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Relatos Ardientes

Mi mentor me siguió al baño un viernes por la tarde

Mateo llevaba apenas seis semanas en el estudio cuando empezaron los rumores. Que si era simpático, que si era guapo a su manera, que si nadie sabía muy bien si tenía pareja. A él le hacían gracia. Tenía veintiséis años, hombros anchos, pelo castaño siempre revuelto y una sonrisa fácil que desarmaba a clientes y compañeros por igual. La barba descuidada y la barriga incipiente no parecían restarle nada; al revés, le daban un aire menos pulido que el resto, como si no se hubiera enterado todavía de que trabajaba en un sitio donde había que cuidar la imagen.

Andrés era exactamente lo contrario. Cuarenta años recién cumplidos, camisas planchadas, zapatos que olían a betún los lunes y la mirada de alguien que ha aprendido a callar más de lo que dice. Sus sienes empezaban a poblarse de canas y él las llevaba con la naturalidad de quien sabe que le sientan bien. Era socio del estudio, uno de los tres, y desde el primer día había decidido que tutelaría al nuevo.

—Pásate por mi despacho a la una —le dijo aquel primer lunes—. Te enseño el método.

El método de Andrés era preciso, meticuloso, casi obsesivo. Mateo aprendió rápido porque le gustaba aprender de él. Le gustaba cómo se acercaba a su escritorio para señalarle una línea de un plano, cómo apoyaba la mano abierta sobre la mesa, cómo el perfume seco que llevaba se le quedaba flotando alrededor cuando se iba. Le gustaba todo aquello sin querer reconocérselo. Pensaba que se le pasaría.

No se le pasaba.

Las miradas empezaron a durar más de lo razonable a partir de la tercera semana. Andrés le pasaba un dossier y los dedos se rozaban; Mateo decía «gracias» y el otro se quedaba un segundo de más antes de soltar el papel. En las reuniones, cuando todos hablaban a la vez, sus ojos se buscaban por encima de los demás como si tuvieran una conversación paralela. Mateo se descubrió cambiando de camisa al mediodía algunos días, sin saber muy bien por qué.

—Tío, te has puesto otra camisa —le dijo Sergio, su compañero de mesa, una tarde.

—Se me ha caído café —mintió.

No se me ha caído nada.

***

El viernes era el viernes. Eso lo entendió después, cuando todo había pasado. Por la mañana ya estaba raro, el ambiente en el estudio cargado, como antes de una tormenta. A las cinco de la tarde la planta empezó a vaciarse. A las seis solo quedaban tres personas. A las siete, Mateo y Andrés.

Mateo no tenía nada urgente que terminar. Se lo había repetido tres veces mientras los demás se ponían el abrigo. Y aun así se quedó. Andrés, desde su despacho acristalado, tampoco se movía. La luz de su pantalla le iluminaba a medias la cara, y Mateo, desde su mesa, fingía leer correos que ya había leído dos veces.

Necesitaba aire. Necesitaba salir un momento de la silla, mojarse la cara, recordarse que era un profesional, que aquello era una oficina, que las cosas que pensaba a veces no se piensan en horario laboral. Se levantó y fue al baño del fondo del pasillo, el pequeño, el que casi nadie usaba.

Cerró la puerta. Abrió el grifo. El agua salió fría y la dejó correr unos segundos antes de meter las manos debajo. Se mojó la nuca, las sienes, la frente. Sin pensarlo demasiado se desabotonó los tres primeros botones de la camisa y se mojó también la base del cuello y el principio del pecho. Vio en el espejo cómo el agua le brillaba sobre el vello oscuro. Vio que tenía la respiración más rápida de lo que correspondía a alguien que solo se está refrescando.

La puerta se abrió.

Andrés entró sin llamar, sin pedir permiso, sin esa expresión cordial que reservaba para las reuniones. Cerró la puerta tras de sí con un movimiento medido y echó el pestillo. Lo hizo despacio, como si quisiera que Mateo lo viera hacerlo.

Sus miradas se encontraron en el espejo.

—¿Todo bien? —preguntó Andrés, con la voz más baja de lo habitual.

Mateo asintió sin atreverse a hablar. Su mano subió a abotonarse la camisa por puro reflejo, pero los dedos no acertaban con los ojales. Andrés se acercó un paso, dos, hasta colocarse a su lado frente al espejo. El brazo del mayor rozó el suyo y Mateo notó cómo se le erizaba la piel.

—No puedes mirarme así. Y menos con la camisa medio abierta —murmuró Andrés—. Es raro.

—¿Mirarte cómo? —dijo Mateo, con un hilo de voz.

—Así.

Andrés no añadió nada. Levantó la mano, la pasó por la nuca de Mateo, le sostuvo la cabeza un instante como si midiera la distancia, y luego lo besó. No fue un beso tentativo. Fue un beso que llevaba semanas guardado, hambriento, con dientes y respiración entrecortada. Mateo respondió igual. Le buscó la espalda con las dos manos, le agarró la camisa por encima del cinturón, lo atrajo contra él.

El baño era pequeño, blanco, con una luz fría que no perdonaba a nadie. Y aun así nunca había estado en un sitio que le pareciera menos importante. Lo único que existía era la boca del otro, las manos del otro, la fricción del otro contra él.

***

Andrés lo empujó suavemente contra la pared de azulejos. Le terminó de desabotonar la camisa él mismo, con calma, y le pasó las manos por el pecho mojado. Le tiró del vello despacio, observando cómo Mateo cerraba los ojos.

—Llevo semanas pensando en hacerte esto —dijo.

—Y yo —respondió Mateo, y al decirlo se dio cuenta de que era la primera vez que lo reconocía en voz alta.

