Mi masajista me llevó al límite en un camino de tierra
Hacía meses que no escribía nada y, sin embargo, esta historia llevaba todo ese tiempo dándome vueltas en la cabeza. Hoy por fin me siento a contarla, porque me parece la forma más honesta de cerrarla.
Adrián fue mi masajista durante casi un año. Empezó como una camilla, unas manos firmes y un cuello que olía a aceite de almendras. Acabó siendo algo bastante distinto. Las dos primeras veces que terminamos en su cama las conté hace tiempo. Lo que faltaba contar era el final.
Después de aquella segunda sesión, que fue uno de los polvos más bestiales que recuerdo, nos quedamos hablando por mensajes durante semanas. La conversación se calentaba sola. Cualquier excusa servía: una foto suya recién levantado, un audio mío contándole lo que haría si lo tuviera delante, un emoji que en otro contexto no significaba nada y entre nosotros lo significaba todo.
El problema era logístico, no de ganas. Su hermana llevaba un par de meses viviendo con él, ocupando el sofá del salón y la mitad del cuarto de baño. Yo tampoco tenía un sitio propio donde pudiera meter a nadie. Cada uno por su lado, los dos sin un techo bajo el que follar.
Una tarde, después de un día entero de mensajes que parecían un guion porno, le propuse algo concreto.
—Te recojo con el coche en tu calle y nos vamos a buscar un campo. Lo que sea, pero no aguanto más.
—¿Esta noche? —contestó.
—Esta noche.
Sería más o menos mayo, porque ya empezaba a hacer ese calor pegajoso que invita a desnudarse en cualquier sitio. Me duché sin prisa, me preparé el culo con calma y elegí una ropa fácil de quitar: pantalón corto de chándal, camiseta sin mangas, chanclas. No iba a un restaurante.
De camino a buscarlo, pensaba con detalle en cómo le bajaría las mallas, en cómo me arrodillaría, en cómo entraría su polla. Sin querer iba sobándome por encima del pantalón. Tuve que respirar hondo varias veces para no llegar al portal con la calentura escapándoseme por las orejas.
Cuando lo vi salir del bloque casi me caigo. Llevaba unas mallas cortas, una camiseta de tirantes blanca y el pelo todavía húmedo. Adrián era de esos hombres a los que les sienta bien la luz amarilla de las farolas: le marcaba la mandíbula y le dibujaba los hombros. Subió al coche, me regaló esa sonrisa suya que parecía siempre pedir perdón por algo, y me derretí.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—Tengo una idea.
Salí del casco urbano por la carretera vieja. Mientras conducía, le pasé la mano por el muslo. Empecé acariciándole la rodilla y fui subiendo despacio. La piel de sus piernas era tibia y dura. Cuando llegué al paquete me lo encontré ya marcado, prieto contra la tela elástica. Sonrió sin mirarme.
—Como sigas conduciendo así nos matamos —dijo.
—Entonces aparco.
A unos diez kilómetros del pueblo había un camino de tierra que conocía de cuando salía a correr los domingos. Bordeaba un campo de almendros y se metía entre dos parcelas. No había farolas, ni casas, ni nada. Solo grillos y luna.
Apagué el motor. Apagué las luces. Por un segundo, el silencio fue total.
***
Nos pasamos a los asientos de atrás como si lo hubiéramos ensayado. No hubo charla previa. Le agarré la nuca y lo besé como si llevara meses queriendo morderle la boca, que era exactamente lo que llevaba haciendo. Adrián besaba con un control extraño: parecía sereno y, a la vez, te dejaba sin aire. Su lengua trabajaba lenta, pausada, hasta que de repente apretaba y te recordaba quién mandaba.
Nos desnudamos a medias. Le subí la camiseta hasta el cuello y le bajé las mallas hasta las rodillas. Yo me quité el pantalón de un tirón y me quedé en camiseta. El interior del coche se empañó en cuestión de segundos.
Empecé a besarle el cuello, mordiéndole flojito justo debajo de la oreja, donde sabía que se le erizaba todo. Bajé por el pecho, por el esternón, por el camino de pelo oscuro hasta el ombligo. Me detuve allí un momento, hundiéndole la lengua, porque sabía que ese gesto le hacía perder el ritmo. Lo oí soltar el aire de golpe.
Su polla estaba dura, morena, gruesa. Soltaba esa cantidad de líquido transparente que recordaba con tanta claridad y que convertía cada mamada en algo más fácil, más resbaladizo, más sucio. Me la tomé entera de una sola vez. Quería que supiera, sin necesidad de decirlo, que esta noche no iba a parar.
Adrián gimió y me agarró del pelo. No tiró fuerte. Solo me marcaba el ritmo, me indicaba cuándo subir, cuándo bajar, cuándo dejarla un segundo fuera y pasarle la lengua por debajo, justo donde el frenillo le hacía estremecerse. Yo me dejaba llevar y respondía con la boca.
En algún momento, sus dedos buscaron mi culo. Me palpaba por encima, después por debajo, después dentro. Primero un dedo, después dos. Lo hacía con la misma calma con la que me masajeaba la espalda meses antes. Sentí cómo me iba abriendo a su ritmo, sin avisar.
—Ven —dijo de pronto.
Me tiró del pelo hacia arriba y me volvió a besar. Lengua contra lengua, mientras me hacía pasar por encima de él. Sin soltarme la nuca, colocó su polla justo debajo de mi entrada. La rozaba, la frotaba, sin meterla. Yo me movía despacio, dejando que el capullo pasara por mí una y otra vez, hasta que dejé de pensar.
