La última madrugada con Mateo antes de que se mudara
Aquella madrugada con Mateo no se parecía a ninguna de las anteriores. Llevábamos meses viéndonos en hoteles baratos, en habitaciones que olían a desinfectante y a urgencia, y ninguno de los dos lo había dicho en voz alta, pero esa iba a ser la última vez que coincidíamos antes de que él se mudara al otro extremo del país. Por eso, cuando cerré con llave la puerta de mi departamento y me giré para mirarlo, supe que esa noche íbamos a llevarlo todo hasta el final.
Mateo se quitó la camisa sin dejar de observarme. Era un hombre de hombros anchos, brazos marcados por el trabajo manual y una mirada oscura que siempre me dejaba sin palabras. Tenía treinta y pocos, cinco años más que yo, y una calma en los gestos que me hacía sentir que no había prisa, aunque ambos sabíamos que el tiempo se nos terminaba.
—Ven aquí —me dijo, con esa voz baja que parecía nacerle del pecho.
Me acerqué descalzo sobre el parqué. Le besé el cuello antes que la boca, como me gustaba hacer con él, y sentí cómo su mano subía por mi nuca para guiarme hacia abajo. No hicieron falta más palabras. Me arrodillé frente a él, le bajé los vaqueros y descubrí lo que ya conocía de memoria: una verga gruesa, oscura y pesada que costaba abarcar incluso con la mano cerrada.
La sostuve un momento, mirándola, y le di un beso lento en la punta. Mateo respiró hondo y me apretó el pelo. Me la metí en la boca poco a poco, dejando que la saliva la cubriera por completo antes de empujarla hasta el fondo. Sentí el límite en la garganta y aguanté unos segundos antes de sacarla; la respiración me ardía, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no me importó. Volví a intentarlo, esta vez más profundo, y supe por el temblor de sus muslos que estaba haciendo justo lo que él necesitaba.
—Así, despacio —murmuró.
Quería que se acordara de mi boca el resto de su vida.
Lo solté con un sonido húmedo y lo miré desde abajo. Tenía las mejillas encendidas y los labios entreabiertos. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde la base hasta la punta, y después me detuve en el glande para darle pequeños besos, como si fuese otra boca a la que estuviera saludando. Mateo soltó una risa ronca y me obligó a levantarme.
—A la cama —ordenó.
***
Caí sobre las sábanas boca abajo y dejé que él me terminara de desnudar. Conocía el ritmo: primero me besaría la espalda, después los hombros, después bajaría hasta el final de la columna y se tomaría su tiempo antes de seguir. Y eso hizo. Cada beso me iba ablandando, cada mordisco suave me sacaba un suspiro que no podía contener. Cuando llegó a la curva baja de mi espalda, me separó las piernas con las dos manos y se quedó mirando.
Me puso en cuatro. Lo escuché abrir el cajón de la mesa de noche y el clic del lubricante fue suficiente para que se me erizara la piel entera. Una gota fría me cayó en la entrada y enseguida la sentí extenderse con su dedo. Lo metió hasta la mitad, lo giró con paciencia, y después puso un segundo. Mateo nunca tenía prisa para abrirme; sabía que si lo hacía bien al principio, después podía hacer lo que quisiera sin lastimarme.
Cuando me sintió listo, retiró los dedos. Apoyó la cabeza de su verga en mi entrada y empezó a jugar con ella, pasándola arriba y abajo, presionando apenas la punta, sacándola otra vez. Cada vez que parecía que iba a entrar, retrocedía. Yo apretaba las sábanas, mordía la almohada, le rogaba sin palabras.
—Pídelo —me dijo.
—Métela, por favor.
La empujó de un solo movimiento firme, y se me escapó un quejido que no supe si era de dolor o de alivio. Se quedó quieto, esperando a que mi cuerpo se acostumbrara. Después empezó a moverse despacio, hacia adelante y hacia atrás, ganando profundidad con cada embestida. Lo sentí golpear el fondo y supe que ya no había manera de prepararme para lo que venía.
—Más fuerte —le pedí.
Me agarró las caderas con las dos manos y empezó a embestirme en serio. El sonido de la piel chocando contra la mía llenó la habitación, y yo me dejé llevar, apoyando la frente en el colchón, levantando el culo todo lo que pude para recibirlo. Sentía cada centímetro de él entrando y saliendo, y al mismo tiempo una corriente eléctrica que me subía por la columna y me llegaba hasta la nuca. No necesité tocarme. En algún momento, sin previo aviso, el placer me reventó por dentro y manché las sábanas debajo de mí.
