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Relatos Ardientes

Descubrí mi deseo gay con mi mejor amigo de la facultad

Siempre pensé que la curiosidad era inofensiva. Que uno podía hablar de ciertas cosas, imaginarlas, incluso fantasearlas a solas en la ducha, sin que eso significara nada. Hasta que conocí a Tomás y empecé a confundir las palabras con las ganas.

Tengo veintitrés años y siempre me consideré heterosexual. Cuerpo robusto, casi noventa kilos, espalda ancha, ese tipo de morocho que las chicas del campus saludan en los pasillos sin segundas intenciones. Nunca había besado a un hombre. Nunca había querido hacerlo del todo en serio. Solo había sentido, de vez en cuando, esa cosquilla incómoda al ver desnudo a algún compañero en el vestuario y preguntarme si lo mío era admiración o algo distinto.

Tomás llegó a mi vida en segundo año de la facultad. Cursamos juntos contabilidad, después estadística, después casi todo. Vive solo en un monoambiente cerca de la universidad, y se volvió costumbre que yo pasara a tomar algo después de las clases. A veces una cerveza, a veces café, a veces nada más que conversación. Él es un poco más claro que yo, mismo porte, misma altura, los mismos ochenta y pico de kilos repartidos en una espalda que se trabaja a fuerza de gimnasio mal hecho.

Las charlas siempre derivaban a lo mismo. Mujeres, sexo, fantasías. Y de a poco, sin que ninguno de los dos lo pidiera, también a la pregunta que rondaba sin nombre: «¿Vos nunca probaste con un tipo?». Yo decía que no, pero que a veces lo había pensado. Él decía lo mismo. Nos reíamos y cambiábamos de tema con la torpeza de quien guarda algo.

Una tarde de mayo, mientras volvíamos en colectivo desde la facultad, me contó que cuando tomaba alcohol se ponía «raro». Lo dijo así, sin más. Le pregunté qué quería decir y bajó la voz como si alguien más pudiera escucharnos en medio del barullo del transporte.

—Me agarran ganas de besar a otros tipos. A cualquiera. Es una pelotudez del alcohol, pero me pasa.

—A mí también —contesté antes de pensarlo.

Esa frase nos cambió la temperatura del cuerpo. No volvimos a hablar en todo el viaje, pero algo había quedado dicho. Cuando llegamos a su edificio, no me preguntó si subía. Subí.

En el departamento abrimos un vino barato y prendimos la tele. Él puso pornografía con el dedo tembloroso, como probando hasta dónde aguantaba la situación. Nos quedamos sentados en el sillón, separados por una distancia que ya no era de amigos, mirando una pantalla que ninguno miraba. Sentía la mano de Tomás cerca de la mía. Sentía cómo respiraba. Sentía, también, mi propia erección apretándome el jean.

Esa noche solo nos animamos a eso: sentarnos juntos y pasarnos la mano por encima del pantalón, sobre el bulto, sin abrir un solo botón. Cuando se hizo tarde me fui caminando hasta la parada, con las manos en los bolsillos y la calentura como una herida. No hicimos nada, no hicimos nada, me repetía en el colectivo, como si el alivio sirviera para tapar el deseo de haber hecho mucho más.

***

Pasaron dos semanas largas. Dos semanas de evitarnos un poco, de hacer chistes que no eran chistes, de no quedarnos solos. Hasta que cayó el cumpleaños de una compañera del grupo y Tomás ofreció su departamento para la previa. Iba a haber gente que se quedaría a dormir, decía, así que llevemos bolsas y almohadones.

Llegué temprano con una botella y un cambio de ropa. Lo encontré moviendo muebles. Nos saludamos con un abrazo demasiado largo y supe, antes de que cayera el primer brindis, que esa noche algo iba a pasar.

La previa fue de las buenas. Doce o trece personas apretadas en el living, música a un volumen razonable para no enojar al portero, ronda de cervezas, alguna sustancia menor que no me interesó. Yo bebía despacio, calculado, midiendo lo justo para tener excusa pero no perder el control. Tomás hacía lo mismo. Nos cruzábamos en la cocina, nos rozábamos el brazo al pasar, y cada roce era un mensaje en clave.

A eso de las tres de la mañana la gente empezó a caerse en cualquier lado. Sillones, alfombra, un colchón inflable que se desinfló a la primera pinchada. Cuando Tomás dijo que se iba a la cama, esperé un minuto largo y lo seguí. Toqué la puerta y pasé sin esperar respuesta.

—No hay espacio afuera —mentí—. ¿Te molesta si me tiro acá?

Me miró desde la cama, una sola colcha tirada hasta la cintura, el torso desnudo, el pelo revuelto.

—Vení.

Me saqué los jeans y me metí del lado de la ventana, dejando una distancia educada que duró exactamente lo que tardé en girar la cabeza. La luz de la calle entraba en franjas a través de la persiana. Lo veía de costado, los ojos abiertos, la respiración rápida. Y aunque parezca obvio decirlo, los dos sabíamos por qué yo había entrado a esa habitación.

—¿Estás caliente? —pregunté en voz muy baja.

—Sí.

—¿Querés besar a alguien?

—Sí.

—Podemos hacerlo.

