Mi tarde de descontrol en la sauna gay del centro
Marcos llevaba toda la mañana de uno de esos días tontos en los que el cuerpo le pedía guerra, y no era guerra de gimnasio. Sus poros pedían sexo a gritos, y por mucho que intentara concentrarse en el ordenador, las ideas no le entraban en la cabeza.
A sus cincuenta cumplidos se consideraba un todoterreno. Le iban hombres, mujeres, jóvenes y mayores, y según el momento se adaptaba al cuerpo que tuviera delante. Rapado, barba canosa cuidada, una tripita típica de la edad y un físico del montón: estatura media, hombros anchos sin escándalo. Lo que sí tenía era una verga muy proporcionada, no un colgajo descomunal pero sí gruesa, con un glande precioso y siempre descubierto.
Las apps de ligue, esa tarde, solo le servirían para perder más horas mirando perfiles y marearse. Así que decidió ir a tiro hecho. Cogió las llaves, bajó al garaje y enfiló hacia la sauna del centro.
En la recepción le atendió un chaval lampiño, muy guapo, con unos labios jugosos que parecían pintados. Le entregó la toalla, las chanclas y la llave de la taquilla guiñándole un ojo. Marcos no supo distinguir si era coquetería personal o gajes del oficio, pero por dentro su otro yo empezó a despertarse dentro del vaquero. Le devolvió la sonrisa y caminó hacia el vestuario.
Se desvistió tranquilo, fue colocando la ropa en la taquilla y, con solo la toalla anudada a la cintura, salió a hacer un primer reconocimiento. Lo primero, una ducha. Higiene ante todo.
Allí se cruzó con un viejo. Setenta y muchos, encorvado, con el cuerpo seco de quien ya no engorda. Pero la polla. La polla era descomunal, una verga gruesa y larga que no parecía pertenecer a aquel cuerpecito menudo. El abuelo no apartaba los ojos de Marcos mientras se enjabonaba el pubis y se sobaba aquel pollón sin disimulo.
Joder cómo se las gasta el viejo, pensó Marcos. Aprovechó la ducha para meterse un par de dedos jabonosos en el ojete y dejárselo impoluto por si la tarde lo pedía. Terminó el aseo y enfiló hacia la sauna seca.
Al abrir la puerta, tres chavales jóvenes hicieron un aspaviento como si los hubiera pillado in fraganti. Se separaron y se quedaron mirando al techo, fingiendo. Marcos sonrió por dentro. Como si alguien fuera a sorprenderse aquí dentro. Se sentó en la grada baja, esperó cinco minutos, pero los tres seguían petrificados. Su entrada les había cortado el rollo. Se levantó, les hizo un gesto cómplice y salió para dejarlos a su aire.
Siguiente destino, la sauna de vapor. Allí dentro había bastante gente, seis o siete cuerpos repartidos por las gradas. Marcos respiró aquel olor tan característico —humedad, calor y sudores ajenos— y se sentó en la grada media. De la rejilla salió un nuevo chorro de vapor que envolvió todo en una niebla espesa, casi opaca. Era la señal. En cuanto desaparecieron los contornos, empezó el movimiento.
Un chico muy joven, casi un niñato, se descolgó desde la grada superior y le rodeó el cuello con los brazos. Lo hizo girar la cabeza con suavidad y le buscó la boca. Las lenguas se enredaron sin presentaciones. Marcos ya estaba duro, así que apartó la toalla a un lado y dejó que el chaval viera lo que tenía abajo.
Sin separar las bocas, el chico bajó de la grada y se sentó encima de Marcos. Sus manos exploraron aquel culito pequeño y redondo, los dedos buscaron la entrada. Un gemido suave en la oreja y un mordisco en el lóbulo fueron toda la respuesta que necesitó. Alzó las caderas, se colocó sobre la verga de Marcos y se empaló despacio, hasta dejarla entera dentro.
—Aaah, papi… me está volviendo loco —jadeó el chaval contra su cuello.
