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Relatos Ardientes

Lo que mi mejor amigo y yo hicimos en el probador

Marco regresa al cuarto un par de minutos después. Parece tranquilo, casi indiferente.

—No va a decir nada —asegura—. Lo tengo bien amenazado.

Sigo con la mirada clavada en el techo, intentando procesarlo todo.

—No lo hará. Pero no por tu amenaza. Tu hermano es buen chico.

Marco se tumba a mi lado. Su pierna izquierda cuelga del borde de la cama. Hablándole al techo, suelta:

—Saúl, lo de antes fue brutal.

Me sorprende esa sinceridad, la confianza con que lo dice.

—Sí, estuvo bien. ¿Tú qué piensas, Marco?

—¿De qué?

—No sé, de esto. ¿No te parece… algo gay?

Duda unos segundos.

—Bueno, creo que solo estamos probando. ¿No? —no contesto—. ¿Por qué lo dices?

—No sé, me siento raro. Me gustó, pero somos amigos y es muy extraño.

—Precisamente porque somos amigos tenemos la confianza para hacerlo. Eso es lo que yo creo. Y joder, tío, cómo la chupas. No me lo esperaba, en serio. Se me ha puesto la polla dura solo de recordar tu boca.

Trago saliva. La crudeza con la que lo dice me pilla desprevenido.

—Cállate, imbécil —río, aunque siento que se me calienta la cara.

Lo miro por primera vez. Él sigue contemplando el techo.

—Gracias, Marco. Me ayudaste con algo —pienso en Cris al decirlo—. Pero me voy a ir. Ya vemos el capítulo otro día.

Asiente y chocamos la mano. Salgo del cuarto y me cruzo con Liam, su hermano menor, en la cocina. Me mira con el ceño fruncido, aunque intenta disimular la incomodidad con una sonrisa torpe.

—Oye —le digo, acercándome—. Solo estábamos… digamos que pasándolo bien.

—No importa —contesta al instante—. Es solo que no me lo esperaba.

Le revuelvo el pelo en un gesto cariñoso y le choco la mano. Abro la puerta para irme.

—Por cierto —añade, riendo—, buena mamada, bro.

Me arranca una sonrisa. Me alivia que su actitud hacia mí no haya cambiado. Al llegar a casa, solo se oye el sonido de la tele. Mi padre está viendo una película, con Leo dormido sobre su regazo. Mi hermana Sofía parece absorta en el móvil. Saludo y me ofrezco a subir a Leo a su cama. Cuando lo dejo con cuidado sobre el colchón y lo arropo, abre los ojos apenas.

—¿Saúl? Hola… —murmura adormilado.

—Hola, chiquito.

—¿Qué tal con tus amigos?

—Bien. Muy bien. Te traje a tu cama, ¿vale?

—Gracias. Te quiero…

—Yo también, Leo —le doy un beso en la mejilla—. Yo también.

***

Amanezco con un mensaje de Daniela en el móvil. Me da los buenos días y me manda la foto de un ejercicio de Lengua para preguntar si lo tengo igual. Le contesto que sí y empezamos a charlar. Me pregunta por el finde, le pregunto por el suyo. Quedó con su amiga Lucía el viernes y fue al cine con su familia el domingo. Nos mandamos stickers, nos quejamos del profesor de Ciudadanía y del coñazo que es estar seis horas seguidas en una silla.

El resto del domingo pasa lento. Llega la nueva semana y Cris está raro. Me evita, o al menos no me habla casi nada. Decido darle espacio. La charla con Marco me sirvió para entender que lo nuestro no era ningún pecado, pero quizá Cris, que al principio no le dio importancia, ahora le da vueltas y está confundido.

Los días transcurren con normalidad. Daniela se acerca un par de veces y nuestra relación se estrecha sin que me dé cuenta. Aún no somos del todo cercanos, pero cada vez me siento más cómodo con ella.