Andrés bajó la cabeza, le besó el cuello, la clavícula, la línea por donde el vello se hacía más denso. Mateo le buscó el cinturón. Le costaba moverse con coordinación. Andrés le sujetó las muñecas un segundo, sonrió, y volvió a besarlo.

—Despacio —le dijo—. Tenemos tiempo. No queda nadie.

Eso era cierto y a la vez no lo era. En cualquier momento podía sonar una llave, unos pasos en el pasillo, la voz de alguien que se hubiera olvidado el cargador. Aquella posibilidad, lejos de frenarlos, los apretaba el uno contra el otro como un nudo que se va tensando solo.

Las camisas cayeron al suelo de baldosas. Mateo le desabrochó el cinturón a Andrés y le bajó la cremallera con manos que ya no le temblaban tanto. Cuando lo tuvo en su mano lo miró un segundo a los ojos antes de arrodillarse. Andrés no le quitó la vista de encima ni un instante. Se apoyó con una mano en la pared y dejó que Mateo lo tomara en la boca, primero despacio, después con un ritmo que él mismo iba descubriendo. La luz blanca del baño y los azulejos absorbían cualquier sonido que no fuera la respiración del mayor, cada vez más entrecortada.

Mateo había imaginado aquel momento más veces de las que estaba dispuesto a admitir, casi siempre por la noche, casi siempre con la culpa pisándole los talones a la mañana siguiente. Y sin embargo nada se parecía a esto. Al olor a piel limpia, a la mano de Andrés apoyándose con suavidad en su pelo, a la manera en que su voz cambiaba cuando ya no podía controlarla.

—Para —dijo Andrés, después de un rato, con la voz ronca—. Si sigues, esto acaba aquí.

Mateo levantó la cabeza, le sostuvo la mirada y se incorporó despacio. Andrés lo giró contra la pared. Le pasó las dos manos por la espalda, por la cintura, le bajó el pantalón. Mateo apoyó la frente contra los azulejos fríos y sintió cómo el mayor se pegaba a él por detrás, cómo le besaba la nuca, cómo el aliento le caía sobre el hombro.

—¿Estás seguro? —preguntó Andrés, en un susurro.

—Sí.

—Dilo otra vez.

—Sí.

Andrés se tomó su tiempo. Lo preparó con calma, sin prisa, como hacía las cosas en el trabajo. Cuando finalmente entró, lo hizo despacio, milímetro a milímetro, y Mateo soltó un gemido grave que rebotó contra los azulejos. Andrés esperó. Le besó el hombro. Le pasó la mano por el costado. Solo cuando notó que el cuerpo del joven se relajaba volvió a moverse.

El ritmo creció solo. Mateo aprendió rápido también esa lección. Empujaba contra él, buscaba el ángulo, le pedía sin palabras que fuera más fuerte. Andrés lo agarró por la cadera con una mano y por el hombro con la otra. Cada embestida hacía que la frente de Mateo chocara suavemente contra la pared, y a Mateo, lejos de molestarle, le encantaba aquella sensación de no poder controlar nada.

Que no acabe todavía.

Pero acababa. El cuerpo del mayor se tensaba más y más detrás de él, y Mateo lo sentía como una cuerda a punto de saltar. Andrés le pasó el brazo por el pecho, lo apretó contra sí, le buscó la oreja con la boca.

—Me voy a correr —dijo, contra su oído, como una advertencia.

—Dentro.

—¿Seguro?

—Dentro.

Andrés enterró los dedos en su cadera y lo apretó contra sí. Mateo sintió cada pulso, cada estremecimiento del cuerpo del otro contra el suyo. No le hizo falta tocarse. Se corrió también, con la frente pegada a los azulejos, sin un gemido, solo con un temblor largo que le recorrió de los muslos hasta la nuca.

***

Tardaron en separarse. Andrés le besó el hombro otra vez, con una ternura que no parecía la del mismo hombre que un minuto antes lo había sujetado por la cadera. Después se apartó, recogió su camisa del suelo y se la puso despacio. Mateo lo miraba de reojo, todavía apoyado contra la pared, con el pecho subiendo y bajando.

Ninguno dijo nada durante un rato. Luego Andrés sonrió. No fue una sonrisa amplia, fue una de esas sonrisas suyas medidas, casi avaras, pero le llegó a los ojos.

—Habría que volver antes de que algún portero de noche venga a hacer su ronda —dijo.

Mateo asintió. Se vistió despacio, con las manos torpes de quien está volviendo en sí. Cuando ya estaban los dos vestidos, Andrés le ajustó el cuello de la camisa con dos dedos, como si fuera lo más natural del mundo, y le dio un beso breve en los labios. No fue un beso de despedida. Fue un beso de antes-de.

—El lunes a la una en mi despacho —le dijo, en el tono que usaba para las cosas del trabajo—. Hay que repasar el proyecto del puerto.

—Allí estaré.

Salieron del baño con la distancia exacta de dos compañeros. Recorrieron el pasillo vacío, recogieron sus mochilas, apagaron las luces. En el ascensor se miraron una vez en el reflejo del espejo, igual que se habían mirado un rato antes en el del baño, y los dos sabían, sin necesidad de decirlo, que aquel viernes no había sido el último.

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Comentarios (5)

Ricky_BA

buenisimo!!! de lo mejor que lei en bastante tiempo

Valentino_noche

La tension que se fue acumulando es lo que hace a este tipo de relatos tan buenos. Muy bien narrado.

Nahuel_BA

tremendo, se siente totalmente real

DiegoCba_91

jajaja y como tardaron tanto?? muy bueno igual, me mantuvo pegado hasta el final

PatricioLector

Corto pero intenso. Por favor una segunda parte!!

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