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Relatos Ardientes

Mi primera vez fue con un maduro de Avellaneda

Voy a contar la primera vez que me atreví a estar con un hombre, y no con cualquiera: con uno bastante más grande que yo. Hoy tengo treinta y dos, pero esto pasó cuando tenía veintidós, recién mudado a un departamento prestado en Quilmes. Me llamo Bruno y desde los diecinueve algo en los hombres mayores me desarmaba. No los pibes de mi edad, no los modelitos del gimnasio. Me calentaban los señores, los que ya tenían canas en el pecho, los que caminaban sin apuro.

Empezó mirando porno. Buscaba una pareja en la pantalla y siempre paraba en lo mismo: una chica joven con un tipo grande, panzón a veces, casi siempre peludo y de pija gruesa. Era el contraste lo que me prendía. El cuerpo curtido, las manos enormes, la manera de manejar la situación sin necesidad de pedir permiso. Me hacía la paja imaginándome a mí en el lugar de la chica.

Eso fue lo primero que entendí de mí mismo, antes incluso de animarme a pensar la palabra en voz alta.

Trabajaba de lunes a sábado. Mis domingos eran sagrados y eran clandestinos. Cerraba la puerta del cuarto, abría el chat público del único portal que en esa época todavía funcionaba bien, y escribía. Buscaba siempre lo mismo: hombres maduros, zona sur. Nunca pegaba una. Estaban lejos, o trabajaban, o no tenían dónde, o eran cuentos. Pero chatear ya me daba algo. La pija dura debajo del short y la pantalla llena de mensajes de tipos que me decían cosas. Eso solo ya valía la tarde.

En esos meses descubrí otra cosa. Me había comprado, casi sin saber por qué, una tanguita roja y un corpiño negro de encaje en una multitienda donde nadie me conocía. La primera vez que me los puse y me miré al espejo del ropero sentí que se me cortaba la respiración. No era yo. Era otra cosa: alguien de piernas finas, piel muy blanca, una persona que daba ganas de tocar. Me empecé a sacar fotos sin la cara y a mandárselas a los tipos del chat. Saber que del otro lado un señor de cincuenta y pico se estaba haciendo la paja con esas fotos me ponía como nunca.

***

Un domingo de octubre, calor afuera y la ventana del cuarto abierta, me habló un tipo. Decía tener cuarenta y siete, vivir solo cerca de la estación de Avellaneda y estar libre todo el día. Activo cien por ciento: eso lo escribió en la primera línea, como si fuera la presentación entera. Le respondí con poca convicción, porque cuarenta y siete me parecía menos de lo que yo solía buscar, pero le pedí foto. Me mandó dos. En la primera tenía una camisa de cuadros mal puesta, los ojos cansados, el cuerpo más entrado en años que su edad. En la segunda tenía el bóxer bajo y se le veía la pija: gruesa, pesada, oscura. Eso fue lo que me hizo decir que sí.

Mientras chateábamos le mandé también dos fotos mías. Una en tanga, mirándome al espejo de costado. Otra de frente, con las manos cubriéndome la pija para que se notara el bulto pero no más. Le encantaron. Me preguntó si quería ir esa misma tarde. Y yo, que llevaba dos años imaginando ese momento sin nunca dar el paso, le dije que sí antes de pensarlo.

—¿Vos qué hacés? —tipeó.

—Solo chupar —contesté, y agregué la mentira que tenía preparada hacía meses: que ya había estado con otros dos hombres.

Tenía miedo de que se desinflara si le decía la verdad. Quedamos en la esquina del bingo, antes de subir a su casa, por si pintaba feo y me tenía que volver. No se lo dije con esas palabras, pero entendió. Vivía a quince cuadras de la estación; en taxi llegábamos en cinco minutos.

