir mucho. Hacer ruido. No me callo ni cuando intento callarme. Y a Eduardo le encanta. Más de una vez me ha susurrado al oído, mientras me empuja por detrás, que sus vecinos están escuchando perfectamente cómo se está cogiendo a su perra. No sé si es verdad o si lo dice para calentarme más. Pero funciona. Cada vez que lo dice, gimo todavía más fuerte.

Ya llevamos varias veces. He perdido la cuenta. La última noche nos quedamos desnudos abrazados, sin hablar, sin movernos. Yo de espaldas a él, su brazo cruzando mi pecho, sus piernas enredadas con las mías. Sentía su pene apoyado contra mis nalgas, todavía húmedo, blando pero presente. Y pensé que en ese silencio había más intimidad que en la mayoría de relaciones que había tenido en mi vida.

—¿En qué piensas? —me preguntó al oído.

—En nada —mentí.

—Mentirosa.

Me reí. Cuando me llama así, en femenino, no sé por qué, pero me derrito.

—Pensaba en cuándo voy a volver —admití.

—Cuando quieras —dijo. Y luego, después de un silencio—: Aunque tengo una idea.

—Dime.

Se giró un poco, lo justo para mirarme a los ojos en la penumbra.

—Quiero compartirte.

Sentí un escalofrío. No de miedo. De anticipación.

—¿Con quién?

—Con un amigo. Otro maduro. Lleva tiempo pidiéndome que le presente a alguien especial. Y tú eres especial.

—¿Quieres un trío? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Quiero compartir a mi puta —contestó—. Si tú quieres.

Me quedé en silencio un momento, mirando el techo, sintiendo todavía el calor de su pecho contra mi espalda. Pensé en lo que estaba a punto de decir. Pensé en quién era yo hace tres meses, antes de descargar esa app, y en quién era ahora, tumbado en esa cama, con la voz de un hombre de cincuenta y seis años pidiéndome que dejara que otro me tocara con su permiso.

—Sí —dije al fin—. Quiero cumplírtelo.

Sonrió contra mi cuello. Me apretó un poco más fuerte.

—Esa es mi puta —murmuró.

Y yo me quedé despierto un rato más, pensando en lo que se venía, en quién sería ese amigo, en cómo me iba a sentir teniendo dos hombres mayores ocupándose de mí al mismo tiempo. Pensé que quizá no debería desear tanto algo así. Pensé que quizá debería tener miedo. Pero al final, lo único que sentía era ganas. Muchas ganas.

Mañana voy a volver. Y le voy a pedir que organice ese encuentro cuanto antes.

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Comentarios (2)

SandroV71

increible, uno de los mejores que lei en esta categoria. muy bien escrito

MatiasMDP

por favor una segunda parte!!! quede con ganas de mas

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