Mis amigos me dieron una sorpresa muy peluda
Mateo y Sebastián vienen a casa casi todos los fines de semana. A veces caen el sábado por la tarde y se quedan hasta el domingo a mediodía; otras veces aparecen los dos días seguidos, sin avisar, con una bolsa con cervezas y esa cara de pocos amigos que en realidad es la cara de quien ya está pensando en lo que va a pasar en cuanto cierre la puerta del cuarto.
Los tres somos activos. Esa es la primera cosa que aclaramos cuando nos conocimos, hace ya unos años, en una fiesta a la que llegamos por separado y de la que terminamos saliendo juntos. Lo lógico habría sido que aquello no funcionara: tres tipos de rol activo, sin nadie que quisiera el papel contrario, parecía una receta para el desastre. Pero entre nosotros pasó algo distinto, una química rara que no tiene que ver con la mecánica del sexo sino con la confianza, con poder dejar de fingir que necesitas algo que no necesitas.
Sebastián es alto, delgado, con la piel blanca tirando a bronceada porque corre al aire libre tres veces por semana. Tiene una polla fina, de glande rosado, y una manera de moverse en la cama que es casi acrobática, como si estuviera escuchando música que solo él oye. Mateo es lo opuesto: bajo, compacto, de piel muy clara y un cuerpo trabajado en serio, hombros anchos y abdomen marcado. Cuando se desnuda parece otra persona, como si la ropa le quedara siempre dos tallas grande para esconder lo que hay debajo. Yo soy el moreno del grupo, alto y delgado, sin la musculatura de Mateo ni la fibra de corredor de Sebastián.
La semana pasada llegaron más excitados que de costumbre. Lo noté apenas abrí la puerta. Mateo entró sin saludar, con esa media sonrisa que pone cuando ya tiene algo planeado, y Sebastián venía detrás, mordiéndose el labio para no soltar la carcajada.
—Te tenemos una sorpresa —dijo Mateo, y dejó la bolsa de las cervezas sobre la mesa de la cocina.
—¿Una sorpresa de qué tipo? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—De las que te gustan —contestó Sebastián desde atrás—. Vas a ver.
No insistí. Una de las cosas que aprendí con ellos es que la anticipación tiene su propio sabor, y que arruinar una sorpresa preguntando demasiado es de aficionado. Pusimos las cervezas en la nevera, decidimos que veríamos una película más tarde, y, como casi siempre, terminamos en mi cuarto antes de haber abierto la primera lata.
***
El sol de la tarde entraba en diagonal por la ventana, esa luz dorada de los sábados que vuelve todo más lento. Cerré la persiana hasta la mitad. Mateo ya se estaba quitando la camiseta, de espaldas a mí, y Sebastián se sentaba en el borde de la cama para desatarse las zapatillas.
—¿Vas a destapar la sorpresa o tengo que adivinar? —dije.
Mateo se giró. Llevaba la camiseta en la mano, el torso descubierto, y antes de contestar se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. No traía ropa interior. Lo primero que vi fue el vello: lo tenía todo, intacto, sin un solo pelo afeitado, desde el ombligo hasta los muslos, cubriéndole las bolas y trepando por la cara interna de las piernas. No se había recortado nada en semanas, eso quedaba claro. Y por encima del vello, un olor que llegó hasta mí en cuanto se acercó dos pasos: olor a hombre, a piel sin perfume, a verga sudada, a cuerpo que llevaba horas dentro de una ropa que no se había cambiado desde la mañana.
—Tampoco me bañé —dijo Sebastián a mi espalda. Lo dije sin girarme; ya había sentido lo mismo en él, ese aire denso que solo se percibe cuando alguien se quita la camisa y se acerca demasiado—. Y tampoco me afeité. Decidimos que esta vez te tocaba a ti pedir lo contrario, si querías.
No quería lo contrario. Ellos lo sabían perfectamente. Me encanta esa cosa que les pasa a los cuerpos cuando se dejan estar, cuando renuncian al jabón y al desodorante y a la maquinilla y se presentan tal cual son, con su humedad y su aspereza. No es algo que pueda explicar bien sin sonar raro, pero es lo que me arma, lo que me pone la polla dura antes de que nadie me haya tocado. Y mis amigos lo recuerdan, lo guardan, y de vez en cuando me lo regalan.
