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Relatos Ardientes

El oso del sauna me grabó sin que lo supiera

El primer jueves de mayo entré a El Refugio sin saber muy bien qué buscaba. Hacía cuatro meses que Sebastián se había mudado a Córdoba con su nuevo novio, y mi cama olía a un solo cuerpo desde entonces. Un colega de la facultad me había pasado el dato en voz baja durante un café, como si me confiara una contraseña: «Si te gustan los hombres grandes, ese es el lugar».

Yo soy uno de esos. Cuarenta y dos años, ciento diez kilos, barba poblada hasta la mitad del pecho. Profesor de literatura del Siglo de Oro en una universidad pública de Rosario. Llevo media vida acostumbrado a entrar en lugares donde mi cuerpo no encaja, así que cuando empujé la puerta de El Refugio y vi a una docena de hombres como yo, sentí algo parecido al alivio.

El encargado, un tipo calvo con un piercing en el labio, me pasó una toalla y la llave de un casillero sin preguntarme nada más que mi nombre. Le di uno falso. Mateo, dije. Es el de mi padre, fallecido hace diez años; lo uso cuando quiero ser otro durante un par de horas.

—Vestuario al fondo, sauna a la izquierda, cuartos arriba.

Me desnudé despacio, doblando la ropa como si fuera un ritual. La toalla blanca era demasiado pequeña para rodearme la cintura. La polla me colgaba pesada entre los muslos, gruesa incluso en reposo, y sentí el aire fresco del vestuario acariciarme los huevos mientras subía las escaleras descalzo, intentando no resbalar.

El sauna estaba en penumbras. Tres siluetas se acomodaban en las gradas de madera; solo el resplandor de las piedras calientes les iluminaba los muslos. Uno de ellos tenía la mano metida entre las piernas, jugándose la verga con pereza, sin ocultarlo. Me senté en el rincón más bajo, lejos de los demás, y respiré el vapor con olor a eucalipto.

Uno de ellos se levantó al rato. Era más bajo que yo, más ancho, con el pelo rapado y una barba negrísima que le brillaba de sudor. La toalla se le abría en la cadera y dejaba ver un muslo velludo hasta la ingle. Bajó dos escalones y se sentó a mi lado sin pedir permiso. El muslo se le pegó al mío.

—Primera vez —dijo. No era pregunta.

—Se nota tanto.

—Se huele.

Me reí sin querer. Él también. Tenía los dientes muy blancos y una cicatriz pequeña que le partía la ceja izquierda.

—Damián.

—Mateo.

Me ofreció la mano. Cuando la tomé, no la soltó. Me la fue subiendo despacio hasta su muslo, hasta el borde de la toalla, hasta debajo. Yo dejé que la guiara. Cuando mis dedos rozaron su polla la encontré ya dura, gorda, palpitando contra el vientre. Se la envolví con la mano y él soltó un suspiro corto por la nariz. Empecé a masajeársela despacio, sintiendo cómo se le hinchaba todavía más, cómo la punta se ponía resbaladiza contra mi palma.

—Vamos arriba —me dijo al oído—, o te la mamo acá delante de todos.

***

El cuarto al que me llevó era apenas una cama doble con sábanas oscuras, una luz roja en el techo y un perchero con dos toallas. La puerta se cerró con un chasquido seco. Damián tiró la suya al suelo y se quedó parado frente a mí, mirándome como si me estuviera midiendo. La polla se le curvaba hacia arriba, gruesa, roja en la punta, con una vena que le subía por el lado derecho. Los huevos le colgaban pesados, apretados contra la raíz.

—¿Qué te gusta?

—No lo sé todavía.

—Entonces averigüémoslo.

Me empujó suavemente contra la pared. La cerámica fría me hizo arquearme. Su boca aterrizó primero en mi cuello, después en mi hombro, después fue bajando por el pecho. Mordió el pezón izquierdo lo suficiente para que se me escapara un sonido, no tanto como para hacerme retroceder. Me chupó el otro pezón con la lengua plana, dando vueltas, tirando con los labios hasta ponérmelo duro. Mientras tanto sus manos me recorrían los costados, palpando cada pliegue como si estuviera leyendo en braille, y una de ellas se coló bajo la toalla y me agarró la polla de lleno, con la mano abierta.

