Mi padre y yo, en calzoncillos, aquella mañana de julio
El piso encima de la panadería era un horno antes de las nueve de la mañana. Era el segundo verano que Joaquín y su hijo lo pasaban solos en aquella casa de Cádiz, y ninguno de los dos se había acostumbrado todavía al silencio que dejó la madre cuando hizo las maletas. Para sobrevivir al calor andaluz, padre e hijo habían acabado desayunando en calzoncillos, sin pedirse permiso, con la naturalidad de dos hombres que ya no tenían a nadie delante.
Joaquín removía el azúcar del café con la cuchara golpeando despacio contra la taza. Tenía las piernas abiertas bajo la mesa y el pecho ancho cubierto de un vello rubio que el sudor empezaba a aplastar en líneas finas. Cuarenta y nueve años llevados con la dignidad de quien todavía juega al fútbol los miércoles. La barba descuidada y el calzoncillo blanco, gastado de tantas lavadoras, le daban un aire de macho doméstico que él mismo no era capaz de medir.
Vaya resaca de paja tengo de anoche, pensó.
Recordaba la descarga brutal del día anterior, encerrado en su cuarto, mordiendo la almohada como un chaval. Desde que firmó los papeles del divorcio, el cuerpo se le había vuelto un toro suelto. Cualquier roce, cualquier imagen, cualquier sonido lo dejaba duro y dispuesto. Aquella mañana, con el calor de Cádiz subiéndole ya por la espalda, notaba el primer aviso entre las piernas.
Hugo apareció en el umbral arrastrando los pies. Veintiún años recién cumplidos, cuerpo enjuto de nadador, una pelusilla rubia sobre el labio que se había dejado por simple pereza. Llevaba unos calzoncillos grises y ajustados que no escondían demasiado. Bostezó sin taparse la boca, se rascó la entrepierna sin la menor vergüenza y se dejó caer en la silla frente a su padre.
—Buenos días, papá —dijo, y la sonrisa que se le pintó en la cara tenía algo travieso—. ¿Qué tal has dormido después del festival de anoche?
Joaquín se quedó con la cuchara en el aire.
Lo ha oído.
—Joder, niño —contestó por fin, riéndose bajito para disimular—. ¿Tanto se me oía?
—Tanto. Parecía que estabas peleándote con alguien ahí dentro.
Hugo cogió una tostada y empezó a untar mantequilla con una calma exagerada. No miraba a su padre directamente, pero tampoco lo evitaba. Hablaba al pan, como si la conversación fuera sobre el tiempo y no sobre lo que era. Por dentro, sin embargo, repasaba cada uno de los gruñidos que había escuchado a través de la pared y la imagen que se había construido mientras se masturbaba en silencio en su propia cama.
Si supiera que me corrí escuchándolo, pensó, se le caería el café encima.
Joaquín se rascó la nuca, todavía riéndose.
—Llevo unos meses que no es normal, hijo. Desde que se largó tu madre, esto va por libre —y señaló con la barbilla hacia abajo, hacia su entrepierna, sin dramatismo—. Tres veces al día, algunos cuatro. Como si tuviera dieciséis otra vez.
—Joder, papá, te has soltado con el tema.
—Es que ya eres mayor, niño. ¿Para qué te voy a venir con tonterías? Pajas son pajas. A tu edad yo tampoco le bajaba de tres al día.
Hugo soltó una carcajada corta y sincera, y mordió la tostada. La conversación tendría que haber muerto ahí. Cualquier otro padre habría cambiado de tema en cuanto el chaval se rio. Pero Joaquín seguía con el café en la mano y la sonrisa torcida de quien acaba de soltar algo que llevaba dentro y se ha quedado a gusto.
El calor empezaba a entrar de verdad por la ventana de la cocina. Desde la calle subía el ruido lento de Cádiz despertándose: una persiana, una moto, alguien barriendo el portal. Padre e hijo se quedaron callados un momento, masticando, sudando un poco, sin apuntar la mirada al otro.
