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Relatos Ardientes

Tres desconocidos en el atajo del baldío

Soy de Monterrey y esa noche se me había hecho larga. Tengo veintidós años y soy bisexual desde que tengo memoria, aunque mucha gente sigue creyendo que la bisexualidad es una etapa o un capricho. Llevo dos años pegado al gimnasio, y entre la espalda ancha, los brazos marcados y los tatuajes que me trepan por el antebrazo, la gente que me cruza por la calle no me pone cara de hombre al que también le gusten otros hombres. Esa idea siempre me ha causado gracia: que mi cuerpo despiste tanto lo que mi cabeza pide.

Esa tarde había estado con mis compañeros de la universidad hasta pasadas las ocho. Cuando nos despedimos en la avenida, los demás se fueron a sus camas y yo me quedé con un calor adentro que no podía ignorar. Tenía la sangre caliente y la verga atenta dentro del pantalón, recordándome que llevaba semanas sin nada. Subí al camión sabiendo perfectamente dónde quería bajarme.

Conocía el terreno baldío desde hacía meses. Era una parcela enorme y abandonada, atravesada por dos senderos de tierra que los trabajadores usaban para cortar camino hacia la parada del transporte. La vegetación había crecido en grupos espesos y unos cuantos árboles raquíticos servían de cortina. En las redes ya había leído que ahí se cocinaban cosas después de las nueve. La curiosidad y el calentón llevaban semanas peleándose adentro mío, y esa noche perdió la curiosidad.

Me bajé del camión, crucé la avenida y me quedé parado frente a la entrada del baldío. El corazón me golpeaba en el pecho con una mezcla de miedo y emoción que no había sentido nunca a plena luz del día. Justo cuando estaba por dar el primer paso, vi a un señor ya mayor metiéndose con su bicicleta por uno de los senderos. Tendría más de sesenta, era chaparro, delgado, moreno, con bigote canoso y una gorra blanca que se le hundía hasta las cejas. Sinceramente no era mi tipo y por un segundo pensé en darme la vuelta. Pero la cabeza me pedía otra cosa y los pies decidieron por mí.

Esperé un par de minutos para no parecer obvio. Después caminé despacio por el sendero, intentando que las suelas no crujieran demasiado sobre la tierra seca. El aire olía a hierba aplastada y a polvo. A los pocos metros escuché un chorro contra la corteza de un árbol. Me hice a un lado, entre las plantas, y vi al viejo del bigote orinando contra el tronco con la bicicleta apoyada en el árbol de al lado.

Mejor me regreso.

Pero no me regresé. Me quedé clavado mirándole la verga, todavía blanda colgando entre los dedos. No se le veía mucho, sólo el tronco y el bulto enorme de la cabeza, pero esa cabeza incluso flácida ya prometía algo grande. Cuando levanté los ojos, el viejo ya me estaba mirando. Sonrió. Una sonrisa apretada, casi cómplice. No supe qué cara poner.

Sacudió la verga para escurrir las últimas gotas y, sin guardarla, empezó a jalarla con calma frente a mí. La piel se le iba estirando y la cabezota crecía con cada movimiento de la muñeca. Movió el mentón hacia adelante, llamándome. Lo pensé un segundo. Después di los tres pasos que nos separaban.

—Dame unas chupaditas, ándale —dijo en voz baja, ronca por el cigarro.

Me hinqué sobre la tierra. La verga estaba caliente entre mis dedos, latiéndome despacio en la palma. La olí antes de meterla; pude detectar el sabor a orina al primer toque de la lengua, pero se quitó pronto entre mi saliva. Cuando se le puso completamente dura me di cuenta de lo que tenía enfrente: unos dieciséis centímetros de tronco moreno y una cabeza desproporcionada, hinchada como un hongo, casi deforme de tan grande. Esa clase de verga es la que me pierde, las cabezas gordas que prometen estirar y abrir cosas que no estaban hechas para abrirse.

El viejo me miraba con una mezcla de orgullo y burla, como si supiera el efecto que su verga estaba teniendo en mí.

—¿Te gusta, mijo? —preguntó, sin dejar de empujarme la cabeza hacia su pelvis.

No aguanté. Me levanté con la boca llena de su sabor, me bajé los pantalones y los calzones hasta los tobillos, me di la vuelta y me apoyé en el árbol que él había estado regando un minuto antes.

