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Relatos Ardientes

Mi primera vez con un hombre fue por dinero

Llegué a casa pasado el mediodía y descubrí que me había dejado las llaves dentro. Bordeé la pared lateral, entré al patio trasero y me dejé caer en una silla de plástico rota que había junto a la puerta. Tocaba esperar a mi madre, que volvía del mercado a saber a qué hora.

Pasaron cuarenta minutos largos. Para no aburrirme me entretuve catalogando la chatarra acumulada en el patio: un televisor con la pantalla reventada, dos sillones individuales apilados en una esquina que olían a humedad de años, ventiladores de pared rotos, cajas hundidas, una bicicleta sin ruedas. Aquel patio lo compartíamos con los vecinos de atrás, y a esas alturas nadie sabía qué basura era suya y cuál nuestra. Un vertedero privado al que llamábamos patio porque sonaba mejor.

Me levanté a estirar las piernas y me acerqué a la puerta del fondo, la de los vecinos. Sobre el cemento, a un paso del escalón, había una bombacha tirada. Blanca, con florcitas rojas estampadas, un poco gastada por el sol. No estaba sucia: se le habría caído del tendedero al recogerla. Tenía que ser de Yolanda, su mujer; había visto su ropa interior colgada otras veces y reconocía el estilo. La levanté con dos dedos, le di una olfateada por curiosidad, y solo olía a jabón en polvo. Sin pensarlo demasiado, me la guardé en el bolsillo del short.

Justo entonces oí cómo se abría la puerta del vecino. Volví a la silla en dos pasos y me senté como si llevara ahí una hora. Él salió con un cigarrillo entre los dedos, flaco, desgarbado, mucho mayor que yo. Treinta y tantos, calculo.

—Ey, vecinito —dijo con una sonrisa torcida—. ¿Cómo anda tu vieja?

—Bien, bien —contesté nervioso. Rogaba que no me hubiera visto agacharme junto a su puerta.

—¿No está en casa?

—No, por eso estoy acá. Esperándola.

—Mmm, ya veo —dijo prendiendo el cigarro—. ¿Y cómo te va? La escuela y eso, ¿todo en orden?

—La verdad, ya no estoy en la escuela.

—¿En serio? —se rió—. A mí también me echaron en su momento.

—No, no. Ya me gradué. Sé que parezco más chico, pero tengo veinte.

—Ah, claro, claro, perdón —dijo, mirándome con una atención que no me gustó—. Es que se te ve crío. Tu madre tampoco me había contado.

¿Y por qué tendría mi madre que contarle a este tipo nada de mí? Me sonó raro.

—¿Tienes novia? —preguntó.

—No.

—¿Y eso? ¿Eres gay o qué?

—No, no, para nada.

—Búscate una entonces —dijo—. Uno tiene que tener siempre dónde meterla.

Asentí con la cabeza, conteniendo una sonrisa incómoda. Lo consideraba un pobre infeliz, y cada palabra que cruzaba con él me lo confirmaba.

—Mira, voy a ir directo —dijo, tirando el cigarrillo y aplastándolo con la punta del zapato—. Tengo ganas de coger. Cuando no encuentro dónde meterla me la jalo, pero hay días en que la paja no alcanza.

Me quedé mirándolo sin entender adónde iba con eso.

—¿Te vendrían bien cincuenta? —dijo, midiéndome con la mirada.

Me esforcé en mantener la cara seria. No quería que se notase lo apretado que andábamos en casa, aunque él lo sabía perfectamente. La sola mención de un billete me dejó la garganta seca. Eran meses duros, y la dignidad pagaba poco.

—Depende —contesté, calculando—. ¿Qué necesitas que haga?

Imaginé que me iba a pedir que le hiciera de intermediario con mi madre, alguna idiotez. Iba a aceptar igual: ella se encargaría de mandarlo al diablo y yo me quedaba con el dinero. Eso lo pensé en dos segundos, sin haberle visto las intenciones.

Con un movimiento se desabrochó el botón del vaquero. Con otro se bajó la bragueta. Antes de que entendiera nada, ya tenía la verga afuera.

—Como ves —dijo con calma—, necesito sacármela.

—No soy gay —solté rápido, incomodísimo. Tenerla a la vista, larga y oscura, me revolvía el estómago.

—Yo tampoco —dijo él.

Nos miramos un segundo de más.

—Si lo que te preocupa es que se sepa, no se va a enterar nadie. Es un rato y el billete es tuyo.

Le observé otra vez. Bajo una capa áspera de vello dormía un miembro flácido pero grueso, con los testículos colgando pesados.

—Cuando yo tenía tu edad chupé varias —siguió—. Y no por eso soy gay. Yolanda lo sabe. Es la plata más fácil que vas a hacer en tu vida.