Me quité la ropa en silencio, sin perder de vista a ninguno de los dos. La verga ya se me marcaba tiesa contra el vientre, con una gota de líquido pegada al glande, y ni siquiera me había tocado. Mateo se tumbó primero, apoyado en los codos, las piernas un poco abiertas; Sebastián se subió a la cama por el otro lado, en la misma posición. Yo me senté en el medio, contra el cabecero, y los miré un segundo antes de empezar. Esa imagen, los dos esperando con las pollas duras apuntando al techo, distintos en todo y a la vez complementarios, me dura mucho después de que termina la tarde.
***
El primer beso fue de los tres. Nos inclinamos a la vez, sin que nadie diera la orden, y nuestras bocas se encontraron en el centro. Es difícil explicar la técnica de un beso entre tres personas; no es romántico, es casi mecánico al principio, pero después de unos segundos se vuelve algo distinto, una mezcla de lenguas y de respiraciones que ya no se sabe a quién pertenece cada cosa. Cerré los ojos. Sentí la lengua de Mateo contra la mía, gruesa y caliente, y al mismo tiempo el aliento de Sebastián calentándome la mejilla, y el roce de la barba de tres días de Mateo en mi mentón. Chupé la lengua de Sebastián cuando se metió entre las nuestras, se la mordí despacio, y él respondió con un gemido bajo que me bajó directo a la polla.
Bajé la cara hacia el cuello de Mateo primero, lo lamí desde la clavícula hasta la oreja, sintiendo la sal del sudor pegada a la piel. Después me giré y hundí la nariz en el sobaco de Sebastián, que subió el brazo para dejarme entrar mejor. Ese olor concentrado, rancio y dulce a la vez, me hizo cerrar los ojos. Le lamí el vello mojado, chupé la piel de abajo, y cuando levanté la cara los dos me miraban con la boca entreabierta.
—Estás enfermo —murmuró Sebastián, sonriendo—. Sigue.
Me llené los dedos índices de saliva, uno de cada mano. No hizo falta avisar. Mateo y Sebastián se levantaron un poco, apoyándose en las rodillas, y yo les metí el dedo en el culo despacio, uno con cada mano, mientras seguíamos besándonos. Apenas hubo resistencia. Sentí el anillo de cada uno cerrarse alrededor de mi dedo, apretar y aflojar, esa musculatura que se rinde de a poco. Empezaron a moverse al mismo tiempo, balanceando las caderas, empalándose ellos solos, y con la mano libre cada uno se agarró su propia polla y comenzó a masturbarse al ritmo que marcaba mi dedo.
Yo no me toqué. No hacía falta. Verlos, olerlos, sentir cómo se apretaban contra mis dedos, todo eso ya me tenía duro hasta un punto que casi dolía. Curvé los dedos hacia adelante, buscando ese punto que sé que los vuelve locos a los dos, y lo encontré casi al mismo tiempo. Mateo apretó los dientes; Sebastián soltó un gruñido largo. Cerré los ojos por momentos para concentrarme en el olor: el de Mateo era más fuerte, más espeso, casi ácido, mezclado con el de su culo caliente cerrándose sobre mi dedo; el de Sebastián era más limpio pese a todo, con un fondo dulzón. Los dos juntos, mezclados con el sudor que empezaba a aparecer en las sábanas, formaban una atmósfera que no se parece a nada.
Metí un segundo dedo en cada uno. Sebastián arqueó la espalda y se dejó caer sobre mi mano, buscando más profundidad; Mateo bajó las caderas hasta que le llegué al nudillo. Empecé a bombearlos, a abrirles el culo despacio, sintiendo cómo se les relajaba por dentro con cada empuje. La mano de Sebastián iba cada vez más rápido sobre su verga, apretando el glande al final de cada pasada, dejando una película brillante de líquido preseminal en la palma.
