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Relatos Ardientes

Lo que mi mejor amigo y yo hicimos en el probador

Marco regresa al cuarto un par de minutos después. Parece tranquilo, casi indiferente.

—No va a decir nada —asegura—. Lo tengo bien amenazado.

Sigo con la mirada clavada en el techo, intentando procesarlo todo.

—No lo hará. Pero no por tu amenaza. Tu hermano es buen chico.

Marco se tumba a mi lado. Su pierna izquierda cuelga del borde de la cama. Hablándole al techo, suelta:

—Saúl, lo de antes fue brutal.

Me sorprende esa sinceridad, la confianza con que lo dice.

—Sí, estuvo bien. ¿Tú qué piensas, Marco?

—¿De qué?

—No sé, de esto. ¿No te parece… algo gay?

Duda unos segundos.

—Bueno, creo que solo estamos probando. ¿No? —no contesto—. ¿Por qué lo dices?

—No sé, me siento raro. Me gustó, pero somos amigos y es muy extraño.

—Precisamente porque somos amigos tenemos la confianza para hacerlo. Eso es lo que yo creo.

Lo miro por primera vez. Él sigue contemplando el techo.

—Gracias, Marco. Me ayudaste con algo —pienso en Cris al decirlo—. Pero me voy a ir. Ya vemos el capítulo otro día.

Asiente y chocamos la mano. Salgo del cuarto y me cruzo con Liam, su hermano menor, en la cocina. Me mira con el ceño fruncido, aunque intenta disimular la incomodidad con una sonrisa torpe.

—Oye —le digo, acercándome—. Solo estábamos… digamos que pasándolo bien.

—No importa —contesta al instante—. Es solo que no me lo esperaba.

Le revuelvo el pelo en un gesto cariñoso y le choco la mano. Abro la puerta para irme.

—Por cierto —añade, riendo—, buena mamada, bro.

Me arranca una sonrisa. Me alivia que su actitud hacia mí no haya cambiado. Al llegar a casa, solo se oye el sonido de la tele. Mi padre está viendo una película, con Leo dormido sobre su regazo. Mi hermana Sofía parece absorta en el móvil. Saludo y me ofrezco a subir a Leo a su cama. Cuando lo dejo con cuidado sobre el colchón y lo arropo, abre los ojos apenas.

—¿Saúl? Hola… —murmura adormilado.

—Hola, chiquito.

—¿Qué tal con tus amigos?

—Bien. Muy bien. Te traje a tu cama, ¿vale?

—Gracias. Te quiero…

—Yo también, Leo —le doy un beso en la mejilla—. Yo también.

***

Amanezco con un mensaje de Daniela en el móvil. Me da los buenos días y me manda la foto de un ejercicio de Lengua para preguntar si lo tengo igual. Le contesto que sí y empezamos a charlar. Me pregunta por el finde, le pregunto por el suyo. Quedó con su amiga Lucía el viernes y fue al cine con su familia el domingo. Nos mandamos stickers, nos quejamos del profesor de Ciudadanía y del coñazo que es estar seis horas seguidas en una silla.

El resto del domingo pasa lento. Llega la nueva semana y Cris está raro. Me evita, o al menos no me habla casi nada. Decido darle espacio. La charla con Marco me sirvió para entender que lo nuestro no era ningún pecado, pero quizá Cris, que al principio no le dio importancia, ahora le da vueltas y está confundido.

Los días transcurren con normalidad. Daniela se acerca un par de veces y nuestra relación se estrecha sin que me dé cuenta. Aún no somos del todo cercanos, pero cada vez me siento más cómodo con ella.

Marco sigue tratándome igual. Hugo, en cambio, parece haberse dado cuenta de que algo pasa entre Cris y yo. Nos mira extrañado, pero no invade la intimidad: no llega a preguntar, respetuoso.

El fin de semana me voy al pueblo de mi padre, en Asturias. Es un pueblo pequeño, pero tengo un buen grupito de amigos a los que veo cuatro o cinco veces al año. Son, en cierto modo, mi vía de escape.

Les cuento las pequeñas aventuras con Daniela y, ante Iván, mi mejor amigo allí, me abro y le confieso mis dudas sobre mi sexualidad. Bueno, no son exactamente dudas: tengo claros mis gustos, pero no sé qué hacer con lo que siento.

Iván, como de costumbre, me responde con madurez. Es un año mayor que yo, y desde niños hemos compartido demasiados momentos que solo quien tiene pueblo entiende. Me dice que todavía no ha hecho nada, pero que tiene claro que le gustan las chicas. Aun así, intenta darme buenos consejos.

