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Relatos Ardientes

El hombre del pelo gris que me esperaba en la cabina

Tenía veintiocho años y trabajaba en una imprenta pequeña del centro. Después del cierre solía pasar por las cabinas de internet de la avenida del Solar, no tanto para revisar el correo como para escapar un rato de mi cuarto alquilado y de la sensación de que mi vida iba a ser siempre así. Una de esas tardes, navegando sin rumbo en un foro perdido, di con la mención de un local llamado Estrella Roja, a quince cuadras de mi trabajo. Decían que era un punto de encuentro para hombres, que las cabinas tenían puertas con cerrojo por dentro, y que ahí pasaban cosas que en otros lugares no.

No fui esa misma noche. Tardé tres días en juntar el valor, y cuando lo hice ni siquiera entré con la intención de hacer nada. Solo quería ver.

El local quedaba en una galería vieja, con el piso de mosaico levantado y un olor pesado a desinfectante. Un cartel pintado a mano anunciaba «Cabinas — 3 soles la hora». El encargado, un señor flaco con bigote, ni levantó la vista cuando le pagué. Me dio una llave con un número y señaló al fondo del pasillo sin decir palabra.

Caminé despacio. Las cabinas estaban en dos hileras enfrentadas, y enseguida noté lo que el foro decía. La mitad de las puertas estaban cerradas, pero algunas se mantenían entreabiertas a propósito. Al pasar miré sin querer. En la primera, un muchacho miraba la pantalla con la mano metida dentro del pantalón, moviéndose rápido, mordiéndose el labio. En la tercera, un hombre mayor me sostuvo la mirada un segundo y giró su silla para que yo viera. Tenía la polla dura, gruesa, con el prepucio corrido hasta la base y el glande brillante de saliva o de lo que fuera. La sostenía con el puño cerrado y se la sacudía despacio, apretándose los huevos con la otra mano, sin esconderse, buscándome los ojos.

Sentí un calor que me subió hasta la frente. Apuré el paso, entré a mi cabina, cerré por dentro y me senté frente a la computadora sin encenderla. Estuve así diez minutos, escuchando los crujidos del pasillo, una respiración pesada del otro lado del tabique, el roce inconfundible de una mano sobre una verga bien mojada, una tos que se ahogaba en seguida.

No vine a hacer nada. Solo quería ver.

No hice nada esa noche. Pero esa noche no pude dormir. Me quedé echado en el colchón, con la polla dura contra el elástico del calzoncillo, acordándome del hombre de la tercera cabina, de cómo se abría el prepucio con dos dedos para mostrarme la cabeza roja y pulida. Me la agarré y me la corrí en la mano en menos de un minuto, mordiendo la almohada para que el vecino no me oyera.

***

Mi día de descanso era el jueves. Lo esperé como quien espera un examen. Me bañé con un cuidado raro, me corté las uñas, me pasé crema en lugares que normalmente ignoraba. Me metí dos dedos jabonosos en el culo bajo la ducha y aguanté la respiración cuando sentí el anillo ceder. En el mercado central había un puesto que vendía ropa interior masculina, y compré una tanga de hilo dental color negro. Nunca había usado algo así. Frente al espejo del cuarto me la probé tres veces antes de decidirme a salir con ella puesta debajo del pantalón. El hilo se me metía entre las nalgas y me rozaba el ojete a cada paso; cuando bajaba las escaleras se me ponía dura de la fricción sola.

A las siete de la noche estaba otra vez frente al cartel pintado a mano. El encargado tampoco esa vez levantó la vista.

Recorrí el pasillo más despacio que la primera. La cabina del fondo, la última de la hilera derecha, tenía la puerta entreabierta justo lo necesario. Ahí estaba él.

Era un hombre de unos cincuenta y tantos, con el pelo gris peinado hacia atrás y un cuerpo grande, sólido, de los que se imponen sin levantar la voz. Camisa abierta hasta la mitad del pecho, el pantalón a la altura de las rodillas. Se masturbaba con tranquilidad, como si estuviera en su casa, sin mirar la pantalla. La polla la tenía apoyada contra el vientre, larga y venosa, con un vello gris en la base y dos huevos pesados que le colgaban entre los muslos abiertos. Cuando me detuve un segundo a la altura de su puerta, me clavó la vista sin disimular, se escupió en la palma, se pasó la saliva de la base al glande de un tirón lento, y movió la cabeza hacia adentro, en un gesto que era casi una orden.

Entré.