Me empalé yo solo. Bajé las caderas, sentí la presión de la cabeza, apreté los dientes y seguí bajando. Me miró un instante como diciendo «no estás suficientemente lubricado», pero los dos sabíamos que no íbamos a parar. Sus manos me abrieron las nalgas. Yo seguí bajando hasta que me senté del todo, con su polla entera dentro de mí.
El dolor y el placer se mezclaron en algo que no tiene nombre. Me agarré a su cuello y empecé a moverme. Lento al principio, luego más rápido. Cabalgándole, gimiendo bajo, perdiendo la cabeza contra su mandíbula. Cada vez que bajaba, su polla me golpeaba un punto exacto que me hacía soltar un quejido.
Nos besábamos entre embestidas. La saliva nos resbalaba por el mentón. El cristal del coche se había empañado entero. Había una capa de vaho gruesa, casi sólida, que aislaba el habitáculo del mundo. Éramos él, yo, y un olor a sudor y a aceite que se nos pegaba a la piel.
—Estoy hirviendo —dijo después de un rato.
Yo también. La camiseta se me pegaba a la espalda como si me la hubieran echado por encima de un cubo de agua. El asiento estaba mojado.
—Salimos —propuse.
***
Abrimos las puertas del coche y la temperatura cambió de golpe. Corría un poco de aire, y aquel aire en la piel sudada fue casi tan obsceno como todo lo anterior. Me agaché en cuclillas delante de él, justo a la altura de su polla, que seguía dura y brillante por mi propia humedad.
Esta vez no fui yo quien marcó el ritmo. Adrián me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca como si quisiera dejar claro algo. No me daba tregua. Me hacía llegar hasta el fondo, me dejaba un segundo allí, retiraba y volvía a entrar. Yo lo miraba desde abajo, con los ojos llorosos, y él me sostenía la mirada sin pestañear.
Llegó un punto en que casi me ahogo. Tosí. Me dio una arcada. Él, en lugar de soltarme, me sacó la polla con cuidado y me agarró la cara entre las palmas.
—¿Estás bien?
—Estoy muy bien. Aquí, contigo.
Volvió a besarme, esta vez con una ternura rara. Como si necesitara comprobar que seguía siendo el mismo que un rato antes lo había recogido en la calle. Me limpió la saliva del mentón con el pulgar y sonrió.
Después, sin decir nada, me giró. Me hizo apoyar los antebrazos en el asiento trasero del coche, con la puerta abierta. Yo quedaba dentro de cintura para arriba y fuera de cintura para abajo. Mi culo, justo a la altura de su polla. Las estrellas, que en la ciudad ni se ven, estaban allí encima, ridículas de tantas.
No hubo aviso. Me la metió hasta el fondo de un solo empujón. Solté un grito y él se rio bajito. Luego empezó a embestirme en serio. No el cabalgar tranquilo del asiento trasero: una embestida real, profunda, rítmica, brutal. Su pelvis chocaba contra mis nalgas con un ruido seco que se mezclaba con los grillos.
Estuve a punto de correrme dos veces sin tocarme. Cuando me notaba al borde, apretaba los dientes y me obligaba a esperar. Quería que él llegara primero. Quería sentirlo.
—¿Quieres que te llene el culo? —preguntó con la voz ronca.
—Sí, joder. Lléname entero.
No sé cuánto duró aquello. Cinco minutos, diez, veinte. El tiempo en esos momentos no funciona. Solo sé que sentí su mano agarrarme la cintura, que sus dedos se me clavaron, que el ritmo se volvió más errático y más fuerte.
—Me voy a correr.
—Hazlo. Dentro. Todo.
Y se corrió. Lo noté entrar más profundo, lo noté temblar, lo noté soltar el aire contra mi nuca mientras se descargaba dentro de mí. Después se dejó caer sobre mi espalda, abrazándome, todavía dentro, sin moverse.
Aguanté como pude. Las piernas me temblaban. Pero había algo en esa sensación —haber conseguido que aquel tío, tan joven, tan guapo, tan acostumbrado a poder elegir, perdiera el control conmigo en un camino de tierra a las tres de la madrugada— que merecía la pena soportar el temblor.
Cuando se le bajó, salió despacio. Me incorporé como pude y nos besamos. Largo. Sin prisa. Nos miramos un segundo, sucios, despeinados, sudados, y nos entró la risa floja. La situación era ridícula y, a la vez, perfecta.
—Tengo agua en el maletero —dije.
—Menos mal.
Nos limpiamos como pudimos, con la botella y dos pañuelos de papel. Nos vestimos despacio, sin mirar el reloj. De vez en cuando uno de los dos soltaba una risa corta y el otro se contagiaba. No hacía falta hablar.
***
De vuelta al pueblo le puse música baja. Adrián se quedó mirando por la ventanilla, con una pierna recogida en el asiento. Le cogí la mano y la apoyé en mi muslo. Estuvimos así todo el camino.
Lo dejé en su portal. Antes de bajarse, se inclinó y me dio un beso corto, casi infantil. Me dijo gracias. Yo le dije gracias a él. Los dos sabíamos, sin decirlo, que probablemente no iba a haber una cuarta vez.
No la hubo. A las pocas semanas conoció al chico con el que ahora vive. Lo veo de tarde en tarde, siempre por casualidad, siempre con esa misma sonrisa serena. Pregunta por mí con educación y me dice que está bien, que está feliz. Yo le creo. Me alegro de verdad.
Hoy, escribiendo esto, he estado duro casi todo el rato. Ahora cierro el ordenador, voy a apagar la luz y, antes de dormir, voy a recordarlo otra vez. Despacio, sin prisa, como aquella noche entre los almendros.
Y mañana, si vuelve a llamarme, sabré decirle que no.
Probablemente.