Mi cumpleaños terminó en una cabaña con mis tres amigos
Volví de Madrid con la cabeza pesada. Llevaba semanas dándole vueltas a lo mismo y por fin había hecho lo que tenía que hacer: hablar con Lucía. Le dije la verdad, o la parte que me correspondía. Que la quería, que había sido el mejor regalo de aquel año, pero que estaba enamorado de otra persona. Cuando solté el nombre de Darío, ella ni se inmutó. Solo me pidió que la dejara apoyarse contra mi pecho un rato más.
Tardé varios días en juntar fuerzas para hablar con él. Cada vez que lo intentaba, alguno de los otros aparecía justo en el peor momento. El miércoles nos íbamos a Sierra Nevada con el instituto, tres días esquiando, y empecé a pensar que quizá fuera allí donde por fin pudiera decirle lo que sentía.
En el autobús no nos sentamos juntos. Yo iba detrás con Tomás, que se pasó las dos primeras horas contándome chistes malos y enseñándome fotos de un grupo de chicas de cuarto. Sergio iba con Darío, los dos riéndose de algo que no alcancé a oír. Cada vez que Darío giraba la cabeza, sus ojos se cruzaban con los míos un segundo, y volvía a mirar al frente.
Llegamos a media tarde. La cabaña que nos habían asignado olía a madera nueva y a calefacción demasiado fuerte. Había dos camas individuales, una de matrimonio, un baño con ducha y un par de armarios. Echamos a suertes y me tocó compartir la cama grande con Tomás. Me daba igual; con cualquiera de los tres había confianza de sobra.
—Buah, qué pajote me voy a hacer esta noche —anunció Sergio en cuanto cerramos la puerta.
—Habrá que hacérsela juntos —dijo Tomás—. Por el cumple de Marcos, ¿no?
Al día siguiente cumplía dieciocho. Por eso me habían dejado venir mis padres con tan poco lío.
—Cualquier excusa os vale —protestó Darío con una sonrisa—. Aunque, pensándolo bien, hace meses que no nos hacemos una juntos. Desde septiembre, juraría.
—Pues va tocando retomar costumbres —dije, y noté que Darío me miraba un instante más de lo necesario.
Esa tarde dimos una vuelta por el pueblo, cenamos con los profesores y caímos rendidos. La primera noche no pasó nada. Demasiado cansancio. A la mañana siguiente, ya el día de mi cumpleaños, me despertó algo blando rozándome la mejilla. Era Tomás, dándome los buenos días con la polla flácida pegada a mi cara.
—¡Felicidades, Marquitos! —dijo, muerto de risa.
—Quita de ahí, cerdo —protesté, más por el susto que por la situación. Llevábamos meses haciéndonos cosas los cuatro; ya nada me escandalizaba.
—Tu regalo de cumpleaños te lo damos esta noche —avisó, mirando a los otros dos—. ¿Verdad, chicos?
Los tres se rieron. Yo me estiré en la cama y los miré, sintiendo ya esa cosquilla familiar bajándome al vientre. Pasamos la mañana en la pista, esquiando con un nivel que iba de mediocre a vergonzoso. Por la tarde, otra excursión, otra cena, otra reunión con los monitores. A las diez y media los profesores nos mandaron a las habitaciones.
Nos duchamos por turnos. Primero Darío, luego yo, después Sergio y por último Tomás. Cuando este salió del baño, lo hizo completamente desnudo, secándose el pelo con una toalla, sin disimular nada.
—Estaba pensando —dijo, midiéndonos a los tres— que para qué voy a vestirme si me vais a desnudar igual.
Solo escucharlo me cambió la respiración. Miré a Sergio, que ya tenía la mano en el paquete sin darse cuenta. Darío estaba sentado al borde de la cama individual, callado, esperando.
—Marcos, ven a por tu regalo —añadió Tomás, balanceando la cadera para que se le moviera la polla—. Te está esperando una boquita que la cuide bien.