—Tienes buen cuerpo —murmuró contra mi vientre—. Y tremenda verga.

—Tengo el cuerpo que tengo.

—Es lo que te dije.

Se arrodilló. Mi toalla cayó sin que yo la tocara. Damián me tomó entero en la boca de una sola vez, sin advertencia, tragándome hasta que la nariz se le hundió en el vello de la ingle. Tuve que apoyarme con las dos manos en sus hombros para no perder el equilibrio. Cerré los ojos. Llevaba años sin que alguien me la mamara con tantas ganas. Sentí la garganta cerrársele alrededor del glande, el fondo caliente y apretado, la saliva chorreándole por la comisura hasta los huevos. Cuando se apartó para respirar, me la tenía agarrada con las dos manos y me chupó los cojones uno por uno, metiéndoselos enteros en la boca, tirándolos con los labios.

—Qué polla, hijo de puta —masculló, y volvió a tragármela.

La lengua le subía y bajaba por el tronco, se detenía en el frenillo, jugueteaba con la ranura de la punta como si estuviera lamiéndose los dedos después de comer. Empezó a bombeármela con la mano mientras me chupaba solo el glande, apretando los labios en un anillo cerrado. Yo le clavaba los dedos en el cráneo rapado, moviéndole la cabeza al ritmo que necesitaba. La saliva le colgaba en hilos de la barba negra.

Cuando entendí que iba a correrme antes de tiempo, le tiré del pelo para que se levantara. Él obedeció con una sonrisa de quien sabe lo que está provocando, con los labios hinchados y brillantes.

—¿Qué hago contigo? —le pregunté, casi para mí mismo.

—Lo que quieras. Pero rápido, que arriba hay gente esperando turno.

—Cállate.

—Hazme callar.

Lo empujé sobre la cama. Cayó de espaldas, riéndose, con el vientre y el pecho subiendo y bajando al ritmo de la respiración, la polla botándole contra el ombligo. Le abrí las piernas y me arrodillé entre ellas. Su olor era denso, salado, con un fondo a madera y a sudor de sauna. Le pasé la lengua por el interior del muslo y lo sentí estremecerse. Le lamí el pliegue de la ingle, los huevos peludos, y bajé más abajo, hasta el culo. Le hundí la lengua ahí sin pedir permiso, empujando entre las nalgas, sintiendo cómo se abría poco a poco bajo la humedad.

—Ay, la puta madre —jadeó, agarrándose de las sábanas.

—No me hagas esperar.

—Tú sí puedes esperar un poco.

Lo trabajé sin apuro. La lengua metida hasta donde llegaba, los labios chupándole el borde del ojete, los dientes rozándole la piel del perineo. Cuando lo tuve lo suficientemente empapado, le metí un dedo y después dos, buscándole ese punto por dentro. Damián empezó a subir las caderas contra mi mano, gimiendo como un animal, con una mano en su propia verga bombeándosela sin ritmo.

—Métemela ya, hijo de puta, no aguanto más.

—Tú sí puedes esperar un poco —le repetí, sacándole los dedos.

Le agarré la polla y me la metí en la boca yo esta vez, apenas unos segundos, para escucharlo gemir de nuevo. Se la mamé desde la base hasta la punta con la lengua plana, subiendo despacio, y cuando llegué al glande escupí encima y volví a bajar. Después le lamí los huevos, y volví al culo. Cada vez que estaba por darle lo que pedía, me apartaba un milímetro. Es un truco que aprendí tarde en la vida: la mejor parte del sexo casi siempre es la antesala.

Le crucé las piernas sobre mis hombros. Me escupí la palma, me la pasé por la polla dos veces, apoyé la punta contra el culo abierto y empujé. La cabeza entró de un golpe. Damián arqueó la espalda entera.

—Despacio —siseó entre dientes.

