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Relatos Ardientes

Campo o ciudad: la pregunta que decidió mi destino

Mi vida iba a cambiar en cuestión de semanas, pero aquella tarde, sentado en el suelo del taller de cuerdas, todavía no lo sabía. Había llegado con curiosidad y una mochila pequeña, sin más expectativa que mirar y, si me animaba, dejar que alguien me atara las muñecas.

La sala estaba dividida en dos. A un lado, los riggers practicaban nudos sobre maniquíes de madera. Al otro, los bunnys y los sumisos charlaban en círculos pequeños, evaluándose con el mismo descaro con el que se evalúan los animales antes de la monta. Yo encajaba mal en ambos grupos. Era tímido, transparente, demasiado fácil de leer.

Mateo se fijó en mí enseguida. Se acercó con una cuerda enrollada en el hombro y una sonrisa que prometía paciencia. Me preguntó si había probado, y dije que no. Me ofreció enseñarme un nudo simple sobre la muñeca, y dije que sí.

Sus manos sabían lo que hacían. Pasó la cuerda dos veces, ajustó la presión, comprobó si circulaba la sangre. Lo hizo sin mirarme a los ojos, concentrado, y eso fue lo que me sedujo. La gente que sabe lo que hace no necesita demostrarlo.

Al rato me besó. Fue en un rincón, lejos del organizador, y duró poco. Cuando nos separamos me miró distinto. Como quien acaba de descubrir algo y todavía no decide si quedárselo o pasarlo.

—¿Tú eres más de mirar o de obedecer? —me preguntó.

—De obedecer —dije. No me había escuchado decirlo nunca en voz alta. Sonó más nítido de lo que esperaba.

Mateo asintió y me pidió el número.

***

Esa misma noche llamó a Otto.

Lo supe después, claro. Mucho después. Mateo me lo contaría una madrugada de invierno, ya con el collar puesto y la voz cansada, riéndose de la facilidad con la que había caído. Pero entonces yo solo sabía que un tal Otto, alemán afincado en los Pirineos, dirigía un grupo de hombres con normas estrictas.

—Tengo un buen candidato —le dijo Mateo al teléfono.

—Confío en tu criterio. Ya sabes lo siguiente —respondió Otto con esa frialdad germánica que asustaba incluso a través del altavoz—. Pregúntale si campo o ciudad.

—De acuerdo, Señor.

***

El viernes siguiente, en una quedada del grupo a las puertas del verano, Mateo se sentó a mi lado. Estuvo callado durante casi toda la cena, y al final, cuando los demás se levantaron, me pidió que lo acompañara a su piso. Vivía cerca.

—Sirvo a un amo —me dijo de camino—. Internacional. Tiene varios chicos. Es duro, pero justo. Te protegería, te cuidaría, pero podría usarte cuando le apeteciera y con la dureza que decidiera, salvo que tuvieras una razón coherente para negarte. Me ha dado permiso para presentarte. ¿Aceptarías conocerlo?

—Si es tu amo y tú confías en él, lo mínimo es conocerlo —respondí—. Y de romper siempre hay tiempo.

Mateo se detuvo en mitad de la acera, satisfecho.

—Pues entonces tengo que hacerte la pregunta que él hace a todos los nuevos. Campo o ciudad.

Me lo pensé apenas dos segundos. La ciudad la conocía. La ciudad era ruido, hoteles, cuartos de juego con olor a desinfectante.

—Campo.

—Bien. Ahora dime qué finde tienes libre. Los findes libres serán para entrenamiento físico. El amo exige resistencia. Si quieres seguir, mejora antes el cuerpo.

—Este mismo finde tengo libre.

—Pues mañana a las ocho de la mañana en el portal. Ropa vieja, gastada. La que no te importe perder.

Llegamos a su casa. Íbamos a despedirnos en la puerta, pero al abrirla tiró de mi mano y me metió dentro. Me llevó al cuarto donde guardaba los contadores, un cuchitril estrecho que olía a polvo, y me puso de cara a la pared.

Me besó en la nuca. Mordió. Me bajó el cinturón y los pantalones de un tirón. Con la palma de la mano me apretó la polla por encima del bóxer y, cuando ya estaba dura, me la sacó y la frotó despacio. Me extendía el precum con el pulgar mientras me llamaba puto al oído.

Me agarró las nalgas, las abrió, las cerró. Y sin más aviso me la metió de una sola vez.

Me la clavó hasta el fondo y se quedó quieto un segundo, escuchándome respirar. Después empezó a moverse. No me forzó del todo, pero tampoco me dejó acostumbrarme. Cuando notó que estaba a punto de correrse, paró. Cuando notó que yo también estaba a punto, paró.