Marco sigue tratándome igual. Hugo, en cambio, parece haberse dado cuenta de que algo pasa entre Cris y yo. Nos mira extrañado, pero no invade la intimidad: no llega a preguntar, respetuoso.

El fin de semana me voy al pueblo de mi padre, en Asturias. Es un pueblo pequeño, pero tengo un buen grupito de amigos a los que veo cuatro o cinco veces al año. Son, en cierto modo, mi vía de escape.

Les cuento las pequeñas aventuras con Daniela y, ante Iván, mi mejor amigo allí, me abro y le confieso mis dudas sobre mi sexualidad. Bueno, no son exactamente dudas: tengo claros mis gustos, pero no sé qué hacer con lo que siento.

Iván, como de costumbre, me responde con madurez. Es un año mayor que yo, y desde niños hemos compartido demasiados momentos que solo quien tiene pueblo entiende. Me dice que todavía no ha hecho nada, pero que tiene claro que le gustan las chicas. Aun así, intenta darme buenos consejos.

—Creo que es normal que tengas dudas —empieza—. Pero eso es lo bonito, ¿no? Ir descubriendo qué te gusta, cómo te sientes, cómo se sienten los demás… No sé, así lo veo yo.

Sonrío ligeramente.

—Iván, eres una máquina.

Él ríe y seguimos charlando, sentados en el banco de la plaza.

***

La semana siguiente termina septiembre. Con la llegada de octubre, Cris se me acerca en el patio. Es jueves, llueve y el día está oscuro.

—Hey —saluda, algo inquieto.

—Buenas. —Marco y Hugo están dando una vuelta sin rumbo por el patio.

—Saúl, llevo días dándole vueltas —empieza, agitado—. No quiero perder a mi amigo por una tontería. Te marchaste tan de golpe que pensé que la había cagado.

Sus ojos son sinceros. Cris nunca miente con la mirada.

—Fue culpa mía, no te rayes —me disculpo—. No supe asimilarlo en el momento. Pero está todo bien, en serio.

Sonríe, aunque con un punto de tristeza.

—Saúl, eres mi mejor amigo. ¿Te acuerdas de cuando me rompí la pierna y estuve un mes escayolado? —asiento, recordando aquello que pasó hace ya tres años—. Marco no llevaba demasiado tiempo en el grupo y Hugo era mucho más frío entonces. Fuiste el único que vino a verme al hospital. Y para mí, que no tengo familia aquí…

Bajo la mirada al suelo. Cris se ha abierto otras veces conmigo, pero nunca tan profundamente.

—Es verdad, cómo te quedó la pierna —contesto, intentando quitarle peso al gesto. Me da vergüenza sentirme halagado tan directamente—. Fui a verte, sí. Pero solo te estaba devolviendo lo que tú hiciste cuando murió mi madre. La primera semana viniste a verme a diario. Yo estaba arisco y casi no te hacía caso, pero tú venías cada día. Siempre voy a estar en deuda contigo.

Me abraza y susurra un «gracias» al oído.

—Dicho esto —habla otra vez, una vez nos separamos—, por mí podemos repetir lo del otro día.

Sonreímos a la vez, sabiendo los dos que queremos que pase.

***

Llega el viernes. Quedamos para ir al centro comercial del barrio. Estamos los cuatro y eso siempre me alegra. Lo primero que hacemos es entrar en una tienda de ropa.

—Llevo dos semanas buscando una chaqueta —anuncia Marco—. De estas vaqueras, pero que medio abriguen.

Cris aprovecha para comprarse algo también. Necesita pantalones, coge los primeros que le gustan y se mete en los probadores. Yo voy detrás.

—Vamos a mirar en la tienda de enfrente —dice Hugo, marchándose con Marco.

Cris entra y se prueba el primer pantalón. Abre la cortina mientras yo miro el móvil. Observo cómo le queda.

—Yo diría que una talla menos —digo—. ¿Voy a por ella?

