El pelirrojo del metro me siguió hasta los baños
Aquella mañana llovía con esa lluvia gris que se queda pegada al asfalto, y bajé al metro arrastrando los pies con un sueño que pesaba más que la mochila. La noche anterior me había quedado hasta las tres viendo capítulos sueltos con mi compañero de piso, y para colmo después no había podido pegar ojo.
Conseguí sentarme en el último asiento del vagón. Poco a poco la gente fue llenando el espacio hasta que ya no se podía respirar. Era hora pico y un día de lluvia: la peor combinación. Olores a perfume mezclados con sudor, paraguas mojados goteando sobre el piso, cuerpos apretados que no se conocían y se rozaban sin querer. Me quedaban más de diez paradas.
Cerré los ojos casi sin proponérmelo. La música de los auriculares y el cansancio me llevaron a ese limbo entre la vigilia y el sueño en el que ya no se piensa en nada. Tenía el brazo apoyado sobre el agarradero de aluminio del pasillo, y de pronto sentí algo duro restregarse contra mi codo.
Tardé en abrir los ojos. Solo fue al tercer o cuarto roce cuando reaccioné, sorprendido por una presión más firme contra mi brazo. Aquello no parecía el vaivén normal del vagón. Alguien se estaba arrimando a mí a propósito.
Levanté la mirada. Era un tipo alto, fornido, pelirrojo, con una barba muy bien recortada y un traje gris oscuro perfectamente planchado. Llevaba uno de esos maletines de cuero que cargan los ejecutivos en hora pico. Sus ojos se cruzaron con los míos y me sonrió. Yo no reaccioné. Bajé otra vez la vista hacia mi codo, y allí, justo a esa altura, estaba su bragueta.
Aquel hombre estaba parado de frente a la puerta y arrimado a mí en una posición que hacía imposible que nadie más lo viera. Y su paquete no era normal. Debajo del pantalón de pinzas se notaba un bulto que no podía ser otra cosa: la tenía durísima y se la estaba frotando contra mi brazo.
¿Qué hago?
Tenía diecinueve años, recién bajado de un pueblo del interior para empezar la universidad. No era tonto, pero sí inocente para algunas cosas. Era un chico que las chicas miraban: alto, en forma, con pinta de buen partido, y hasta ese momento mi vida sexual se había reducido a un par de novias del instituto y a alguna estudiante del primer cuatrimestre. Nunca había pensado en otro hombre. Ni una sola vez. No por homofobia, sino porque sencillamente no me llamaba.
Y sin embargo, ahí estaba, dejando el codo quieto cuando podría haberlo retirado.
El bulto volvió a presionarme con más descaro. Esta vez no podía fingir que era el movimiento del vagón. Sentí el calor que salía de aquel paquete, la dureza, hasta el palpitar a través de la tela. Noté que me ardía la cara. Aun así, levanté otra vez la vista para mirarlo.
Él me sonrió de nuevo y me guiñó un ojo. En ese momento podría haberme parado, haberme bajado en la siguiente estación, haberle dicho cualquier cosa. No hice nada. Adelanté el brazo un centímetro, casi imperceptiblemente. Él lo entendió enseguida y empezó a frotarse con más firmeza, sin desviar la mirada.
¿Por qué no me muevo?
El morbo me había puesto duro a mí también. Lo notaba apretándome contra el vaquero, hinchado de manera incómoda. Empecé a participar del juego sin pensarlo: moví el brazo para que el contacto fuera más profundo, busqué su mirada, hasta intuí en su cara los primeros gestos de placer disimulado.
Casi se me pasa mi parada. Tuve que levantarme de un tirón, empujar a la gente y a él mismo, y salir corriendo del vagón. Pisé el andén con la polla durísima, marcando el pantalón de forma escandalosa. Sentía la entrepierna mojada por dentro. No podía llegar así a clase. Tenía que limpiarme y, sobre todo, bajar aquella calentura.
Me metí en los baños del metro, en uno de los cubículos cerrados al fondo. Bajé el pantalón y el bóxer, y limpié con papel el rastro pegajoso. Estaba a punto de reventar. Me la agarré con la mano y empecé a masturbarme rápido, casi con rabia, mirando las pintadas obscenas que cubrían las paredes del cubículo.
Y en eso estaba cuando sonaron unos nudillos en la puerta.
—Está ocupado, lo siento —dije, parando en seco.
—Ya sé que está ocupado. Y por qué.
Me quedé congelado.
—¿Quién eres?
—Soy el del vagón.
Una mezcla de vergüenza, miedo y morbo me subió por el pecho. ¿Cómo me ha encontrado? ¿Me siguió hasta acá? Podía quedarme callado y esperar a que se aburriera. O podía contestar.
—¿Qué quieres? —dije por fin.
—Echarte una mano. Y que tú me la eches a mí.
—No, mira. Yo no soy gay. No sé por qué dejé que pasara lo del tren. Vete, por favor.