—Ahora aguanta tú.

Fui entrando de a poco, centímetro a centímetro, hasta que los huevos me chocaron contra las nalgas. Se lo tuve que tapar la boca con la mano para que el grito no se oyera en el pasillo. Me mordió la palma. Lo sentí cerrarse alrededor mío con una fuerza que me hizo perder el ritmo. Tuve que detenerme, respirar, contar hasta cinco mentalmente, sintiéndolo latir alrededor de la verga.

—Muévete —me ordenó cuando le solté la boca.

Y me moví. Despacio primero, con la polla saliendo casi entera antes de volver a hundirse hasta el fondo, y él gemía en cada empujón. Después con más fuerza, sujetándole las caderas con las dos manos, cogiéndomelo con toda mi masa encima, y la cama empezó a golpear contra la pared y el ruido de los cuerpos —la carne mojada chocando, los huevos golpeándole el culo, los jadeos rotos— llenó toda la habitación.

—Así, así, más fuerte —masculló—, rompeme el culo, rompémelo entero.

Le levanté una pierna, se la puse contra el pecho y me clavé más profundo. Damián tenía los ojos cerrados y la boca abierta, jadeando palabras que no se entendían. Se agarró la polla y empezó a machacársela al ritmo que le marcaban mis embestidas. Le vi el semen subir por el tronco antes de que se corriera: unos chorros gruesos y blancos que le cayeron sobre el vientre peludo, uno le llegó hasta la clavícula. Se sacudió entero, y el culo se le apretó tanto alrededor de mi verga que me arrancó dos embestidas más y se acabó.

La corrida me subió desde los huevos como una descarga. Me la saqué en el último segundo y le eché la leche encima, sobre la panza, mezclándose con la suya, un chorro largo que le llegó a los pezones y otro más corto que le empapó el vello del pubis. Me derrumbé sobre él, hundiendo la cara entre su barba y su hombro, con la polla todavía goteando entre nuestros vientres pegajosos.

***

Estuvimos así un rato, callados, mientras él me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, resbalando en mi propio sudor. Yo escuchaba mi propio corazón retumbarme en los oídos. Pensaba en Sebastián, en los cuatro meses sin sexo, en lo idiota que había sido por no haber salido antes.

—Toma agua —dijo Damián de pronto, alcanzándome una botella que sacó de debajo de la cama.

Bebí casi la mitad de un sorbo.

—¿Quieres ver algo? —preguntó, mientras buscaba el teléfono entre la pila de ropa de un perchero que no había notado antes.

—¿Algo como qué?

Se sentó a mi lado. La pantalla se encendió en su mano. Y ahí, en el video que pulsó play, estaba yo. Mi cara. Mi pecho ancho. El reflejo de la luz roja sobre mi piel. La toma estaba hecha desde el perchero, casi a la altura del techo, con un ángulo abierto que recorría toda la cama.

El estómago se me cayó al piso.

—¿Qué demonios es eso?

—Tranquilo.

—No me digas tranquilo. Bórralo.

—Lo voy a borrar. Pero primero quiero que lo veas.

Me lo puso delante. Lo aparté con la mano. Lo volvió a poner. En la pantalla, mi propio cuerpo se movía con una soltura que yo no recordaba tener. Damián abajo, abriendo las piernas, la polla parada, el culo lubricado. Yo encima, follándomelo con mi verga hundida entera en su interior, haciéndolo gemir. Era hermoso, en cierto modo, y horrible al mismo tiempo.

—Damián, te juro que si esto aparece en algún lado…

—Mateo —me cortó—. Lo grabé porque hace dos meses que vengo aquí y nunca había visto entrar a un tipo como tú. No lo voy a publicar. No se lo voy a mostrar a nadie. Lo borro ahora mismo si quieres.

Apretó un par de botones. La barra de progreso del video desapareció. Después me mostró la galería vacía.

—Listo.

—No sé si confiar en ti.

—Tampoco yo te conozco a ti, y acabas de meterte adentro mío sin condón. O confiamos los dos, o no confía ninguno.

