Intenté cambiar de vida y me costó todo lo que tenía
Conocí a Daniela en la cafetería del edificio donde ambos trabajábamos. Yo subía a la oficina de contabilidad del séptimo, ella bajaba del estudio de arquitectura del piso doce, y por algún motivo siempre coincidíamos en la fila de las dos y media. Empezamos a saludarnos. Después a sentarnos juntos. Después a quedarnos hasta que el barista nos miraba con cara de cerrar.
No le conté nada de mi vida anterior. Ni del cuarto que compartía con tres chicos en el centro de Arequipa, ni de las noches en la discoteca Volcán, ni de aquella orgía en una casa del barrio de Yanahuara que me había dejado el culo lastimado, el semen de cinco tipos escurriéndome por los muslos y la cabeza más confundida que nunca. A Daniela le dije que era contador, que vivía solo, y que estaba cansado de andar buscando lo que no encontraba. Esa última parte no era mentira.
—¿Lo que no encontrabas era una buena mujer? —me preguntó una tarde, medio en broma, mientras dibujaba círculos con el sobre del azúcar sobre la mesa.
—Era algo así —respondí.
La besé esa noche. Y a las dos semanas estaba en su cama, con la luz apagada, rezando para que no se diera cuenta de que yo no estaba del todo seguro de cómo funcionaba aquello. Le tenía miedo a muchas cosas. Al tamaño de mi polla, sobre todo. No por chica ni por grande, sino porque algunos de los hombres con los que había estado se habían reído. Daniela no se rió. Me la agarró con la mano tibia, me la acarició despacio hasta ponérmela dura, y se la metió ella misma en el coño mojado, montándome encima con una paciencia que yo no había conocido nunca. Sentí su coño apretarse alrededor de mi verga, sentí sus tetas chicas rozarme el pecho mientras se mecía, y por primera vez en años me corrí adentro de una mujer sin pensar en nada más. Ella se derrumbó sobre mí, me besó la frente, me dijo que estaba bien, y por primera vez en años sentí que tal vez podía vivir así.
A los seis meses, me pidió que nos mudáramos. A los ocho, me dijo que estaba embarazada. Me arrodillé en la cocina y le besé la barriga aunque todavía no se le notaba. Le prometí que iba a ser un buen padre. Y lo creí, lo creí con todas mis fuerzas.
El problema se llamaba Iván.
Iván era el hermano mayor de Daniela. Policía, separado, con dos hijos que veía cada quince días. Me odió desde el primer almuerzo en casa de su madre, cuando me preguntó a qué equipo le iba y respondí, con la mejor de mis sonrisas, que no me interesaba el fútbol. Vi cómo apretaba la mandíbula. Vi cómo miraba a su hermana como diciéndole «¿con esto te metiste?». Desde ese día buscó la manera de hacerme la vida imposible.
Aparecía sin avisar. Se quedaba a cenar. Hacía comentarios sobre cómo caminaba yo, sobre cómo agarraba el vaso, sobre mi voz cuando me reía. Daniela le decía que parara. Iván decía que era cariño de hermano. Y yo aprendí a callarme, porque cualquier discusión la perdía de antemano.
El día que todo se rompió empezó con una tontería. Salí apurado a trabajar y me olvidé el celular sobre la mesa del comedor. A media mañana, Iván pasó a dejarle una bolsa con frutas a su hermana. Mi teléfono sonó. Y aunque Daniela jura que ella le pidió que no lo revisara, Iván lo desbloqueó —el patrón era el mismo que el de mi cuenta del banco, una secuencia obvia— y leyó el mensaje en voz alta.
Bruno. Un nombre que yo había borrado de mi memoria con todas las fuerzas posibles. Bruno, el organizador de aquella fiesta en Yanahuara, al que en un momento de delirio le había dado mi número. «Extraño tu culito apretado, hermoso. ¿Cuándo vuelves a chuparme la polla como esa noche?»
Cuando llegué del trabajo, mi ropa estaba apilada contra la puerta y Daniela lloraba en el sofá con una mano sobre la barriga.
—¿Es verdad? —preguntó.
Le mentí. Le dije que alguien se había equivocado de número. Le dije que jamás había estado con un hombre. Que yo amaba a las mujeres, que la amaba a ella, que el bebé que estábamos esperando era todo mi mundo. Borré el contacto delante de ella. Le rogué que no respondiera a ningún mensaje de ese número. Le juré por mi madre muerta que no había nada que esconder.