Cerró la puerta con cerrojo. La cabina era estrecha, dos cuerpos apenas cabían. Lo tenía a centímetros. De cerca, su polla era más gruesa de lo que parecía desde fuera, y eso fue lo primero que dije, sin pensarlo, con una voz que no reconocí como mía.

—La tienes grande —murmuré.

—Sí. ¿Te gusta? —contestó sin sonrisa, como quien constata un hecho.

—Sí.

—Arrodíllate. Y abre bien la boca.

Lo hice. No había sitio para arrodillarse del todo, así que me agaché y me apoyé en el borde de la silla. Al tenerlo a la altura de la cara, el olor me pegó de golpe: sudor, jabón barato, un fondo agrio y macho que me humedeció la boca de golpe. Saqué la lengua y le lamí desde los huevos hasta la punta, despacio, siguiendo una vena gruesa que le subía por el costado. Él soltó un gruñido corto y me apoyó la mano abierta en la nuca.

—Métetela toda. No te hagas la fina.

Abrí la boca y me la fui metiendo. El glande me llenó la lengua, salado, con una gota espesa que se me quedó pegada al paladar. Empecé a chuparlo despacio, subiendo y bajando, ayudándome con la mano en la base, sintiendo cómo la polla se me endurecía todavía más dentro de la boca. La saliva me chorreaba por el mentón y le caía sobre los huevos, y él me la refregaba con la propia verga cada vez que me dejaba respirar.

Al rato, sin avisar, presionó. Me clavó la mano en la nuca y me empujó la cabeza hasta el fondo. Sentí cómo la polla me empujaba contra el paladar, contra el fondo de la garganta, tapándome el aire. Tuve una arcada seca, otra más larga, y me retiré, jadeando, con los ojos llorosos y un hilo de baba colgándome del labio hasta la punta del glande.

—Eso, así, mójamela toda —murmuró, agarrándose la verga y frotándomela contra los labios hinchados—. Vamos a un hotel. Pero la habitación la pagas tú.

—Está bien.

***

El hotel quedaba a tres cuadras. Era de los que tienen cortinas pesadas en la entrada y un mostrador con vidrio polarizado. Él conocía el camino y conocía al recepcionista: le hizo un gesto sin hablar y nos dieron la llave de la habitación cinco. Yo pagué con un billete que tenía guardado desde la semana anterior para otra cosa.

Subimos por una escalera estrecha que olía a lejía. La habitación tenía una cama grande con sábanas de un blanco demasiado blanco, un espejo en el techo y un televisor que no encendía. Cerró la puerta con llave y se desnudó sin decir nada.

Cuando lo vi parado en medio del cuarto, fue distinto a como lo había visto en la cabina. Ahí adentro estaba sentado, y la perspectiva engaña. De pie y completo, su cuerpo era mucho más grande de lo que recordaba, y su polla parecía haber crecido: le colgaba pesada entre los muslos, todavía a media asta, con el glande asomando del prepucio, húmeda de mi propia saliva. Me llegó un miedo nuevo, frío, que me bajó de la nuca a las rodillas.

—Mejor otro día —dije, con la mano todavía en el botón de mi camisa—. Es tarde, tengo que entrar temprano mañana.

Me miró sin moverse, durante un segundo demasiado largo.

—Me hiciste venir hasta acá. Voy a coger ese culo.

Lo dijo así, sin levantar la voz, casi con desgana, como si me explicara las reglas de un juego que yo había aceptado al entrar. Y antes de que yo pudiera decir otra cosa, me tenía del brazo y me empujaba hacia la cama.

Me arrancó la camisa de un tirón. Cuando me bajó el pantalón y vio la tanga negra, soltó una risa corta por la nariz.

—Mira nomás con qué vino la puta —murmuró, pasándome la palma abierta por la nalga descubierta—. Vestidita para que te la metan.

Me apretó el cachete con toda la mano y me lo estiró para verme el ojete. Con el pulgar me lo tanteó por encima del hilo negro, apretando apenas, y yo sentí que se me contraía todo y a la vez que se me abría solo, como si el cuerpo ya supiera antes que yo.

—Chúpamela otra vez. Y mírame.

Lo que siguió lo recuerdo en fragmentos.