—Mañana hay que guardar leche —me dijo—. Vístete y vete.

Salí de su piso con un calentón que me duró hasta el portal. Estuve tres horas dando vueltas en la cama, imaginándome lo que vendría, y no acerté en nada.

***

A las ocho menos cinco yo ya estaba abajo. Llegó en un todoterreno negro, con los cristales tintados. Me hizo subir detrás y ponerme una capucha de tela.

Conducimos durante una hora, primero por autovía y después cuesta arriba por una pista de tierra. Cuando paró el motor, me ordenó bajar. Me quitó la capucha en un claro del bosque. Solo se oían pájaros.

—Corre por esa pista —dijo, señalando un camino que se internaba en el monte—. Hasta que la pista se acabe. No te pares.

Empecé a trotar con calma para no quemarme las piernas. La luz se filtraba entre los pinos y por un momento pensé que esto era todo. Que Otto era una excusa, que el entrenamiento era el plan completo, que iba a volver al coche y nos íbamos a comer algo.

Entonces oí ramas a mi izquierda.

Aceleré. Volví a oír ramas, esta vez detrás. Me crispé. Miré hacia los lados. No vi a nadie, pero la sensación de estar siendo seguido se me clavó entre los omóplatos. Empecé a correr de verdad.

La pista terminaba en una borda de piedra, con la puerta entornada. Entré sin pensarlo, buscando refugio. La puerta se cerró a mi espalda.

Cuando me giré, había un hombre dentro.

***

Llevaba una camisa de cuadros metida en pantalones viejos sujetos por una cuerda a modo de cinturón. Tenía barba de varios días. A primera vista parecía un labrador descuidado, pero había algo en la manera en que respiraba, en cómo me miró sin moverse, que dejaba claro que no se le escapaba nada.

—Coge ese cubo y limpia el suelo —dijo.

Hablaba con acento, gutural, despacio. Cogí el cubo sin discutir. Cuando terminé el suelo, me señaló los cristales. Cuando terminé los cristales, las herramientas. Pasaron tres horas. No hubo pausa ni agua.

Al final me agarró del pelo y me llevó afuera. Ya era casi de noche. Me condujo hasta una caseta pegada a una cuadra donde dormían tres perros enormes. Abrió la puerta, hecha de ramas atadas, y me empujó dentro.

Cuando los ojos se me acostumbraron a la oscuridad, vi a dos hombres más. Uno me dijo, sin levantar la cabeza, que mejor durmiera, porque el día siguiente iba a ser igual de duro.

Me dormí pegado a la pared. Cuando desperté ya entraba luz por las rendijas. El que tenía al lado dormía casi encima de mí, con la mano descansando sobre mi polla. Lo aparté con una patada por puro reflejo y, en ese momento, la puerta se abrió.

Entraron Otto y Mateo.

Detrás de ellos venía un tercero, un gigante con espalda de carnicero y antebrazos como troncos.

***

Mateo y el gigante me agarraron de los brazos. Intenté revolverme y fue como pelearse con una pared. Otto se acercó despacio, sin tocarme.

—Te resistes porque no quieres estar aquí. Si es así, te soltamos. Mateo te lleva a casa y no se vuelve a hablar del asunto. Pero si te quedas, te enseñaré lo que va a ser tu existencia cada finde que puedas, y cada día extra que quieras. Decide ahora.

—Solo fue un impulso, Señor. Estoy deseando servirle.

Otto hizo un gesto. El gigante me arrancó la ropa. Mateo me puso unas muñequeras de cuero y me las enganchó a unas cadenas que colgaban de una viga. Tiraron de las cadenas hasta dejarme con los pies a duras penas tocando el suelo.

Oí chasquear el látigo en el aire.

El primer golpe me cruzó la nalga izquierda como un cable de fuego. Tardé en respirar. El segundo me cayó en la derecha, simétrico. Después fue una granizada. Otto no contaba. No avisaba. Paraba cuando le daba la gana y empezaba cuando quería.

Cuando se cansó, sin desatarme, Mateo trajo una manguera y me echó agua fría desde el cuello hasta las pantorrillas. El frío me revolvió el estómago, pero el ardor menguó.

***

Bajaron las cadenas y me sentaron en una silla. Me ataron los brazos a los reposabrazos y los tobillos a las patas. Mateo me puso un trapo grueso sobre la cara.

