El teniente volvió a mi vida en el pasillo del súper
Hace casi tres décadas que aquel juicio repartió culpas a cada uno de los sinvergüenzas que nos hicieron la vida imposible en el cuartel. Verlos entrar uno a uno al furgón, expulsados del ejército, fue una victoria amarga: nos costó la juventud, los nervios y a más de uno la cordura, pero al menos ningún chaval recién llamado a filas volvería a pasar por lo mismo. De aquello hablo poco, ya está todo dicho. Lo que viene ahora es lo que me cambió la vida una segunda vez.
Subíamos en el ascensor besándonos como si fuéramos a perder el último tren del mundo.
—Cuántos años llevaba esperando esto… —murmuró él contra mi cuello.
—Y yo —contesté, mordiéndole el labio.
Era un ascensor estrecho, de los antiguos, con espejo grande y una luz amarilla que nos cortaba la cara en sombras. Mientras subíamos cinco pisos nos restregamos el uno contra el otro con una urgencia ridícula, como dos críos que se escapan del recreo. No había prisa de tiempo —vivía solo, no esperaba a nadie—, pero sí prisa de cuerpo. Tantos años sin tenerlo así, tantos años con su recuerdo metido en cada relación posterior.
Entramos al piso a tropezones, sin atinar con la cerradura, riéndonos de los nervios. Antes de cerrar la puerta ya nos arrancábamos las camisas. La mía cayó en el recibidor; la suya, en el pasillo. Llegamos al salón medio desnudos y de un empujón lo tiré sobre el sofá.
Me senté a horcajadas sobre sus muslos y le agarré la cara con las dos manos. Lo besé como si quisiera grabarme la forma de su boca otra vez, despacio al principio, después con saña. Le lamí el cuello, le pasé la lengua por la clavícula, le bajé hasta los pectorales —los seguía teniendo firmes, ahora con algunas canas en el vello del pecho— y me detuve en sus pezones. Eran grandes, oscuros, sensibles. Empezó a resoplar en cuanto se los chupé.
Por debajo de mí lo sentía duro, levantándome el peso con cada respiración. Me restregué contra él sin desnudarlo del todo, sólo por el placer de demorarme un segundo más. Cuando le bajé los pantalones, el calzoncillo ya estaba manchado en la punta. Su pollón —y no exagero, nunca exageré con él— me esperaba palpitando contra el vientre.
Me deslicé al suelo. Le besé el abdomen, todavía firme, y lo agarré con la mano. Saqué la lengua y le pasé un primer lametón largo, recogiendo todo lo que llevaba acumulado. Lo oí gemir desde arriba.
—Así, así, métela bien adentro… —dijo con la voz rasposa.
Le obedecí. Me lo metí entero en la boca y empecé a chupárselo despacio, paseando la lengua por el glande, bajando hasta la base, volviendo a subir. Él me agarraba la cabeza con las dos manos, sin forzarme, marcándome el ritmo. Cada vez que llegaba al fondo tenía que aguantar las arcadas con la mano apoyada en su muslo. Pero lo veía retorcerse, lo oía gimotear, y eso me ponía tan cachondo que me daba igual ahogarme.
Estuvo a punto de correrse en mi boca. Sentí que se le tensaba todo —los muslos, el vientre, la espalda— y me apartó a tiempo, jadeando.
—Para, para, no quiero terminar así.
Me subió hasta su cintura. Yo enganché las piernas en su cadera y dejé que me cargara al dormitorio, sin dejar de besarnos en ningún momento del trayecto. Me tiró boca abajo sobre la cama y antes de que pudiera reaccionar ya me estaba mordiendo las nalgas, una y otra, mientras me las apretaba con las manos. Me pegó dos cachetadas que sonaron en toda la habitación.
Me abrió las piernas y escupió. Una vez, dos, tres. Y se hundió ahí con la lengua.
—Ohhh… así, así, no pares…
—¿Te gusta, amor?
—Sí… no pares, sigue, por favor…
La lengua me recorría todo, lamía, presionaba, entraba un poco. Cada vez que se separaba para tomar aire yo me empujaba contra su cara buscando más. Me metió un dedo y lo sentí abrirse paso, primero con cuidado, después con confianza. Escupió otra vez, jugó conmigo metiendo y sacando el dedo, abriéndome despacio. Yo respiraba contra la almohada, con las nalgas ardiendo de las palmadas, suplicando sin palabras.
—Te voy a follar —me dijo al oído—. Necesito follarte ya.
—Hazlo. Cógeme fuerte.
Sentí el glande presionar contra mí. Empujó una vez, dos. A la tercera lo recibí entero. Hubo un instante de dolor que se me cortó en la garganta, pero me relajé, respiré y dejé que me llenara. Llevaba años recordando esa sensación exacta y ningún sustituto se le había acercado.
Empezó despacio. Apoyado en mis hombros, entrando y saliendo con un ritmo largo, como si quisiera comprobar que seguíamos encajando igual. Después aceleró. Yo gemía contra la sábana, le pedía más, le pedía que no parara. Me puso a cuatro patas y me dio fuerte, golpeándome con los muslos en las nalgas. Me puso las piernas sobre sus hombros y me cogió mirándome a los ojos. Me arrastró al escritorio, me apoyó el pecho contra la madera y me agarró por las caderas para penetrarme desde atrás otra vez, ya sin miramientos.
