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Relatos Ardientes

Dos universitarios nos esperaban en el jacuzzi

Salimos de las duchas todavía temblando, envueltos en aquellas toallas cortas que apenas tapaban nada. Darío iba delante de mí, con el pelo mojado pegado a la nuca y esa sonrisa que se le pone cuando todavía le queda hambre en el cuerpo. Habíamos terminado hacía un rato en uno de los cuartos del fondo, y aun así ninguno de los dos tenía ganas de irse a casa.

El jacuzzi grande estaba casi vacío. Solo dos chicos al fondo, jóvenes, de esos que se pasan media vida en el gimnasio y la otra media presumiendo de ello. Pieles lisas y bronceadas, el pelo muy corto, algún tatuaje pequeño en los brazos. Uno era moreno, de ojos oscuros; el otro, rubio casi blanco, con unos ojos verdes que cortaban.

El vapor flotaba sobre la superficie del agua y los tapaba a medias, así que tardé un par de segundos en darme cuenta de que llevaban un rato observándonos. No disimulaban. Apoyaban los brazos en el bordillo, relajados, con esa seguridad de los que están acostumbrados a que les digan que sí. Sentí el cosquilleo en la nuca antes incluso de meterme en el agua.

Nos vieron entrar y se miraron entre ellos. No hizo falta más. Darío se inclinó hacia mi oído mientras dejábamos las toallas en el banco.

—Hoy nos toca a nosotros —susurró—. Déjate hacer.

Como si necesitara que me lo dijera.

Se presentaron rápido, con esa chulería de quien sabe que va a conseguir lo que quiere. El moreno se llamaba Hugo; el rubio, Leo. Eran amigos, habían venido de Sevilla a pasar el fin de semana a Madrid y la noche los había arrastrado hasta aquí. Tenían esa mezcla exacta de descaro y apetito que vuelve idiota a cualquiera.

Nos metimos los cuatro en el agua caliente. Las burbujas escondían lo que pasaba por debajo de la cintura, pero por encima todo era piel, hombros mojados y dos miradas que no nos quitaban el ojo de encima. Hugo fue el primero en moverse. Se acercó a mí por el costado, me agarró de la nuca y me besó sin pedir permiso, con la lengua entera, mientras su mano libre me recorría el pecho y bajaba despacio bajo el agua.

A mi lado oí a Darío soltar un gemido apagado. Leo lo había levantado medio palmo dentro del agua y lo besaba como si quisiera tragárselo. En menos de un minuto los cuatro estábamos enredados, bocas y manos sin orden, el vapor subiendo entre nosotros.

Hugo me empujó hacia el borde. Me sentó en la cerámica caliente, fuera del agua, y me separó las piernas sin ninguna delicadeza.

—Quiero esto —dijo con la voz ronca, mirándome el culo como si ya fuera suyo.

A mi izquierda, Darío estaba en la misma postura, con Leo arrodillado en el agua entre sus muslos, lamiéndole sin prisa. Hugo cogió un bote de lubricante de los que siempre hay al borde y me entró con dos dedos, mirándome a los ojos todo el rato. Me recosté hacia atrás, apoyé las manos en la cerámica y dejé que hiciera lo que le diera la gana.

No tenía ninguna prisa. Movía los dedos despacio, midiéndome, y cada vez que yo apretaba los párpados él se reía bajito, como si le gustara verme ceder. El borde estaba ardiendo bajo mis muslos y el contraste con el aire frío de la sala me ponía la piel de gallina. Oía el agua moverse, los gemidos cortados de Darío al lado, y la voz de Leo diciéndole algo al oído que no llegué a entender.

***

Los dos se pusieron de pie a la vez, como si lo hubieran ensayado. Era difícil no mirarlos: dos cuerpos jóvenes y duros, el agua resbalándoles por el vientre, las pollas tiesas apuntando hacia nosotros. Se miraron, sonrieron, y nos hicieron una seña con la cabeza.

Nos arrodillamos Darío y yo dentro del agua, hombro con hombro, con la cara a la altura justa. Hugo se colocó delante de mí, Leo delante de Darío. Me la metió en la boca despacio al principio, dejándome tomar el ritmo, y enseguida me agarró de la cabeza para marcarlo él. Lo chupé con ganas, tragando hasta donde podía, el agua y la saliva mezclándose en mi barbilla.

Al lado, Darío hacía lo mismo. Nos buscamos con la mirada de reojo, los dos con la boca llena, gimiendo a la vez. Los chicos se decían cosas por encima de nuestras cabezas, se reían bajito, y de vez en cuando nos cambiaban de sitio para que probáramos al otro. Hugo sabía distinto que Leo, y a esas alturas yo ya no distinguía dónde terminaba uno y empezaba el otro.

—Date la vuelta —me dijo Hugo, tirando de mí hacia el borde.