Iván me miraba desde el marco de la puerta con los brazos cruzados. Sabía que yo mentía. Y sonreía.
***
Pasaron tres semanas en silencio. Daniela me hablaba lo justo. Yo dormía en el sofá las primeras noches; después, de a poco, volví a la cama, pero ella ya no se acurrucaba contra mí. Le acariciaba la barriga y sentía al bebé moverse, y por dentro me prometía que no iba a fallar otra vez. Que esta vez iba a ser distinto.
Hasta que sonó el teléfono un jueves por la tarde.
—Hola, hermoso. ¿Te acuerdas de mí?
La voz se parecía a la de Bruno, pero no era exactamente igual. Más grave, quizás más joven. Le pregunté quién hablaba.
—Cómo que quién. ¿Ya te olvidaste de la noche de Yanahuara, con la polla de tres tipos en la boca al mismo tiempo? —se rió.
Le dije que había cambiado de vida. Le dije que tenía una mujer, que iba a tener un hijo, que por favor no me llamara más. La voz del otro lado se hizo más suave.
—Te entiendo, en serio. Solo quería verte un rato. Tengo algo para ti.
—No quiero nada.
—Es un regalo que me hicieron y a mí no me sirve. Unos videojuegos. De los que te gustan a ti.
Ahí debí cortar. Ahí debí darme cuenta. Yo le había contado a Bruno, en algún momento de aquella noche, que me gustaba el FIFA y el GTA, pero jamás se lo había dicho a nadie más en ese ambiente. Esa información solo la podía tener alguien que hubiera estado en la fiesta. O alguien a quien Bruno se lo hubiera contado.
Pero no corté. Le dije que sí.
Solo voy a recoger los juegos. Solo eso.
Quedamos en una esquina del centro, a dos cuadras de la plaza. Cuando llegué, el hombre que me esperaba no era Bruno. Era mucho más corpulento, con barba cerrada y una camiseta negra apretada al pecho. Me extendió la mano y me sonrió con una familiaridad que no me cuadraba.
—Hace tiempo que no nos veíamos —dijo.
Le seguí la corriente, porque mi memoria de aquella noche era borrosa: había bebido, había aspirado algo blanco que alguien me ofreció, las luces eran rojas y las caras se me confundían. Asumí que era alguien que había estado ahí y que yo no recordaba bien.
Caminamos hasta un hotel del jirón Junín. La habitación olía a desinfectante barato y a sábanas viejas. Él cerró la puerta con llave y me agarró del cuello antes de que yo pudiera decir nada.
—Llevo días pensando en esta boca de puta.
Lo que pasó después es lo que no quiero recordar pero recuerdo cada segundo. No fue cariñoso. No fue ni siquiera salvaje en el sentido en que uno espera de alguien al que le gustas. Fue una demostración. Me empujó contra la pared, me bajó los pantalones y el calzoncillo de un tirón, y se me quedó mirando la polla medio dura y el culo desnudo como quien evalúa mercadería. Se abrió el cierre del pantalón sin sacárselo. Su verga saltó dura, gruesa, con el prepucio ya retirado y una gota de líquido brillándole en la punta. Me agarró de la nuca con una fuerza que me hizo doblar las rodillas y me empujó la cabeza hacia abajo.
—Abrí la boca. Sacá la lengua. Así, como aprendiste esa noche.
Obedecí. Saqué la lengua y le dejé la punta apoyada, sintiendo el calor de su glande, el sabor salado del pre-semen. Él me la fue metiendo despacio, para que yo la sintiera entrar centímetro por centímetro, la piel tibia deslizándose sobre mi lengua, el olor a macho subiéndome por la nariz. Cuando el glande me tocó el fondo del paladar, me la clavó de golpe hasta la garganta. Me atraganté. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Un hilo de saliva me chorreó por la barbilla.
—Así, así, tragátela toda.
Su polla no era la más grande que había probado, pero sabía exactamente cómo usarla. Empezó a follarme la boca con las dos manos agarrándome de la cabeza, embistiendo hasta el fondo, sin darme tiempo a respirar. Sentía los huevos golpearme la barbilla en cada estocada, el vello púbico raspándome la nariz cuando me hundía la cara contra su pelvis. Me sostenía ahí, con la verga clavada en la garganta, hasta que yo empezaba a convulsionar y a tirar arcadas; entonces la sacaba de un tirón, un hilo espeso de saliva y flema colgándome de los labios, y me daba dos o tres segundos para toser antes de volver a metérmela.
