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Relatos Ardientes

Mi becario me pilló y no se fue del despacho

Eran casi las once de la noche en la sede valenciana de la consultora. Las plantas superiores ya estaban a oscuras y, en la mía, sólo brillaba la lámpara de mi despacho. Llevaba seis horas seguidas cerrando el informe trimestral, los ojos cansados, la espalda agarrotada y dos cafés fríos sobre los papeles. Hacía rato que el silencio del edificio me pesaba más que el trabajo.

Me eché hacia atrás en la silla, me froté la nuca y solté un suspiro. A los cuarenta y cinco años uno aprende a reconocer cuándo el cuerpo le está pidiendo otra cosa. No era hambre. No era sueño. Era esa tensión sorda que aparece cuando llevas demasiadas horas sentado y la cabeza necesita desconectar como sea.

Abrí una pestaña en modo incógnito casi sin pensarlo. Pasé los dedos por el teclado y dejé que el navegador me llevara al sitio de siempre. Elegí un vídeo cualquiera, de los que sabía que me funcionaban: un chico joven, atlético, de mirada arrogante, follándose sin pedir permiso a un tipo mayor, fuerte, lleno de tinta en los brazos. Bajé el volumen al mínimo. Era pura precaución; nadie debería estar en esa planta a esa hora.

Aflojé la corbata, recliné los hombros y deslicé la mano por encima del pantalón. La tela empezó a marcarse enseguida. Apreté despacio, siguiendo el ritmo del vídeo, sintiendo cómo la sangre se concentraba abajo y la respiración se me iba volviendo más densa. Cada vez que el chaval de la pantalla clavaba la polla hasta el fondo del culo del maduro y le arrancaba un gemido bronco, mis dedos se cerraban un poco más sobre mi propia verga, ya durísima, marcando la forma completa contra la tela del pantalón de traje. Se me escapó una gota que oscureció el gris del calzoncillo. En la pantalla, el chaval agarraba al maduro del pelo, se la sacaba brillante de saliva y se la volvía a meter de un empujón seco. «Trágala entera, viejo», le decía. Y yo, en mi silla de cuero, apretaba los dientes.

Y entonces escuché la puerta.

—Damián, perdona, sé que es tardísimo, pero…

Levanté la cabeza de golpe. En el umbral estaba Iván, mi becario. Veinticuatro años, rubio cenizo, los ojos azules como dos placas frías, casi metro noventa, hombros anchos de gimnasio diario. Llevaba la camisa por fuera del pantalón y un par de carpetas en la mano.

El tiempo se paró. Me vio. Vio el bulto bajo mi mano. Vio la pantalla, donde el chaval del vídeo seguía metiéndosela hasta las pelotas al maduro sin enterarse de nada. Y vio cómo, en menos de un segundo, mi cara pasaba del placer a un pánico cerrado.

—Lo siento —murmuró, sin moverse del marco.

No apartó la mirada. Eso fue lo primero que noté. Cualquier persona normal habría dado dos pasos hacia atrás y cerrado la puerta con prisas. Iván no. Iván seguía clavado en la entrada, con esos ojos azules paseándose despacio desde mi entrepierna hasta la pantalla y de la pantalla otra vez a mi cara.

Intenté cerrar el vídeo con el ratón. Fallé dos veces. Los gemidos del audio, aunque bajos, sonaban en el despacho como si alguien los amplificara: el chapoteo húmedo de una polla entrando y saliendo, el «así, cabrón, más fuerte» del maduro con la voz rota. Con la otra mano traté de cubrir el bulto, pero ya era demasiado tarde y los dos lo sabíamos.

—No quería interrumpir —dijo en voz baja—. Sólo te traía los informes que pediste para mañana.

Yo no podía hablar. Tenía la garganta cerrada, la cara ardiendo y el corazón golpeándome el esternón con tanta fuerza que estaba seguro de que él también lo oía. Y, para mi vergüenza, seguía con la polla dura debajo de la tela, palpitando, sin entender que la situación había cambiado.

Iván cerró la puerta detrás de él. Despacio. Le dio una vuelta a la llave. El clic de la cerradura sonó casi obsceno en aquel silencio.

—Vaya —dijo, con una sonrisa lenta que no le había visto nunca en horario de oficina—. No sabía que al jefe le gustaba este tipo de vídeos a estas horas.