—Creo que es normal que tengas dudas —empieza—. Pero eso es lo bonito, ¿no? Ir descubriendo qué te gusta, cómo te sientes, cómo se sienten los demás… No sé, así lo veo yo.

Sonrío ligeramente.

—Iván, eres una máquina.

Él ríe y seguimos charlando, sentados en el banco de la plaza.

***

La semana siguiente termina septiembre. Con la llegada de octubre, Cris se me acerca en el patio. Es jueves, llueve y el día está oscuro.

—Hey —saluda, algo inquieto.

—Buenas. —Marco y Hugo están dando una vuelta sin rumbo por el patio.

—Saúl, llevo días dándole vueltas —empieza, agitado—. No quiero perder a mi amigo por una tontería. Te marchaste tan de golpe que pensé que la había cagado.

Sus ojos son sinceros. Cris nunca miente con la mirada.

—Fue culpa mía, no te rayes —me disculpo—. No supe asimilarlo en el momento. Pero está todo bien, en serio.

Sonríe, aunque con un punto de tristeza.

—Saúl, eres mi mejor amigo. ¿Te acuerdas de cuando me rompí la pierna y estuve un mes escayolado? —asiento, recordando aquello que pasó hace ya tres años—. Marco no llevaba demasiado tiempo en el grupo y Hugo era mucho más frío entonces. Fuiste el único que vino a verme al hospital. Y para mí, que no tengo familia aquí…

Bajo la mirada al suelo. Cris se ha abierto otras veces conmigo, pero nunca tan profundamente.

—Es verdad, cómo te quedó la pierna —contesto, intentando quitarle peso al gesto. Me da vergüenza sentirme halagado tan directamente—. Fui a verte, sí. Pero solo te estaba devolviendo lo que tú hiciste cuando murió mi madre. La primera semana viniste a verme a diario. Yo estaba arisco y casi no te hacía caso, pero tú venías cada día. Siempre voy a estar en deuda contigo.

Me abraza y susurra un «gracias» al oído.

—Dicho esto —habla otra vez, una vez nos separamos—, por mí podemos repetir lo del otro día.

Sonreímos a la vez, sabiendo los dos que queremos que pase.

***

Llega el viernes. Quedamos para ir al centro comercial del barrio. Estamos los cuatro y eso siempre me alegra. Lo primero que hacemos es entrar en una tienda de ropa.

—Llevo dos semanas buscando una chaqueta —anuncia Marco—. De estas vaqueras, pero que medio abriguen.

Cris aprovecha para comprarse algo también. Necesita pantalones, coge los primeros que le gustan y se mete en los probadores. Yo voy detrás.

—Vamos a mirar en la tienda de enfrente —dice Hugo, marchándose con Marco.

Cris entra y se prueba el primer pantalón. Abre la cortina mientras yo miro el móvil. Observo cómo le queda.

—Yo diría que una talla menos —digo—. ¿Voy a por ella?

Me lo agradece. Cuando vuelvo y aparto la cortina, lo veo poniéndose los segundos pantalones. Los tiene por las rodillas.

—Cierra, cabrón —me dice. Sin pensarlo, entro al cubículo casi por inercia.

Termina de subírselos y pongo gesto de «no te quedan mal».

—Pero me gustan más los primeros —dice.

Vuelve a bajarse los pantalones. Sus calzoncillos marcan un buen bulto.

—Va —me pide, casi en un murmullo.

—Estás loco, bro —le contesto, divertido—. Hay un montón de gente.

En efecto, se oyen voces en los probadores de al lado. Cris arquea las cejas, travieso. Niego con la cabeza, pero igualmente me arrodillo y mis manos acceden. Tiro de la tela de sus calzoncillos y descubro su pene, medio empalmado. Ríe y posa la mano sobre mi cabeza.

—Venga, que lo estás deseando —susurra.

Lo miro desde abajo, temblando de emoción. No tardo en metérmelo en la boca. Cris mira al techo; está en la gloria. Siento cómo crece a un ritmo imparable, hasta que ya no me cabe entero. Succiono con más destreza que la primera vez, y él suelta un suspiro largo.

Fuera, la gente sigue probándose ropa. Meto la mano en mis pantalones y me toco, haciendo que crezca poco a poco. Cris aprieta mi cabeza contra su abdomen. No logro tragarla del todo, pero me sobra menos carne que la última vez. Cuando me la saco de la boca, su miembro está empapado en saliva.

