Lo que pasó con mi mejor amigo en la cala nudista
Iván y yo cumplimos los veintiuno casi al mismo tiempo, en julio. Éramos amigos desde la secundaria y aquel verano pasábamos todas las tardes libres en la costa, en una sucesión de calas pequeñas a media hora de coche de nuestro pueblo. Hoy nos vemos poco, porque la vida nos llevó a ciudades distintas, pero aquella semana en concreto sigue siendo la más rara y la más nítida de todas las que pasamos juntos.
La playa principal estaba siempre llena de familias y de turistas con sombrillas de colores. A nosotros nos gustaba caminar veinte minutos hacia el sur por un sendero estrecho que olía a romero, y bajar a una zona donde la gente iba desnuda. No era nada oficial, pero todos sabían que allí también se practicaba el dogging por las noches. Íbamos con el bañador puesto y, sin reconocerlo en voz alta, los dos disfrutábamos mirando.
—A mí me daría una vergüenza horrible que me vieran así —me dijo Iván una tarde, abriéndose una cerveza tibia—. No entiendo cómo no te incomoda.
—Si vienes solo no te conoce nadie —contesté—. Algún día probaré, me llama la atención.
—Si hubiera tías, a lo mejor sí. Pero esto está lleno de tipos de cincuenta para arriba —se rio, y giró la cara para mirar a un señor barrigón que se secaba con una toalla diminuta.
Esa tarde acordamos que al día siguiente volveríamos con la nevera bien cargada. No mencionamos el bañador, pero los dos entendimos que esa era la cuestión.
***
Llegamos a media mañana, con seis latas heladas y una sombrilla nueva que Iván había comprado por insistencia de su madre. La zona habitual estaba más concurrida de lo normal y decidimos seguir caminando. Encontramos un hueco entre dos formaciones de rocas, una especie de balcón natural que daba al mar y desde el que no se veía a nadie más. El sonido del agua llegaba amortiguado. Pusimos las toallas en la arena fina y nos quedamos un momento de pie, mirándonos sin decir nada.
—Bueno —solté con la garganta seca—, yo dije que hoy lo hacía.
Me desaté el bañador y dejé que cayera. Lo aparté con el pie y me quedé desnudo frente a él, intentando comportarme como si fuera la cosa más natural del mundo. Iván me miró un segundo de más. Bajó los ojos hasta mi pubis y se rio bajito.
—Joder, ahora entiendo por qué no te importa —dijo.
—No me jodas tú también con eso —contesté, aunque me halagaba—. Anda, quítatelo.
Se lo quitó. Y yo, sin disimulo ninguno, también miré. Iván era flaco como yo, con el vientre marcado por el deporte que hacíamos juntos. Tenía un pene largo y fino, con el glande un poco más oscuro que el tronco. Se me quedó la imagen grabada al instante, como si una cámara mental hubiera hecho una foto y la guardara en una carpeta a la que pensaba volver.
—Estamos buenos los dos —dije, intentando rebajar la tensión—. ¿Cómo es que no follamos más?
—Tú sí que estás bueno —murmuró, y me señaló con la barbilla.
Bajé la vista. Sin darme cuenta, se me había puesto dura.
Joder, no, ahora no.
Me tapé con la mano y solté una carcajada nerviosa.
—Perdona, ha sido sin querer.
—No serás maricón —dijo, sonriendo, y se sentó en la toalla sin hacer ningún gesto de incomodidad.
No supe qué contestar. Me senté yo también, con las rodillas un poco recogidas, y abrí la primera cerveza. La cuestión era que, cuando giraba la cara y le miraba de reojo, no podía dejar de pensar en su polla. En cómo se le movía al caminar, en lo bien hecha que estaba. Y la mía, que se me había bajado un poco con la sorpresa, volvía a hincharse cada vez que cruzábamos miradas. Iván tampoco estaba blando del todo, lo noté enseguida, y noté también que él notaba que yo lo notaba.
A lo lejos vimos a un grupo pequeño bajar por el otro lado de la cala. Tres hombres y una mujer que se quitó la parte de arriba primero y, sin pensarlo dos veces, también la de abajo. Llevaba el pubis recortado en una franja vertical, muy fina.
—Mira eso —le dije por decir algo, por buscar un terreno seguro.
—Está muy bien —contestó, y se quedó callado un rato—. ¿Crees que un tío quedaría raro con el pubis recortado así?
—Yo creo que no. Igual me lo hago.
—Hazlo. A ver cómo queda.
Nos bañamos, nos secamos al sol, hablamos de tonterías. Pero la conversación tendía a volver al sexo. A cómo se masturbaba cada uno, a qué porno veíamos, a si nos habíamos planteado alguna vez probar algo distinto. Confesé, escudado en la tercera cerveza, que su polla me había llamado la atención. Él me confesó que la mía, cuando se me puso dura, le había excitado más de lo que esperaba.
No llegamos a más. Recogimos al atardecer y volvimos cada uno a su casa con el cuerpo lleno de sal y la cabeza llena de imágenes que no sabíamos del todo qué hacer con ellas.
***
En la ducha, esa misma noche, me corrí dos veces. La primera, pensando en él. La segunda me llevé el semen a la boca, con la curiosidad de saber a qué sabía y de si me iba a dar asco. No me dio. Me dije que era una cosa entre yo y el azulejo, una prueba sin consecuencias.