Dio un paso hacia la mesa. Después otro. Apoyó la cadera en el borde del escritorio, justo a mi lado, como si tuviera todo el derecho del mundo.

—Tranquilo —añadió—. No voy a contarle a nadie que pillé al director cascándosela viendo cómo un chaval se folla a un maduro. Aunque debo decir que tienes muy buen gusto. Le está partiendo el culo en dos, ¿no?

Sonreía. Sin nervios, sin culpa. Como quien ha encontrado por accidente justo aquello que llevaba tiempo esperando.

—Iván, por favor… —empecé, sin saber cómo terminar la frase.

Él levantó una ceja.

—¿«Por favor» qué, Damián? —Bajó la voz—. ¿Que me vaya? Puedo irme. O puedo quedarme. Tú decides.

Yo seguía con la mano sobre el bulto. No la había movido. No me había atrevido a hacerlo, como si moverla fuera reconocer en voz alta lo que estaba pasando.

Iván miró abajo, miró arriba, y se mordió un segundo el labio inferior. Disfrutaba. Lo veía clarísimo en sus ojos: aquel becario, que en las reuniones tomaba notas en silencio y me llamaba siempre de usted, estaba disfrutando como un crío con la situación.

—¿Sabes lo que pienso? —dijo—. Que has estado a punto de correrte cuando entré. Que tenías la polla dura hasta reventar y te faltaban dos pajazos para llenarte la mano de leche. Y, oye, no soy yo el que va a obligarte a parar.

Tragué saliva. La excitación y la vergüenza se mezclaban dentro de mí como dos corrientes opuestas. Una me decía que me levantara, que me subiera el pantalón y le ordenara salir de mi despacho. La otra, la que llevaba años calladita, me empujaba en la dirección contraria.

—Sácatela —susurró Iván, inclinándose un poco hacia mí—. Hay confianza. Aquí no nos ve nadie. Sácatela y termina lo que estabas haciendo delante de mí.

Lo miré. De verdad. Por primera vez en los seis meses que llevaba trabajando conmigo, lo miré como se mira a un hombre, no a un becario. La camisa medio abierta dejaba ver el hueco del cuello y el principio del pecho. Los antebrazos venosos. Esa boca de chaval guapo que sabe exactamente lo guapo que es. Y en la entrepierna del pantalón, un bulto marcadísimo que ya no disimulaba.

Me solté el cinturón sin apartar los ojos de él. Bajé la cremallera. Metí la mano por dentro del calzoncillo y me saqué la polla dura, tiesa, con la punta brillando de líquido preseminal. La dejé fuera, apoyada contra el vientre, y solté un suspiro largo, casi de alivio, cuando el aire fresco del despacho la tocó por primera vez.

Iván silbó muy bajito.

—Joder, jefe —dijo, divertido—. Menudo rabo te gastas. Quién te ha visto y quién te ve.

Me escupí en la palma sin pensar y empecé a moverme despacio, de arriba abajo, apretando la cabeza cada vez que subía. La vergüenza no había desaparecido, pero ya no importaba. Tenía a aquel chaval delante, mirándome pajearme con una cara que mezclaba burla y deseo a partes iguales, y mi cuerpo había decidido por mí.

Iván dejó las carpetas en la mesa, se desabrochó la camisa botón a botón y se la quitó sin prisa. Debajo, el torso era exactamente lo que prometía la camisa: definido, ancho, con una línea de vello rubio fina bajándole por el centro del estómago hasta perderse en el pantalón. Se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón y el bóxer en un único movimiento y se quedó desnudo de la cintura para abajo, a un metro escaso de mi cara.

Se me cortó la respiración. La polla del chaval le salía dura del nido de vello rubio, gruesa, larga, con las venas marcadas por todo el tronco, la piel tirante y la cabeza descapullada de un rosa oscuro que brillaba con su propio jugo. Los cojones colgaban pesados, afeitados, subiéndosele y bajándosele con cada respiración. Aquella polla no era la de un becario. Era la polla de un tío joven que sabe lo que tiene entre las piernas y lo usa.

—Hostia —murmuré antes de poder evitarlo.

—Ya —contestó él, con la sonrisa de quien lo ha escuchado más veces de las que reconocería.

