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Relatos Ardientes

Lo que mi amigo y yo hicimos en la cama de mi padre

El verano en Zaragoza apretaba como una mano cerrada. En el piso encima de la panadería La Esperanza, Bruno aguantaba el calor con la ventana entreabierta y el ventilador girando torpemente sobre la cómoda. A sus cuarenta y ocho años, divorciado desde hacía dos, el panadero se había acostumbrado a una rutina muy concreta: por la madrugada, en el obrador, descargaba la tensión con Karim, su ayudante; por las noches, ya en el piso, se encerraba en su cuarto y se entregaba al placer a solas, en silencio, mordiéndose el dorso de la mano para no despertar a su hijo.

—Joder, qué ganas —murmuraba contra la almohada, la mano cerrada con fuerza alrededor de su miembro, los ojos clavados en el techo.

Eyaculaba con violencia, con un gruñido contenido que le hacía vibrar el pecho. El semen le salpicaba la sábana, el cabecero, a veces incluso la pared encalada. Por la mañana, los calzoncillos amanecían tiesos sobre la silla y la cama parecía un mapa de batallas perdidas. El cuarto olía a hombre sudado, a deseo viejo, a soledad espesa.

Tomás, su hijo de veintiún años, había aprendido a reconocer ese olor. Cada mañana, mientras Bruno bajaba a abrir la panadería, el chaval entraba en la habitación a ventilar. Tenía cuerpo de nadador —espalda ancha, cintura estrecha, brazos largos por las brazadas— y una sonrisa traviesa que no le abandonaba ni siquiera frente al desastre.

Joder, papá, otra vez.

Recogía las sábanas, las metía a la lavadora, doblaba los calzoncillos endurecidos con cuidado de quien sabe lo que tiene entre las manos. A veces los olía un segundo de más, sin querer hacerlo y haciéndolo igual. Notaba entonces cómo su propia entrepierna respondía, cómo se le tensaba el pantalón corto que usaba para andar por casa. Se iba al baño, se la cascaba rápido bajo el agua, y bajaba a desayunar como si nada hubiera pasado.

Una tarde de jueves, con el cielo blanco de calor y la calle medio vacía, Tomás invitó a un compañero de la facultad a tomar unas cervezas en su cuarto. Marcos era el pívot del equipo de baloncesto de la universidad, casi dos metros de altura, hombros de armario, piernas tan largas que parecían no caber en los pantalones de chándal. En el equipo le decían «Torre» y le quedaba como un guante.

—¿Tu viejo no sube? —preguntó Marcos, recostado contra el cabecero, una cerveza fría entre los muslos.

—Está con un pedido grande. No vuelve hasta las ocho.

—Vaya, libertad total —dijo Marcos, sonriendo de medio lado—. Pues a brindar por eso, cabrón.

Chocaron las latas. La luz de la tarde entraba filtrada por la persiana y rayaba el suelo. Marcos tenía esa costumbre que Tomás llevaba meses mirando de reojo en los vestuarios: rascarse la cara interna del muslo con dos dedos, casi siempre justo donde se le marcaba el bulto. Tomás llevaba meses fingiendo que no se fijaba.

Tres cervezas después, la conversación había bajado de fútbol a chicas de la facultad, y de ahí, sin transición, a la pregunta inevitable.

—¿Tú no te aburres aquí, sin novia, sin tía, sin nada? —dijo Marcos—. Yo me volvería loco.

—Tengo recursos —contestó Tomás, levantando la lata.

—Ah, ya. ¿Y dónde te encierras? ¿En el baño, como un colegial?

Tomás dudó. Notó el calor subiéndole al cuello.

—No te lo vas a creer —dijo al fin—. Ven, te enseño algo.

***

Abrió la puerta del cuarto de Bruno con la cerveza todavía en la mano. El aire le golpeó a Marcos en la cara antes de entrar: olía a hombre, a sudor seco, a algo más concreto y menos confesable. Una habitación que llevaba semanas dialogando consigo misma.

—¿Pero qué cojones es esto? —dijo Marcos riéndose, dando un paso adelante con curiosidad—. Aquí huele a vestuario después de una semifinal.

—Es mi padre.

—¿Cómo que tu padre?

—Mi padre se masturba aquí cada noche. Como una bestia. Y yo, cada mañana, vengo a limpiar todo este desastre.

Marcos no respondió enseguida. Se acercó a la cama deshecha, las sábanas arrugadas con manchas opacas en varios sitios, los calzoncillos tirados como banderas vencidas. Pasó la palma por encima de la tela, sin tocarla del todo.

—Hostia, Tomás. Esto es… —se quedó a la mitad de la frase.

—Lo sé.

—No, en serio. Esto me está poniendo.

Tomás soltó una risa nerviosa que sonó más alta de lo que pretendía. Notó que el bulto en los pantalones de Marcos ya no era el de antes. Y que el suyo tampoco. Algo entre ellos había hecho «clic» sin pedir permiso.

—Yo a veces me la pelo aquí —confesó Tomás, mirando al suelo—. Cuando él no está. Es… no sé. Es raro.

—Hazlo.

—¿Cómo?

—Que lo hagas. Yo me la pelo contigo, si quieres. Aquí mismo.