El gigante empezó a echar agua. Primero poca, solo un chorro suave. Luego más. El trapo se pegó a la nariz y a la boca y todo el aire que intentaba meter se llenó de agua. Me atraganté primero. Después empecé a ahogarme de verdad. Sentí el cuerpo entero entrar en pánico.

Pararon antes de que me desmayara. Quitaron el trapo. Boqueé como un pez fuera del agua. No me dejaron recuperarme. Me arrastraron a una viga horizontal a la altura de la cintura y me ataron las muñecas a los tobillos, con el culo en pompa.

Otto se acercó. Me dio una serie de azotes con la mano desnuda hasta calentar la piel y entonces, sin más aviso, me cogió por las caderas y me la metió.

No era larga. Era gruesa. Me costó respirar al principio, pero entró entera de una sola embestida, como si supiera el camino. Empezó despacio y subió de ritmo hasta que se vació dentro sin avisar.

Después fue Mateo. Su polla era más delgada, más larga, con un glande ancho como un champiñón. Me la metió a base de dedos primero, midiéndome, y cuando notó que cedía, me la clavó hasta el fondo. Eyaculó en pocos minutos.

Quedaba el gigante. Yo pensaba que un cuerpo así tendría una polla razonable. Me equivoqué. No era larga, pero era monstruosamente gruesa. Intentó imitar a Otto y meterla de una. No pudo. Tuvo que empujar contra el esfínter cerrado, y cuando el glande entró por fin, di un grito que se debió de oír en el pueblo. Después me folló más salvajemente que los otros dos juntos, y también se vació dentro.

***

Me soltaron las muñecas. Me levantaron del banco. Notaba el semen escurriéndome muslo abajo y las piernas no me sostenían bien.

Me llevaron a un hoyo cavado al lado de la caseta. Era estrecho y profundo, con una reja a la altura del cuello. Me metieron dentro, ajustaron la reja, y mi cabeza quedó fuera. Otto silbó y los otros dos hombres de la noche anterior salieron de la caseta a medio vestir, todavía adormilados.

Los cinco se pusieron alrededor del hoyo y empezaron a orinarme la cabeza.

Cerré la boca con todas mis fuerzas, pero Mateo me colocó una mordaza que me obligaba a tenerla abierta. Parte de la orina entró. El resto me empapó el pelo y la cara, caliente, espesa, asquerosa.

Cuando terminaron, abrieron un grifo y empezaron a llenar el hoyo de agua fría. Llegaba hasta el cuello. Yo no podía moverme, los pies asentados sobre dos huecos del fondo. Otto abrió la trampilla de desagüe y el agua se fue. Luego abrió otro grifo, agua caliente, casi hirviendo. Llenaron, vaciaron, volvieron a llenar con fría. Repitieron el contraste hasta que sentí miles de alfileres clavándoseme en la piel a la vez.

Me sacaron a la última. Tiritaba. Me llevaron de vuelta a la caseta. Pusieron un cuenco en el suelo, con arroz y carne. Sin cubiertos, sin manos. Tuve que comer a gatas, lamiendo el cuenco como un perro. Los otros dos miraban desde un rincón sin decir nada, y yo entendí entonces que ellos también habían pasado por esto.

***

Mateo me llevó a casa al atardecer del domingo. En el coche apenas hablamos. Me explicó las reglas con voz tranquila, como quien lee un contrato.

El siguiente finde subiríamos otra vez, y todos los findes que pudiera, y las vacaciones enteras. Si cualquiera de los cinco hombres del grupo me reclamaba para usarme, debía permitírselo. Me enseñó el collar que los identificaba: cuero negro con una marca de hierro grabada. Algunos más, fuera del círculo cercano, también lo llevaban. Si veía esa marca, tenía que obedecer.

—Y la pregunta de la próxima vez ya no será campo o ciudad —añadió antes de bajar—. La próxima ya sabes a dónde vienes.

Cerré la puerta del coche. Subí a casa con las piernas todavía tocadas y el culo abierto y el cuerpo recordándome cada azote. Me duché con agua templada y me quedé sentado en la cama mucho rato, mirando el armario.

Saqué la mochila pequeña, la misma del taller de cuerdas, y empecé a doblar ropa vieja para el sábado siguiente.

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Comentarios (4)

ElTibio_88

Muy bueno!!! la tension se va construyendo de a poco y te atrapa. Espero que haya continuacion

Marco_uy

me quedé colgado justo en el final, tremenda pregunta para cerrar el relato jaja. Queremos saber que responde

CristianQro

Excelente, muy bien escrito. Me engancho desde el primer parrafo

NocturnoCba

Se nota que sabes escribir, la ambientación del taller está muy lograda. Seguí así!

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