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Relatos Ardientes

Iván se entregó a su amo aquella tarde de verano

Aquella tarde Iván terminó tarde con las tareas. Había barrido el piso, fregado los platos del mediodía, tendido la ropa que llevaba toda la mañana dando vueltas en la lavadora y, recién entonces, se permitió una ducha. Salió del baño con la toalla anudada a la cintura, descalzo, como cada día, y cruzó el pasillo hacia el salón para vestirse. Era verano y el calor pesaba dentro del apartamento.

Aún no se había soltado la toalla cuando notó la mirada. Modibo lo observaba desde el sofá, callado, con una seriedad que no era la de siempre. Iván buscó un short doblado sobre la silla y empezó a ponérselo sin dejar de mirarlo de reojo.

—¿Te pasa algo? Me miras como otras veces, pero hoy te veo serio —dijo.

—No, no pasar nada —respondió Modibo, sin mover un músculo.

—¿De verdad? ¿Te molestó algo? ¿Necesitas algo?

—No… o sí… pero no contigo.

Iván se sentó en el borde de la mesa baja, frente a él. Llevaban meses con esa rutina: él se encargaba de la casa y Modibo lo dejaba hacer, agradecido, siempre con una palabra amable y esa costumbre de elogiarle el cuerpo que Iván fingía no tomar en serio.

—Dime lo que sea. Somos amigos. Aunque estés de mal humor, déjame saber qué te pasa.

—Huevos llenos. Mucho tiempo sin follar… y además yo nunca follar mucho. Nada aquí, tampoco allá, en mi país.

—¡Ah! —Iván se quedó descolocado un segundo—. Pero es raro que alguien como tú no encuentre una mujer dispuesta. Eres alto, fuerte…

—Fácil con mujeres, sí… pero te digo una cosa si tú prometer no contarlo.

—Claro, por supuesto.

—Yo siempre preferir chicos. Y no atreverme allá, menos aquí. No querer problemas.

Iván sintió que el aire del salón se volvía más denso. Chicos. La palabra se le quedó dando vueltas.

—¿Chicos? —preguntó, y la voz le salió más baja de lo que esperaba.

—Sí. Chicos como tú. Por eso, cuando ver culo tuyo… ponerme mal.

—Por eso me decías tanto lo de «buen culo». No era solo un piropo, entonces.

—Era más —admitió Modibo, encogiéndose de hombros—. Pero bueno, no preocuparte.

Iván tenía veintidós años y nunca había estado con nadie. Lo que dijo después le salió antes de pensarlo, casi como si otro hablara por su boca.

—Pues me gustaría ayudarte también con eso… aunque soy virgen, no sé muy bien cómo.

—¿Virgen? —Modibo levantó las cejas.

—Sí. Que nunca he tenido sexo.

—¿Ni chica, ni chico?

—Ni una cosa ni la otra. Pero hace tiempo que me di cuenta de que es contigo con quien mejor me siento. No sé explicarlo. Por eso quizás podría intentarlo. —Tragó saliva—. Aunque también me he dado cuenta de que la tienes muy grande.

Modibo se rió bajo, una risa grave que le subió desde el pecho. Separó las piernas en el sofá y dio una palmada en el cojín, entre sus muslos.

—Ven. Sentarte aquí.

Iván obedeció. Se acomodó de espaldas a él, pegándose bien, hasta sentir el calor de su cuerpo contra la espalda.

—¿Así?

—Así. Rico sentir polla pegada a culo —murmuró Modibo contra su nuca—. Tienes culo bueno.

***

Los dos estaban en short, sin camiseta. Modibo le pasó los brazos por delante y lo atrajo hacia sí con una fuerza tranquila, sin prisa, como quien sabe que ya nadie le va a quitar lo que tiene. Por primera vez Iván se sintió de verdad suyo: la manera en que esos brazos lo apretaban lo hacía sentirse pequeño y entregado, literal y metafóricamente, en sus manos.