Reuniendo valor, me levanto. Nuestras caras quedan muy cerca, tanto que sus jadeos y los míos se cruzan antes de terminar en los labios del otro. Reímos a la vez.

—Te toca —digo, casi suplicando.

Cris tuerce la cabeza. No está convencido, pero se siente en deuda. Se arrodilla, me baja los pantalones lentamente y mi miembro sale disparado, golpeándole la nariz. Me carcajeo. Cris levanta la mirada. Joder, qué vista. Mi mejor amigo a punto de comérmela.

—Si nos vieran los demás…

—Si yo te contara —le digo, arrepintiéndome al instante.

—¿Por?

—Nada, nada. Venga —insisto, apoyando la mano en su cabeza.

Hago una presión leve. Cris abre la boca y se mete mi pene. Es completamente inexperto: es la primera vez que chupa una polla. Eso, lejos de frenarme, me pone aún más cachondo.

Empapa mi mástil y la saliva cae al suelo. Le sujeto la cabeza, como hizo Marco conmigo en su casa, y empiezo a follarle la boca sin piedad, pero con torpeza. Siento mis huevos chocar con su barbilla un par de veces. Cris tose.

—¿Saúl? —se oye entonces la voz de Hugo a lo lejos—. ¿Estáis ahí?

—Mierda —murmura Cris mientras se incorpora y se sube los pantalones.

Yo hago lo mismo. Nos limpiamos la boca de saliva.

—Sí —respondo en alto—. Estoy con Cris, que no consigue meterse los pantalones.

Abro la cortina mientras él termina de abrocharse.

—¿Cómo me quedan? —pregunta, colorado.

Hugo frunce el ceño.

—Estás rojísimo, bro.

—Joder, es que hasta que han entrado…

Hugo me mira, todavía mosqueado, sin tragárselo. Cris paga uno de los pantalones y salimos. Marco nos espera fuera, absorto en el móvil. Damos vueltas por el centro comercial. Después salimos hacia unas pequeñas colinas que hay cerca. Tumbados sobre la hierba, disfrutamos del silencio y la compañía.

***

—¿Merendamos algo? —pregunta Cris un rato después.

—Me apetece —contesta Marco—. ¿Pillamos un McFlurry?

—Pereza levantarme —dice Hugo—. Id vosotros, yo os espero aquí.

—Lo mismo —me uno yo—. Pilladme uno de oreo.

—Tócate la polla —se queja Marco, levantándose—. Vaya huevos tenéis.

Hugo ríe, divertido. Cris y Marco se alejan charlando. Todavía tumbados sobre la hierba, Hugo me mira. Está pensando algo.

—Saúl, ¿te puedo preguntar algo?

Trago saliva. Creo saber por dónde va. Hugo siempre me ha parecido el más observador, pero también el más distante.

—Dime.

—¿Qué hacíais Cris y tú en el probador? —aparto la mirada—. Y no me mientas, que no soy gilipollas.

Suspiro, intentando ganar segundos. No se me ocurre nada.

—Prométeme que no vas a decir nada —le pido.

—Joder, Saúl, parece que no me conoces.

—Vale, lo siento. ¿Te acuerdas de la última paja que nos hicimos en tu casa? Lo que hice con Marco… —asiente—. Pues algo así.

—¿Algo así?

—Sí, un poco más. Ya sabes.

—Espera —se incorpora, apoyando el codo en el suelo—. ¿Os habéis… comido el rabo?

Asiento, avergonzado. Hugo mira al frente. Se toca el paquete, quizá sin darse cuenta.

—Hugo, no puede salir de aquí. Cris me mata.

—Tranquilo. ¿Y con Marco?

Bajo la cabeza.

—Pues…

—No me jodas. Pero ¿a ti te molan los tíos?

Por primera vez, lo miro a los ojos.

—No lo sé. Bueno, sí —rectifico—. Me gustan, pero también las chicas. Es raro.

Hugo guarda silencio. Cuando habla, sonríe de un modo extraño, casi pícaro.

—Saúl, no pasa nada. De verdad. Somos amigos, ¿no? —asiento y él sonríe—. Pues ya está. Gracias por confiar en mí. En serio.

Lo dice con un tono raro, como si dentro de él se moviera algo que ni él mismo entiende. Cris y Marco vuelven con los helados.