—Tranquilo. No te voy a obligar a nada. Te vi en el metro y sé cómo estabas. Abre, hablamos un momento, y si no te apetece nada me piro. Te doy mi palabra.
—¿Y si entra alguien?
—No hay nadie. Si lo hubiera, no estaría aquí pidiéndotelo.
Lo pensé unos segundos. Total, era solo una paja compartida con un desconocido. Me iría a la facultad descargado y aquello quedaría como una anécdota rara que nunca le contaría a nadie. Eso me dije para justificarlo. Me subí el pantalón sin abrocharlo del todo y descorrí el pestillo. Él empujó la puerta con cuidado y se metió en el cubículo conmigo, cerrando otra vez por dentro.
—Tomás —dijo en voz baja, tendiéndome la mano.
—Adrián.
—¿Quieres terminar lo que empezamos?
—Yo no empecé nada.
—Pero te gustó.
—No soy gay.
—No hace falta serlo para pasar un rato. Un poco de morbo no le hace daño a nadie.
Mientras hablaba, dejó el maletín sobre la cisterna y me puso la mano por encima del pantalón. Empezó a apretarme el bulto con la palma abierta, sin prisa, sin brusquedad. Yo no le aparté la mano.
—Estás durísimo, chaval.
—Como tú.
—Pues mira.
Se desabrochó el cinturón con un solo movimiento y se bajó el pantalón hasta media pierna, junto con el bóxer. La polla que salió era enorme, circuncidada, dura como una piedra, con la cabeza brillante de tanta tensión. Nunca había visto el sexo de otro hombre tan de cerca. Era una imagen que ya no me la iba a poder sacar de la cabeza aunque quisiera.
—Enséñame la tuya.
Ya era tarde para echarse atrás. Me bajé el pantalón y dejé la mía al aire. Él me agarró la mano con suavidad y la llevó hasta su miembro. Yo cerré los dedos casi por instinto, sin saber muy bien qué hacer, y empecé a moverlos arriba y abajo, despacio. Él hizo lo mismo con la mía, con un ritmo más experto, midiéndome.
Los primeros suspiros nos salieron a los dos casi a la vez. Apretados los labios, conscientes de que cualquier ruido fuerte se oiría desde el resto del baño.
—¿Te gusta? —me preguntó al oído.
—Está… está bien.
—Tienes una polla preciosa.
—La tuya está más grande.
—¿Quieres chupármela?
Aquella pregunta me dejó en blanco. La mano seguía subiendo y bajando por su miembro venoso, caliente, húmedo en la punta. Hasta entonces siempre había sido yo el que recibía esa atención. Pensar en arrodillarme y meterme en la boca el sexo de otro tío era cruzar una línea distinta. No tenía ni idea de cómo se hacía. Ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo.
—Venga, será tu primera —dijo, casi como un permiso.
—Claro que será la primera.
—Te va a gustar.
***
Me dejé caer de cuclillas. Sabía que el primer lengüetazo iba a ser lo más raro. Cerré los ojos, le acerqué la boca y le pasé la lengua por el glande, recogiendo la humedad que le brotaba. Lo sentí estremecerse y agarrarme del pelo con una mano. No me apretó. Solo me sostuvo, marcándome el ritmo sin imponérmelo.
Seguí a lengüetazos un rato, copiando lo que había visto en algún vídeo. Después, casi sin darme cuenta, dejé que entrara entera en mi boca. La sensación fue extraña al principio: el calor, la dureza, el peso. Pero al segundo o tercer movimiento ya estaba siguiendo el mismo patrón con el que las chicas me lo hacían a mí. Subir, bajar, apretar los labios, ayudar con la mano lo que no me entraba.
—Joder, chico. Vas a hacer que me corra demasiado pronto.
Tomás empezó a empujar las caderas con cuidado. La polla se me hundía a veces hasta el fondo y me hacía atragantarme un poco. Aprendí a respirar entre las arremetidas, a relajar la garganta, a girar la lengua mientras él entraba y salía.
De repente paró. Se sacó el miembro de mi boca, me agarró por los brazos y tiró de mí para ponerme de pie. Quedamos cara a cara. Él tenía la respiración entrecortada y los ojos brillantes. Antes de que pudiera reaccionar, me cogió la cara con las dos manos y me besó.
Mi primer impulso fue resistirme. No había besado nunca a un hombre. La barba me arañaba la cara, su boca era más grande que las que conocía, su lengua entró buscando la mía con una decisión que no admitía dudas. Tardé unos segundos en dejarme llevar, y entonces el morbo me sobrepasó. Nos comimos las bocas como dos desesperados, mordiéndonos los labios, mezclando saliva, sin pensar en nada más que en el siguiente roce.
—Date la vuelta —me dijo al oído.