Me lo agradece. Cuando vuelvo y aparto la cortina, lo veo poniéndose los segundos pantalones. Los tiene por las rodillas.

—Cierra, cabrón —me dice. Sin pensarlo, entro al cubículo casi por inercia.

Termina de subírselos y pongo gesto de «no te quedan mal».

—Pero me gustan más los primeros —dice.

Vuelve a bajarse los pantalones. Sus calzoncillos marcan un buen bulto, la tela tensada por una polla que ya empieza a despertar.

—Va —me pide, casi en un murmullo.

—Estás loco, bro —le contesto, divertido—. Hay un montón de gente.

En efecto, se oyen voces en los probadores de al lado. Cris arquea las cejas, travieso. Niego con la cabeza, pero igualmente me arrodillo y mis manos acceden. Tiro de la tela de sus calzoncillos y descubro su polla, medio empalmada, colgando pesada y caliente frente a mi cara. Ríe y posa la mano sobre mi cabeza.

—Venga, que lo estás deseando —susurra.

Lo miro desde abajo, temblando de emoción. No tardo en metérmelo en la boca. La saco entera, escupo saliva en el glande y vuelvo a engullirla, esta vez hasta el fondo. Cris mira al techo; está en la gloria. Siento cómo crece a un ritmo imparable, hasta que ya no me cabe entero. Succiono con más destreza que la primera vez, chupando la punta con los labios apretados, dejando que se me escurra la baba por el tronco hasta los cojones. Él suelta un suspiro largo y tapa su boca con la muñeca para no gemir.

Fuera, la gente sigue probándose ropa. Meto la mano en mis pantalones y me toco, haciendo que la polla me crezca poco a poco entre los dedos. Cris aprieta mi cabeza contra su abdomen y me obliga a tragármela hasta que noto el glande golpear el fondo de la garganta. Toso disimuladamente, con los ojos llorosos, y sigo. No logro tragarla del todo, pero me sobra menos carne que la última vez. Le lamo los huevos, le paso la lengua por el tronco de abajo arriba, le beso el glande hinchado. Cuando me la saco de la boca, su verga está empapada en saliva, brillando bajo la luz blanca del probador.

—Joder, joder… —jadea Cris entre dientes—. Como sigas me corro aquí mismo.

—Aguanta, cabrón —susurro, sonriendo con los labios pegados a su glande.

Reuniendo valor, me levanto. Nuestras caras quedan muy cerca, tanto que sus jadeos y los míos se cruzan antes de terminar en los labios del otro. Reímos a la vez.

—Te toca —digo, casi suplicando.

Cris tuerce la cabeza. No está convencido, pero se siente en deuda. Se arrodilla, me baja los pantalones lentamente y mi polla sale disparada, golpeándole la nariz. Me carcajeo. Cris levanta la mirada. Joder, qué vista. Mi mejor amigo a punto de comérmela, con los labios rojos y brillantes de su propia saliva.

—Si nos vieran los demás…

—Si yo te contara —le digo, arrepintiéndome al instante.

—¿Por?

—Nada, nada. Venga —insisto, apoyando la mano en su cabeza.

Hago una presión leve. Cris abre la boca y se mete mi polla. Es completamente inexperto: es la primera vez que chupa una verga. Al principio va con cuidado, apenas metiéndose el glande, pasándome la lengua tímidamente por el frenillo. Eso, lejos de frenarme, me pone aún más cachondo.

—Métetela más, no me la vas a romper —murmuro, empujándole la cabeza.

Obedece y se traga la mitad del tronco. Empapa mi mástil y la saliva le cae por la barbilla hasta el suelo. Le sujeto la cabeza, como hizo Marco conmigo en su casa, y empiezo a follarle la boca sin piedad, pero con torpeza. Siento mis huevos chocar con su barbilla un par de veces. Cris tose, se le saltan las lágrimas, pero no aparta la cara. Le follo la garganta con embestidas cortas, mordiéndome el labio para no gemir. Cada vez que le meto la polla hasta el fondo, noto cómo se le contrae la garganta alrededor del glande.