Me bañé despacio, como si el agua tibia pudiera prepararme para algo. Después saqué la tanguita roja del cajón y me la puse debajo del jean. El corpiño lo metí dentro de la mochila, junto con un perfume barato, una toalla y la billetera. Salí a las tres y media de la tarde. Mi vieja me preguntó adónde iba y le dije que a tomar mate a la casa de un compañero del trabajo. Mentí tan fácil que después me preocupó cuánto venía mintiendo.

Subí al tren con auriculares y sin música. Iba con la cabeza llena de ruido. La tira de la tanga se me clavaba un poco al sentarme, y sentir esa tela mínima debajo del jean me mantenía la pija medio dura todo el viaje. Cada estación que pasaba era una posibilidad más de bajarme y volver. No me bajé.

***

Cuando salí del andén en Avellaneda, el sol pegaba fuerte. Caminé la cuadra hasta el bingo y lo vi cruzar la calle hacia mí. Era más bajo de lo que esperaba, lampiño, moreno, con la camisa pegada al pecho por la transpiración. Me dio un beso en la mejilla, como si fuéramos primos que se reencuentran. Olía a colonia mezclada con sudor. Yo, en cambio, estaba helado de los nervios.

—¿Todo bien, querido? —me dijo en la vereda.

—Sí, sí, todo bien —contesté, y miré para otro lado.

Subimos a un taxi en la puerta del bingo. Él se sentó atrás conmigo y empezó a hablarle al chofer de cosas que ni escuché. Yo miraba pasar las cuadras desde la ventanilla y trataba de respirar despacio. Me preguntó, casi con la mano apoyada en mi rodilla, con cuántos hombres había estado. Le repetí la mentira. Dos. Le pareció bien.

La casa era un monoambiente que daba directo a la vereda. Una puerta de chapa, un picaporte trabado, y adentro: la cama enfrente, mesa y cocina a la derecha, un pasillito al baño. Y una ventana ancha, grande, que daba a la calle. Estaba tapada con una cortina liviana, casi un velo. Cuando cerró la puerta detrás mío, lo único que pensé fue que ya no había vuelta atrás. Tuve un segundo de pánico real. El tipo se quedó apoyado contra la puerta y me miró, esperando.

No pensé más. Caminé los tres pasos que nos separaban, lo agarré del cuello con una mano y le besé el costado de la garganta, ahí donde tenía la piel más blanda. Con la otra mano le apreté la pija por encima del jean. Era tal cual la foto: gruesa, pesada, dura ya. Lo escuché soltar el aire de golpe.

—¿La querés tocar un poquito? —preguntó, y la voz le tembló apenas.

Me arrodillé sin contestar. Le solté el cinturón, después el botón del jean, después el bóxer. Cuando la pija salió, casi me golpeó la cara. Me la llevé a la boca enseguida. Era más grande de lo que yo había manejado nunca, aunque eso él no lo sabía. Tenía un sabor a piel mezclado con jabón viejo, y un olor fuerte a transpiración entre las piernas que en otro contexto me hubiera dado asco y en ese momento me prendió todavía más. Era ese olor, justamente, lo que me confirmaba que estaba donde estaba.

Me apartó la cabeza después de un rato. Se sacó la camisa por encima, el jean lo dejó arrugado en el piso y se tiró de espaldas en la cama. Abrió las piernas. Me arrodillé de nuevo entre ellas y se la chupé. Le pasé la lengua por los huevos, por la parte interna de los muslos, por el surco que iba más atrás. Estuve poco ahí porque el olor a transpiración era demasiado. Le dije, casi pidiendo perdón, que se fuera a bañar.

—Tenés razón, perdoná —dijo casi en susurro, y se levantó.

Mientras él se duchaba, aproveché. Me saqué la remera, el jean, las zapatillas, las medias. Quedé en la tanga roja delante del espejo del placard. Saqué el corpiño negro de la mochila y traté de ponérmelo. Los dedos no me respondían. El broche se me escapaba una y otra vez. Al final lo guardé de nuevo, frustrado, y me senté en el borde de la cama solo con la tanga. La piel se me había puesto de gallina.