—Anoche te puse a doscientos, ¿no? —dijo Joaquín de pronto.
Hugo se atragantó con el café.
—¿Qué dices, papá?
—Que te oí yo a ti también, cabrón. Las paredes de este piso son de papel. Te oí moverte, y luego oí esa respiración que ya sabemos los dos lo que es.
Hugo se quedó rojo hasta las orejas. Por primera vez en la mañana, no supo qué cara poner. Joaquín, al verlo apurado, soltó la cuchara y se echó hacia atrás en la silla, con las piernas todavía más abiertas, divertido.
—Tranquilo, hijo, no pasa nada. Si lo entiendo. Estábamos los dos al mismo tiempo, joder. Es hasta poético.
—Papá, por favor.
—¿Qué? Estamos hablando como adultos. Yo me la pelaba en mi cuarto, tú en el tuyo. ¿Dónde está el drama?
Hugo no contestó. Bajó la mirada al café, removió un azúcar que ya estaba disuelto, y se fijó sin querer en el regazo de su padre. Lo que vio le cortó la respiración.
El calzoncillo blanco de Joaquín empezaba a tensarse de un modo que no se podía disimular. La tela, ya gastada y un poco transparente por el uso, se levantaba en un bulto que seguía creciendo mientras los dos hablaban. Hugo apartó la vista de golpe, pero ya era tarde. La imagen se le había quedado dentro como una brasa.
Hostia, hostia, hostia, pensó. Está empalmándose. En la mesa. Delante de mí.
Joaquín se dio cuenta. Lo notó por dentro, en ese aviso caliente que ya conocía demasiado bien, y lo notó por fuera, porque la tela tiraba y le marcaba la forma de la verga con una claridad casi obscena. No hizo nada por disimular. No cruzó las piernas, no se puso una servilleta encima, no se levantó. Se quedó ahí, mirando a su hijo, midiendo qué iba a pasar a continuación.
—Joder, papá. —Hugo respiró hondo, sin saber si reír o levantarse—. ¿Te estás…?
—Sí —dijo Joaquín, sin parpadear—. Me estoy empalmando hablando contigo. Soy un puto desastre, hijo. Llevo así desde que me he sentado.
El calor de la cocina se volvió denso, físico, como una mano apretando contra la nuca. Hugo notó cómo se le endurecía la suya propia bajo la mesa y se odió un poco por la rapidez con la que reaccionó. El calzoncillo gris dejaba demasiado a la vista, y rezó para que su padre no bajara la mirada.
Joaquín bajó la mirada.
—Mira tú también, cabrón —dijo con una sonrisa pequeña, casi triste—. No me digas que esto es solo cosa mía.
Hugo cogió la taza con las dos manos y bebió, solo por hacer algo, sin sentir el sabor. Por dentro le martilleaba un pensamiento que llevaba años empujando para no salir y que aquella mañana se había escapado por su cuenta.
Llevo escuchándolo desde que se fue mamá. Llevo escuchándolo y haciéndome el dormido. Y él lo sabe.
—Papá —dijo Hugo en voz muy baja—. ¿Qué hacemos?
—No lo sé, niño.
—Pero algo hay que hacer.
—No, no hay que hacer nada —Joaquín soltó el aire despacio, como si llevara aguantándolo media vida—. Hay que terminar el café. Y hay que reconocer que esto está pasando. Las dos cosas a la vez.
***
El reloj del microondas marcaba las ocho y veinte. Abajo, en la panadería, la maquinaria del horno seguía calentando sola. Joaquín tenía media hora antes de bajar a abrir, y los dos lo sabían. Aquel margen, pequeño y exacto, se convirtió de pronto en un espacio peligroso.
Joaquín apoyó los antebrazos en la mesa. La empalmada seguía firme bajo el calzoncillo, y ya había una pequeña mancha húmeda en la punta, una traición clara de la tela blanca. Hugo intentó no mirar, y miró igual.
—Hijo, te voy a pedir una cosa. Y si me dices que no, no se vuelve a hablar del tema. Te lo juro.
