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Relatos Ardientes

Mi ex amo me encontró desnudo en el olivar

Hace meses que no quedo con nadie y mi cuerpo se sube por las paredes. Lo confieso sin pudor: la falta de sexo me tiene al límite, y mi cabeza recurre a los recuerdos para regalarme las pajas más intensas, esas que de verdad calman la sed. Casi como terapia, repaso citas viejas hasta sentirme otra vez como me gusta sentirme: sometido, usado, una perra a merced de un tipo que disfrute con mi carne.

Por eso vuelvo hoy a una tarde concreta. La última que pisé la zona de cruising del olivar, la última vez que salí a buscar cazadores. Aunque, si soy honesto, el papel se invierte: yo soy la presa que persigue a sus cazadores. Una gata en celo que pone el culo en pompa delante de cualquier macho callejero con ganas de desfogarse.

Acababa el verano. El sol todavía castigaba, pero ya se ponía antes, así que llegabas al olivar de día y te marchabas con la noche encima. Como siempre, cogí la bici, la mochila con lo imprescindible —condones, lubricante, toallitas y una toalla— y me enfundé los calentadores de ciclista sin nada debajo, para marcar bien las nalgas.

El calor todavía apretaba a esas horas, así que me metí en lo hondo del olivar, ya dentro de la zona, pero tiré la bici en un rincón apartado del centro. Estiré la toalla en el suelo, entre la hierba seca. Antes de buscar a nadie quería robarle al verano sus últimos rayos, broncear la piel una vez más antes de que el otoño la apagara.

En un arrebato de rebeldía, o de paz con la tierra, me quité toda la ropa y me tumbé boca abajo. Sentí el sol acariciándome la espalda y las piernas. Me quedé inmóvil, luchando por no dormirme, con mis carnes a la vista de quien tuviera la suerte —o la desgracia, todo hay que decirlo— de pasar por allí. No me las doy de guapo ni quiero juzgar si lo soy. Salvo por alguna mosca pesada, a las que ya estoy medio acostumbrado, disfruté de un descanso ganado a pedaladas.

Cuando recargué las pilas, me giré boca arriba y saqué el libro que siempre me acompaña. Leyendo, las moscas ya no se acercaban: el sudor del ejercicio se había evaporado y dejé de interesarles. Con un ojo en la página y otro en el entorno, la poca brisa de la tarde me rozaba los genitales y me arrancaba algún escalofrío. Septiembre no es julio, y el calor ya era casi primaveral.

El sol empezó a caer y el olivar despertó. Oí pasos lejanos y, al rato, los primeros hombres asomaron entre los árboles, con ese caminar lento y sin rumbo, mirándome de reojo.

Los más tímidos observaban sin detenerse y volvían a esconderse en la espesura. Si les había gustado lo que veían, reaparecían por otro flanco para mirarme de nuevo, con ojeadas escurridizas pero directas. Otros, más lanzados, torcían el rumbo nada más detectarme y pasaban a mi lado con la mirada fija, esa que dice claramente que querrían cogerme por banda y meterme de todo menos miedo. Como ninguno me atraía, respondía con una mirada corta e indiferente. Uno se acercó lo bastante para saludarme, y se llevó un saludo frío y el mensaje educado de que no me interesaba.

Pero esta gente no se rinde fácil. Aquel hombre, de unos cincuenta, con el pelo entrado en canas y un cuerpo del montón, se apartó un poco y se quedó mirando las ramas de un árbol sin dejar de espiarme cada dos por tres.

No me molestaba, así que seguí leyendo a la espera de cruzarme con otro macho que sí despertara mi deseo, uno al que pudiera darle las buenas tardes en un tono muy distinto. Ya me entendéis.

No tuve que esperar mucho. Apareció otro hombre, y a este lo conocía de sobra. Un tipo apuesto de unos treinta y pocos, la piel morena, el pelo negro bien peinado, vaquero, polo veraniego y unas gafas de sol oscuras que me impedían saber hacia dónde miraba.

Para quien haya leído mis relatos anteriores, ahí va el extra: era mi ex amo. Aquel con el que tuve una relación de amo y pasivo en exclusiva, sin protección, sin quedar con nadie más. Resumiendo, para los que no me conozcáis: este hombre no cumplió su palabra, me enteré, y rompí la exclusividad. Desde entonces se había perdido el contacto entre los dos.

Me vio y cambió de rumbo directo hacia mí. Me pareció bien. Disfruté mucho con él, y que ya no hubiera confianza no significaba que le guardara rencor. Eso tendría que entenderlo él también.

—Hola, ¿qué tal? ¿Qué haces por aquí? —soltó para romper el hielo.

—Aquí estoy, tomando el sol y leyendo un poco. Viendo el panorama, a ver si luego me animo a buscar a alguien.