No hubo más palabras. Me incliné y le besé la boca con la torpeza del que nunca lo había hecho con un hombre. Tenía la barba apenas crecida, un sabor a cerveza y a menta de la pasta de dientes, y una lengua que se movía con una decisión que la mía no tenía. Le metí la mano en el pelo, sentí el calor de su cuello, la dureza de su mandíbula. Pensé, durante un segundo absurdo, que esto debería haber pasado hacía meses.

Bajé la mano sin dejar de besarlo. La pasé por encima del bóxer y lo apreté con suavidad, como midiendo. Estaba duro. Tan duro como yo. Y yo, que en mi vida había tocado otra erección que no fuera la mía, descubría con un asombro infantil que la verga de otro hombre se siente parecida pero no igual: más caliente, más ajena, más excitante por ser de otro.

Y entonces se abrió la puerta.

***

—Chicos, ¿puedo dormir acá? El living está lleno.

Era Camila, una amiga del grupo, con una almohada bajo el brazo y la voz arrastrada de quien ya no distingue las horas. Nos separamos en el instante exacto, como si una señal eléctrica nos hubiera atravesado la columna. Tomás se acomodó la sábana sobre la cadera y le dijo que sí, que claro, que se tirara nomás.

Camila tendió un acolchado en el piso, al lado de la cama. Apagó la luz. Suspiró. Y al cabo de cuatro minutos ya respiraba con ese ronquido tenue del que duerme profundo después de mucho vino.

Tomás y yo nos quedamos quietos como dos animales acechados. Pasó un minuto, dos, cinco. Su mano me buscó la mía debajo de la sábana. Le apreté los dedos. Y muy de a poco, muy en silencio, volvimos al lugar donde estábamos.

Le bajé el bóxer. Él me bajó el mío. Quedamos los dos en cueros bajo la misma sábana, con Camila roncando a un metro y la respiración acelerándonos el pecho. Le agarré la verga directamente, sin tela de por medio, y descubrí que goteaba. Una baba transparente le mojaba el glande y me dejaba los dedos pegajosos.

Me llevé los dedos a la boca. Algo me empujó a hacerlo. Sabía levemente salado, distinto a lo que esperaba, y la sola idea de estar probando el sabor de mi mejor amigo me erizó la piel hasta los pies.

Lo masturbé despacio, midiendo el ritmo para no hacer ruido. Él me devolvió el favor con la misma calma. Después se nos ocurrió, sin decirlo, juntar los dos glandes y agarrarlos a la vez con una sola mano. Él arriba, yo abajo, las puntas tocándose, el calor multiplicado. Era una sensación tan nueva que tuve que morderme el labio para no soltar un quejido.

Estuvimos así no sé cuánto tiempo. Una hora, dos, tres. Nos quedábamos quietos cuando Camila se movía. Volvíamos a empezar cuando volvía a roncar. Varias veces sentí que estaba por terminar y me detuve a tiempo, porque ensuciar la cama era arriesgarse a una conversación que ninguno quería tener al día siguiente.

En algún momento me di vuelta de espaldas, no sé bien por qué. Tal vez quería sentir su cuerpo pegado al mío. Tomás me abrazó por detrás, me besó la nuca, y empezó a mover su verga entre mis nalgas. No me penetró. No habría podido, así, en seco, sin nada. Pero el solo contacto, el roce de su humedad contra mi piel, fue una de las cosas más intensas que probé en la vida. Me apretó la cintura, me mordió el hombro, y por un momento entendí que ya no era curiosidad. Era otra cosa.

Camila se movió. Esta vez se levantó. Murmuró «al baño» y salió descalza. Nos volvimos a separar, nos subimos los bóxer en el segundo justo, y nos quedamos mirándonos en la oscuridad como dos chicos a los que casi descubren. Cuando volvió, los dos fingimos dormir. Y al final, sin querer, dormimos.

***

Amanecimos como si nada. Camila se fue temprano. El resto del grupo se fue desfilando con resaca y café instantáneo. Tomás me hizo unos huevos revueltos y me habló del partido del fin de semana como si la noche anterior no hubiera existido.

No lo presioné. Esperé a que él trajera el tema. No lo trajo nunca.

En las semanas siguientes empezó a cancelar planes. A responder los mensajes cada vez más tarde. A sentarse en otro banco en clase. Un día me crucé con él en el bar de la facultad, lo saludé, y me devolvió el saludo con la sonrisa rígida de quien ya decidió que ciertas cosas no pasaron.

Hace tres meses que no nos hablamos. Tres meses en los que pienso en él más de lo que me animaría a admitir en voz alta. No por amor, no por algo que se le parezca. Por la verga, por la boca, por la mano en mi cintura, por la madrugada absurda en la que descubrí que el deseo no siempre obedece a las etiquetas que uno se pone a los dieciocho.

Tomás, si alguna vez leés esto, sabé que extraño esa noche. No te pido nada que no quieras. Solo que sepas que aquella primera vez fue mía con vos, y que ningún manual de heterosexualidad va a borrarme la memoria de tu respiración pegada a mi cuello mientras los dos pretendíamos dormir.

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Comentarios (2)

rodrigo_baires

tremendo, me dejo sin palabras!!

MiltonViajero

La tension que vas construyendo es increible, se me hizo corto. Segunda parte porfa

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