—No voy a aguantar mucho —murmuró Sebastián, con la voz quebrada, sin dejar de moverse.
—Pues no aguantes —le contesté, y le hundí los dedos hasta el fondo, apretándole la próstata a propósito—. Córrete. Quiero verte.
***
Sebastián fue el primero en venirse. Soltó un gemido corto, casi sorprendido, estiró las piernas hasta tensarlas, dobló los dedos de los pies de esa manera tan suya, y empezó a disparar. Su semen es siempre muy líquido, casi transparente, y sale en chorros largos, uno detrás de otro. Conté seis, quizá siete, antes de que se quedara quieto, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta sin hacer ruido. Le manchó el pecho, el vientre, y una salpicadura larga me cayó a mí en el muslo. Todavía con los dedos dentro, sentí cómo el culo se le apretaba en espasmos alrededor, ordeñándome los nudillos con cada chorro.
Cuando se relajó, retiré los dedos despacio, y él, sin abrir los ojos del todo, se dejó caer de rodillas entre mis piernas y me tomó en la boca de un solo movimiento. Se la tragó entera, hasta que sentí su nariz contra el vello de mi pubis y su garganta cerrarse alrededor del glande.
No fue una mamada elegante. Fue una mamada hambrienta, sin pausas, como si necesitara compensar algo. Sentí su lengua subir y bajar por el tronco, su mano agarrarme la base con firmeza y torcerla al ritmo de la boca, la otra mano abriéndome las bolas para lamérmelas entre cabezada y cabezada. Me chupó los huevos uno a uno, me metió los dos en la boca a la vez, subió otra vez hasta el glande y me lo apretó con los labios hasta hacer un ruido obsceno de succión. Por encima de todo, ese olor a hombre todavía caliente del orgasmo, y el sabor de su propio semen que se le había quedado en la comisura y que me embadurnó la polla cuando volvió a bajar.
Mientras Sebastián me devoraba, mis otros dedos seguían dentro de Mateo, que ahora se movía solo, más despacio, alargando lo suyo a propósito. Se había puesto de rodillas encima del colchón, con las piernas bien abiertas, empalándose en mi mano como si fuera una polla, dejando que le rozara la próstata a cada bajada. Su verga gruesa se le balanceaba pesada entre los muslos, con el glande morado, brillante de líquido, y no se la tocaba: quería aguantar.
—Mírame —le dije a Mateo, sin parar de mirarlo.
Él me miró sin decir nada. Mateo es así en el sexo: callado, casi serio, con una expresión que de fuera podría parecer indiferencia y que en realidad es concentración absoluta. No gime. No habla. Solo respira más fuerte y, cuando llega el momento, se le abre la boca como si fuera a decir algo que nunca llega a salir.
Se agarró la polla por fin, con la mano cerrada del todo alrededor porque de otra manera no le abarcaba, y empezó a menearla con puñeta lenta, apretando fuerte cada vez que llegaba al glande. Le vi los dedos hundirse en la carne, el prepucio moverse hacia adelante y hacia atrás, el líquido preseminal caerle en hilos hasta las bolas. Yo le abría el culo con tres dedos ya, sintiendo cómo el anillo cedía y me chupaba hacia adentro, y me dediqué a masajearle la próstata sin descanso, con la yema empujando siempre en el mismo punto.
Lo vi acercarse poco a poco. La mano que se masturbaba ralentizó el ritmo, los músculos del abdomen se le marcaron más, las bolas se le pegaron a la base, y entonces la boca se le abrió y empezó a soltar el semen. El suyo es lo opuesto al de Sebastián: espeso, denso, casi blanco. No salió disparado. Salió empujado, como una pasta lenta que le bajó por el tronco de la verga, le cubrió los dedos y se quedó ahí, brillante, sin terminar de caer. Mateo tiene una polla gruesa, mucho más gruesa que la de cualquiera, y eso hace que el semen tarde en correr por ella, que se acumule en relieves que en otros cuerpos no existen. Menos mal que ninguno de los tres es pasivo, porque no me imagino la escena al revés: esa verga entrando en cualquier culo tendría que hacerlo con calma de horas.