Me apoyé en el bordillo, con el culo fuera del agua, y a mi lado quedó Darío en la misma postura, los dos como ofrecidos. Sentí la punta de Hugo buscando el sitio, una presión, y después la entrada de golpe que me sacó un gemido largo. Casi a la vez, Darío soltó un grito ahogado cuando Leo le hizo lo mismo.

Empezaron a movernos al mismo tiempo, fuerte y profundo, el agua salpicando por todos lados cada vez que sus caderas chocaban contra nosotros. Yo giraba la cabeza para mirar a Darío y él me buscaba la boca; nos besábamos entre embestida y embestida, con la lengua, mientras los dos chicos nos sujetaban del pelo como si lleváramos riendas.

Se hablaban por encima de nosotros, se picaban, comparaban. Cada frase me calentaba más que la anterior. Yo había llegado a la sauna pensando que la noche ya estaba terminada, y de repente estaba doblado sobre un bordillo mojado, con un desconocido marcándome el ritmo y mi chico gimiendo a un palmo de mi cara. No quería que parara por nada del mundo.

***

Cambiamos de postura sin que nadie tuviera que pedirlo. Hugo se sentó en el escalón sumergido y tiró de mí para que me montara encima, de espaldas a él. Me dejé caer despacio, sintiendo cómo me abría entero, y empecé a botar a mi ritmo mientras él me pellizcaba los pezones y me mordía la nuca. El agua me llegaba al ombligo, las burbujas reventando contra mi piel.

Darío hacía exactamente lo mismo a un metro de mí, montado sobre Leo, rebotando con la cabeza echada hacia atrás. Verlo así me ponía todavía más: la cara que se le quedaba, la boca abierta, los dedos clavados en los muslos del chico. Nos reímos un segundo, sin saber muy bien de qué, y volvimos a lo nuestro.

Después nos levantaron a los dos, nos pusieron de pie en el centro del jacuzzi y nos doblaron hacia delante, las manos apoyadas en el borde de enfrente. Esta vez cruzaron. Sentí a Leo entrar en mí mientras veía a Hugo colocándose detrás de Darío, justo a mi lado. Cambiaban el ritmo a propósito: nos daban fuerte hasta dejarnos sin aire y luego paraban, despacio, hasta que cualquiera de los dos terminaba suplicando que siguieran.

—Pedidlo —dijo Leo, riéndose, quieto del todo dentro de mí.

Y lo pedí. No me costó nada. Darío también lo pidió, y los dos se rieron antes de volver a empujar.

***

Nos arrodillaron otra vez dentro del agua, esta vez uno frente al otro, con los chicos de pie a los lados. Nos metieron las pollas en la boca al mismo tiempo; yo chupaba a Leo, Darío a Hugo, mirándonos a los ojos mientras nos sujetaban la cabeza. En un momento nos hicieron acercarnos, y nos besamos con las dos pollas entre medias, lengua con lengua, compartiendo lo que teníamos en la boca. Nunca había hecho algo así y se me grabó a fuego.

—Estos dos valen oro —dijo Hugo, sin aliento, mirando a su amigo.

La última vez nos apoyaron de espaldas contra el bordillo, nos separaron las piernas y nos entraron de frente, para vernos la cara. Hugo en mí, Leo en Darío. Empezaron a bombear rápido, sin pausa, y el agua se volvió loca a nuestro alrededor, desbordándose por los lados.

—Nos corremos dentro —avisó Hugo, con la mandíbula apretada.

Lo noté llenarme en oleadas calientes, y al girar la cabeza vi la cara de Darío deshacerse de gusto cuando Leo se vació dentro de él. Nos dejaron a los dos temblando, con el calor resbalándonos por los muslos dentro del agua.

***

Nos quedamos los cuatro abrazados en el jacuzzi un buen rato, recuperando el aliento, las piernas todavía enredadas bajo las burbujas. Nadie tenía prisa por separarse. Hugo me apartaba el pelo mojado de la cara mientras Leo y Darío se besaban sin ganas de parar.

Antes de irse nos pasaron sus números y nos dijeron, medio en broma medio en serio, que éramos lo mejor que se habían encontrado en mucho tiempo. Darío y yo nos miramos y nos echamos a reír.

Aquella noche, por primera vez en bastante tiempo, nos habíamos dejado llevar del todo. Sin mando, sin plan, sin poner una sola resistencia. Dos desconocidos de veintipocos nos habían usado a su antojo y nosotros lo habíamos disfrutado cada segundo. Todavía hoy, cuando me acuerdo del vapor, del agua caliente y de aquellas dos sonrisas de lobo al fondo del jacuzzi, vuelvo a ponerme duro como esa noche.

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Comentarios (4)

Fede_tok

Tremendo relato!!! me engancho desde el primer parrafo y ya no pude parar

Roque_77

Quede con ganas de mas... necesito la segunda parte, no puede terminar asi

Diegito_cba

Me hizo acordar a algo que viví en un viaje hace años jaja. Muy bien narrado, se siente auténtico

LucioR_lec

Como escribis tan bien?? parecia que estaba ahi

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