—Esto es lo que sos. Esto es lo que sos —repetía, casi sin aliento—. Un culito para mear semen adentro. Nada más.
Yo lloraba, le babeaba la polla, y sentía la mía endurecerse traicionera contra el frío de la pared. Él me lo vio y se rió.
—Mirá cómo se te para, puto. Decí que te gusta.
—Me gusta —murmuré con la boca llena.
—Más fuerte.
Me sacó la polla el tiempo justo para que lo dijera. Se la escupí en el glande y le dije que me gustaba, que la quería toda, y me la volvió a meter hasta el fondo mientras se reía.
Después me arrastró del pelo hasta la cama. Me tiró boca abajo sobre el colchón, con la cara aplastada contra las sábanas que olían a sudor de otros y los pantalones enroscados en los tobillos. Me abrió las nalgas con las dos manos, sin cuidado, y me escupió en el culo. Sentí el hilo tibio bajarme por el ojete y por la raya. Se escupió también en la mano, se untó la polla, y sin más preparación me la clavó de un solo golpe hasta las bolas.
Grité. Grité de verdad, un grito animal que me nació de las tripas, y él me tapó la boca con la palma de la mano ancha y áspera.
—Callate, puto. Vas a hacer que llamen a la puerta.
Me la había metido en seco, sin lubricante, sin condón, y sentí que algo se me rompía adentro, un ardor que subía como fuego desde el ano hasta la boca del estómago. Él no se movió durante unos segundos, dejándome sentir toda su verga clavada, dilatándome, y después empezó a follarme con embestidas largas, brutales, que me hacían chocar la frente contra el respaldo de la cama. La cama crujía. El cabecero golpeaba la pared con un ritmo sordo que me marcaba las estocadas. Cada vez que me la sacaba casi entera para volver a clavármela, me arrancaba un gemido roto.
—Qué culo apretado, hijo de puta. Se ve que hacía tiempo que no te lo cogía nadie.
Me agarró de las caderas y me levantó el culo, obligándome a arrodillarme con la cara todavía en el colchón. Desde esa posición me la metió más profundo, más rápido, escupiéndome en la espalda, dándome nalgadas que me dejaban la piel ardiendo. Sentía sus huevos golpearme el perineo en cada embestida, sentía mi propia polla dura y goteando entre mis piernas sin que él me la tocara.
—Decime que sos mi puta.
—Soy tu puta —contesté con la boca contra la sábana.
—Más alto.
—¡Soy tu puta!
—Así, así, aprendé.
Me la sacó de golpe, me dio vuelta boca arriba, me levantó las piernas apoyándomelas sobre sus hombros y me la volvió a meter, ahora mirándome a los ojos. Yo le veía la cara enrojecida, el sudor bajándole por las sienes, la boca abierta con los dientes apretados. Me la clavaba con toda la pelvis, doblándome en dos, y cada estocada me arrancaba un quejido que sonaba a súplica y a placer al mismo tiempo. Me agarró la polla con la mano derecha y empezó a masturbarme al mismo ritmo con que me follaba.
—Correte, puto. Correte con mi verga adentro.
No pude aguantar. Me corrí en su mano, en mi propio ombligo, en mi pecho, chorros gruesos y calientes que me salpicaron hasta el mentón. Sentí el orgasmo estrujarme el culo alrededor de su polla, y él gimió un «así, así, apretame, hijo de puta» y aceleró el ritmo. A los pocos segundos me la sacó, me agarró del pelo y me tiró de nuevo de rodillas al piso.
—Abrí la boca y no te muevas.
Se masturbó dos veces frente a mi cara, con la polla mojada de mi culo, y se corrió en chorros largos que me pintaron la lengua, los labios, los cachetes, las cejas. Un chorro me entró en el ojo derecho y me ardió. Otro me cayó tibio y espeso sobre el mentón y me goteó hasta el pecho. Me obligó a tragar lo que tenía en la boca, apretándome la mandíbula con dos dedos hasta que se lo demostré con la lengua limpia.
Cuando terminó, yo estaba arrodillado en el piso, temblando, con el semen ajeno en la cara y el mío secándoseme en el vientre.
—¿Y el regalo? —pregunté con la voz rota.
Se rió. Se subió los pantalones, agarró el celular de la mesita de luz, se peinó con los dedos.
—Me lo olvidé en mi casa. La próxima te lo traigo. Tenés el culo demasiado rico como para no repetir.