Se llevó la mano llena a la boca, sin quitarme los ojos de encima, y se lamió el semen de los dedos uno por uno, chupándoselos hasta el fondo. Después bajó la mano hacia mi cara y me pasó lo que le quedaba por los labios. Se lo lamí, se lo mamé del pulgar, saboreando esa densidad salada y amarga que solo tiene la corrida de Mateo.
Verlo así, callado, abierto, vaciándose sin un solo ruido, con mi dedo todavía metido hasta el nudillo en su culo apretado, fue mi propio detonante. Le avisé a Sebastián con un toque en la nuca, no para que parara sino para que estuviera atento, y me dejé ir dentro de su boca. La primera descarga le llegó al fondo de la garganta; sentí cómo se atragantaba un segundo y aguantaba. Retrocedió apenas, dejando el glande entre los labios, y las siguientes se las corrí ahí, en la lengua, chorro tras chorro, viendo cómo se le acumulaba el semen en la boca antes de que le diera tiempo a tragar. Fue largo, más largo de lo que recordaba en mí, y mucho más intenso. Sebastián no escupió, no apartó la cara, no perdió una sola gota. Tragó todo, mirándome desde abajo, con esa cosa que tiene en los ojos cuando hace algo que sabe que no le tocaba y aun así lo hace. Después me lamió la punta despacio, limpiándome hasta la última gota, y me dio un beso en el glande antes de soltarla.
***
Nos quedamos quietos un rato largo. Sebastián apoyó la cabeza en mi muslo, sin soltarme del todo, con la lengua todavía apoyada en el tronco de la polla que empezaba a aflojarse. Mateo se dejó caer de espaldas, los brazos abiertos, mirando el techo, todavía con el pecho subiendo y bajando con fuerza, la verga tumbada en el vientre en un charco de su propia corrida. Mis dedos seguían resbalando despacio dentro de él, casi por inercia, hasta que él mismo los retiró con suavidad y me cerró la mano sobre la suya.
—Tenías razón con la sorpresa —dije al cabo de un minuto.
—Te dije que iba a gustarte —contestó Mateo, sin girar la cabeza.
—¿Y la próxima cuál es?
Sebastián se rió contra mi pierna. Mateo soltó algo parecido a un gruñido, que en su idioma quiere decir muchas cosas y casi nunca quiere decir que no.
Estuvimos un rato largo hablando tonterías, de esas que solo tienen sentido cuando ya no queda tensión en el cuerpo. De una película que ninguno había visto, de un amigo en común que se acababa de mudar, del aire acondicionado que llevaba semanas pidiendo a gritos que lo arregláramos. La cama era un desastre, las sábanas estaban manchadas de semen y sudor, el cuarto olía a los tres a la vez, a culo y a corrida y a hombre, y a ninguno le importaba lo más mínimo.
Al final fui yo el que se levantó primero. Les tendí la mano a los dos, los ayudé a salir de la cama, y nos fuimos los tres juntos al baño. El plato de la ducha es grande, suficiente para los tres si nos apretamos un poco, y eso hicimos. El agua caliente borró el olor de a poco, primero el más superficial y después el otro, el de la piel. Nos enjabonamos sin urgencia, pasándonos la esponja por la espalda, por las bolas, entre las nalgas, riéndonos cuando alguno resbalaba.
—La próxima vez quizá no nos bañemos en una semana —dijo Sebastián con la cara llena de espuma.
—No prometan cosas que después no cumplen —contesté.
Mateo me pasó la esponja por la espalda sin decir nada, y los tres seguimos enjuagándonos en silencio, escuchando solo el ruido del agua y la respiración del otro. Pensé, mientras me secaba, que la sorpresa de verdad no había sido el vello ni el olor ni el trío. La sorpresa era seguir teniendo esto, fin de semana tras fin de semana, sin desgastarse, sin volverse rutina, con la misma certeza de la primera vez de que los próximos sábados también tendrían su propia versión de lo mismo.
Y, francamente, no se me ocurre mejor manera de pasar una tarde.