Me levanté y me arrodillé delante de él. Le agarré la polla, todavía blanda, y me la metí en la boca despacio. La sentí crecer entre mi lengua y mi paladar en cuestión de segundos. Se había depilado. Estaba claro que la cabaña era el plan desde el principio.
Mientras yo le comía a Tomás, Darío se levantó y se acercó a Sergio. Le bajó los pantalones sin prisa, mirándolo. Sergio se dejó hacer, mordiéndose el labio. Le sostuvo la polla un segundo, como pesándola, y se agachó a metérsela. La cara de Tomás al ver aquello fue un poema.
—Joder, tío, ¿eso es una polla o un bote de avena? —dijo entre risas, sin dejar de mirar la de Darío.
Yo me reí también. Era cierto que Darío había crecido. Llevaba semanas sin verlo desnudo y no recordaba que la tuviera tan gorda. Volví a centrarme en lo mío. Tomás me acariciaba el pelo y, cada vez que yo aceleraba el ritmo, soltaba un gemido bajito que me ponía más cachondo. Me obligó a tragármela hasta el fondo, sujetándome la cabeza, y aguanté hasta que la arcada me sacó las lágrimas.
—Buah, qué boca tiene este —dijo, satisfecho.
A mi lado, Sergio había empujado a Darío contra la pared y se le había sentado encima. Le tenía la polla metida hasta la garganta y la cadera no paraba de subir y bajar. Darío se dejaba con la boca abierta y se oía un «glup» constante con cada empujón. Me costó apartar los ojos.
Tomás me cogió en brazos y me llevó hasta la cama de matrimonio. Me tumbó con los pies colgando, me abrió las piernas y se metió entre ellas. Me sostuvo la polla un momento, mirándola.
—Te ha crecido —dijo.
Tenía razón. No me había engordado, pero sí alargado. Me había salido más vello, sobre todo arriba.
—Cómemela —le pedí en voz baja.
No tuvo que oírlo dos veces. Me la chupó con calma, lamiendo el tronco de arriba abajo, deteniéndose en los huevos para succionarlos uno a uno. Cuando miré a la izquierda, Darío y Sergio estaban tumbados en un sesenta y nueve, comiéndose el uno al otro con prisa, casi con rabia.
Tomás dejó mi polla y empezó a subir besándome la piel. El pubis, el abdomen, los pezones, que mordió hasta sacarme un gemido. Cuando llegó al cuello, sentí su polla dura chocar con la mía. Las dos juntas, peleándose como dos espadas. Siguió subiendo hasta tener su boca sobre la mía.
—Estoy muy cachondo, tío —me susurró, casi temblando.
Cerró los ojos y me besó. Empezó suave, las lenguas en un baile lento, y de pronto se separó solo para volver a por mí con más fuerza. Le rodeé la espalda con los brazos y sentí su piel caliente bajo mis dedos. Por el rabillo del ojo vi que Darío me observaba con la polla de Sergio aún en la boca.
Los dos se levantaron y se acercaron. Nos colocamos los cuatro en círculo sobre la cama doble, cada uno chupando la del de delante. Darío me la chupaba a mí, yo a Sergio, Sergio a Tomás, y Tomás cerraba el círculo con Darío. Empezamos al mismo tiempo. Las pollas ya estaban empapadas y se oía el coro de labios succionando con ansia. Saqué la de Sergio para mirársela. También había crecido en longitud, aunque no en grosor.
La sensación era rara. Comerse una polla mientras notas la lengua de otro recorriendo la tuya tiene algo absurdamente íntimo. Pero lo que más me llegaba eran los sonidos: las risas cortadas, las respiraciones, el roce de la piel desnuda contra las sábanas.
Cambié de postura. Quería sentir a Sergio tragándomela entera, como solo él sabía.
—Túmbate boca arriba —le dije.