Tenía razón, y eso me dio rabia.

***

Nos vestimos en silencio. Bajé las escaleras antes que él. En el vestuario, mientras me ataba los cordones, me senté al lado de un tipo que llevaba puesta una camiseta de la facultad donde yo daba clases. Casi me dio un infarto. Por suerte no levantó la cabeza.

Damián me esperó en la vereda con un cigarrillo encendido. La calle estaba mojada por una lluvia que yo no había notado caer.

—¿Quieres un café? —me dijo.

Le dije que sí porque no se me ocurrió decir que no.

Caminamos cuatro cuadras hasta un bar abierto las veinticuatro horas. Pidió dos cortados y dos medialunas. Mientras esperábamos, me confesó que era mecánico de motos, que tenía un taller propio a tres barrios de ahí y que llevaba diez años casado con un hombre llamado Lucas que sabía perfectamente que él iba a El Refugio los jueves.

—Tenemos un acuerdo —explicó.

—¿Qué tipo de acuerdo?

—El que nos funciona.

—¿Y los videos?

—Los miramos juntos cuando vuelvo. Nos la meneamos viéndolos, y después él me coge pensando en el tipo con el que estuve. Es nuestra cosa. Si te ofende, te juro que el tuyo está borrado.

Removí el azúcar del café sin tomarlo. Pensé en Sebastián, en los seis años que pasamos peleando por celos que ni uno ni el otro supimos administrar. Pensé en lo mucho que me había costado aceptarme cuerpo y todo. Pensé en lo extraño que sonaba lo que Damián me estaba contando, y en lo poco que me ofendía.

—Dile a Lucas que la próxima vez quiero conocerlo.

Damián levantó la vista del café. Se rió bajito.

—¿Estás seguro?

—No.

—Mejor todavía.

***

El jueves siguiente entré a El Refugio sin titubear. Esta vez ya sabía dónde estaba el casillero, dónde quedaba el sauna y cuántos escalones tenía la escalera. Damián me esperaba en la barra con otro hombre del que solo sabía el nombre. Lucas era más alto, más flaco si se puede decir flaco a alguien que pesa noventa kilos, y tenía los ojos de un verde que no recordaba haber visto antes.

—Así que tú eres el famoso —me dijo, tendiéndome la mano—. Damián no para de hablar de tu boca.

—Me decepciona que solo hable de la boca.

—También habla de tu polla. Dice que es la más gruesa que se ha metido en el año.

—Eso está mejor.

Subimos los tres al mismo cuarto. Esta vez no hubo cámara, o si la hubo, yo elegí no preguntar. Lucas se desnudó primero, con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo en compañía. Su cuerpo era distinto al de Damián: menos volumen, más músculo, una cicatriz larga en el costado que después me contaría que era de una operación de vesícula. Tenía la polla larga, delgada, curvada hacia la izquierda, y los huevos pequeños y muy pegados.

—Dinos qué te gusta —me dijo Lucas, mientras me ayudaba a sacarme la camisa.

—Esta vez sí lo sé.

—A ver.

—Que uno de los dos me la mame mientras el otro le come el culo a él.

Lucas se rió, y Damián no se rió, porque ya se estaba arrodillando delante mío. Me sacó la polla del pantalón de un tirón y se la volvió a meter en la boca como si la reconociera. Yo me senté en el borde de la cama y Lucas se arrodilló detrás de Damián, le abrió las nalgas con las manos y hundió la cara ahí. Empecé a oír los ruidos: la lengua de Lucas trabajando el culo de su marido, y la boca de Damián resbalando por mi verga, y los tres jadeando encima del otro.

Lucas subió después. Tenía manos pacientes y Damián tenía urgencia, y yo me quedé en el medio dejándome hacer y haciendo por turnos, perdiendo y recuperando el ritmo. Lucas me lamió los pezones despacio, uno y otro, mientras Damián seguía mamándome abajo. Después le tocó a Lucas ponerse en cuatro para que Damián se lo cogiera, y a mí me tocó taparle la boca con la polla para que no gritara. Lucas me la chupaba con los ojos cerrados, ahogándose cada vez que Damián le clavaba la verga hasta el fondo por detrás.