—Si quieres, te hago compañía. Hacía un montón que no te veía.

Mientras lo decía, la mano se le iba sola al paquete, que lucía apretado bajo el vaquero, con ganas de salir. Estaba claro que reencontrarse conmigo lo había puesto a cien solo de imaginar lo que podía pasar. Su polla pedía a gritos que abriera la cremallera.

Cruzamos un par de frases más que ni recuerdo y los dos terminamos mirando al hombre que seguía vigilándonos a distancia.

—¿Lo conoces? —pregunté.

—No, pero lleva un rato mirándome tomar el sol. No me molesta, así que por mí que siga.

Mi ex se acercó un poco más, casi pisando la toalla donde yo estaba incorporado, y dejó el bulto a un palmo de mi cara.

—A lo mejor te apetece jugar un rato con la mía. La tengo bien dura.

Lo decía ya sobándose el pantalón por encima, inquieto, ansioso por sacarla y hacérmela comer a su antojo. Yo le sonreí con esa picardía de quien no finge, sino que de verdad se muere por volver a sentir aquel miembro en la boca, sobre la lengua, saboreándolo hasta el fondo. Le dije que sí, que me encantaría.

No iba a haber exclusividad otra vez, pero eso no quitaba pasar buenos ratos juntos cuando coincidiéramos por allí y a ninguno le saliera un plan mejor. Yo había ido al olivar a disfrutar de mi cuerpo, y él sabía como pocos hacerme gemir.

Sin darme tiempo a prepararme, ya sostenía en la mano una polla morena, de capullo marcado, suave y dura a la vez, de esas que me vuelven loco. Ese glande tan perfecto me deshace como un hielo al sol, y más a medio palmo de mi nariz. Olía a sexo. No lo pensé dos veces: le di un bocado sin dientes, solo con los labios, y atrapé su capullo. Con un subidón de los que marean, lo saboreé, lo cubrí de besos y arranqué una mamada algo torcida desde mi postura improvisada, recibiéndolo de lado y no de frente.

Mientras lo chupaba y degustaba, ninguno de los dos perdía de vista al mirón, que ahora nos observaba con más hambre todavía.

Mi ex y yo ya no hablábamos: la mamada acaparaba toda nuestra atención. Cerré el libro con una mano y lo guardé en la mochila para poder incorporarme mejor y, en cuclillas, chuparle como Dios manda esa delicia que la tarde me había puesto delante.

Mantenía un ritmo constante mientras él me sujetaba la cabeza y, supongo, seguía vigilando al hombre del fondo. Aquel tío desnudo está pillado y otro se lo está pasando bien, pensaría el de lejos. Mis labios notaban el bache del capullo entrando y saliendo, cada vez más rápido. Paraba de tanto en tanto a escupir el exceso de saliva y a respirar, y volvía a la carga. Ese capullo. No podía estar más gordo ni más duro. Soy adicto a esa polla, y él lo sabe. Los dos lo sabemos.

La tenía tan dura que quería más, así que me puso en pie y me preguntó si me apetecía ir a un sitio más íntimo, por lo del mirón, que no nos quitaba ojo. Me limpié la comisura de los labios, metí la toalla en la mochila y levanté la bici.

***

El encuentro entró en una fase rara pero excitante. Fuimos hacia el rincón del olivar donde ya me había follado otras veces. Mi ex, por vergüenza o por anonimato, no caminaba a mi lado, sino varios metros por delante. A mí me daba igual; la verdad es que lo disfruté.

Como un cordero camino del matadero, avanzaba tranquilo, desnudo, con la mochila al hombro y la bici sujeta con ambas manos. El sol ya se ocultaba y el olivar rebosaba de hombres. Cuatro o cinco me vieron pasar en procesión. Me sentía observado, deseado incluso, mientras paseaba el culo al aire libre.

En mitad de la nada, un chico caminaba en pelotas, con los genitales golpeándole los muslos a cada paso. No sabía que iba a ser mi última vez en mucho tiempo, pero fue tan especial que estuvo a la altura de la despedida.

Cuando llegamos a «nuestro escondite» —un olivo viejo con maleza alta que forma una especie de hueco junto al tronco—, ya nos habían seguido a distancia un par de mirones más. Más espectadores por el precio de uno. El plan de cambiarnos de sitio no le había servido de nada a mi ex, y a mí me encantaba. Me pone que me miren.

Dentro del hueco dejé la bici y la mochila a un lado, y mi amo me arrodilló de nuevo para que le devolviera el ánimo. En cristiano: que volviera a chupársela hasta dejarla de piedra para luego reventarme el culo. Sí, amo.

En cuclillas, mirando de reojo para confirmar que un hombre nos espiaba haciéndose el despistado, chupé y chupé hasta devolverle todo el vigor a esa estaca que trabajaba en mi mano. Mis dedos le acariciaban las pelotas y él temblaba de pura excitación. Fue entonces cuando me soltó algo que no esperaba.