Me coloqué encima en un sesenta y nueve improvisado y me metí su polla en la boca al tiempo que le ofrecía la mía. Aspiré el olor de sus huevos, pegados a mi labio superior. Sentí la mía golpeándole la pared de la garganta y él ni se quejó. Estaba claro que había estado practicando.
Cuando pensé que el placer no podía subir más, noté unas manos abriéndome las nalgas. Saqué la polla de Sergio y miré atrás. Era Darío, que se había puesto junto a la cabeza de mi amigo y se agachaba a la altura de mi culo. Tomás se arrodilló enfrente y juntó su polla con la de Sergio, las dos apuntando a mi boca.
—A ver si te entran las dos —dijo.
Abrí bien la mandíbula y conseguí meterme los dos glandes justo en el segundo en que Darío me empezó a comer el culo. Al principio dudó. Después se lanzó. Era la primera vez que sentía una lengua ahí, y no encontré palabras para lo que se siente. La humedad, el calor, y de pronto la punta entrando un poco, sacándome un escalofrío que me recorrió entero.
—Ah…
Volví a centrarme en las dos pollas. Conseguí meterme hasta la mitad de cada una. Levanté la vista y Tomás me miraba con los labios entreabiertos, relamiéndose. Y así estaba yo: con Darío comiéndome el culo, Sergio chupándomela y dos pollas a la vez en la boca.
Tomás se separó y se tumbó a mi lado.
—¿Te vienes, Darío? —preguntó.
Darío dejó lo que estaba haciendo y lo miró con duda. Pero ya estábamos todos demasiado lanzados.
—Venga.
Iba a ver, por primera vez, a Darío y Tomás comiéndose el uno al otro. Algo que me había parecido imposible hasta esa misma noche. Tomás se tumbó boca arriba y Darío se le puso encima. Aquello duró un rato largo. Yo me coloqué entre las piernas de Tomás, lamiéndole los huevos, y mis labios chocaban cada poco con los de Darío, que subía y bajaba sobre la polla de su amigo.
Me incorporé y me acerqué a Sergio. Se lo dije al oído.
—¿Te la puedo meter?
Me miró sorprendido. Lo pensó un par de segundos. Asintió.
—Pero despacito, ¿eh?
Lo tumbé boca arriba y le subí las rodillas al pecho. Tenía el culo casi sin vello, rosado. Se lo chupé como Darío me había chupado a mí.
—Hostia… qué gustazo —murmuró, sorprendido.
Darío me trajo del baño una crema hidratante. Me la extendió él mismo por la polla, mirándome con una intención que no necesitaba palabras.
—¿Te lo vas a follar? —me susurró—. ¿Te vas a follar a Sergio?
—Sí.
Le lubriqué el agujero con los dedos. Uno, dos, tres. Sergio gimió con cada uno, pero no le costó. Cuando saqué la mano, su ano quedó haciendo una «o» perfecta. Coloqué el glande en la entrada y empecé a empujar, despacio. Sentí cada centímetro de sus paredes apretándome el tronco. Cuando ya tenía los huevos contra sus nalgas, suspiré.
—Buah…
—Oh… —gimió él, con la cara torcida.
El gesto le duró tres segundos. En cuanto empecé el vaivén, se transformó. Mis pelotas le rebotaban en los glúteos y veía las suyas saltando al compás. Darío se puso de rodillas junto a Tomás y me ofreció la suya. La cogí con la boca sin dejar de embestir.
—¿Te gusta, Sergito? —le preguntó Darío—. ¿Te gusta que te follen?
—Sí —contestó Sergio, perdido.
Aceleré el ritmo. Los huevos me dolían de tanto chocar contra él. Sentí ese hormigueo bajándome desde la nuca hasta la base de la polla.
—Me voy a correr, tío —avisé.
Sergio me miró y no dijo nada. Lo tomé como un sí. Solté un par de jadeos roncos y noté cómo me vaciaba dentro de él, en chorros largos, calientes.
