Mi mejor amigo me citó entre las rocas del bosque
Hacía dos semanas que habíamos vuelto del viaje de esquí y todavía no me acostumbraba a pensar en Iker como algo más que mi mejor amigo. Después de lo que pasó aquella mañana en la pista, cuando Bruno se me echó encima en plena bajada y empezó a gritarme cosas que prefiero no repetir, Iker apareció esquiando a toda velocidad y lo derribó. Le dio tres puñetazos antes de que pudiera convencerlo de que parara. Esa misma tarde, en la salita donde el monitor me curaba el labio partido, Iker me besó por primera vez sin pedir permiso. Yo se lo devolví sin pensarlo.
—No sé qué me pasa contigo —me dijo después—. Siempre creí que me gustaban las chicas.
—A mí también —respondí—. Y mira dónde estamos.
El lunes en el instituto, Marco lo descubrió enseguida. Tomás tardó un poco más, pero acabó dándonos la enhorabuena entre risas. Lo que ninguno de los tres sabía era que aquel viernes íbamos a sellarlo de la única manera que faltaba.
***
Me escribió a las cinco de la tarde: «Te espero a las seis en las rocas». Las rocas eran un montón de piedras al final de una arboleda en las afueras del barrio, una especie de cueva donde nos escondíamos cuando éramos críos. Hacía años que no me acercaba por allí.
Cogí el primer bus, me bajé en la última parada y caminé los diez minutos que separaban la carretera del bosque. Estaba oscureciendo. Las farolas iban quedando atrás conforme me adentraba en la arboleda, y la luz acabó reduciéndose al reflejo plateado de la luna entre las ramas. A unos cuantos metros distinguí su silueta apoyada contra una piedra.
Iker se levantó cuando me vio. Llegué hasta él y me agarró por la nuca con esa forma suya de hacerlo, el pulgar acariciándome justo detrás de la oreja. Me besó despacio, como si llevara toda la semana pensando en hacerlo exactamente así.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté cuando me dejó respirar.
—Te he preparado una sorpresa.
Me llevó de la mano hasta el interior de la cueva. Había extendido un par de toallas en el suelo y, encima, algo de comida en una bolsa: bocadillos, fruta, una botella de refresco. Fuera hacía frío, pero entre las rocas la temperatura era sorprendentemente agradable.
—¿Y todo esto? —pregunté sonriendo.
—Me apetecía —contestó, restándole importancia.
Nos sentamos a comer. Hablamos de tonterías y de cosas que no eran tonterías. Le conté lo de mi madre, lo de mi hermano pequeño Nico, lo importante que era para mí mi padre. Él me habló del suyo y del miedo que le daba que sus padres no aceptaran algo así. Hablamos del instituto, de qué queríamos estudiar al año siguiente —él, ingeniería; yo, odontología— y, cómo no, de Tomás y Marco.
—La primera vez que me lié con Tomás fue rarísimo —le confesé—. Me propuso hacérnoslo con la mano y yo le dije que me daba asco. Menos mal que insistió.
Iker se rió.
—Yo todavía me acuerdo del día del centro comercial. Cuando os pillé en los probadores. Y luego lo que tú y yo hicimos en los almacenes mientras estos dos nos buscaban. Buah, qué morbo.
Nos quedamos callados. Iker se relamió el labio y se inclinó un poco hacia atrás, apoyando las manos en la toalla. Me acerqué a él sin saber muy bien cómo. No estaba nervioso por el morbo; estaba nervioso por lo que aquello significaba. Iba a ser la primera vez como pareja.
Lo besé entrecerrando los ojos. Él me devolvió el beso con calma, pausándolo entre pequeñas separaciones que sonaban como un susurro. Me mordió el labio, nuestras lenguas se buscaron, y poco a poco se fue tumbando boca arriba sin soltarme la nuca. Cuando su espalda tocó la toalla, ya estaba yo encima de él.
Sus manos se colaron bajo mi ropa y recorrieron la piel de mi espalda. Tenía una pierna entre las suyas; nuestros vientres se rozaban a través de la tela. Me quitó la chaqueta, después se quitó la suya. Lo miré con detenimiento. Era el chico al que quería.
Empecé a bajar por su cuello, saboreando su piel. Le subí la camiseta sin quitársela y le mordí el pecho, el estómago, el surco que descendía desde el ombligo. Cuando llegué al cinturón, levanté la vista. Me miraba con ternura, no con lascivia. Le desabroché el botón y la cremallera de los vaqueros y los tiré hacia abajo lo justo para descubrir el bulto bajo el calzoncillo. Lo mordí por encima de la tela, dejándola empapada de saliva.