—¿Y qué quieres que haga? —dije.

Me interesaba el dinero, pero quería medir hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Una paja podía hacerle, si era eso.

—No sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Primero haz que se me pare.

Me acerqué y le sujeté la verga con dudas. Era la primera vez que tocaba un pene que no fuera el mío.

—Hazlo con ganas —me dijo en voz baja—. Nadie lo va a saber.

Tiré del capullo hacia abajo despacio y la cabeza fue quedando expuesta al mismo tiempo que el cuerpo cobraba volumen. El olor a sudor y jabón viejo me golpeó las narices. ¿Sería capaz de metérmela en la boca?, pensé, y sentí una presión en el estómago.

—Chúpamela —dijo.

Levanté la vista con ganas de salir corriendo.

—¿Quieres los cincuenta o no? —insistió. La excitación lo había puesto cerdo.

Bajé la mirada otra vez. Ya la tenía completamente erecta, apuntando hacia arriba con una firmeza que parecía mentira. Era más grande que la mía. Mucho más. Tanto que mirándola sentía que me la metía con los ojos.

—No me va a entrar —dije.

—Prueba. Una parte tiene que caberte.

—Es demasiado gruesa.

—Difícil sí. Pero yo no te estoy obligando a nada. Si quieres el billete, vas a tener que poner la boca.

Tuve que concentrarme. No quería perder esa plata, y no se me ocurría otro sitio en el barrio donde conseguirla tan rápido. Toca disociarme, pensé.

Abrí la boca, saqué un poco la lengua y empecé. Era el primer pene que metía. Comencé lamiendo la parte de abajo a medida que avanzaba, despacio, porque el grosor aumentaba hacia la base y todo se complicaba. La punta entraba fácil; el resto era piedra, más de lo que podía abarcar.

—Más… trágatela toda —dijo. Y eso era imposible: tenía la boca llena con apenas la mitad.

Eché la cabeza hacia atrás para tomar aire y decirle que se conformara, que ya estaba bien, que me diera el dinero. Antes de que pudiera sacársela, me agarró la cabeza con las dos manos y empujó la pelvis hacia delante, follándome la boca de una.

—Aaah… ves que sí —gimió.

El vello púbico se me metió en la nariz. Sentí su verga llenarme entera y me dieron arcadas. Intenté retroceder, pero me sostenía sin violencia, con la fuerza justa para que no me escapara.

—Si no puedes solo —dijo—, deja que te ayude.

La idea de soltarme y aguantar no me parecía mal, pero no era yo el que cedía sino mi boca, que no daba más. Aflojó un poco y la sacó. Volví a respirar.

—Me ahogas —dije.

—Si te dejas hacer es mejor. Más rápido.

—Está bien. Pero no me la metas hasta el fondo.

—Quédate quieto y ábrela lo que puedas.

Lo miré a los ojos y, con una ingenuidad casi infantil, abrí. Hasta saqué la lengua, como si fuera un perro pidiendo.

—Eso es —dijo—. Préstamela un momento, yo me encargo.

Volvió a empujar y la boca volvió a quedarme llena. ¿Cómo había llegado a esto? ¿A ser yo, con la cara empalada, el mismo que años atrás se reía del puerco que le tiraba indirectas a mi madre desde el muro?

—Ufff, qué rica boca tienes. Ya ves que cabía, ya ves —decía sin parar.

La parte buena: me la cogía rápido, y en cada embestida no me la enterraba entera, solo hasta donde el grosor lo permitía. Eso me dejaba seguir respirando entre golpe y golpe.

—Ya va, ya va. Abre bien, que me corro.

¿Iba a correrse en mi boca? Eso no lo habíamos hablado. ¿Pensaba que me iba a tragar todo gustoso? Eso sí que no.

Aproveché que me sostenía menos fuerte, me solté y me puse de pie de un salto.

—No habíamos quedado en que iba a tragar nada —dije.

—Vamos —insistió—, tienes que tragar.

—No.

—Te doy veinte más.

—Hace falta mucho más que veinte. Termina como puedas y dame el billete.

—¡Hijo de puta! —escupió.

Crucé los brazos y le di la espalda. No quería verlo acabar.

—¡Desgraciado!

Zas. Con las dos manos me bajó el short hasta los tobillos y, antes de que reaccionara, me arrancó también el bóxer, raspándome la piel.

—¿Qué haces? —dije descolocado.

—Por dios —exclamó—. Mira esas nalgas. Más femeninas que las de mi mujer.

No me quise dar vuelta. Se me echó encima y me empujó contra la pared.

—Tranquilo —dijo al oído—. No te voy a hacer nada.