***

Pasamos la tarde dando vueltas. Volvemos al centro comercial sobre las diez de la noche, cenamos en el Burger y nos quedamos media hora en una mesa, jugando al Brawl Stars y viendo TikTok. Hugo ha estado pensativo toda la tarde, como si siguiera dándole vueltas a mi confesión. Lo he pillado mirando a los demás varias veces. De pronto, suelta el móvil y abre bien los ojos.

—Eh, eh —pide silencio—. Se me ocurre algo.

Lo miramos, expectantes.

—¿Os apetece un escondite por el centro comercial?

—¿Cómo? —pregunta Cris, atónito—. Esto es enorme, weón.

—Mi rabo sí que es enorme —replica Hugo, bromista.

—Sin meterse en tiendas. Así será más fácil.

—Puede estar muy guapo —digo—. Total, para estar aquí sentados.

—Además, ya es tarde y no queda casi gente —añade Hugo.

Cris y Marco se miran, aceptan con un gesto.

—Ligas tú —me ordena Hugo.

Me quejo, pero como siempre, se hace lo que él dice. Cuento hasta cincuenta y salgo a buscarlos. Me suena el móvil. Es Hugo.

—Vente a los almacenes.

Un escalofrío me recorre la espalda. ¿Qué estará pensando? Me da igual, no le doy más vueltas y me dirijo a los almacenes que descubrimos hace meses, detrás de una puerta junto a los baños. Dentro casi no hay luz: un pasillo se ramifica en varios caminos. Oigo un «tch». Lo sigo y, tras una esquina, doy de frente con Hugo.

—Te ha costado, ¿eh? —dice, burlón.

—¿Qué quieres? —pregunto, sin rodeos.

—Que me hagas una paja —contesta, contundente. Ve que frunzo el ceño y sigue—. Llevo toda la tarde caliente por tu culpa, capullo —ríe—. Lo he estado pensando y quiero… saber cómo es.

Bajo la cabeza, entre apenado y enfadado.

—Eres imbécil. ¿Te crees que soy una puta o qué?

Estoy a punto de darme la vuelta cuando me agarra el brazo.

—Saúl, perdona. No quería que sonara así —clava sus ojos en los míos. Baja el volumen—. De verdad. Si quieres empiezo yo —propone, audaz.

Aquello me descoloca. Hugo siempre ha sido el chulito que se sale con la suya. Las chicas babean por él, el equipo de fútbol lo idolatra. Que se trague su orgullo y proponga ser él quien empiece es algo que no termino de entender.

—¿Qué…?

—Es igual, déjalo —me interrumpe, apartando la mirada.

—No, no. Es que me ha extrañado. Está bien —accedo.

Volvemos a cruzar la mirada y sonríe ligeramente. El corazón me late a mil. Arqueo las cejas, sugerente. Hugo se baja los pantalones lentamente, como si pensara que está cometiendo un delito. Cuando caen hasta los tobillos, ríe, nervioso.

Nos miramos. Siento el calor subiéndome a las mejillas. Voy a ver el rabo de Hugo por primera vez. La luz de una bombilla de emergencia alumbra sus piernas desnudas. Bajo la tela del bóxer se marca un bulto normal.

Al fin se quita la ropa interior. Su miembro, de piel clara y casi lampiño, apunta al frente con firmeza. No es excesivamente largo, parecido al mío. Lo realmente sorprendente es su grosor: es la polla más gorda que he visto en persona. Traga saliva.

—Qué —dice, acelerado, como retándome.

—No está mal —intento bromear—. ¿Una paja, entonces?

—Lo que quieras… —contesta, abriendo la puerta a algo más.

Pues lo que quiera. Me pongo de rodillas. El suelo frío atraviesa la tela de mi pantalón. Empiezo sujetando su miembro: lo noto pesado y ardiente. Descubro su glande, gordo y violeta. La luz tenue es suficiente para vernos sin ser descubiertos.

Hugo respira agitado. Yo siento que el corazón se me sale del pecho. Acelero la paja. Él apoya las manos en la pared y mira al frente.

—Esto sí es vida —susurra, y los dos reímos, cómplices.

—¿Y esto? —pregunto.

Armándome de valor, me lanzo a engullir ese rabo. Apenas puedo metérmelo en la boca: es demasiado gordo. Lo consigo a duras penas, abriendo mucho la mandíbula. Mi lengua recorre el tronco con dificultad.

—Hmm… —gime mi amigo, débilmente.

Empieza un vaivén lento con la cadera. Yo me quedo quieto y dejo que sea él quien lleve el control. Acelera y siento cómo mis dientes le arañan la piel, sin querer. Se queja e intento abrir más la boca. Me agarra del pelo y aumenta el ritmo. La saliva se acumula hasta que no puedo evitar que se salga por la comisura, cayendo al suelo. El rabo de Hugo está empapado.