Después le aparté el calzoncillo. La tenía blanda, pero yo sabía que aquello era engañoso. Le metí los huevos en la boca de uno en uno, jugué con ellos, los empapé. Su polla empezó a crecerme entre los labios antes incluso de que se la metiera entera. Tuve que abrir más la mandíbula de lo que esperaba.
—Hmm... —fue su primer suspiro.
Cuando la sentí completamente dura, me la saqué para mirarla. Brillaba de saliva. Mi mano apenas la rodeaba del todo. Le hundí la nariz entre los huevos y respiré hondo. Olía a él y a sexo.
—Es enorme —le dije.
Soltó una pequeña risa nasal. Volví a metérmela en la boca y la trabajé un par de minutos largos, hasta dejarla completamente cubierta de babas. Después subí besando cada centímetro de piel hasta encontrar de nuevo su boca.
—¿Te gusta el sabor de tu propia polla? —le pregunté.
—Mucho —contestó riendo.
Me empujó suavemente y se colocó él encima. Me quitó la camiseta —ya empezaba a darme calor— y fue bajando por mi cuerpo lamiéndome los pezones, mordiéndome el vientre. Cuando llegó a mi entrepierna, me bajó el chándal y los calzoncillos hasta los tobillos. Sentí la rugosidad del suelo bajo la toalla.
Me abrió las piernas y se metió mi polla en la boca con una delicadeza que no le había visto antes. Jugaba con ella como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando la tuve completamente dura, me la apartó hacia el vientre y se concentró en los huevos. Se metió uno, después el otro, después los dos a la vez. Cuando los soltó, los tenía empapados.
—¿Te gusta? —preguntó mirándome desde abajo.
—Me encanta —susurré.
Acabó de quitarme los pantalones y los lanzó a un lado. Me tiró de las rodillas hasta pegármelas al pecho y dejarme el culo al aire. Acercó la cara, sacó la lengua y me lamió la entrada por primera vez desde que estábamos juntos de verdad. La sensación era distinta a las otras veces. Su lengua subía y bajaba, se metía dentro con cuidado, ascendía hasta el perineo, volvía a descender. Yo no me cansaba.
Se incorporó un momento. Lo seguí con la mirada mientras metía la mano en la bolsa y sacaba un botecito pequeño.
—¿Y eso? —pregunté.
—Lo he cogido de un cajón de mis padres. Espero que no lo necesiten esta noche.
Sonó nervioso al decirlo, como si de verdad le preocupara que lo pillaran. Volvió a su sitio, se echó lubricante en los dedos y me embadurnó la entrada antes de penetrarme con ellos. No le costó nada.
—Se nota que no es la primera vez —comentó casi riendo.
Me reí con él y aflojé todavía más. Sacó los dedos, se lubricó la polla con lo que le quedaba en la mano y apoyó el glande contra mi entrada. Empujó. Su miembro se deslizó sin obstáculos, aunque al principio me dolió. Después de algunas experiencias previas, la suya, por más gruesa que fuera, no me suponía un suplicio.
—Oh... —suspiró cuando mis nalgas le frenaron del todo.
Se quitó la camiseta sin salir de mí. Apoyó los antebrazos a los lados de mis hombros y bajó el cuerpo hasta dejarlo a un par de centímetros del mío. Sentí el calor que desprendía, el ligero temblor de sus brazos, su sonrisa rozándome la mía. Le rodeé la espalda con un brazo y la nuca con la otra mano y lo acerqué. Nuestras bocas se fundieron. Me besó el cuello, se detuvo en mi oreja.
—Llevo mucho tiempo esperando este momento —me confesó—. Te quiero mucho.
Lo miré a los ojos. Todavía estaba dentro de mí.
—Fóllame, Iker —le pedí; sonó casi a súplica.
Empezó un vaivén lento, cuidadoso. La fricción me producía un placer infinito, pero lo que terminaba de perfeccionarlo era el roce de su piel con la mía y su respiración a un dedo de mi cara.
—Más rápido —pedí en un susurro.
No se hizo de rogar. Sus huevos empezaron a chocar contra mis nalgas con un sonido que no me cansaba de escuchar. Sentí cómo el glande me presionaba la próstata; era cuestión de tiempo. Me besó con menos delicadeza, mordiéndome los labios, las lenguas peleando.
—Me voy a correr, Sergi. Ah... Me voy a correr.
—Córrete dentro —le rogué—. Por favor.
—¿Seguro?
—Sí. Lléname.
Aceleró aún más. Empecé a tocarme y, cuando sentí el chorro dentro de mí, no pude aguantar. Mi semen le salpicó el pecho y le alcanzó el cuello. Algunas gotas cayeron sobre nuestras caras. Iker bajó el ritmo hasta detenerse, pero no salió. Con la lengua, me limpió las mejillas y la barbilla, y después juntó su boca con la mía para que probáramos juntos lo que quedaba.
