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Relatos Ardientes

Mi becario me pilló y no se fue del despacho

Eran casi las once de la noche en la sede valenciana de la consultora. Las plantas superiores ya estaban a oscuras y, en la mía, sólo brillaba la lámpara de mi despacho. Llevaba seis horas seguidas cerrando el informe trimestral, los ojos cansados, la espalda agarrotada y dos cafés fríos sobre los papeles. Hacía rato que el silencio del edificio me pesaba más que el trabajo.

Me eché hacia atrás en la silla, me froté la nuca y solté un suspiro. A los cuarenta y cinco años uno aprende a reconocer cuándo el cuerpo le está pidiendo otra cosa. No era hambre. No era sueño. Era esa tensión sorda que aparece cuando llevas demasiadas horas sentado y la cabeza necesita desconectar como sea.

Abrí una pestaña en modo incógnito casi sin pensarlo. Pasé los dedos por el teclado y dejé que el navegador me llevara al sitio de siempre. Elegí un vídeo cualquiera, de los que sabía que me funcionaban: un chico joven, atlético, de mirada arrogante, follándose sin pedir permiso a un tipo mayor, fuerte, lleno de tinta en los brazos. Bajé el volumen al mínimo. Era pura precaución; nadie debería estar en esa planta a esa hora.

Aflojé la corbata, recliné los hombros y deslicé la mano por encima del pantalón. La tela empezó a marcarse enseguida. Apreté despacio, siguiendo el ritmo del vídeo, sintiendo cómo la sangre se concentraba abajo y la respiración se me iba volviendo más densa. Cada vez que el chaval de la pantalla daba una estocada particularmente seca, mis dedos se cerraban un poco más sobre mí mismo.

Y entonces escuché la puerta.

—Damián, perdona, sé que es tardísimo, pero…

Levanté la cabeza de golpe. En el umbral estaba Iván, mi becario. Veinticuatro años, rubio cenizo, los ojos azules como dos placas frías, casi metro noventa, hombros anchos de gimnasio diario. Llevaba la camisa por fuera del pantalón y un par de carpetas en la mano.

El tiempo se paró. Me vio. Vio el bulto bajo mi mano. Vio la pantalla, donde el chaval del vídeo seguía a lo suyo sin enterarse de nada. Y vio cómo, en menos de un segundo, mi cara pasaba del placer a un pánico cerrado.

***

—Lo siento —murmuró, sin moverse del marco.

No apartó la mirada. Eso fue lo primero que noté. Cualquier persona normal habría dado dos pasos hacia atrás y cerrado la puerta con prisas. Iván no. Iván seguía clavado en la entrada, con esos ojos azules paseándose despacio desde mi entrepierna hasta la pantalla y de la pantalla otra vez a mi cara.

Intenté cerrar el vídeo con el ratón. Fallé dos veces. Los gemidos del audio, aunque bajos, sonaban en el despacho como si alguien los amplificara. Con la otra mano traté de cubrir el bulto, pero ya era demasiado tarde y los dos lo sabíamos.

—No quería interrumpir —dijo en voz baja—. Sólo te traía los informes que pediste para mañana.

Yo no podía hablar. Tenía la garganta cerrada, la cara ardiendo y el corazón golpeándome el esternón con tanta fuerza que estaba seguro de que él también lo oía. Y, para mi vergüenza, seguía duro debajo de la tela, sin entender que la situación había cambiado.

Iván cerró la puerta detrás de él. Despacio. Le dio una vuelta a la llave. El clic de la cerradura sonó casi obsceno en aquel silencio.

—Vaya —dijo, con una sonrisa lenta que no le había visto nunca en horario de oficina—. No sabía que al jefe le gustaba este tipo de vídeos a estas horas.

Dio un paso hacia la mesa. Después otro. Apoyó la cadera en el borde del escritorio, justo a mi lado, como si tuviera todo el derecho del mundo.

—Tranquilo —añadió—. No voy a contarle a nadie que pillé al director tocándose viendo cómo un chaval se folla a un maduro. Aunque debo decir que tienes muy buen gusto. Está siendo bastante duro con él, ¿no?

Sonreía. Sin nervios, sin culpa. Como quien ha encontrado por accidente justo aquello que llevaba tiempo esperando.

***

—Iván, por favor… —empecé, sin saber cómo terminar la frase.

Él levantó una ceja.

—¿«Por favor» qué, Damián? —Bajó la voz—. ¿Que me vaya? Puedo irme. O puedo quedarme. Tú decides.

Yo seguía con la mano sobre el bulto. No la había movido. No me había atrevido a hacerlo, como si moverla fuera reconocer en voz alta lo que estaba pasando.

Iván miró abajo, miró arriba, y se mordió un segundo el labio inferior. Disfrutaba. Lo veía clarísimo en sus ojos: aquel becario, que en las reuniones tomaba notas en silencio y me llamaba siempre de usted, estaba disfrutando como un crío con la situación.

—¿Sabes lo que pienso? —dijo—. Que has estado a punto de correrte cuando entré. Te falta poco. Y, oye, no soy yo el que va a obligarte a parar.

Tragué saliva. La excitación y la vergüenza se mezclaban dentro de mí como dos corrientes opuestas. Una me decía que me levantara, que me subiera el pantalón y le ordenara salir de mi despacho. La otra, la que llevaba años calladita, me empujaba en la dirección contraria.

—Sigue —susurró Iván, inclinándose un poco hacia mí—. Hay confianza. Aquí no nos ve nadie.