Modibo bajó una mano, enganchó la cintura del short y empezó a tirar hacia abajo. Iván no opuso resistencia; al contrario, levantó un poco las caderas para ayudarle a quitárselo. Detrás de él, separada solo por la fina tela del otro short, la polla de Modibo estaba durísima. La notaba como una barra caliente presionándole las nalgas. Entonces el africano se desnudó también, sin apenas deshacer la postura en la que estaban, y de pronto fue piel contra piel: la piel oscura de un sexo enorme y las nalgas blancas, lampiñas, del muchacho.

—Te la voy a meter, nene —dijo Modibo, despacio, junto a su oído—. No hay remedio. Va a doler, pero te la voy a meter entera. Ya no puedo no hacerlo.

—No importa que me duela —respondió Iván, con una calma que lo sorprendió a él mismo—. Tienes que vaciar esos cojones. No puedes seguir así.

—Primero mamar. Luego, mojada, entrar mejor en culo tuyo.

Lo separó de sí con las manos, como si moviera a un muñeco. La diferencia de peso y de fuerza entre los dos era evidente. Lo hizo arrodillarse en el suelo, y Iván quedó entre aquellas piernas firmes, con un sexo tremendo frente a la cara y ninguna idea de qué hacer con semejante cosa. Empezó por lamer la punta, después intentó abarcar más, torpe, descubriendo en el momento lo que su boca podía y no podía hacer.

—Tienes que tragar más. Mucho más.

Iván lo intentó. Logró meterse buena parte, pero ni de lejos podía con todo. Modibo le puso las dos manos en la nuca y empezó a empujarle la cabeza hacia sí.

—Yo ayudar. Verás como tú tragar toda.

Era la primera mamada de su vida y se le estaba convirtiendo en otra cosa: una arcada tras otra, una invasión de su garganta que lo hacía atragantarse y quedarse sin aire por momentos. Pero le ayudaba pensar en lo que tantas veces había leído y fantaseado. Los papeles de amo y esclavo estaban ahí, presentes, solo que al revés de como la historia los había escrito: el negro era el amo, y él, el blanquito, el esclavo. Lo veía justo. Se decía a sí mismo que tenía que aguantar, que su amo tenía derechos y él el deber de obedecer. Y entre esos derechos estaba lo que ya le había anunciado: meterle aquello hasta el fondo. No pensaba pedirle que fuera con cuidado. En la fantasía que lo enloquecía, ningún esclavo le pedía suavidad a su amo; la crudeza formaba parte del trato.

***

Al rato Modibo lo levantó y lo colocó de rodillas sobre el sofá, lo acomodó a su gusto: las manos en el respaldo, la espalda arqueada, el culo empinado y ofrecido. Le separó las nalgas con los pulgares y escupió. Se untó la polla, ya bien babeada de la boca de Iván, y apoyó la punta contra el pequeño ojete rosado del muchacho. Empujó, y la cabeza entró.

—¡Ay! —Iván apretó los dedos contra la tela.

—¿Querer yo sacar y volver? —preguntó Modibo, quieto.

—No, no… haz lo que quieras. Olvídate de si me duele. Sigue.

—Entonces, toma.

Sintió cómo todo aquello avanzaba dentro de él, abriéndose paso.

—¡Joder! —gimió Iván, con la frente pegada al respaldo.

—Con un culo tan bueno, tener que pasar —dijo Modibo, casi para sí—. Ahora prepárate, que ahora sí follar de verdad.

A Iván le daba vueltas la cabeza. El dolor seguía ahí, hondo, aunque notaba que poco a poco aflojaba. Y al mismo tiempo, por debajo del ardor, había algo más: la certeza de haberse vuelto de verdad posesión de aquel hombre. Ya no era solo el que le limpiaba la casa, le lavaba la ropa, le cocinaba. Ahora lo tenía dentro. Le dolía precisamente porque era enorme, y eso, lejos de avergonzarlo, lo llenaba de un orgullo extraño. No podía verse, pero se imaginaba su propio culo blanco abierto por aquella polla oscura entrando y saliendo, y la imagen lo encendía más que ninguna otra cosa. Ahora sí tenía un amo. Y después de esto pensaba ser todavía más servicial, si era posible.