El chico trotaba arriba y abajo, y a su alrededor el resto de cuerpos se masturbaban mirándolos como en un cine porno casero. Los gemidos del chaval inundaban la sala. Marcos estaba demasiado caliente para aguantar. En uno de los vaivenes apretó el pubis contra aquel culo apretado y se vino, llenándolo entero. Un par de besos más y salió de allí con el rabo todavía babeando.
***
Necesitaba un momento de calma. Se metió bajo la ducha caliente y dejó que el agua le destensara los hombros. Después se fue a la sala de descanso, donde una pantalla pasaba porno en bucle. Se tumbó en uno de los sofás tapado con la toalla, y desde ahí controló las entradas y salidas del cuarto oscuro.
Recuperado el aliento, le apetecía otra cosa. No follarse a nadie en concreto. Un baño de cuerpos. Dejó la toalla en el sofá y entró en bolas al antro de perversión oscura. Avanzaba despacio para no chocarse. Las manos lo palpaban por todos lados, bocas se le pegaban al rabo, al pecho, a la boca, al ojete. Era demasiado. Lo iban a devorar. Acariciaba otros cuerpos, se dejaba acariciar, mientras a su alrededor sonaba un mar de gemidos. Alguien había abierto un bote de popper y el ambiente empezó a girarle. Notó el corazón acelerado, le faltaba el aire y se dirigió a la salida abriéndose paso entre el enjambre de hombres.
Ya fuera respiró hondo, se ajustó la toalla y se dio un paseo por la zona de cabinas. Se dio cuenta de que un tío lo seguía desde el cuarto oscuro. Le habré molado, pensó. Continuó el putipaseo. Algunas cabinas estaban cerradas, otras con gente follando y la puerta entornada a modo de invitación, otras vacías.
***
De vuelta por el pasillo se cruzó con el hombre que lo había seguido. Era más alto, quizá un metro ochenta y cinco, muy moreno. Ni guapo ni feo, con la cara dura de quien ha trabajado al sol. Le calculó algunos años más, pero no llegaba a los sesenta. Llevaba el pecho cubierto de vello blanco y negro y una tripa recia que entraba antes que él en los sitios. Latino. Más tarde sabría que cubano por el acento.
Le cerró el paso apoyando una mano en el dintel de una cabina vacía.
—¿Para dónde tú vas? Quédate conmigo y la pasamos rico.
—¿Ah sí? ¿Y qué propones? —respondió Marcos.
—Comerte entero.
—Suena bien…
A Marcos le apetecía dejarse hacer. Entró en la cabina y el cubano —Rolando, sabría después— cerró la puerta tras de sí. Mejor así, sin interrupciones.
De pie, frente a frente, unieron las bocas despacio, como amantes de verdad, con calma. A Marcos le encantaba esa sensación. Ya había descargado toda la prisa con el chaval de la sauna de vapor; ahora quería otro tipo de placer, más lento.
Rolando deslizó la lengua de los labios al cuello y se detuvo en la oreja izquierda. Aquello terminó de ponérsela dura. Retiró las dos toallas, las extendió sobre el camastro, y mientras seguía lamiendo la cara, los ojos, los labios y el cuello, los gemidos ahogados de Marcos empezaron a escaparse solos. Las manos de Marcos recorrían la espalda enorme del cubano y sus nalgas anchas.
—¿Nunca te comieron? —murmuró Rolando.
—Mmmm… como lo haces tú, pocas veces.
—Como lo hago yo, te aseguro que nunca.
De un pequeño empujón lo tumbó boca arriba en el camastro y le alzó las piernas tomándole los pies con las manos. Se los llevó a la boca. Chupaba los dedos como si fueran pequeñas pollitas, lamía los huecos entre las falanges, recorría la planta entera con la lengua plana.
—Ooohf… joder, me gusta —jadeó Marcos.
—Disfruta. Me encanta hacerlo y apenas estoy empezando.