Sobre ese escritorio me corrí. Sin tocarme. Me temblaron las piernas, perdí el equilibrio y le manché toda la madera de leche. Él no aflojó. Siguió embistiéndome con una mano agarrada a mi pelo hasta que lo oí gemir como un animal y sentí cómo se vaciaba dentro de mí, caliente, espeso, en oleadas. Lo metió hasta el fondo y se quedó ahí, derrumbado sobre mi espalda, respirándome en la nuca.
Estuvimos unos minutos así, en silencio, hasta que recuperamos el aire. Después me cargó hasta la cama, me tapó porque la habitación se había enfriado y nos abrazamos sin hablar. Sólo nos besábamos cada tanto, despacio, como cuando uno tiene la certeza de que no se va a ir a ninguna parte.
***
Damián había estado a mi lado en cada audiencia del juicio. Tuve que ver cómo expulsaban del ejército al teniente Velázquez, aunque gracias a su colaboración —y sobre todo a mi testimonio— se libró de la cárcel. Cuando todo acabó, dejé mi vida anterior y me fui a vivir con Damián a Tenerife. Él había roto con su novia para venirse conmigo. Pasamos años buenos: nos queríamos sin medirlo, follábamos como críos despistados, salíamos a caminar por los acantilados al amanecer. Yo creía que aquello era para siempre.
Con el tiempo empezó a verla otra vez. A escondidas, primero. Una llamada de más, una cena rara, esa cara de quien tiene la cabeza en otro sitio. Una tarde llegué antes de lo previsto y los pillé en nuestra cama. No le pegué, no grité. Salí del piso, me senté en un banco frente al mar y me fumé tres cigarrillos seguidos sin pensar en nada.
Rompimos amigablemente. Algo de su vuelta a la heterosexualidad me dolía menos que el engaño en sí. Lo curioso es que durante algunos meses me convertí en su amante, mientras él seguía con ella. Lo veía cuando me lo pedía, follábamos como antes, me iba a casa con un sabor raro en la boca. Hasta que un día me cansé y me fui a Barcelona, a vivir con Kwame.
A Kwame lo había conocido en el cuartel, en aquellos años terribles. Era de los pocos que se atrevían a mirar a los ojos a los oficiales. Después del juicio mantuvimos el contacto. Vivía solo en un piso amplio del Eixample y me ofreció una habitación sin pedir nada a cambio. Con él y con Tomás —el cuarto de nuestra pequeña tribu superviviente— nos veíamos al menos una vez al año, en cumpleaños o en aniversarios del fallo. Hablábamos poco del pasado y mucho del presente.
Y fue allí en Barcelona, viviendo con Kwame como amigo, cuando una tarde de junio entré al supermercado de la esquina a buscar cerveza y me lo encontré.
Estábamos los dos parados frente a las estanterías de las cervezas, con el carrito a un lado, y bastó que dijera mi nombre con esa voz suya para que tantos años se borraran de un golpe. Me giré despacio, casi sin atreverme. Era él. Igual. Más canas, sí, alguna arruga nueva alrededor de los ojos, la barba bien recortada como siempre. Pero los mismos ojos, la misma forma de inclinar la cabeza al mirarme.
—Hernán Velázquez —dijo, tendiéndome la mano como si necesitara presentarse.
—Lo sé —contesté—. Nunca te olvidé.
Nos abrazamos ahí, entre los packs de seis. Nos besamos en mitad del pasillo sin que me importara quién pudiera vernos. Le supo a menta y a algo más antiguo. Dejamos los carritos abandonados y nos fuimos a tomar una copa al bar de la esquina, y después a su piso. Lo que pasó esa noche ya os lo conté al principio.
Hernán llevaba años separado. Su matrimonio con una mujer no le había funcionado nunca, pero lo había intentado por la familia, por la carrera, por lo que uno intenta cosas cuando cree que no tiene alternativa. Vivía solo en un piso luminoso de Gracia. Desde aquella tarde no volví a casa de Kwame más que a recoger mis cosas. Me mudé al piso de Hernán y, a los pocos años, nos casamos. No me importó la diferencia de edad, no me importó el qué dirán de los conocidos, no me importó nada que no fuera despertarme a su lado y verlo preparar café descalzo en la cocina.
Fueron quince años intensos. Tuvimos un sexo alucinante hasta el final, incluso cuando la enfermedad ya le pasaba factura. A los setenta y cinco el cáncer lo venció. Yo tenía cuarenta y cinco, viudo y perdido en un piso demasiado grande, con la ropa de Hernán todavía en el armario y su taza favorita en el escurridor.
Kwame se desvivió conmigo aquellos meses. Venía a cocinarme, a obligarme a salir, a discutir conmigo de cualquier tontería para sacarme de la cabeza. Poco a poco empecé a mirarlo distinto. Una noche, después de una cena larga y dos botellas, nos besamos en el sofá como si lo hubiéramos pospuesto media vida. Nos casamos al año siguiente, sin fiesta, sólo con Damián y Tomás como testigos. Ahora vivo con él y disfruto de ese pollón negro como no os podéis imaginar.
Los cuatro seguimos viéndonos. Mínimo una vez al año nos encerramos un fin de semana en alguna casa rural —Tomás se encarga siempre de elegirla— y, después de varias copas, ya podéis imaginaros cómo acabamos. Follamos como locos los cuatro juntos, como si volviéramos a tener veinte años y un cuartel del que escaparnos.
Y hasta aquí lo que tenía que contaros. Gracias por leerme.