Salí de ahí sin decir más nada, con el ano ardiéndome, el calzoncillo pegoteado y el sabor del semen todavía en la garganta. En el bus de vuelta, mirando por la ventana las luces de la avenida, supe que algo no encajaba. El tipo había mirado el celular dos veces antes de que yo entrara a la habitación. Había una cámara apuntando al televisor, encendida, ahora que lo pensaba. El ángulo no era casualidad.
Pero no quise creerlo. No podía permitirme creerlo.
***
Cuando llegué a casa, mis cosas otra vez estaban en la sala. Esta vez no contra la puerta. Apiladas con prolijidad en el centro del piso, como si alguien hubiera tenido tiempo de doblar la ropa. Daniela estaba sentada en el sofá, con la barriga enorme bajo el camisón y los ojos hinchados. Iván estaba de pie detrás del sofá, con una mano apoyada en el respaldo y el celular en la otra. Me mostró la pantalla.
Estaba yo. De rodillas. Con la boca abierta. Con la polla del tipo hasta la garganta. Llorando. Tragando. En otro cuadro, boca abajo, con el culo en el aire y una verga metida hasta los huevos. En otro, la cara empapada de semen y la lengua afuera.
—Te vas ya —dijo Iván. Era lo único que tenía que decir.
Daniela no me miró. No me gritó. No me pegó. No me preguntó nada. Solo se levantó, despacio, y se fue al dormitorio, y cerró la puerta. Y yo me quedé ahí, parado, con la mochila en la mano y mi vida entera en cuatro bolsas plásticas que no iba a poder cargar yo solo.
Iván se acercó hasta tenerme la cara a un palmo.
—Si vuelves a llamarla, si vuelves a buscarla, si vuelves a aparecer cerca de mi sobrino —dijo «mi sobrino» despacio, marcando cada sílaba—, juro que el video se lo mando a todo el edificio donde trabajas. Y a tu madre. Y a tus tíos del sur. ¿Entendiste?
Asentí. Bajé en el ascensor con dos bolsas. La tercera se quedó.
***
Esa noche dormí en un banco de la Plaza de Armas, con la mochila como almohada y la chaqueta sobre la cara para que no me reconociera nadie. Lloré como no lloraba desde chico. No por mí. Por el bebé. Por la promesa de la cocina, cuando le había besado la barriga.
A la mañana siguiente caminé hasta la pensión donde había vivido tres años atrás, en una calle empinada del Cercado. Don Aurelio, el dueño, me reconoció y me dijo que no tenía cuarto libre pero que me dejaba guardar las cosas en el depósito. Le di las gracias y caminé al edificio del trabajo. Llegué a las diez. En la recepción me esperaba el jefe de personal con un sobre blanco en la mano.
—Llamaron desde la familia —fue todo lo que me dijo cuando le pregunté por qué.
Nunca supe si fue Daniela o Iván. Quiero creer que fue Iván. Quiero creer que ella, en algún momento, mientras yo bajaba las escaleras del edificio con mi sobre de despido en la mano, todavía me defendía.
Esa misma noche, a través de una conocida en común, me llegó la noticia. Daniela había perdido al bebé. Madrugada. Hemorragia. Estrés, dijeron los médicos.
Yo me senté en el suelo del depósito de la pensión, entre mis bolsas, y me quedé sin aire durante mucho rato.
***
Tomé un bus al norte. No tenía un destino claro, solo necesitaba salir de Arequipa, de las calles donde podía cruzarme con ella, de los bares donde sabía que iba a estar Bruno tarde o temprano. Llegué a una ciudad de la sierra que no voy a nombrar. Alquilé un cuarto. Pasé una semana sin levantarme, comiendo lo que me alcanzaba el dueño del hostal por la rendija de la puerta.
Sigo aquí. Hace siete meses. Conseguí un trabajo de medio tiempo en una librería. A veces, los sábados por la noche, voy a un bar que está al lado del mercado. Hay un hombre que me mira desde la barra, un tipo de cuarenta y pico, manos grandes, bulto marcado bajo el jean. Yo le devuelvo la mirada, le miro la entrepierna sin disimulo, y sé que tarde o temprano voy a terminar en su cuarto con las rodillas en el piso y su verga en la boca, porque eso es lo que soy, y porque pretender otra cosa me costó todo lo que tenía.
El destino, si existe, no quería que yo cambiara. Quería que siguiera siendo lo que vinieron a buscar de mí aquella noche en Yanahuara. Y yo, después de tanto, ya no tengo fuerza para pelearle.