—Dios, qué locura —se rió él, todavía con los ojos cerrados.
Saqué la polla, ya medio blanda y empapada. En vez de buscar una toalla, Darío me empujó otra vez a la cama y me la limpió con la boca, lamiendo cualquier resto. Levantó la cabeza.
—Creo que ahora le debes una a Sergio.
Asentí y subí las piernas para dejar el culo al borde de la cama. Sergio se arrodilló en el suelo y me comió el agujero como lo había hecho Darío conmigo, pero no tardó nada en cambiar la lengua por su polla. Casi no encontró resistencia. Yo ya estaba abierto del todo por el calentón.
—¿Pruebo a meterla yo también? —preguntó Tomás.
Me lo pensé un segundo. Sabía que iba a doler. Pero también sabía que podía aguantarlo.
—Inténtalo.
—Joder, Marcos, si te entran las dos, vaya locura —dijo Darío, pajeándose despacio mientras miraba.
Saqué la polla de Sergio, me senté encima de Tomás y me la metí de nuevo. Sergio acercó la suya y empezó a empujar. Sentí el esfínter abrirse hasta el límite, como si fueran a partirme en dos. Cerré los ojos. Y de pronto entró. Las dos pollas dentro de mí, frotándose entre ellas.
—Hostia, tío, qué máquina —dijo Darío, y se acercó a darme un beso—. Tú y yo lo vamos a pasar bien…
Se colocó en un sesenta y nueve sobre mí, con la boca a la altura de las pollas de los otros dos. Tomás y Sergio empezaron una follada lenta. Mi culo se iba acostumbrando, y lo que había empezado como dolor se convirtió en algo nuevo, un placer que no conocía. Encima Darío me chupaba la polla y la suya me llenaba la garganta. El aroma de sus huevos me cubría la cara entera. Tomás me besaba el cuello y me mordía el lóbulo.
—¿Te gusta, Marcos? —me susurró—. Este es nuestro regalo de cumple.
Saqué la polla de Darío de mi boca solo lo justo para contestar.
—Me encanta.
Lo besé. Volví a meterme la polla de Darío y a chupársela mientras los otros me embestían. Sentí cómo dentro de mí las dos pollas encontraban un punto que me sacudía entero.
—Me voy a correr —avisó Sergio.
—Y yo —dijo Tomás.
Se corrieron casi a la vez. Sergio sin parar de embestir, Tomás mordiéndome el hombro. Sentí el líquido caliente dentro y cómo sus pollas se iban desinflando, sin sacarlas, solo bajando el ritmo. Yo me corrí casi al mismo tiempo en la boca de Darío, en tres chorros, y él tampoco apartó la cara. Se lo tragó todo. No perdió ni una gota.
Sergio salió primero. Tomás me empujó con cuidado para apartarme de encima. Me quedé tumbado bocarriba con los tres alrededor, sintiendo el ano latiendo y el semen pugnando por salir.
—¿Lo tienes dentro? —preguntó Sergio, curioso. Asentí—. A ver, sácalo.
Abrí el culo y dejé caer el líquido sobre la cama. Era mucho. Mezcla de los dos.
—Buah, qué locura, tío —dijo Tomás, sacudiendo la mano.
Sergio se agachó y, para sorpresa de los tres, recogió un poco con la lengua. Lo saboreó.
—Sabe raro —dijo, y se rió.
—Venga, a la ducha —dijo Darío, levantándose ya hacia el baño.
Los miré a los tres, sus cuerpos desnudos paseándose por la cabaña como si fuera lo más normal del mundo. Habían pasado meses extraños para llegar a esa noche. Y aún quedaba por hacer lo que llevaba semanas guardándome para Darío. Pero esa parte podía esperar al día siguiente. Esa noche era la del regalo.
—Gracias por el regalo, chicos.
Me miraron sonriendo. Todos sabíamos que no había sido solo para mí.