Apreté las piernas y los glúteos con todas mis fuerzas. Me tomó de la cintura y empezó a embestir entre las nalgas desde abajo, con la punta del glande, como tratando de separarlas a golpes. Su pene se sentía aún más grande de lo que se veía. Y duro como un palo.

—Vamos, vamos —jadeaba—. Afloja las piernas, te juro que no te la meto.

—¡Basta!

Me mordió la espalda.

—¡Aaah! —grité, y al gritar aflojé. Aprovechó para meter la verga entre las nalgas, separándolas con el tronco, dejando asomar la punta por arriba.

—¿Ves? No te la meto. Yolanda tiene el agujero más amplio y ni a ella le entra cogida así, mucho menos a ti en ese hoyito chico y sin lubricar. Deja que te coja las nalgas y el billete es tuyo.

Me pareció aceptable, mejor que la garganta. De haberlo sabido habríamos arrancado por ahí.

—Bueno, cógeme —dije—, pero solo las nalgas.

—Cuida las palabras, chaval —murmuró—, que no estoy pensando con claridad.

Me quedé quieto. Me apretó cada nalga con una mano para sostener su verga entre ellas y empezó a frotarse, deslizándose arriba y abajo, masturbándose con mi culo.

—Aaaaaah —rugió poco después.

Sentí su semen caliente en la parte baja de la espalda y, como seguía frotándose, también entre las nalgas. La cabeza de la verga me golpeaba el ano una y otra vez, esparciendo la corrida en todo el surco.

—Qué polvo, chaval, qué gusto —dijo separándose.

Se subió los vaqueros sin ajustarlos. Del bolsillo sacó un billete arrugado.

—Toma. Lo prometido.

Me giré para agarrarlo. Con una mano cogí el dinero, con la otra me cubría como podía la verga.

—¡Se te ha puesto dura! —dijo riendo, sorprendido.

No le contesté ni le miré a los ojos.

—Tranquilo, no pasa nada —siguió—. Si me devuelves los cincuenta te hago el favor —y soltó una carcajada.

Retiré la mano y le dejé ver la erección.

—Qué… —dijo—. Era una broma, no te la voy a chupar, no soy gay —se rió otra vez.

Lo miré fijo en silencio. Se hizo una tensión entre los dos que no sabría describir. Él dudaba. Yo esperaba.

—Te la puedo jalar si quieres —dijo al fin—. Para que no te quedes así. Pero nada más.

Me quedé plantado, sin decir palabra. Se acercó, me agarró el pene y me sostuvo la mirada.

Empezó a moverme la mano arriba y abajo. Me parecía increíble: hacía diez minutos no podía imaginar chupar una verga y ahora un tipo mucho mayor me la estaba jalando en el patio.

—Aaaah —gemí al acabar. Un disparo fuerte salió de la punta y le manchó los dedos.

Fue, sin dudarlo, uno de los orgasmos más intensos de mi vida.

—¿Somos gay por haber hecho esto? —pregunté.

—Mientras no nos besemos, no —dijo, conteniendo una sonrisa.

Lo miré a la cara y volvimos a cruzarnos los ojos. La tensión que se armó en ese silencio no sé cómo describirla. Solo puedo decir que la rompimos los dos al mismo tiempo, yendo de frente, besándonos como desesperados. Se le cayeron los vaqueros que no había llegado a abrochar, y yo aproveché para meter la mano dentro del slip y agarrarle una nalga peluda. Nuestros cuerpos se pegaron y las vergas se encontraron por encima de la tela.

—Ya —dije, separándome del beso—. Hasta acá.

Me miró en silencio. Creo que él también estaba asustado de haber llegado tan lejos. Si no paraba ahí, sabía que iba a terminar rogándole que me metiera ese monstruo entero, y eso no iba a acabar bien para mí. Mucho menos con mi madre por llegar en cualquier momento. ¿Qué iba a pensar si encontraba a su hijo siendo empalado contra la pared por el vecino? Iba a pensar que era gay. Y no, esto había pasado de golpe, lo había hecho por plata, no era algo por lo que mereciese ser juzgado.

Nos arreglamos como pudimos sin decirnos nada más. Él se metió en su casa y yo me senté de vuelta en la silla rota, a esperar a mi madre.

***

Nunca volvió a haber propuesta de su parte ni de la mía. Aquello quedó ahí, como algo de una vez. Lo curioso es que de todo lo que pasó esa tarde —porque el billete lo gasté en víveres pocas horas después— lo único que me quedó fue la bombacha de Yolanda. La guardé como un tesoro, y a veces, de noche, la olía. Ya no encontraba en ella el olor a jabón. En su lugar mi memoria me devolvía el olor fuerte, áspero, de los huevos peludos de su marido.

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Comentarios (1)

CuriosaSiempre

¿Hubo algo mas despues de esa primera vez? Me quede con muchas ganas de saber como siguio todo

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