—Te voy a ser sincero: eres la única persona con la que me pongo nervioso.

Me saqué la polla de la boca, lo miré, le sonreí y volví a lo mío. No sé si fue una declaración o solo su manera de admitir que mi cuerpo le ponía como ningún otro. Para mí significó únicamente una cosa: que aquel hombre me follaba con unas ganas tremendas, y con eso me bastaba. No busco novio ni exclusividades. Cuando la tuvo durísima, y yo ya me había dilatado el ano con la mano izquierda durante la mamada, le pedí que se pusiera el condón mientras me lubricaba con el bote de la mochila.

Sé que no le hizo gracia. Seguro pensó que dorándome la píldora lo dejaría follarme a pelo y correrse dentro, pero soy zorra, no idiota. Le dije que no, que el condón. Sus ganas de encularme debían de ser inmensas, porque ni lo discutió: se lo puso, confirmando de paso que la culpa de habernos quedado sin exclusividad había sido solo suya.

Me coloqué de pie, las piernas bien abiertas y las manos apoyadas en el tronco, el culo dilatado y en pompa, listo para mi amo. Con la respiración alterada no le costó nada enhebrar el miembro en mi ano y deslizarlo despacio hasta pegar sus huevos contra mis nalgas. La tuvo dentro tan rápido que apenas me di cuenta, y no pudo contener un gemido al sentirse de nuevo en mi interior.

Yo me esforzaba en abrir bien las piernas para salvar la diferencia de altura —soy bastante alto— y en mantener el recto abierto para que entrara a fondo. Joder, fóllame. Soy tuyo otra vez. Eres un capullo, pero ya no importa: solo quiero que me embistas.

El mirón seguía allí, pajeándose, mientras mis nalgas empezaban a sonar con sus embestidas, suaves primero, brutales después. Mi ano conocía bien aquella polla, y ella a él, así que entraba poco a poco para luego acelerar. Colé la mano izquierda entre las piernas y le acaricié los huevos, casi rogando que me llenaran de placer.

Las arremetidas eran severas pero deliciosas. Movíamos las hojas del olivo y seguramente ya había más de un espectador. Me importaba un bledo. Lo estaba gozando como hacía meses que no gozaba. Sus manos me pellizcaban los pezones, me agarraban el cuello por detrás y volvían a la cintura para clavarme más hondo. Su polla, una estaca de carne, me frotaba las paredes por dentro. El repiqueteo de los huevos iba a más y mi mano ya no daba abasto.

A él no le quedaba mucho, y a mis piernas tampoco les quedaban fuerzas en esa postura. Así, mi última tarde de cruising terminó con unos gemidos bajos pero auténticos, su cintura apretando la mía y dios sabe cuánta corrida descargándose dentro del condón, en mi interior. Mis nalgas quedaron aplastadas entre mi espalda y su vientre. Fue tan placentero que ni me acordé de masturbarme para correrme a la par. Me dejé follar y me abandoné a la entrega, sin más.

En ese estado de éxtasis haría cualquier cosa. Menos mal que el mundo no se entera, porque si alguien lo supiera podría hacer conmigo lo que quisiera. En ese punto, si me ponen otra polla en la boca, me la devoro. Si se me corren en la cara, recibo la lluvia. Y si me la descargan en la garganta, me la trago. Así de puta soy, joder.

Mi ex amo ya lo había soltado todo y debía de tener los huevos vacíos. La polla salió de mí blanda, después de un rato unidos, tranquilos, mientras me besaba la espalda con los últimos espasmos. Luego, calma y normalidad. Me limpié el culo de lubricante con una toallita, él se subió el vaquero y se despidió con educación.

Creo que volveré a verlo algún día, pero por ahora toca esperar. La vida no me deja regresar al olivar, y solo estos recuerdos calman mi desesperación. Desesperación no por hacer nudismo en territorio hostil, sino por poner cachondo a un hombre, por sentirme follado, por dejar que me encule a su gusto. La postura la eliges tú; yo apenas decido. Es lo único que pido.

Me vestí, cogí la bici y desaparecí del olivar en la oscuridad de la noche. Y así hasta hoy. Volveré, pero por ahora estamos mis recuerdos y yo.

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Comentarios (4)

FredeGA

increible... quedé sin palabras. Uno de los mejores que lei en este sitio en mucho tiempo

MarcosBA22

Por favor escribi la continuación! Quedé con muchísimas ganas de saber qué pasó después de ese reencuentro. No podés dejarnos así

LuisDelSur_99

Ufff que clima tan intenso, se siente el calor y la quietud del lugar en cada linea. Muy bien logrado

JorgeM_Sur

Lo leí de un tirón, se me hizo cortísimo. Queremos mas!!

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