Cuando salió del baño con la toalla en la cintura, se paró un segundo en el marco del pasillito. Me miró así, sentado en su cama, las piernas blancas, la tanga roja contra la piel pálida, y se le marcó la pija debajo de la toalla. No dijo nada. Caminó hasta mí y me dio vuelta sobre el colchón, boca abajo. La cabeza me quedó colgando del borde.

Se paró frente a mí, abrió las piernas y me metió la pija en la boca desde abajo. En esa posición se la podía tragar más profundo. Mientras tanto me manoseaba la cola con las dos manos, me apretaba, me clavaba los pulgares en el medio. Cada vez que sus dedos rozaban la tela de la tanga me corría un escalofrío hasta los pies. No me besaba. No buscaba mi boca. No me hablaba al oído. Era solo el calor de su pija en mi boca y sus manos manoseando lo que yo había estado meses imaginándole a alguien.

Después se subió arriba mío, me corrió la tanga a un costado y empezó a frotarse la pija entre mis nalgas. Sabía perfectamente que yo no quería que me penetrara, y no insistió ni una vez. Solo se la pasó de arriba abajo en seco, despacio, durante un rato largo, suficiente para que yo me la imaginara entrando y se me cortara la respiración. En un momento creí que iba a acabar así, encima mío. Pero se bajó.

—Vení, ponete acá —dijo, y volvió a sentarse al borde de la cama.

Me arrodillé entre sus piernas. Le agarré la pija con las dos manos y se la chupé en serio. Subiendo, bajando, mirándolo a los ojos cuando él me miraba a mí. En algún momento se le puso la voz ronca y empezó a respirar por la boca. Sentí que se le tensaba todo el cuerpo. Quise apartarme y no me dejó. Me agarró del pelo con las dos manos y me la dejó adentro hasta el final.

Acabó en mi boca. Mucho, caliente, espeso, salado como yo lo había imaginado tantas veces frente al espejo. Tragué todo, y la dejé un rato más adentro de la boca para limpiársela con la lengua. Después abrí los labios y le mostré una gota que me había quedado en la comisura. Levantó las cejas. Me sonrió por primera vez en toda la tarde. Le di un beso flojo en la panza, le mordí el costado del cuello y me senté en el piso a recuperar el aire.

Mi pija reventaba dentro de la tanga roja. Empapada. Me acabé yo mismo en dos minutos, sin que nadie me tocara, ahí sentado contra la pata de la cama.

***

Después él se vistió. Me ofreció algo de tomar y le dije que no. Me llamó un remís desde el celular. Me dio otro beso en la mejilla cuando me fui, y antes de cerrar la puerta me soltó una pavada cualquiera sobre el calor. Cosas que se dicen para no decir nada.

Me subí al remís y arranqué para la estación. Cuando ya estábamos doblando la esquina, miré para atrás, hacia su casa. Y ahí me di cuenta: la cortina del ventanal estaba corrida. La ventana, abierta. Esa ventana grande que daba directo a la vereda. Durante toda la tarde había estado entrando aire por ahí, y cualquiera que pasara por la calle, en cualquier momento de cualquiera de las escenas anteriores, había podido vernos enteros.

Sentí que se me iba la sangre a los pies. Y un segundo después, en el asiento de atrás del remís, se me prendió todo otra vez. La idea de un desconocido mirándonos desde la vereda, mirándome a mí en cuatro con la tanga roja corrida, chupándole la pija a un viejo, me iba a alimentar pajas durante años.

Volví a Quilmes ya de noche, con el corpiño todavía sin estrenar dentro de la mochila y la sensación de haber cruzado una línea que no se podía deshacer. Después vinieron otros encuentros, otros señores, otros departamentos. Pero ninguno como ese. Ninguno como el primero. Ninguno como el de la ventana abierta de Avellaneda.

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Comentarios (1)

Klaus_BsAs

increible relato, me tuvo pegado de principio a fin!!

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