Recuerdo que volví a chuparlo, esta vez echado boca arriba en el borde de la cama, con la cabeza colgando y la garganta en línea recta, mientras él me clavaba la verga entera de una y me la sacaba llena de baba espumosa. Me apretaba la cabeza con las dos manos y follaba mi boca como si fuera un coño, empujando el pubis contra mi nariz, dejándome apenas tomar aire entre embestida y embestida. Recuerdo que la saliva me caía por el mentón hasta el pecho, y que él la usaba para refregarse los huevos contra mi cara. Recuerdo que en un momento sacó la polla toda babosa, me golpeó las mejillas con ella, primero una, después la otra, y me dijo «tragátela, puta, es tuya» antes de volver a metérmela hasta la campanilla.

Recuerdo que terminamos en posición de sesenta y nueve, y que su lengua entró en lugares en los que nunca antes nadie había entrado. Me abrió las nalgas con las dos manos, me escupió en el ojete y me lo lamió a fondo, empujando la punta de la lengua adentro, sacándomela y volviendo a meterla, haciendo círculos, mordiéndome el borde. La sentí caliente, mojada, y me arrancó un sonido que tampoco reconocí como mío, un gemido largo que se me escapó con la polla de él todavía dentro de la boca. Yo lo chupaba y me chorreaba la baba mientras él me devoraba el culo, y por un instante, muy breve, pensé que iba a estar bien.

Después me dio la vuelta.

Me puso en cuatro sobre la cama, con las rodillas bien abiertas y el culo alto. Me escupió otra vez en el ojete, se escupió en la polla, me pasó el glande de arriba abajo por la raja, refregándomelo, apoyándomelo, haciéndome sentir el peso. Sentí la punta apoyada contra mí, presionando despacio, ganando terreno milímetro a milímetro, y pensé en decir algo, pero antes de que las palabras me llegaran a la boca empujó con todo el peso del cuerpo.

El grito me salió antes de pensarlo. Fue como si me hubiera partido en dos, como si un fierro caliente me hubiera entrado hasta la boca del estómago. Caí hacia adelante sobre las sábanas, y él se vino encima sin soltarme, la polla clavada hasta los huevos, el pubis apretado contra mis nalgas. Me cubrió la boca con una mano y con la otra agarró un puñado de sábana y me lo metió entre los dientes.

—Muerde, puta —me dijo al oído, casi tranquilo, con la barba raspándome la nuca—. Y aguanta. Ya te vas a abrir.

Yo mordí. Y lloré.

***

No sé cuánto duró. Pudieron ser cinco minutos, pudieron ser veinte. Empezó a moverse despacio, sacando la polla casi entera y volviéndola a meter de un golpe seco que me hacía golpear la frente contra el colchón. Cada embestida me arrancaba la respiración, y yo sentía la verga moviéndose dentro como si me estuviera abriendo paredes que no debían abrirse. Se agarró de mis caderas con las dos manos, me hincó los dedos en la carne, y empezó a follarme más rápido, con un ritmo parejo, brutal, chocando los huevos contra los míos cada vez que llegaba al fondo. El cuarto se llenó del ruido húmedo de la carne contra la carne, de sus jadeos cortos, de mis gemidos ahogados en la sábana mordida.

—Qué culo apretado tienes, hijo de puta —gruñó, escupiéndome en la espalda y refregando el escupitajo con la palma—. Te vas a acordar de esta polla toda la vida.

En algún momento sacó, y el alivio fue tan grande que pensé que se había acabado. Sentí un chorro de sangre y de saliva escurrirme muslo abajo. Pero solo me jaló de las piernas hasta dejarme con las caderas en el borde de la cama, boca arriba, y me dobló hasta ponerme las rodillas contra el pecho. Se me quedó mirando el ojete abierto, hinchado, pulsando, y sonrió por primera vez en toda la noche.

—Mira cómo te dejé. Bien abierto para mí.

Y volvió a entrar, esta vez de pie, con las manos en la parte de atrás de mis muslos, doblándome en dos. Cada embestida me sacaba el aire de un golpe. Me palmeó la nalga con la mano abierta, fuerte, y el chasquido resonó en el cuarto vacío. Palmada y embestida, palmada y embestida. Me miraba a los ojos mientras me la clavaba, sin apartar la vista, y yo no podía cerrar los míos aunque quería.

—Tócatela —me ordenó—. Quiero verte correr con mi verga adentro.

Me agarré la polla mojada y me la sacudí a tirones cortos, torpe, con la mano temblando. Me corrí casi enseguida, en chorros gruesos que me cayeron sobre el vientre y el pecho, y al correrme el culo se me apretó entero alrededor de él y le arranqué un gruñido largo.