Modibo no duró mucho. Eran demasiados meses sin nadie, y ni siquiera se había dado el alivio de una mano en los últimos días. Nunca había follado un culo blanco. Miraba esas nalgas grandes y hermosas, su polla apareciendo y desapareciendo entre ellas, y supo que no iba a aguantar.

—Nene, yo no aguantar más. Doy leche en culo.

—Dámela —jadeó Iván, llevándose una mano a su propia polla—. Dámela toda. Suéltala cuando quieras.

—Ya… correrme ya… toma.

Iván se pajeó deprisa, no necesitó mucho: con un par de movimientos y todo lo que estaba sintiendo por dentro, se corrió sobre el sofá casi a la vez que el otro se vaciaba en él.

***

Modibo se apartó despacio, respirando hondo, con una sonrisa ancha.

—Mmm. Qué bien sentirme. Yo necesitaba esto… ¿Y tú, nene? ¿Cómo estar? ¿Doler culito?

—Mucho, mucho —admitió Iván, dejándose caer de lado—. Pero era previsible. Me acabas de desvirgar con esa polla.

—Debí controlar. Ir poco a poco.

—Nada de eso. Tienes que ser como eres y hacerlo como quieras. Además, a mí me ha gustado. Me hiciste sentir tuyo y me alegro, aunque me duela. Tenía que pasar tarde o temprano. Hace rato que sé que no me gustan las chicas… y qué mejor que ser desvirgado por ti.

—Eres… dicen aquí, todo maricón.

—Llámame como quieras —Iván se rió—. Pero si me dejas elegir, quiero que me llames esclavo. Que me lo digas a cada rato. Me pone la idea de ser el esclavo blanco de un negro como tú.

—Pues esclavo, entonces. En realidad ya lo eres. Hace mucho que no muevo un dedo en casa. Tú hacer todo. Esclavo desde hace tiempo.

—Ya, pero hoy, además, te has hecho dueño de mi culo.

—Vamos al baño, ¿no?

Fueron juntos. Modibo se metió en la ducha y Iván se sentó en el váter a soltar todo lo que le habían dejado dentro. Después se limpió con papel y, al mirarlo, notó un poco de sangre. Se lo pensó un momento y decidió no decir nada; no quería preocuparlo. Su padre sufría de hemorroides y él ya tenía pensado el plan para cuando llegara a casa: un poco de hielo envuelto en papel, un rato, y luego la crema que su padre guardaba en el armario del baño. No era lo mismo, pero algo aliviaría. Cuando Modibo salió de la ducha, entró él, y como siempre, terminó de vestirse en el salón.

—Por desgracia me tengo que marchar —dijo, abrochándose—. Mi madre me está esperando.

—Vale. Ir con madre. Pero antes limpiar sofá. Has manchado.

—Por supuesto, es mi deber. Suerte que es de polipiel; con un paño húmedo y listo.

—Gustando mucho esto de tener esclavo —dijo Modibo, estirándose en el sofá ya limpio.

—Quizás no tanto como a mí me gusta serlo.

—Mañana hacer copia de llave. Después de hoy… así llegas y limpiar antes de que yo volver del trabajo.

—Gracias, mi amo. Qué gusto haber llegado hasta aquí, aunque me duela el culo.

—Bueno, vete con tu madre. Saluda de mi parte. Creo que tú haber dicho que soy amigo.

—Sí. Y le gustó que tuviera un amigo así. Es de mente abierta.

—Mejor. Aunque no imaginar que el amigo se folla a su hijo —dijo Modibo, y soltó otra de sus risas graves.

—De momento tampoco se lo voy a contar —sonrió Iván desde la puerta—. Pero creo que no se escandalizaría demasiado.

—Muy modernos, la familia del blanquito.

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Comentarios (1)

Renzo_MDP

Tremendo, me enganche desde el primer parrafo. Gracias por esto!

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