Marcos notaba una sensación nueva. El cuerpo se le encendía a cada lamida y el vello se le erizaba cuando el cubano daba con algún punto sensible. De los pies, Rolando subió por la cara interna de los muslos hasta las ingles. Tan concentrado estaba Marcos en las caricias que la polla se le había quedado morcillona, ni dura ni blanda, pero con el palpitar metido en el pubis.
La lengua del cubano llegó a los testículos. Le colgaban lo suficiente como para tapar la entrada del ojete. Rolando los chupó con habilidad, corrió aquel velo con la barbilla y empezó a recrearse en el agujero. Ni un dedo, solo lengua. Una lengua gorda y caliente que a poco entraba ya por el ojete dilatado. Marcos se retorcía contra la lona del camastro.
—Aaaah, me encanta… joder, qué bien lo haces, no pares por favor.
Rolando abrió aquel ano a fuerza de lengua hasta dejarlo babeando. Pero no tocó la polla de Marcos. Todavía no. Pasó del culo a los huevos, subió por la ingle hasta uno de los costados y se detuvo en las tetillas, alternando mordiscos pequeños y lamidas largas. Le levantó un brazo y hundió la nariz en la axila, aspirando hondo, saboreando el olor.
Tal como estaba colocado, Rolando quedaba entre las piernas de Marcos, que ya no atendía a razones. Se había abandonado al cubano sin reservas. Algo grueso le rozó el ojete. La polla de Rolando, evidentemente: más bien corta pero muy gorda. La cabeza de aquella verga se restregaba en el ano buscando entrada, y gracias al estado de Marcos —relajado, lubricado, abierto— se dejó pasar. Con un poco de esfuerzo entró entera y arrancó un gemido profundo.
—Oooghhh, hostias… —resopló Marcos.
—Ya, ya… ya quedó. Es cortita pero se hace notar, mi amor.
—Joder si se hace notar… espera, deja que me adapte un poco.
Rolando apoyó la tripa sobre el pecho de Marcos y se inclinó a comerle la boca mientras él se «adaptaba». La polla del cubano se salió y volvió a la carga. Ahora no solo sentía aquel vergón cabezón entrando y saliendo: también sentía el peso entero de Rolando sobre él, aplastándolo. Estaba a su merced. Justo el plan que le apetecía. Que un hombre lo usara sin pedir permiso.
Los gemidos retumbaban en la cabina, tanto que alguien intentó abrir la puerta sin éxito desde fuera. Marcos lo estaba gozando. Tenía a Rolando empujando contra la puerta de su sexo, ya más que dilatada. La sacaba entera y la volvía a meter de golpe, concentrando todo el placer en el anillo y en el glande.
Después de un buen rato, Rolando le dio la vuelta como si fuera un trapo y lo puso a cuatro patas. Marcos apoyó la cabeza sobre la lona, inclinó la espalda y sacó el culo todo lo que pudo. Pero quería hacer algo más. Quería comerse aquella vergota que ahora llevaba todo el sabor de su culo mezclado con el del cubano. Se giró —para sorpresa de Rolando— y se la metió en la boca. Tuvo que abrir bien la mandíbula. Sabía rico, una mezcla de los fluidos de los dos, y la polla del cubano era muy babosa, lo que la hacía aún más sabrosa.
Rolando no le dejaba en paz el culo, le hundía dos y tres dedos a la vez. Justo cuando iba a venirse, se retiró de la boca de Marcos, se giró y montó un sesenta y nueve plantándole aquel culo enorme en los morros mientras le mamaba la polla.
—¡Come culo cubano! Joder, qué buena polla te gastas tú.
—Mmm, mmm, uummmm… —fue todo lo que Marcos pudo articular con la boca llena.
Como la vez anterior, Marcos no se contuvo y se vino dentro de la boca de Rolando, que saboreó cada chorro hasta dejarle el rabo seco. Excitado como estaba, el cubano metió su vergón en la boca de Marcos y se la folló sin contemplaciones hasta correrse él también. Era incapaz de tragar tanto esperma. Se le escapaba por las comisuras. Recogió los restos con los dedos y volvió a metérselos en la boca para no perderlos.