—Joder, joder, así, chúpamela así, hostias —susurro fuera de mí.

Cris me mira desde abajo con los ojos vidriosos, un hilo de baba colgándole del labio hasta mi polla. Está guapísimo así, con mi verga metida en la boca y la cara sonrojada.

—¿Saúl? —se oye entonces la voz de Hugo a lo lejos—. ¿Estáis ahí?

—Mierda —murmura Cris mientras se incorpora y se sube los pantalones a toda prisa.

Yo hago lo mismo. Me guardo la polla, todavía dura y goteando, dentro del calzoncillo. Nos limpiamos la boca de saliva.

—Sí —respondo en alto—. Estoy con Cris, que no consigue meterse los pantalones.

Abro la cortina mientras él termina de abrocharse.

—¿Cómo me quedan? —pregunta, colorado.

Hugo frunce el ceño.

—Estás rojísimo, bro.

—Joder, es que hasta que han entrado…

Hugo me mira, todavía mosqueado, sin tragárselo. Cris paga uno de los pantalones y salimos. Marco nos espera fuera, absorto en el móvil. Damos vueltas por el centro comercial. Después salimos hacia unas pequeñas colinas que hay cerca. Tumbados sobre la hierba, disfrutamos del silencio y la compañía.

***

—¿Merendamos algo? —pregunta Cris un rato después.

—Me apetece —contesta Marco—. ¿Pillamos un McFlurry?

—Pereza levantarme —dice Hugo—. Id vosotros, yo os espero aquí.

—Lo mismo —me uno yo—. Pilladme uno de oreo.

—Tócate la polla —se queja Marco, levantándose—. Vaya huevos tenéis.

Hugo ríe, divertido. Cris y Marco se alejan charlando. Todavía tumbados sobre la hierba, Hugo me mira. Está pensando algo.

—Saúl, ¿te puedo preguntar algo?

Trago saliva. Creo saber por dónde va. Hugo siempre me ha parecido el más observador, pero también el más distante.

—Dime.

—¿Qué hacíais Cris y tú en el probador? —aparto la mirada—. Y no me mientas, que no soy gilipollas.

Suspiro, intentando ganar segundos. No se me ocurre nada.

—Prométeme que no vas a decir nada —le pido.

—Joder, Saúl, parece que no me conoces.

—Vale, lo siento. ¿Te acuerdas de la última paja que nos hicimos en tu casa? Lo que hice con Marco… —asiente—. Pues algo así.

—¿Algo así?

—Sí, un poco más. Ya sabes.

—Espera —se incorpora, apoyando el codo en el suelo—. ¿Os habéis… comido la polla?

Asiento, avergonzado. Hugo mira al frente. Se toca el paquete, quizá sin darse cuenta.

—Hugo, no puede salir de aquí. Cris me mata.

—Tranquilo. ¿Y con Marco?

Bajo la cabeza.

—Pues…

—No me jodas. Pero ¿a ti te molan los tíos?

Por primera vez, lo miro a los ojos.

—No lo sé. Bueno, sí —rectifico—. Me gustan, pero también las chicas. Es raro.

Hugo guarda silencio. Cuando habla, sonríe de un modo extraño, casi pícaro.

—Saúl, no pasa nada. De verdad. Somos amigos, ¿no? —asiento y él sonríe—. Pues ya está. Gracias por confiar en mí. En serio.

Lo dice con un tono raro, como si dentro de él se moviera algo que ni él mismo entiende. Cris y Marco vuelven con los helados.

***

Pasamos la tarde dando vueltas. Volvemos al centro comercial sobre las diez de la noche, cenamos en el Burger y nos quedamos media hora en una mesa, jugando al Brawl Stars y viendo TikTok. Hugo ha estado pensativo toda la tarde, como si siguiera dándole vueltas a mi confesión. Lo he pillado mirando a los demás varias veces. De pronto, suelta el móvil y abre bien los ojos.