Se agarró con la mano y empezó a pelársela despacio, la piel deslizándose sobre la cabeza gorda, sin apartar los ojos de los míos.

—Sigue tú —dijo—. No pares por mí.

Volví a mover la mano. Él también. Durante un par de minutos no hubo otra cosa en el despacho que el sonido bajo del vídeo, nuestras respiraciones y el roce húmedo de dos manos sobre dos pollas duras. Era una situación absurda. Y, al mismo tiempo, la cosa más excitante que me había pasado en años. Yo miraba cómo se cascaba el chaval, cómo se apretaba la cabeza al final de cada bajada, cómo se le escapaba una gota espesa y clara que le resbalaba por los dedos, y me la meneaba más rápido.

Iván dio un paso más, otro, hasta quedar pegado a mi silla. Lo tenía a la altura de la cara. Lo olía. Olía a colonia cara, a sudor recién hecho, a chico joven sin nada que esconder. El olor de su polla, cerca, era espeso, macho, con un fondo dulzón de semen que aún no había salido.

—¿Te animas a tocarla? —preguntó—. Hay confianza.

Subí la mano. La rodeé. Casi no me cerraba entera. Estaba caliente, dura como una piedra, y latía contra mi palma como si tuviera vida propia. Él soltó un gemido grave, contenido, como si llevara rato esperándolo. Empecé a moverla despacio, sintiendo el peso, el calor, la piel tirante deslizándose sobre lo duro de dentro. Le pasé el pulgar por la cabeza y le extendí el líquido preseminal por toda la punta, usándolo como lubricante. Iván puso su mano sobre la mía y me marcó el ritmo.

—Así —susurró—. Más firme. Cierra bien el puño y bájamela hasta el fondo. Llevas haciéndotela solo demasiado tiempo, Damián. Se nota. Se te nota en la cara.

No supe qué responder. No hacía falta. Le apreté la polla con la mano cerrada y se la bajé hasta la raíz, hasta que los nudillos me chocaron contra los cojones. Él soltó un jadeo y empujó las caderas hacia delante.

Se inclinó un poco. Me rozó los labios con la punta caliente y mojada, dejándome un rastro pegajoso sobre la boca. No me lo pidió de forma directa, pero la pregunta estaba ahí, suspendida en el aire entre los dos.

Abrí la boca. Saqué la lengua. Lo probé despacio, primero la cabeza gorda, lamiéndole el jugo salado que le brotaba de la ranura, después la corona entera, luego un poco más del tronco, hundiéndome hasta que la punta me tocó el paladar. Iván echó la cabeza hacia atrás un segundo y soltó un suspiro hondo.

—Joder, jefe —dijo, con un tono nuevo, mezcla de burla y admiración—. ¿De verdad llevas tantas reuniones aguantándote esto? ¿Tantas mañanas mirándome el paquete cuando me acerco a tu mesa y luego encerrándote en el baño a pelártela pensando en mí?

Apoyó una mano en mi nuca, sin tirar, sin forzar, sólo guiándome. Yo me dejé llevar. Me la metí más adentro. Sentí cómo la cabeza me chocaba contra la garganta y tuve que respirar por la nariz para no ahogarme. La saliva empezó a escurrírseme por las comisuras, cayendo en hilos sobre mis pantalones abiertos. Iván empezó a mover las caderas despacio, follándome la boca con cuidado al principio, midiendo hasta dónde podía llegar.

—Buen chico —dijo, despacio, con la voz rota—. Muy buen chico. Mira cómo te la comes. Como si llevaras años deseándolo.

Y oírle decir aquello a él, a mi becario de veinticuatro años, a aquel chaval que hasta las nueve de la noche me trataba de usted, fue lo que casi me hizo perder la cabeza. Le agarré los cojones con la mano libre, se los apreté suavemente, se los sopesé mientras lo mamaba, y noté cómo se le tensaban, cómo se le subían contra el cuerpo.

—Mírame mientras me la chupas —pidió.

Levanté los ojos sin dejar de mover la cabeza. Sus ojos azules tenían algo encendido por dentro, algo que no podía permitirme volver a ver mañana en la oficina sin temblar. Me tenía cogido de la nuca con una mano y con la otra se apartaba el pelo de la frente, mordiéndose el labio, mirándome como quien mira algo que le pertenece.