—No mames a la verga, métamela —dije, abriéndome las nalgas con las dos manos para que viera bien el ojo del culo expuesto a la noche.

Escupió en su cabezota, escupió en mi ano, acomodó la punta y empujó. Salió un sonido raro de mi garganta, mitad quejido mitad gemido. Quise moverme por instinto, pero el viejo me tomó de la cintura con las dos manos y me clavó hasta donde pudo de un solo envión.

—Aguanta, putito. Aguanta. Te la voy a meter toda.

Sentí cómo me estiraba por dentro, cómo esa cabezota gorda forzaba el camino hasta meterse del todo. Dolió. Dolió mucho los primeros segundos. Después dolió rico. Y después no dolió. Sólo me llenaba.

Empezó a moverse. Para tener la edad que tenía, el viejo cogía con un ritmo de quinceañero. Me dejaba metidas hasta el fondo, sacaba la verga casi entera para volver a entrar de un solo golpe. Yo me agarraba al tronco del árbol y me dejaba zarandear, con las uñas raspando la corteza.

—Ay, papá, qué rica verga —le solté sin pensar—. Dámela toda, ay.

—Aprietas rico, putito —respondió jadeando—. ¿Dónde la quieres? ¿Dónde te la echo?

—Adentro, papi. Adentro. Préñame como a tu perra.

Le bastó otro minuto. Lo escuché gruñir muy bajo, casi un susurro, y se pegó por completo a mi espalda. Sentí los chorros calientes adentro, uno tras otro, latiendo contra mis paredes. Cerré los ojos y me dejé llevar por esa sensación de plenitud que sólo me dan los hombres que se vacían dentro de mí.

Cuando terminó, me la sacó sin avisar y se subió los pantalones en silencio. Tomó la bicicleta del árbol de al lado, no me dijo nada más y se perdió por el sendero. Me quedé un momento apoyado al tronco, respirando agitado, sintiendo el semen calientito escurriéndome despacio por la cara interna del muslo. Cuando giré la cabeza, no estaba solo.

***

A unos cinco metros, medio camuflado entre dos arbustos, había otro hombre. Estaba parado con los pantalones bajados hasta la mitad del muslo, jalándose la verga sin disimulo. Tendría unos treinta, delgado, fibroso, moreno como casi todos los que se asomaban por ese baldío. Tenía tatuajes negros corriéndole por el pecho hasta meterse debajo de la camiseta blanca remangada, y una gorra oscura calada hasta los ojos. La verga era gruesa, curveada hacia abajo como una hoz, con un buen vello negro alrededor.

Se acercó despacio, con la verga todavía en la mano.

—Mírala como la traigo, wey —dijo en voz baja, sin dejar de jalársela—. Hazme paro. Déjame metértela tantito.

Por un segundo dudé. El cuerpo todavía me temblaba de la cogida del viejo. Pero el calentón no se había ido; al contrario, se había multiplicado. Y esa verga curva, con esa cabeza de buen tamaño, se veía como hecha para tocarme donde el viejo no había llegado.

—Está bien —dije—. Pero a perro. En cuatro, en el suelo.

Asintió sin chistar. Saqué de mi mochila una sudadera que llevaba siempre y la extendí sobre la tierra para no rasparme las rodillas. Me apoyé sobre las palmas y las rodillas, paré el culo hacia él, le ofrecí lo que ya estaba abierto y lubricado. El cabrón se acomodó atrás, se escupió en la mano, se untó la verga y entró de una sola estocada.

—Ay, no mames, qué rico está esto —jadeó, agarrándose de mis caderas con fuerza—. Está bien calientito.

La verga curva pegaba en un punto distinto. Cada vez que entraba me arrancaba un escalofrío desde la base de la espalda hasta la nuca. Me culeaba como perro, con un ritmo desesperado, sin paciencia, como si llevara horas esperando descargar y mi culo fuera apenas una excusa para acabar. A mí me daba lo mismo. Yo estaba en esa zona en la que ya no piensas, en la que sólo gimes y aprietas y pides más.

—Más fuerte —le dije, mordiéndome el dorso de la mano—. Más fuerte, cabrón.

Me hizo caso. Las metidas se hicieron secas, contundentes. Apoyó las dos manos en el medio de mi espalda y me empujó hacia abajo, dejándome con la cara casi pegada al suelo, las rodillas separadas y el culo levantado a su disposición. Esa postura, con el cuerpo doblado y el peso del otro encima, siempre me pone fuera de mí.