Salió despacio. Dos chorros pequeños cayeron sobre la toalla. Se tumbó a mi lado, pasó el brazo por debajo de mi cabeza y me dejó apoyarme en su pecho.
—Ha estado genial —dijo.
—Sí. Gracias por esto.
Nos quedamos así varios minutos, en silencio, escuchando el viento colarse entre las rocas. Luego me preguntó algo que no esperaba.
—Sergi... ¿quieres hacerlo tú ahora?
Levanté la cabeza.
—¿A qué te refieres?
—A si quieres dármelo tú a mí.
No entraba en mis planes, pero la idea de desvirgarlo me resultó de pronto demasiado tentadora para dejarla pasar. Bajé directo a su entrepierna. Le metí en la boca la polla todavía blanda y la noté endurecerse a los pocos segundos. Mi lengua resbalaba por toda su longitud mientras lo miraba a los ojos. La cara de placer que ponía me animaba a seguir.
Le quité los pantalones y los calzoncillos del todo. Le levanté las piernas y, por primera vez, vi su entrada. Estaba rosadita, sin un pelo.
—Qué blanquito —comenté.
—Chupa —ordenó, apoyándome la mano en la cabeza.
Obedecí. Le pasé la lengua por el ano y noté cómo se contraía al primer contacto. Lo llené de saliva, le mordí las nalgas, le succioné. Poco a poco se fue abriendo. Me chupé un dedo y lo metí con cuidado. Iker soltó un quejido ahogado pero no dijo nada. Saqué ese y metí dos. Le costó más. Los dejé un buen rato moviéndolos, abriéndolos, hasta que el tercer dedo entró con menos resistencia de la que esperaba.
Lo puse a cuatro patas. Se dejó hacer; mejor aún, levantó el culo sin que se lo pidiera. Giró la cabeza y me miró con una mezcla de miedo y deseo.
—Fóllame, Sergi. Dame duro.
—¿Eso quieres? —me oí decir, perdido en algo nuevo.
—Sin piedad.
Le di un par de azotes y me embadurné la polla con lubricante. Le eché un poco más en la entrada y le añadí tres dedos de golpe.
—¡Ah! Joder, así.
Apoyé el glande y, de una embestida, lo penetré. Cayó hacia adelante; no había aguantado el golpe.
—¡Ohhh! —aulló—. Cómo escuece. Sigue. ¡Sigue!
No podía negárselo. Lo enderecé otra vez con las manos en sus caderas. Me sorprendía tener al chulo del grupo suplicando polla; las tornas habían cambiado.
—¿Esto es lo que querías, Iker?
—Sí, joder —dijo masturbándose.
—Eres mi putita —se me escapó, tirándole del pelo para que me mirara.
—Soy tu putita.
Me agaché para besarlo mientras lo penetraba. Le escupí en la cara, abrió la boca, recibió. Después él mismo se sacó mi polla del culo y me tumbó boca arriba. Se montó encima y volvió a metérsela él solo, aunque tenía el ano enrojecido. Empezó a cabalgarme apoyando los pies en la toalla, con el culo justo a la altura adecuada.
—Termina tú —me pidió—. No voy a tardar.
Le sujeté las nalgas y empecé a embestir desde abajo. Sentía mis huevos rebotar contra él. Se la sacudía con la mano libre.
—Estoy a punto, Sergi.
—Yo también.
—Córrete dentro. Quiero saber cómo es.
Aquellas palabras me dispararon. Aumenté el ritmo, me mordí el labio, y por fin me corrí. Tres chorros que se vaciaron en su interior. Él se corrió al mismo tiempo y me mojó la cara, el cuello, el pecho.
—Ahh... —gemí, con la polla todavía latiendo dentro de él.
—Uff... —suspiró, dejando caer el peso sobre mí.
Se inclinó hasta juntar su nariz con la mía. Me besó con delicadeza, mezclando lo que encontró por el camino. Mi polla se fue desinflando hasta salir sola. El líquido empezó a salirle también, mojándome los huevos y las piernas.
Se tumbó a mi lado, los dos desnudos y sudados. Me puso la mano en el pecho y me palpó la piel.
—Ha sido increíble —confesó—. Me ha gustado mucho.
—No pensaba que te molaría tanto —dije—. Me alegro.
—Quiero repetirlo más veces... mi niño.
Cerré los ojos y miré el techo rocoso de la cueva por última vez antes de hundirme en su hombro. Era feliz. Y eso, esa noche, en aquel agujero entre las piedras, era más que suficiente.