—Dime.
—Cuéntame en qué pensabas anoche. Cuando te oí.
Hugo se quedó sin saliva. Pensó en mentir, pensó en levantarse y encerrarse en el baño, pensó en darle un puñetazo a la mesa y romper aquel hilo. No hizo ninguna de las tres cosas. Lo que hizo fue dejar la taza, mirar a su padre a los ojos por primera vez en toda la mañana y hablar muy despacio.
—En tu voz, papá. En la voz que pones cuando estás solo.
Joaquín cerró los ojos un segundo. Solo un segundo. Y cuando los abrió, había algo distinto en ellos, algo que Hugo no le había visto nunca y que entendió de inmediato. No era cariño de padre. No era enfado. Era el deseo desnudo de un hombre que ha encontrado, al otro lado de la mesa, el espejo exacto de lo que llevaba semanas escondiendo.
—Joder, niño —murmuró—. Joder.
—Lo sé.
—Esto no debería estar pasando.
—Lo sé, papá. Pero está pasando.
Joaquín se llevó una mano al pelo. El otro brazo le tembló un poco contra la mesa. Tenía la respiración acelerada, la frente perlada de sudor y los hombros tensos, como un futbolista justo antes de tirar un penalti. Y entonces, sin tocarse, sin hacer un solo movimiento, el cuerpo lo traicionó.
—Espera —susurró—. Espera, hijo, espera…
—¿Qué?
—Me voy a correr. Aquí. Sin tocarme. Joder, me voy a correr de oírte.
El gemido le salió ronco, casi un quejido, mordido entre los dientes para no despertar a los vecinos. La mancha húmeda del calzoncillo se convirtió, en segundos, en una invasión espesa y caliente que se le extendía por la tela en oleadas. Joaquín se agarró al borde de la mesa con las dos manos, los nudillos blancos, las piernas abiertas de par en par, y aguantó el orgasmo en silencio mientras su hijo lo miraba sin parpadear.
Cuando terminó, dejó caer la cabeza hacia atrás y se rio. Una risa rota, sin aire, casi un sollozo.
—Hostia, hijo. Hostia.
Hugo no se movió. Tenía las manos todavía aferradas a la taza, la respiración entrecortada y un dolor caliente entre las piernas que iba a tardar mucho en bajar. Lo único que pudo decir fue lo más obvio del mundo.
—Papá, te has corrido en el desayuno.
—Ya lo veo.
—Sin tocarte.
—Ya lo veo, niño. Ya lo veo.
Los dos se quedaron callados un rato largo. El olor a café se mezcló con otro olor mucho más reciente y mucho más íntimo. Por la ventana entró una ráfaga de aire de la calle, calentita ya, que les puso la piel un poco más alerta. Abajo, el horno avisó con un pitido lejano que la primera tanda estaba lista.
Joaquín se levantó por fin. El calzoncillo, empapado y pesado, se le pegaba al cuerpo de un modo que no dejaba lugar a dudas. Se quedó de pie un instante, mirando a su hijo, sin decir nada.
—Me voy a cambiar —dijo al final—. Y voy a abrir la panadería.
—Vale.
—Y esta tarde, cuando cierre, tú y yo hablamos. En serio. Sin café de por medio.
—Vale, papá.
—Hugo.
—¿Qué?
—No te arrepientas todavía. Espera al menos a la tarde.
Joaquín salió de la cocina con la misma naturalidad con la que había entrado, como si llevarse el calzoncillo arrasado fuera el broche normal de cualquier desayuno. Hugo se quedó solo en la mesa, frente a una tostada a medio comer y una taza fría. Tardó un buen rato en mover un solo dedo.
Cuando por fin se levantó, vio que tenía los dedos manchados de mantequilla y el cuerpo entero brillando de sudor. Bajó la vista a su propio calzoncillo gris y comprobó, con una mezcla de vergüenza y de risa nerviosa, que también él había dejado una marca propia en la tela.
El verano en Cádiz no había hecho más que empezar.