—Eh, eh —pide silencio—. Se me ocurre algo.

Lo miramos, expectantes.

—¿Os apetece un escondite por el centro comercial?

—¿Cómo? —pregunta Cris, atónito—. Esto es enorme, weón.

—Mi rabo sí que es enorme —replica Hugo, bromista.

—Sin meterse en tiendas. Así será más fácil.

—Puede estar muy guapo —digo—. Total, para estar aquí sentados.

—Además, ya es tarde y no queda casi gente —añade Hugo.

Cris y Marco se miran, aceptan con un gesto.

—Ligas tú —me ordena Hugo.

Me quejo, pero como siempre, se hace lo que él dice. Cuento hasta cincuenta y salgo a buscarlos. Me suena el móvil. Es Hugo.

—Vente a los almacenes.

Un escalofrío me recorre la espalda. ¿Qué estará pensando? Me da igual, no le doy más vueltas y me dirijo a los almacenes que descubrimos hace meses, detrás de una puerta junto a los baños. Dentro casi no hay luz: un pasillo se ramifica en varios caminos. Oigo un «tch». Lo sigo y, tras una esquina, doy de frente con Hugo.

—Te ha costado, ¿eh? —dice, burlón.

—¿Qué quieres? —pregunto, sin rodeos.

—Que me hagas una paja —contesta, contundente. Ve que frunzo el ceño y sigue—. Llevo toda la tarde caliente por tu culpa, capullo —ríe—. Lo he estado pensando y quiero… saber cómo es.

Bajo la cabeza, entre apenado y enfadado.

—Eres imbécil. ¿Te crees que soy una puta o qué?

Estoy a punto de darme la vuelta cuando me agarra el brazo.

—Saúl, perdona. No quería que sonara así —clava sus ojos en los míos. Baja el volumen—. De verdad. Si quieres empiezo yo —propone, audaz.

Aquello me descoloca. Hugo siempre ha sido el chulito que se sale con la suya. Las chicas babean por él, el equipo de fútbol lo idolatra. Que se trague su orgullo y proponga ser él quien empiece es algo que no termino de entender.

—¿Qué…?

—Es igual, déjalo —me interrumpe, apartando la mirada.

—No, no. Es que me ha extrañado. Está bien —accedo.

Volvemos a cruzar la mirada y sonríe ligeramente. El corazón me late a mil. Arqueo las cejas, sugerente. Hugo se baja los pantalones lentamente, como si pensara que está cometiendo un delito. Cuando caen hasta los tobillos, ríe, nervioso.

Nos miramos. Siento el calor subiéndome a las mejillas. Voy a ver la polla de Hugo por primera vez. La luz de una bombilla de emergencia alumbra sus piernas desnudas. Bajo la tela del bóxer se marca un bulto normal.

Al fin se quita la ropa interior. Su miembro, de piel clara y casi lampiño, apunta al frente con firmeza. No es excesivamente largo, parecido al mío. Lo realmente sorprendente es su grosor: es la polla más gorda que he visto en persona. Traga saliva.

—Qué —dice, acelerado, como retándome.

—No está mal —intento bromear—. ¿Una paja, entonces?

—Lo que quieras… —contesta, abriendo la puerta a algo más.

Pues lo que quiera. Me pongo de rodillas. El suelo frío atraviesa la tela de mi pantalón. Empiezo sujetando su miembro: lo noto pesado y ardiente en la palma. Le bajo el prepucio y descubro su glande, gordo y violeta, brillante como si ya tuviera una gota de presemen coronándolo. Le paso el pulgar por la punta y se le escapa un jadeo. La luz tenue es suficiente para vernos sin ser descubiertos.