***

Lo miré. De verdad. Por primera vez en los seis meses que llevaba trabajando conmigo, lo miré como se mira a un hombre, no a un becario. La camisa medio abierta dejaba ver el hueco del cuello y el principio del pecho. Los antebrazos venosos. Esa boca de chaval guapo que sabe exactamente lo guapo que es.

Me solté el cinturón sin apartar los ojos de él. Bajé la cremallera. Me liberé y dejé caer la mano sobre mí mismo. La presión cedió de golpe y solté un suspiro largo, casi de alivio.

Iván silbó muy bajito.

—Mira al jefe —dijo, divertido—. Quién te ha visto y quién te ve.

Empecé a moverme despacio. La vergüenza no había desaparecido, pero ya no importaba. Tenía a aquel chaval delante, mirándome con una cara que mezclaba burla y deseo a partes iguales, y mi cuerpo había decidido por mí.

Iván dejó las carpetas en la mesa, se desabrochó la camisa botón a botón y se la quitó sin prisa. Debajo, el torso era exactamente lo que prometía la camisa: definido, ancho, con una línea de vello rubio fina bajándole por el centro del estómago. Se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón y el bóxer en un único movimiento y se quedó desnudo de la cintura para abajo, a un metro escaso de mi cara.

—Hostia —murmuré antes de poder evitarlo.

—Ya —contestó él, con la sonrisa de quien lo ha escuchado más veces de las que reconocería.

Se agarró con la mano y empezó a tocarse despacio, sin apartar los ojos de los míos.

***

—Sigue tú —dijo—. No pares por mí.

Volví a mover la mano. Él también. Durante un par de minutos no hubo otra cosa en el despacho que el sonido bajo del vídeo, nuestras respiraciones y el roce suave de dos manos sobre dos pollas duras. Era una situación absurda. Y, al mismo tiempo, la cosa más excitante que me había pasado en años.

Iván dio un paso más, otro, hasta quedar pegado a mi silla. Lo tenía a la altura de la cara. Lo olía. Olía a colonia cara, a sudor recién hecho, a chico joven sin nada que esconder.

—¿Te animas a tocarla? —preguntó—. Hay confianza.

Subí la mano. La rodeé. Él soltó un gemido grave, contenido, como si llevara rato esperándolo. Empecé a moverla despacio, sintiendo el peso, el calor, la forma en que respondía a cada apretón. Iván puso su mano sobre la mía y me marcó el ritmo.

—Así —susurró—. Más firme. Llevas haciéndolo solo demasiado tiempo, Damián.

No supe qué responder. No hacía falta.

***

Se inclinó un poco. Me rozó los labios con la punta. No me lo pidió de forma directa, pero la pregunta estaba ahí, suspendida en el aire entre los dos.

Abrí la boca. Saqué la lengua. Lo probé despacio, primero la cabeza, después un poco más. Iván echó la cabeza hacia atrás un segundo y soltó un suspiro hondo.

—Joder, jefe —dijo, con un tono nuevo, mezcla de burla y admiración—. ¿De verdad llevas tantas reuniones aguantándote esto?

Apoyó una mano en mi nuca, sin tirar, sin forzar, sólo guiándome. Yo me dejé llevar. Me dejé caer en aquello como quien se mete en un agua que sabía caliente pero no tanto. Cada minuto que pasaba, el despacho dejaba de ser despacho. El escritorio dejaba de ser escritorio. Era otro sitio. Otro yo.

—Mírame mientras lo haces —pidió.

Lo miré. Sus ojos azules tenían algo encendido por dentro, algo que no podía permitirme volver a ver mañana en la oficina sin temblar.

—Buen chico —dijo, despacio—. Muy buen chico.

Y oírle decir aquello a él, a mi becario de veinticuatro años, a aquel chaval que hasta las nueve de la noche me trataba de usted, fue lo que casi me hizo perder la cabeza.

***

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Sé que en algún momento me empujó hacia delante con suavidad y me hizo apoyar el pecho sobre el escritorio, encima de los informes del trimestre y junto al teclado del ordenador, donde el vídeo seguía reproduciéndose sin que nadie le hiciera caso. Sé que me bajó el pantalón hasta los tobillos sin decir una palabra. Sé que se agachó detrás de mí y que su aliento caliente en sitios donde nadie me tocaba desde hacía años fue lo que me hizo morderme el dorso de la mano para no soltar un grito.

—Llevo meses mirándote, Damián —susurró desde abajo, con la voz cargada—. Cada vez que pasabas por mi mesa con esos pantalones, pensaba en esto. En tenerte así, encima de tu propio escritorio, con la corbata medio puesta y la cara contra los papeles.

Cerré los ojos. Hubo dedos. Hubo paciencia. Hubo una capacidad de mando que no esperaba de un crío de su edad y que, sin embargo, me cuadraba con todo lo que había percibido de él sin querer mirarlo. Iván no era el becario tímido que yo había decidido ver. Iván llevaba mucho tiempo eligiendo a quién y cómo.

—Mañana —dijo, y noté que sonreía sin verlo—, mañana volverás a ser mi jefe. Me pedirás los informes en voz alta delante de todos. Y los dos sabremos lo que pasó esta noche.

El vídeo se acabó solo. La pantalla volvió al fondo del navegador. En el despacho quedó únicamente el sonido del aire acondicionado y el de su respiración, justo detrás de mí, marcando el ritmo de todo lo que estaba a punto de venir.

Pero esa parte, esta noche, todavía no la cuento.

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Comentarios (3)

CurioNocturno

Directo y sin rodeos, me atrapo desde el primer párrafo. Muy bueno!

NachoPzMdq

necesito la segunda parte ya!!

bersuit

El ambiente nocturno está perfecto, se siente el suspenso antes de que pase algo. Muy buen relato.

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