—Joder, qué lechero eres… ¡qué bueno está! —jadeó Marcos.
—Cuando un tipo como tú me pone tanto, soy una fuente, mi amor.
Agotados por el polvazo, quedaron tirados en el camastro como una pareja vieja. Abrazados, Marcos apoyado sobre el pecho del hombretón que le había dado tanto placer en una tarde de jueves cualquiera.
—¿Qué te parece si nos damos una ducha? —propuso Rolando.
—Fenomenal, aunque estoy agotado.
—Luego nos relajamos en el jacuzzi.
—Ah, pues buen plan.
***
Salieron de la cabina cruzándose con varios hombres. Rolando delante, Marcos detrás. Uno de los que esperaban turno le pegó una palmada en el culo al pasar.
—¡Te has puesto fino, eh!
Marcos respondió con una sonrisa picarona y siguió caminando.
En las duchas estaban solos. Por un momento. Uno enjabonaba al otro disfrutando de las caricias y los besos. Con la polla bien enjabonada, Rolando se la volvió a meter por detrás. Marcos no pudo decirle que no. Lo tenía subyugado, podía hacer con él lo que quisiera.
—Así te limpio el ojete por dentro —rio Rolando.
—Ufff, joder… haz lo que quieras, mmmm.
—No, si eso hago. ¡Toma verga, toma!
En ese momento entraron el chaval de la sauna de vapor y el viejo de la primera ducha cogidos de la mano. Se colocaron en la regadera de al lado, como si nada.
—Vaya, encontraste un buen macho, ¿eh? —dijo el viejo a Marcos.
—Oh, ooooh, sí, mmm…
—Míralo —se rio el chaval—. Después de taladrarme el culo a mí, mira cómo le gusta que se lo hagan a él. Te dejé el ojete preparado para tu rabaco, abuelito.
—Vaya dos putones estáis hechos —murmuró el viejo, encantado.
—¡Ahí va otra lechada caribeña! —anunció Rolando vaciándose dentro de Marcos—. ¿Alguno se apunta?
«¿Cómo? Se acaba de venir y ya me está ofreciendo al primero que pase», pensó Marcos. No le dio tiempo a reaccionar. El viejo, que debía llevar encima alguna pastillita azul, se le estaba metiendo ya, con aquel pollón que no encajaba con su cuerpo.
Mientras el abuelo se lo follaba contra los azulejos, Rolando y el chaval se enjabonaban en la regadera contigua, como David y Goliat dándose un baño. Los dos miraban el espectáculo del viejo empotrando a Marcos como si fueran al cine.
—Agáchate, zorra. Mi leche no se desperdicia en un culo cualquiera —le ordenó el viejo.
Marcos se agachó y abrió la boca todo lo que pudo, sacando la lengua. El abuelo, en dos meneos a aquel rabazo, le descargó la lechada en la garganta. Después de tragar, volvió a abrir la boca para que el viejo comprobara que se la había comido entera. Le dio las gracias.
—Venga, lávate bien ese ojete usado, te espero en el jacuzzi con el chavalín —dijo Rolando, ya saliendo—. Y date prisa, que con el culito que tiene este no te aseguro nada.
—Sí, sí, ahora voy.
Pero Marcos había tenido suficiente. Sabía que si iba al jacuzzi se lo volverían a follar delante de todo el mundo y, aunque la idea le daba morbo, estaba agotado de tanto trote. Se enjabonó por última vez, se aclaró bien y se dirigió al vestuario sin que nadie lo viera escabullirse.
Se vistió tranquilo, escondiéndose de las miradas. En la recepción, el chaval lampiño de los labios jugosos seguía detrás del mostrador. Le devolvió la llave de la taquilla y, al pasarle el papel del recibo, le rozó los dedos un poco más de lo necesario.
—¿Todo bien por ahí dentro? —preguntó el chico con una sonrisa que ya no parecía de oficio.
—Mejor que bien —respondió Marcos.
Salió a la calle y respiró el aire de la tarde. Ya no quedaba ni rastro de la tensión con la que había arrancado el día.