—Sácala un momento —ordenó.

Le hice caso. La polla salió de mi boca con un ruido húmedo y un hilo grueso de saliva conectándola todavía a mis labios. Iván se la agarró y me abofeteó la mejilla con ella, primero un lado y luego el otro, dejándome la cara mojada de mi propia saliva y de su preseminal.

—Los cojones —dijo—. Chúpame también los cojones, jefe. Que se te vea bien mientras lo haces.

Le levanté la polla contra su vientre y me metí en la boca uno de sus huevos, luego el otro, uno cada vez, chupándoselos despacio, lamiéndoselos por debajo, pasándole la lengua por el rafé y volviendo a subir por el tronco hasta la cabeza. Iván empezó a jadear más alto. Se meneaba la polla sobre mi cara mientras yo le trabajaba los cojones y le suplicaba en voz baja, con la boca llena, que no parara.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Sé que en algún momento me sacó la polla de la boca, me hizo levantarme de la silla y me empujó hacia delante con suavidad hasta hacerme apoyar el pecho sobre el escritorio, encima de los informes del trimestre y junto al teclado del ordenador, donde el vídeo seguía reproduciéndose sin que nadie le hiciera caso. Sé que me bajó el pantalón y el calzoncillo hasta los tobillos sin decir una palabra. Sé que me abrió las nalgas con las dos manos y que se quedó mirándome un instante largo, callado, antes de escupirme.

El escupitajo me cayó justo en el ojete y bajó despacio, tibio, mientras me lo extendía con el pulgar en círculos. Me tensé entero.

—Tranquilo, jefe —murmuró—. Te voy a preparar. Llevo meses pensando en cómo te iba a preparar.

Sentí su lengua. Caliente, ancha, plana, pasando de arriba abajo entre mis nalgas, deteniéndose en el centro y presionando ahí hasta que se abrió paso un poco. Me mordí el dorso de la mano para no soltar un grito. Hacía años, muchos años, que nadie me tocaba allí. Iván comía culo como si llevara toda la vida haciéndolo: con paciencia, con hambre, apretando la cara contra mí, moviendo la lengua en círculos, metiéndola y sacándola, ensalivándome entero hasta que noté el líquido resbalándome por dentro de los muslos.

—Llevo meses mirándote, Damián —susurró desde abajo, con la voz cargada, la boca todavía pegada a mi culo—. Cada vez que pasabas por mi mesa con esos pantalones ajustados, pensaba en esto. En tenerte así, encima de tu propio escritorio, con la corbata medio puesta, la cara contra los papeles y el culo abierto para mí.

Cerré los ojos. Hubo dedos. Uno primero, entrando despacio, curvándose dentro, buscando el punto. Después dos, abriéndome, girando, hasta que empecé a empujar hacia atrás sin darme cuenta, follándome yo solo su mano. Hubo paciencia. Hubo una capacidad de mando que no esperaba de un crío de su edad y que, sin embargo, me cuadraba con todo lo que había percibido de él sin querer mirarlo. Iván no era el becario tímido que yo había decidido ver. Iván llevaba mucho tiempo eligiendo a quién y cómo.

—Pídemelo —dijo, mientras me metía y me sacaba los dedos con un ritmo cada vez más firme—. Pídeme que te la meta.

Aguanté un par de segundos por orgullo. Después ya no.

—Métemela —susurré contra los papeles—. Por favor. Métemela.

Se irguió detrás de mí. Oí cómo se escupía en la palma, cómo se la pasaba por toda la polla varias veces, cómo se acercaba. Me apoyó la cabeza en la entrada, la restregó despacio arriba y abajo entre mis nalgas y luego empujó. Poco a poco. La cabeza gorda entró de un golpe seco y me arrancó un jadeo ronco que ahogué contra el brazo. Iván se quedó quieto un segundo, dejándome respirar, y después siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta que noté sus caderas contra mis nalgas y sus cojones colgando contra los míos.

—Toda dentro, jefe —dijo, con la voz espesa—. Te la he metido entera.