Hasta que terminó.

Empujó tres veces más, hondo, brutal, y se quedó clavado hasta los huevos, apretándome las piernas contra mi propio pecho. Lo sentí caliente por dentro, chorro tras chorro, como si me hubiera vertido agua hervida, latiéndole la polla contra las paredes. Cuando por fin se retiró, sacó la verga despacio, mirándose, y noté que algo espeso me corría por la cara interna de los muslos hasta las rodillas, semen mezclado con algo más oscuro. Me dejé caer sobre la cama, de costado, con las piernas todavía abiertas, el ojete latiéndome, abierto, incapaz de cerrarse, y el cuerpo temblando entero.

Él se acercó. Su polla seguía dura, brillante, pintada de blanco y de rojo, y cuando la tuve a la altura de la cara vi que había trazos de sangre en la base y en los huevos.

—Me rompiste —dije, y la voz me salió quebrada, infantil.

—Tenías que haberme dicho que era tu primera vez —contestó, sin reproche y sin ternura, como si estuviera hablando de otra cosa.

Se sentó en la cama, agarró un pico de sábana y me secó las lágrimas con un gesto tan suave que parecía pertenecer a otra persona, a otro hombre. Me besó la frente, después la sien, después el cuello. Yo estaba quieto, dejándome hacer, sin saber qué sentir.

Al rato, no sé por qué, me acerqué y volví a chuparlo. Esta vez sin presión, sin mano en la nuca. Le lamí primero los huevos, uno y otro, limpiándoselos con la lengua, y después subí despacio por la vena hasta el glande. Lo tomé entero, lo acuné en la boca, lo mamé con calma, saboreando la mezcla de su semen y del mío y de la sangre. Él me acariciaba el pelo mientras yo lo chupaba, y de a poco se le fue endureciendo otra vez, hasta que sentí que se le tensaban los huevos contra mi mentón. Se corrió en mi boca sin avisar, en dos oleadas espesas y calientes, y esta vez tragué sin pensarlo, hasta la última gota, chupándole la punta para que no se perdiera nada.

Nos vestimos en silencio. Bajamos por la misma escalera estrecha. En la puerta del hotel me dio un billete arrugado para el taxi y se fue en sentido contrario sin despedirse, sin volver la cabeza.

***

Tardé semanas en sentarme sin que me ardiera. La primera vez que vi sangre al limpiarme, lloré en el baño con el grifo abierto para que no me oyera el vecino. Pensé que tenía que ir al hospital, pero la vergüenza pudo más que el miedo, y al final el cuerpo se cerró solo, como hace siempre.

Durante meses dejé de pasar por la avenida del Solar. Dejé de mirar a los hombres mayores en la calle. Cuando volvía del trabajo, daba un rodeo de cuatro cuadras solo para no acercarme al cartel pintado a mano. Tiré la tanga negra a la basura sin volver a usarla.

Y sin embargo, hay noches en las que me acuerdo. No de la cama, ni del dolor, ni del nombre del hotel, sino de un momento muy concreto: la cabina del fondo, la puerta entreabierta, el hombre del pelo gris levantando la vista para hacerme un gesto que no necesitaba palabras. Me acuerdo del segundo exacto en que entré, y de la certeza, también exacta, de que después de cruzar esa puerta yo iba a ser otra persona.

Tardé mucho en volver a buscar. Cuando lo hice, fue con más cuidado, con más conversación, con más calma. Aprendí a preguntar, a esperar, a decir que no a tiempo. Aprendí que no todo hombre del pelo gris en una cabina entreabierta tiene que ser el de aquella noche.

Pero ese hombre fue el primero, y eso no se borra. Se aprende a guardar, en una caja que uno abre solo cuando quiere y solo a oscuras.

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Comentarios(8)

GaboNight

buenisimo!!!

lector_nocturno99

Que tension desde el arranque, me tuvo enganchado hasta el final. Muy bien narrado

rodrigo_baires

necesito la segunda parte jaja quede con ganas de mas

elvisitante77

ese momento de duda antes de entrar lo describiste perfecto, se siente en la piel

ManuelSur

Muy buen relato, gracias por compartirlo. Esperando el proximo!

PlatonMR

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace tiempo. Esa mezcla de nervios y atraccion la capturaste muy bien, se siente real

NicoPampero

Se hizo corto! queria seguir leyendo :)

JuanCruz_BA

increible como con tan pocas palabras transmite tanto. Muy disfrutable el relato, sigue así

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