Duró poco. A los dos minutos lo escuché contener el aire, clavarse hasta el fondo y quedarse quieto encima de mí. Le sentí la verga inflándose, hinchando con cada chorro de leche que me dejaba dentro. Apreté el ano por puro instinto, queriendo conservar dentro todo lo que me dejaba.

—Pérate, pérate —dijo cuando intenté moverme—. Déjame verte así. Quédate.

Le hice caso. Sentí cómo me sacaba la verga despacio, lo escuché escupir, le sentí abrirme las nalgas con los pulgares para observar lo que él mismo había dejado adentro. Después de unos segundos así, con toda mi intimidad expuesta a un desconocido en mitad del campo, escuché pasos rápidos detrás de mí.

No alcancé a girar la cabeza.

Unas manos firmes me tomaron de la cintura, sentí un escupitajo caliente caer contra mi entrada y, antes de que pudiera reaccionar, otra verga dura entró de golpe hasta el fondo.

—¡Hey! ¿Qué pedo? —solté, intentando incorporarme.

Pero el tercer hombre me sujetaba con una fuerza que no admitía discusión. Logré girar el cuello lo suficiente para verlo: pasados los cincuenta, delgado y moreno como los otros dos, con el pelo gris muy corto y una camisa abierta hasta la mitad del pecho. Sonreía con dientes manchados de tabaco.

—Cómo no, pinche puta —dijo entre jadeos, apretándome más fuerte la cintura—. Te voy a preñar aunque no quieras.

Intenté empujarlo con una mano, más por reflejo que por convicción. El cabrón me culeaba con un ritmo brutal y la verga, aunque no se la había alcanzado a ver, me llenaba de la misma forma que las anteriores. En cuestión de segundos mi cuerpo dejó de pelear. Bajé los brazos, apoyé otra vez el pecho contra la sudadera y me dejé hacer.

—Eso, pinche puta —jadeó, soltándome una nalgada que retumbó en la noche—. Tú relaja el culo y disfruta mi verga.

Y eso hice. Cerré los ojos, dejé que el aire entrara y saliera por mi boca al ritmo de sus embestidas y me dediqué a gemir. Los pensamientos se me apagaron. Sólo quedaba la presión, el calor, la aspereza de la tierra contra las palmas, el zumbido de algún insecto cerca, y la verga ajena moviéndose dentro de mí como si me perteneciera desde antes.

—Te voy a dejar bien lleno de leche, perra —me anunció cuando empezó a acelerar—. Bien lleno.

Lo hizo. Tres empujones más, secos y profundos, y se pegó a mi espalda. Le sentí las palpitaciones contra mis paredes, ese latido tan particular de una verga descargando dentro de un culo recién abierto. Apreté lo más que pude, no por darle gusto, sino porque ya se había vuelto costumbre esa noche.

—Aprieta, perra. Apriétamela bien —pidió, palmeándome la nalga otra vez.

Cuando terminó, me sacó la verga con un movimiento descuidado, se acomodó la ropa en segundos y se alejó por el sendero sin agregar nada más que una risa baja entre dientes.

—Pinches putas —murmuró mientras se perdía entre las plantas.

Cuando levanté la cara, el baldío estaba en silencio. El segundo tipo, el de la verga curva, ya se había ido sin que me diera cuenta. Estaba yo solo, en cuatro, en mitad de la noche, con tres descargas de tres hombres distintos escurriéndome por los muslos.

Tardé un par de minutos en moverme. Me levanté despacio, me sacudí la tierra de las rodillas, me subí los pantalones con cuidado. Doblé la sudadera y me la guardé bajo el brazo. Salí del baldío por el otro extremo, para no cruzarme con nadie, con las piernas todavía temblando y el culo latiéndome a un ritmo propio.

Esa noche dormí como hacía meses no dormía. Y al día siguiente, en la regadera, mientras me lavaba todavía el rastro de los tres, ya estaba pensando en la próxima vez.

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Comentarios (3)

Santi_baires

excelente relato, de los mejores de la categoria!!!

GaboLeedor

Por favor seguilo, quede con ganas de mas. Muy bueno

NicoRosario_84

Me recordo a una anecdota propia jajaja, aunque no tan intensa. Muy bien escrito, se siente veridico

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