Empezó a moverse. Al principio despacio, sacándomela casi toda y volviendo a metérmela hasta el fondo con una embestida limpia. Después más rápido. El escritorio empezó a chirriar. Los papeles se me arrugaban debajo del pecho. Mi propia polla, dura, colgaba entre la mesa y mis piernas, chorreando preseminal sobre la moqueta. Cada vez que Iván me la clavaba hasta el fondo, se me escapaba un gruñido que no reconocía como mío.

—Así —jadeaba él—. Mira cómo la aprieta el jefe. Mira cómo me pide más sin decirlo.

Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a follarme en serio. Se oía todo: el golpe seco de sus muslos contra mis nalgas, el chapoteo húmedo de su polla entrando y saliendo, sus jadeos cortos, los míos ahogados contra los papeles del trimestre. Yo empujaba el culo hacia atrás cada vez que él empujaba hacia delante, saliéndonos a medio camino, chocando en el fondo, encajando como si lleváramos meses ensayándolo.

—Cascátela mientras te follo —me ordenó—. Quiero notar cómo te corres apretándome la polla dentro.

Metí la mano entre mi vientre y la mesa, me agarré la polla mojada y empecé a pelármela al ritmo de sus embestidas. Cada vez que él me clavaba hasta el fondo, mi mano subía. Cada vez que salía, mi mano bajaba. Duré poco. La combinación de su polla dentro, de su voz al oído, del olor a sexo en el despacho y de la humillación buena de estar así, doblado sobre mi propio escritorio con los pantalones en los tobillos, me llevó al borde en un par de minutos.

—Me corro —jadeé—. Iván, joder, me corro.

—Córrete —gruñó él, follándome más fuerte—. Córrete encima de los informes, jefe. Ensúciamelos todos.

Y me corrí. Con un gemido largo que no pude tragarme, chorros gruesos de semen caliente saliéndome de la polla y cayéndome sobre la mano y sobre las carpetas del trimestre. El culo se me cerró en espasmos alrededor de la polla de Iván, apretándosela con cada latido. Él me clavó las uñas en las caderas y aceleró.

—Joder, joder, joder —repetía, embistiéndome sin ritmo, hundiéndomela hasta la raíz una y otra vez—. Me estás ordeñando entero, Damián. Toma. Toda para ti.

Se hundió hasta el fondo por última vez, se quedó ahí, y noté cómo su polla se hinchaba dentro de mí antes de descargar. La corrida caliente me llenó por dentro en varios chorros, uno tras otro, mientras él soltaba un rugido bajo contra mi nuca y me mordía el hombro por encima de la camisa. Se quedó quieto un rato largo, jadeando, pegado a mi espalda, con la polla todavía dentro, latiéndome despacio.

—Mañana —dijo, cuando por fin recuperó el aliento, y noté que sonreía sin verlo—, mañana volverás a ser mi jefe. Me pedirás los informes en voz alta delante de todos. Y los dos sabremos lo que pasó esta noche.

Salió de mí despacio. Sentí un hilo espeso y caliente escurriéndoseme por el interior del muslo. El vídeo se acabó solo. La pantalla volvió al fondo del navegador. En el despacho quedó únicamente el sonido del aire acondicionado y el de su respiración, justo detrás de mí, marcando el ritmo de todo lo que estaba a punto de venir.

Pero esa parte, esta noche, todavía no la cuento.

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Comentarios(9)

CurioNocturno

Directo y sin rodeos, me atrapo desde el primer párrafo. Muy bueno!

NachoPzMdq

necesito la segunda parte ya!!

bersuit

El ambiente nocturno está perfecto, se siente el suspenso antes de que pase algo. Muy buen relato.

Miguelin_ok

Me quede leyendo sin parar. Eso de la oficina vacía a las once de la noche y la puerta abriéndose... tremendo jaja

Santi_Rgs

Lo que mas me gustó es cómo construye la tensión antes de que empiece todo. Muchos relatos van directo al grano pero este tiene esa antesala que lo hace mucho más rico. Esperando el proximo.

HectorBA_88

el becario con criterio jajaja, muy bueno

Damian_RO

Buenisimo. Hay segunda parte? me quede con ganas de saber mas de estos dos

ValeMza

Me recordó a una situacion que tuve en el trabajo hace unos años... Digamos que entiendo muy bien al protagonista jaja

NocturnoBA

se hizo cortisimo, queria que siguiera mas. Muy bueno!

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