Lo hice. Quedé de cara a la pared del cubículo, con el pantalón en los tobillos. Él me besó la nuca, me mordió el hombro, me bajó por la espalda. Yo gemía bajo, controlándome. Me metió dos dedos en la boca, los humedeció, y bajó la mano hasta mi culo. Empezó a acariciarme el agujero por fuera, con la yema, sin entrar todavía.
Nunca me había tocado nadie ahí. Ni siquiera yo mismo. Los primeros roces me hicieron temblar de una forma que no esperaba. Las piernas me empezaron a fallar.
—Joder, chaval. Si eres más puto de lo que creía.
—No… no es eso. Nunca lo han hecho.
—Pues mira lo que te gusta.
Me metió un dedo. Apenas un poco al principio. Dolió, pero menos de lo que imaginaba. Escupió en el hueco entre los dos cachetes, repitió con dos dedos, y se quedó moviéndolos despacio, abriéndome. Yo no podía dejar de gemir, con la frente apoyada en los azulejos fríos y la mano libre buscando mi propia polla.
—¿Lo sientes? Ahora dime que no eres así.
No le contesté. Apreté los dientes y empujé el culo hacia atrás, buscándolo. Esa fue mi única respuesta.
***
Lo que vino después debí preverlo y no quise. Sacó los dedos, me separó las nalgas con las dos manos, y dejó caer un hilo grueso de saliva entre ellas. Sentí su polla buscando el sitio, presionando con cuidado. Cuando el glande empezó a forzar la entrada, todo el cuerpo se me tensó de golpe.
—Relájate. Respira.
—Espera, espera… —susurré.
—Tranquilo. Despacio.
Me puso una mano sobre la boca, no de forma agresiva sino para que cualquier grito quedara amortiguado. Empujó otro centímetro. El dolor me cruzó la espalda como un latigazo. Me mordí los labios contra su palma. Otro empujón, y la cabeza terminó de entrar del todo.
Quise echarme atrás. Quise decirle que parara. Pero él se quedó quieto unos segundos, dejándome respirar, esperando a que el cuerpo se adaptara. Cuando vio que dejaba de temblar, empezó a moverse con un ritmo lentísimo, casi paciente. Entraba un poco, salía, volvía a entrar. Escupía otra vez para lubricar. Repetía.
El dolor fue bajando minuto a minuto. Pasó a ser molestia. Después incomodidad. Después una sensación nueva, distinta a todo lo que conocía. Él me destapó la boca y mis quejidos se transformaron, casi sin avisar, en jadeos.
—¿Lo ves? —dijo, apoyado en mi espalda—. Te dije que te iba a gustar.
—Sigue, joder. No pares.
—Pide bien.
—Por favor.
Empezó a follarme con más fuerza. Los huevos le rebotaban contra mis muslos y hacían un ruido sordo que en cualquier otro contexto me habría dado vergüenza. Me daba igual. Tenía la mano agarrada a mi propia polla y me la sacudía siguiendo su ritmo, golpeándome a mí mismo contra la pared, las baldosas frías pegadas al estómago.
—Más rápido, por favor —pedí, sin reconocerme.
Tomás aceleró. Le entraba hasta el fondo y me sacaba un quejido cada vez. La velocidad subió hasta que se me nubló la vista. De pronto, sin avisarme ni a mí mismo, me corrí contra la pared en sacudidas largas, vaciándome sobre los azulejos sucios mientras él me seguía empujando por detrás.
Oírme gemir mientras me corría debió ponerlo a mil. Su ritmo se volvió brutal. Me agarró del cuello con una mano y me empotró con las últimas embestidas, cada vez más profundas. Empezó a rugir bajo, controlándose para no gritar. Sentí dentro de mí los espasmos, el calor, la descarga que iba inundándome cada vez que él volvía a empujar.
***
Se desplomó sobre mi espalda. Yo me quedé sin fuerzas, con la cabeza pegada a las baldosas, respirando como si hubiera corrido un maratón. Él me besó la nuca con una ternura que no esperaba, y se separó despacio.
Sacó del maletín unas toallitas húmedas y me pasó dos sin decir nada. Yo me limpié como pude. Él hizo lo mismo en silencio. Se subió el pantalón, se ajustó la corbata frente a un espejito plegable que llevaba en la cartera, y me dio una palmada suave en el cachete.
—Hasta la próxima —dijo.
Y se fue.
Yo tardé un rato más en salir del cubículo. Me apoyé contra la puerta cerrada, mirando las pintadas obscenas de las paredes, y me reí solo. No de alegría exactamente. De incredulidad. ¿De verdad acababa de pasar todo esto?
Cuando por fin pisé la calle, la lluvia seguía cayendo igual de gris. Caminé hasta la facultad con las piernas algo flojas y un dolor difuso en la espalda baja. Llegué tarde a clase. No conseguí concentrarme en nada de lo que dijo el profesor esa mañana.
Lo único que tenía claro era que ya no podría volver a decir que aquello no me llamaba. Algo se había abierto esa mañana en el cubículo de un baño público, y no iba a poder cerrarlo.