En algún momento me encontré con la boca de Lucas mientras Damián me trabajaba por detrás, con dos dedos ensalivados que me abrían el culo por primera vez en años. La lengua de Lucas me subía por la polla y los dientes de Damián me mordían la nalga, y pensé que aquello debería haberme resultado raro, pero no me lo resultaba. Damián me metió la verga después, con la misma cabeza redonda y gruesa que yo le había clavado a él la semana anterior. Sentí el ardor primero, la sorpresa, y después el calor que se me abría por dentro. Lucas me seguía mamando por delante, tragándome hasta el fondo cada vez que Damián me empujaba desde atrás.

Terminé yo primero, corriéndome en la boca de Lucas, que se tragó todo sin sacarme la polla hasta la última gota. Después Damián me llenó el culo por dentro, sacándomela justo antes de acabar para dejarme una raya de leche caliente por toda la espalda. Lucas se corrió al final, meneándose la verga curvada con la mano derecha mientras nos miraba a los dos jadeando, y le disparó al pecho a Damián en dos chorros. Quedamos los tres tirados, uno sobre otro, escuchándonos respirar, empapados de semen y de sudor.

—¿Vas a volver el próximo jueves? —me preguntó Lucas, con la cara apoyada en mi vientre.

—Voy a volver muchos jueves.

—Bien.

***

Han pasado dos años desde aquel primer jueves. Sigo dando clases sobre Garcilaso, sobre Quevedo, sobre los sonetos que les hacen torcer la nariz a mis alumnos. Sigo viviendo solo, en un departamento de un ambiente con vista al río. Sigo siendo gordo, sigo siendo barbudo, sigo teniendo cuarenta y dos años aunque ya tenga cuarenta y cuatro.

Damián y Lucas se separaron el verano pasado, pero los tres seguimos viéndonos, juntos o por separado, según los humores. Aprendí a no preguntarles más de la cuenta y ellos aprendieron a no exigirme una respuesta sobre lo que somos. No es una pareja, no es una amistad, no es un trío estable. Es lo nuestro, y por una vez en mi vida me alcanza con que no tenga nombre.

El otro día, corrigiendo exámenes en el bar de la esquina, un alumno me reconoció y se sentó a mi mesa. Me preguntó si era cierto que yo era gay, porque alguien se lo había dicho. Le dije que sí. Le pregunté si tenía algún problema con eso. Me dijo que no, que solo quería saber. Después me preguntó si me gustaban los hombres como él, flacos y lampiños, o si prefería otros.

—Prefiero los otros —le contesté, y le pedí la cuenta.

Salí a la calle pensando que algún día, dentro de muchos años, alguien escribiría una novela sobre hombres como nosotros. Que no sería yo el que la escribiera, porque yo me dedico a leer las que escribieron otros muertos hace siglos. Pero que existiría. Y que en esa novela, un personaje parecido a mí entraría por primera vez a un lugar parecido a El Refugio y no tendría miedo de lo que iba a encontrar adentro.

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Comentarios(8)

vikingo88

buenisimo!!! me quede sin palabras al llegar al final

Tomas_1989

Por favor que haya segunda parte, necesito saber que paso despues con ese video

JuanchiPba

me recordó a una situacion parecida que tuve en un gym, aunque mucho mas inocente jaja. Buen relato

NachodeCba

¿y despues lo volviste a ver en el sauna? Porque yo en tu lugar no sabria como reaccionar la proxima vez

PabloTuc

Que mezcla de sensaciones debe ser eso... el impacto primero y despues el no saber muy bien si molestarse o no jaja. Muy bien escrito

nikoBA

jajaja me quedo la duda, le pediste el video o que? muy bueno igual

AlbertoCdmx

Saludos desde Mexico, muy buen relato. Ojalá subas mas seguido

SergioBA

Lo de ver tu propia cara en la pantalla de alguien debe ser algo que no olvidás mas. Narrado con mucha honestidad, me gusto

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