El cuarto se quedó tan silencioso que Tomás oyó la nevera de la cocina arrancando dos paredes más allá. Marcos no estaba bromeando. Tomás lo supo por la manera en que se quitó la camiseta sin esperar respuesta.

***

Se arrodillaron los dos en la cama del padre, frente a frente, con las rodillas casi rozando los muslos del otro. Marcos se bajó el pantalón hasta los tobillos y se sacó la polla en un solo gesto, con la naturalidad del que no le tiene miedo a nada. Era grande. Lógicamente grande para un cuerpo de pívot: gruesa, marcada por una vena central, el glande oscuro y brillante.

—Joder, Torre. Te llaman así por algo más que la altura —dijo Tomás con la voz seca.

—Cállate y enséñame la tuya.

Tomás obedeció. Su miembro no era pequeño, pero comparado con el de Marcos parecía un primo recién llegado a la familia. Aun así, dura, recta, palpitante. La rodeó con la mano y se la cascó despacio, mirando al otro a los ojos.

—Así, cabrón —murmuró Marcos—. Sin prisa.

El ritmo se sincronizó solo. Las palmas resbalando sobre los miembros, los hombros tensos, las respiraciones cada vez más cortas. Olía a hombre joven sobre olor a hombre maduro, una capa fresca encima de la otra. Tomás se inclinó un poco hacia delante y notó cómo la rodilla de Marcos se apoyaba contra su muslo. No la apartó. Marcos tampoco.

—Imagina que tu viejo entra ahora —dijo Marcos, ronco—. Imagínalo. ¿Qué cara pondría?

—Calla.

—Imagínalo. Dos chavales arrodillados en su cama, pelándosela como cerdos sobre sus sábanas. Imagínalo, Tomás.

Tomás cerró los ojos un instante. La imagen se le metió por dentro como un cuchillo caliente. Bruno, en el quicio de la puerta, con la cara desencajada. O, peor todavía, sin la cara desencajada. Con la cara de querer mirar.

—Hostia, Marcos. Para —jadeó.

—Ni de coña. Sigue.

Tomás siguió. La mano le iba más rápido, casi rabiosa, los nudillos rozándose contra el muslo del amigo. Marcos respiraba por la boca, los pectorales subiendo y bajando, los abdominales contrayéndose con cada empuje de la mano. La cama, ya antes destrozada, crujía bajo el peso de los dos.

—Mírame —pidió Marcos—. No cierres los ojos. Mírame.

Tomás levantó la vista. Marcos tenía la mirada vidriosa, fija en él, y el labio inferior un poco caído.

—Me corro —dijo Marcos.

—Yo también.

—Sobre las sábanas. Sobre las suyas. Sobre las del cabrón de tu padre.

Marcos eyaculó primero, en chorros largos y arqueados que dibujaron una línea sobre la sábana ya pintada de noches anteriores. Soltó un gruñido contenido, mordiéndose el labio para no gritar. Tomás aguantó dos segundos más y se vino al ver al amigo correrse, una descarga densa que se le escapó entre los dedos y manchó la misma zona, fresco sobre seco, mezclando dos generaciones de deseo en la misma tela.

Se quedaron quietos, jadeando, todavía arrodillados, las pollas goteando sobre el colchón.

—Joder —dijo Tomás al fin.

—Joder —repitió Marcos.

Se rieron. Una risa floja, nerviosa, de los dos a la vez. Marcos se dejó caer hacia atrás sobre la cama destrozada, el pecho subiendo y bajando, sonriendo al techo.

—Tu padre va a flipar cuando se acueste esta noche.

—Mi padre no se da cuenta de nada —contestó Tomás—. Y si se da, se calla. Es su estilo.

—Mejor para nosotros.

Tomás se quedó mirándolo. Los músculos largos, la mata de pelo oscuro pegada a la frente sudada, la polla todavía a medio bajar contra el muslo. No quiso decir nada que pudiera romperlo. Marcos lo miró desde abajo, con una sonrisa torcida que ya conocía.

—Otro día venimos a por más —dijo el pívot—. Pero la próxima, con sitio en el suelo. Y sin cerveza, que me bajan las pulsaciones.

—Hecho.

Marcos se incorporó y le pasó una mano por la nuca al amigo, sin más, antes de bajarse de la cama y empezar a vestirse. Tomás se quedó un segundo más arrodillado, mirando aquel campo de batalla pegajoso del que él era ahora copartícipe. Bajó la cabeza y la levantó de nuevo. Sonrió.

***

Esa noche, Bruno volvió tarde de los proveedores, con las botas grises de polvo y la espalda molida. Subió al piso, se duchó largo, cenó un sándwich de pie en la cocina y entró en su cuarto.

Se sentó en la cama, miró las sábanas y arrugó el ceño.

Algo era distinto. No habría sabido decir qué. Pero algo era distinto.

Encogió los hombros, apagó la luz y se dejó caer hacia atrás. Mañana, como cada mañana, Tomás vendría a ventilar el cuarto y a llevarse las sábanas. Mañana, como cada mañana, el chaval recogería sin preguntar. Era mejor así. Algunas cosas, pensó Bruno medio dormido, era mejor no entenderlas del todo.

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Comentarios (1)

RodriMDP

increible el titulo, cuando lo vi tuve que hacer click si o si jajaja. No defrauda para nada!

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