—Al final sí que vas a ser una putita —susurra, caliente.

Y esta vez, en lugar de cabrearme, me pongo todavía más cachondo. Siento que podría correrme sin tocarme.

—Te gusta, ¿eh? —sigue diciendo, divertido—. Te gustan los rabos, ¿verdad? Pues toma, toma rabo.

Saca su miembro de mi boca y tira de mi pelo hacia atrás, haciendo que abra la mandíbula. Me indica que saque la lengua. Cuando lo hago, golpea con su mástil sobre ella. Descubro que aquello, lejos de molestarme, me excita una barbaridad.

—Ahí, ahí —Hugo está muy caliente—. Come, putita, come.

Abro la boca de nuevo y se la meto entera. Siento su glande chocar con la entrada de mi garganta, incapaz de llevarlo más adentro por su grosor. Cuando me la saco, Hugo ríe.

—Joder, cómo la chupas, chaval. Me voy a correr en breve.

—Avisa —le pido.

Vuelve a golpearme la cara con ese rabo que se me antoja inabarcable. Mi propia saliva embadurna mi frente, mis pómulos, mis mejillas. Me siento sucio, pero estoy disfrutando. Me bajo un poco los pantalones y empiezo a pajearme. Hugo me ayuda a ponerme medio en pie. Pienso que quiere probar él, pero cuando intento sacarle el rabo de la boca me lo impide.

—No, no. Tú sigue.

Medio agachado a su lado, Hugo me agarra el rabo. Sus manos están frías, pero no me importa. Empieza a pajearme mientras yo sigo con la mamada. Suena un mensaje en mi móvil, luego otro. Deben de ser Marco y Cris. No les hago caso. Hugo y yo estamos en trance.

—Sigue, bro. Me queda poco…

—Mhm —asiento, con su miembro en la boca.

Está muy lubricado. No consigo metérmelo entero, no por el largo, sino por el grosor. Me lo saco y le chupo los huevos. Mientras lo hago, lo masturbo deprisa.

—Dios, qué gustazo, loco —susurra.

Los almacenes son testigos de nuestro secreto. Vuelve a sujetarme la cabeza y dirige mi boca hacia su rabo. Después empieza a pajearse con la mano izquierda al tiempo que, con la derecha, sigue masturbándome a mí. Siento que voy a estallar.

Las respiraciones se nos aceleran. Sus huevos botan como pelotas con cada sacudida. Siento su piel en mi lengua, sus dedos en mi rabo. Entonces me aparta la cara y se pajea él solo. Lo miro y veo cómo cierra los ojos. Se va a correr.

Agarro su miembro, apartando su mano. Él aún tiene el mío en la otra. Nos miramos. Siento su aliento en mi cara.

—Oh… Ah…

—Hmm…

De nuestros rabos salen, casi al unísono, hasta cuatro chorros que caen al suelo. Cuando retiro la mano, me llevo conmigo un par de gotas de su semen. Sin que Hugo me vea, me llevo los dedos a la boca. Sabe amargo, pero no me disgusta.

—Buah, chaval —comenta Hugo, ya exhausto—. Qué locura. —Y ríe débilmente.

Río con él. Prometemos no contar nada. Miro el móvil: efectivamente, eran Marco y Cris preguntando dónde estábamos.

—No os encuentro —contesto—. Os espero en los baños.

Hugo y yo nos vestimos. Lo noto algo confundido, pero su actitud chulesca de antes me ha dejado a mil. Cuando llegamos a los baños, Marco y Cris aún no están. Llegan medio minuto después, juntos, hablando de un vídeo de Instagram.

—Madre mía, Saúl, eres muy torpe —dice Cris.

Me rasco la nuca, avergonzado, y me excuso. Y ahí, en la soledad y el silencio de los baños, pienso en la suerte que tengo con este grupo de amigos.

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Comentarios (5)

SantiG92

Tremendo relato!! quede enganchado desde la primera línea

ElCurioso_22

Necesito saber como siguió la cosa con Hugo, por favor una segunda parte

Fercho_BA

Me recordó a algo que viví en el vestuario del gimnasio hace años... nunca lo conté a nadie jaja. Muy buen relato

Lola_Curiosa

Que bien narrado, se siente real sin ser burdo. Seguí asi!

NachoDRT

increible, corto pero intenso. mas de esto porfavor

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