Hugo respira agitado. Yo siento que el corazón se me sale del pecho. Acelero la paja, cerrando el puño alrededor de ese tronco grueso, subiendo y bajando con la piel bien tirante. Él apoya las manos en la pared y mira al frente.

—Esto sí es vida —susurra, y los dos reímos, cómplices.

—¿Y esto? —pregunto.

Armándome de valor, me lanzo a engullir esa verga. Apenas puedo metérmela en la boca: es demasiado gorda. Lo consigo a duras penas, abriendo mucho la mandíbula hasta que me duele. Mi lengua recorre el tronco con dificultad, notando cada vena marcada.

—Hmm… —gime mi amigo, débilmente.

Empieza un vaivén lento con la cadera, follándome la boca despacio. Yo me quedo quieto y dejo que sea él quien lleve el control. Acelera y siento cómo mis dientes le arañan la piel, sin querer. Se queja e intento abrir más la boca, relajar la mandíbula, dejar que se abra paso sin obstáculos. Me agarra del pelo con las dos manos y aumenta el ritmo, cogiéndome la cabeza como si fuera un coño. La saliva se acumula hasta que no puedo evitar que se salga por la comisura, cayendo al suelo en hilos gruesos. La polla de Hugo está empapada, brillante de babas de la base al glande.

—Al final sí que vas a ser una putita —susurra, caliente.

Y esta vez, en lugar de cabrearme, me pongo todavía más cachondo. Siento la polla tensándome los pantalones, palpitando por salir. Siento que podría correrme sin tocarme.

—Te gusta, ¿eh? —sigue diciendo, divertido—. Te gustan las pollas, ¿verdad? Pues toma, toma polla.

Saca su miembro de mi boca y tira de mi pelo hacia atrás, haciendo que abra la mandíbula. Me indica que saque la lengua. Cuando lo hago, golpea con su mástil sobre ella, plaf, plaf, dejando un rastro brillante de babas y presemen. Descubro que aquello, lejos de molestarme, me excita una barbaridad. Le pido más con los ojos, y él sonríe chulesco y sigue abofeteándome la cara con esa verga gorda.

—Ahí, ahí —Hugo está muy caliente—. Come, putita, come. Ábreme esa boca.

Abro la boca de nuevo y se la meto entera. Siento su glande chocar con la entrada de mi garganta, incapaz de llevarlo más adentro por su grosor. Respiro por la nariz, intento tragar, intento que entre un poco más, y solo consigo unas arcadas ahogadas. Cuando me la saco, un hilo de baba espesa me une los labios a su glande. Hugo ríe.

—Joder, cómo la chupas, chaval. Me voy a correr en breve.

—Avisa —le pido, con la voz ronca.

Vuelve a golpearme la cara con esa polla que se me antoja inabarcable. Mi propia saliva embadurna mi frente, mis pómulos, mis mejillas. Me siento sucio, guarro, pero estoy disfrutando como nunca. Me lame los propios dedos, se los mete en la boca a la vez que me la mete a mí, se hace un cóctel de babas y me lo unta por el mentón. Me bajo un poco los pantalones y saco mi polla dura y goteando, y empiezo a pajearme con la mano libre mientras sigo tragándomela. Hugo me ayuda a ponerme medio en pie. Pienso que quiere probar él, pero cuando intento sacarle la verga de la boca me lo impide.

—No, no. Tú sigue.

Medio agachado a su lado, Hugo me agarra la polla. Sus manos están frías, pero no me importa. Empieza a pajearme con firmeza, con el puño cerrado, imprimiendo un ritmo brutal, mientras yo sigo con la mamada. Escupe en su mano y sigue, y la fricción húmeda me arranca un gemido ahogado con su verga dentro de la boca. Suena un mensaje en mi móvil, luego otro. Deben de ser Marco y Cris. No les hago caso. Hugo y yo estamos en trance.

—Sigue, bro. Me queda poco…

—Mhm —asiento, con su miembro en la boca.