Más tarde, en pijama y con el pelo todavía mojado, le escribí por WhatsApp.
—Me lo he pasado de puta madre. Mañana repetimos.
Tardó dos minutos en contestar.
—Yo creo que me lo he pasado mejor que nunca. Te paso a buscar a las diez.
Leí la frase tres veces. Estaba seguro, casi seguro, de que también la había escrito con una mano en la polla.
Antes de dormir cogí la maquinilla y, siguiendo lo que había visto esa tarde, me recorté el vello en un triángulo limpio sobre el pubis. Cuando terminé y me miré al espejo, me sorprendió lo mucho que me ponía la imagen de mí mismo así. Volví a empalmarme. Me dije que estaba explorando, que era el verano, que ya vería qué hacer en septiembre. Que los hombres como tales no me gustaban, pero que con Iván, esa noche, habría hecho cualquier cosa.
***
Al día siguiente llegamos a la cala antes que nadie. Subimos hasta nuestro hueco entre las rocas, montamos la sombrilla, abrimos la nevera. Nos desnudamos sin ceremonias, como si lleváramos toda la vida haciéndolo. Iván se quedó mirándome el pubis.
—¿Te lo has hecho? —preguntó.
—Anoche. Quería ver cómo quedaba.
—Joder, qué bien te queda —se acercó un paso, sin tocarme—. Me pone, te lo digo en serio.
—¿Mucho?
—Mucho.
Nos sentamos uno al lado del otro, esta vez sin esconder nada. La cerveza ayudó, pero menos que la conversación, que ya no daba rodeos.
—Ayer, cuando llegué a casa, me la pelé pensando en ti —solté—. Y probé mi propio semen.
—Joder. Cuéntame.
—Pues eso. Que no me dio asco.
Se quedó callado un segundo. Le miré la polla y se le estaba poniendo dura otra vez.
—Si te pones así —murmuró—, voy a tener que correrme en tu boca.
—Si quieres, prueba —contesté, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.
Colgué una toalla del armazón de la sombrilla, improvisando una pared que nos tapaba del lado del sendero. No es que hubiera nadie cerca, pero la idea de tener un mínimo de intimidad nos dio el último empujón. Me arrodillé en la arena, frente a él, y le agarré la polla con una mano. Estaba caliente y le latía la vena del tronco bajo mis dedos. Empecé despacio, subiendo y bajando, mirándole a la cara para confirmar que estaba todo bien. Tenía los ojos cerrados y la mandíbula floja.
Bajé la cabeza y le pasé la lengua por el glande. El olor era distinto al mío, más limpio, con un punto a mar y a sol. Me lo metí entero, con cuidado, hasta que noté que me golpeaba el fondo de la garganta. Tuve una arcada controlada, retrocedí un par de centímetros y volví. Iván puso la mano en mi nuca, sin empujar, solo apoyada.
—Así, así —repetía en voz baja—. No pares.
Le chupé los testículos despacio, uno y luego el otro, mientras seguía haciéndole la paja con la mano. Se los había depilado también. Lo entendí sin tener que preguntar.
—¿Me dejas comerte el culo? —pregunté, levantando la vista.
—Hostia. Sí.
Se giró y se apoyó con las manos en una roca, con las piernas algo abiertas. Pasé la lengua despacio, primero por la parte baja, después subiendo por el centro. Le metí la punta y le noté temblar las rodillas. Con la otra mano seguía pajeándole, y él, doblado como estaba, conseguía alcanzarme y devolvérmela. Era una postura ridícula y, al mismo tiempo, el momento más excitante de mi vida hasta entonces.
—Para —dijo de pronto—. Para, que me corro.
Me aparté. Se dio la vuelta justo a tiempo y le dio dos sacudidas más a la polla. El primer chorro me cayó en la mejilla. El segundo, en los labios, que abrí sin pensarlo. Cuando noté el calor en la lengua, me corrí yo también, sin tocármela apenas, manchándole la pierna y la arena. Tragué con la boca llena y con la cara llena, y la sensación fue tan rara y tan nueva que me quedé un minuto entero arrodillado, sin moverme, mirándole desde abajo.
Él se dejó caer en la toalla y me tendió la mano.
—Ven —dijo.
Me tumbé a su lado. Estuvimos un rato largo callados, escuchando las olas, sin tocarnos. No hacía falta.
***
Volvimos a la cala el resto del verano. Seguimos quitándonos el bañador, seguimos bebiendo cervezas, seguimos hablando de chicas y de la universidad y del trabajo que íbamos a buscar en septiembre. Lo del sexo, sin embargo, no se repitió. No hubo un acuerdo explícito ni un día concreto en el que decidiéramos no volver a hacerlo. Simplemente, los dos entendimos que aquello había sido lo que tenía que ser y que volver a intentarlo habría sido forzarlo.
Lo hablamos años después, en una cena, ya cada uno con su pareja en otra mesa. Iván levantó la copa y dijo, bajito:
—Aquel verano fue una locura.
—Lo fue —contesté.
No hizo falta añadir nada más. La cala sigue ahí. El sendero también. Algún día, ya viejos, igual volvemos a recorrerlo, esta vez con el bañador puesto.