Mateo paró, pasó dos dedos por encima de lo que acababa de soltar y me los puso frente a la boca. Los chupé sin pensarlo, mirándolo a los ojos por encima del hombro, y él sonrió antes de hacerme girar.
***
Quedamos cara a cara, conmigo de espaldas en el colchón y él entre mis piernas. Me las levantó y se hundió otra vez sin tregua. Esta vez me besó mientras me cogía. Sus labios sabían a sudor, a cerveza, a la noche entera. Le mordí la lengua suave y él me devolvió el mordisco en el cuello, donde sabía que me iba a dejar marca.
—Escúpeme en la boca —le pedí.
Le brillaron los ojos. Acumuló saliva, se inclinó sobre mi cara y dejó caer un hilo que me entró directo entre los labios. Tragué sin dejar de mirarlo. Lo hizo otra vez, esta vez más, y la segunda gota me corrió por la barbilla hasta el cuello. Mateo bajó la cabeza y la lamió de vuelta hasta mi boca para que la compartiéramos.
Salió de mí sin avisar y se acomodó entre mis piernas para enterrarme la lengua donde acababa de tenerme abierto. Me cubrió todo de saliva, me llenó de besos húmedos, y después subió otra vez hasta mi cara para pasarme esos mismos líquidos. Era sucio y era hermoso. Era el tipo de cosas que solo me atrevía a pedir con él, porque sabía que no me iba a juzgar.
—No quiero olvidarte —le dije, casi sin voz.
—No vas a poder —me respondió.
***
Cuando volvió a ponerse de rodillas frente a mi cara, supe lo que tocaba. Me incorporé un poco, dejé que su verga descansara contra mis labios, y la besé como si fuera otra boca. Le pasé la lengua por el glande con cuidado, recogiendo las gotas transparentes que ya empezaba a soltar. Cada vez había más. Las mezclé con mi saliva, le di más besos, lo abracé entero con la boca y dejé que él me marcara el ritmo desde atrás de la nuca.
Mateo respiraba cada vez más rápido. Le sentí los muslos endurecerse, le sentí el pulso latirme en la lengua, y supe que estaba a segundos. No me aparté. Quería que terminara ahí, que la última imagen que se llevara fuera la de mi boca llena de él. Cuando se vino, lo hizo en oleadas, espesas y abundantes, y yo aguanté con todo dentro, hice gárgaras con su sabor antes de tragar, y después le di un beso suave en la punta para asegurarme de no dejar nada afuera.
Se dejó caer a mi lado, agotado, con el pecho subiendo y bajando rápido. Le pasé los labios por toda la verga, ahora ablandada, como si le estuviera dando las buenas noches. Le besé la cabeza igual que se besan los labios de alguien a quien se quiere. Mateo se rió bajito y me revolvió el pelo.
—Estás loco —me dijo.
—Por ti.
***
Nos duchamos juntos sin hablar demasiado. El agua caliente nos arrastró el sudor, las marcas de saliva, las huellas de las manos que cada uno había dejado en el cuerpo del otro. Le enjaboné la espalda, él me lavó el pelo, y en algún momento nos quedamos abrazados bajo el chorro sin movernos, sintiendo cómo el agua nos iba bajando por la piel.
Cuando salimos, nos secamos despacio y nos metimos en la cama con las sábanas cambiadas. Mateo me abrazó por la espalda, hundió la nariz en mi nuca y me dijo algo que no llegué a entender. Me quedé dormido con su brazo cruzándome el pecho, con su respiración haciéndome cosquillas en el cuello, y por un rato fui capaz de no pensar en que a la mañana siguiente él iba a hacer las maletas y yo me iba a quedar solo en ese departamento.
Hoy, meses después, todavía vuelvo a esa noche cuando cierro los ojos. Aprendí con Mateo que cuando uno tiene la suerte de coincidir con un hombre así, hay que estar a la altura, hay que disfrutar cada centímetro y hay que despedirse sin dejar nada guardado. Lo hago todos los días con quien me toca; pero ese tronco, esa boca, esa manera de mirarme desde arriba, no las volví a encontrar.
Un saludo cordial a quienes me siguen leyendo. Más adelante les contaré del trío que armé con una travesti hermosa y un amigo del gimnasio: les prometo que esa noche también merece ser contada.