Está muy lubricado. No consigo metérmela entera, no por el largo, sino por el grosor. Me la saco y le chupo los huevos, uno por uno, metiéndomelos en la boca, jugueteando con la lengua. Mientras lo hago, lo masturbo deprisa con la mano, aprovechando toda la baba acumulada para que la polla resbale entre mis dedos.

—Dios, qué gustazo, loco —susurra—. Cómo me lames los huevos, hostias.

Le lamo el perineo, subo por el tronco con la punta de la lengua, vuelvo al glande y me lo meto entero, cerrando los labios alrededor del capullo hinchado. Chupo fuerte, con succión, hasta que noto cómo se le tensan las piernas.

Los almacenes son testigos de nuestro secreto. Vuelve a sujetarme la cabeza y dirige mi boca hacia su verga. Después empieza a pajearse con la mano izquierda al tiempo que, con la derecha, sigue masturbándome a mí. Siento que voy a estallar. Sus dedos se cierran en la cabeza de mi polla y giran, giran, jugando con el prepucio, y yo pego botes con la cadera buscando más fricción.

Las respiraciones se nos aceleran. Sus huevos botan como pelotas con cada sacudida. Siento su piel en mi lengua, sus dedos en mi polla. Entonces me aparta la cara y se pajea él solo, más rápido, la mano borrosa sobre esa verga gorda y brillante. Lo miro y veo cómo cierra los ojos, cómo se muerde el labio. Se va a correr.

Agarro su miembro, apartando su mano. Él aún tiene el mío en la otra, meneándomela sin parar, torturándome el glande con el pulgar. Nos miramos. Siento su aliento en mi cara.

—Oh… Ah…

—Hmm…

De nuestras pollas salen, casi al unísono, hasta cuatro chorros que caen al suelo. El primero de Hugo me alcanza en la muñeca, caliente y espeso; los siguientes se estrellan contra las baldosas con un sonido húmedo. Los míos salen a la vez, sacudiéndome entero, arrancándome un gemido ahogado que Hugo silencia tapándome la boca con la mano libre. Sigue meneándome hasta la última gota, escurriéndome la polla como si me ordeñara. Cuando retiro la mano, me llevo conmigo un par de gotas de su semen. Sin que Hugo me vea, me llevo los dedos a la boca. Sabe amargo, salado, denso, pero no me disgusta.

—Buah, chaval —comenta Hugo, ya exhausto, con la polla todavía fuera, medio caída y goteando—. Qué locura. —Y ríe débilmente.

Río con él. Prometemos no contar nada. Miro el móvil: efectivamente, eran Marco y Cris preguntando dónde estábamos.

—No os encuentro —contesto—. Os espero en los baños.

Hugo y yo nos vestimos. Lo noto algo confundido, pero su actitud chulesca de antes me ha dejado a mil. Cuando llegamos a los baños, Marco y Cris aún no están. Llegan medio minuto después, juntos, hablando de un vídeo de Instagram.

—Madre mía, Saúl, eres muy torpe —dice Cris.

Me rasco la nuca, avergonzado, y me excuso. Y ahí, en la soledad y el silencio de los baños, pienso en la suerte que tengo con este grupo de amigos.

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Comentarios(7)

SantiG92

Tremendo relato!! quede enganchado desde la primera línea

ElCurioso_22

Necesito saber como siguió la cosa con Hugo, por favor una segunda parte

Fercho_BA

Me recordó a algo que viví en el vestuario del gimnasio hace años... nunca lo conté a nadie jaja. Muy buen relato

Lola_Curiosa

Que bien narrado, se siente real sin ser burdo. Seguí asi!

NachoDRT

increible, corto pero intenso. mas de esto porfavor

Vero_1983

los probadores siempre esconden historias... muy bueno, me gustó

Lucas_Gdl

Lo que mas me gustó es que se nota autentico, sin dramatismo innecesario. Muy bueno

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