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Relatos Ardientes

Mi mejor amigo me lo pidió y acepté

En el cuarto de Stefano releo por tercera vez el mensaje de Lucía. «¡Hola! El sábado voy a la biblioteca a estudiar Mates, que el examen me tiene aterrada. ¿Te vienes?».

Stefano me da codazos en el costado. Aitor, más callado, sonríe desde el rincón.

—Dile que sí ya, tío —insiste el italiano.

—Pero sin que parezca que estás desesperado —matiza el rubio—. Algo tipo: «pues me viene bien, lo llevo regular».

Me gusta la idea de Aitor. Escribo y, antes de guardar el móvil, ya tengo respuesta: «¡Genial! Nos vemos el sábado». Un emoticono con las mejillas sonrojadas remata el mensaje. Salgo de allí con el pecho ligero.

De vuelta a casa, Aitor camina pensativo. Apenas habla. Yo no paro de soltarle teorías sobre cómo plantear el sábado, y él asiente con vaguedad. Tomamos su desvío, chocamos las manos y nos despedimos.

Al cruzar el portal, Tomás casi me derriba en el pasillo.

—¡Marc, Marc! Este finde nos quedamos solos. Bueno, no solos del todo, porque Bruno y Sofía estarán con nosotros, pero papá y Carolina se van.

Mi padre confirma desde el salón que tienen una boda fuera de la ciudad. Bruno, mi hermanastro mayor, queda al mando.

—Ya sabes cuidarte —me dice mi padre—. Y en algún momento te tocaba ejercer de hermano mayor de verdad, ¿no?

***

El viernes llega sin avisar. Sobre las siete acabamos en casa de Bruno con los pequeños, Tomás y Sofía. Mi padre y Carolina se despiden recordando las dos normas inquebrantables: no dejar solos a los enanos y no acostarlos tarde. Cuando se cierra la puerta, Bruno me pide que vaya a su cuarto.

—Marc, necesito un favor —empieza, jugando con los dedos—. Le he dicho a Cristina que venga esta noche. Mi novia. Es la primera vez que tengo la casa sola, ya sabes…

Cojo aire y suelto el que aún no había soltado.

—Resumiendo, que te la quieres tirar.

Asiente, medio riendo. Le digo que tranquilo, que me encargo de los pequeños, y él me agradece con una palmada en el hombro.

La tarde pasa entre partidas al Mario Kart, piques al Clash Royale y el puzle de Sofía. Cenamos hamburguesas y, hacia las diez, los enanos se caen de sueño. Bruno carga con Sofía y yo con Tomás, que apenas mantiene los ojos abiertos. Cuando lo dejo en la cama, mi hermano me mira con una sonrisa somnolienta.

—Te quiero, Marc.

—Y yo a ti, chiquitín.

Cristina llega a las once en punto. Es alta, con un pecho bonito y un culo, todo hay que decirlo, espectacular. Cruzamos cuatro frases y se encierran en el cuarto de Bruno. El salón se queda en un silencio absoluto. Me pongo a chatear con Diego, mi mejor amigo, contándole los nervios por la quedada del día siguiente con Lucía.

—Yo me lanzaría, weón —escribe—. En la vida hay que jugársela.

Estoy a punto de contestarle cuando escucho un gemido ahogado al fondo del pasillo. Se me activa todo de golpe. Mis piernas me llevan solas hasta la puerta de Bruno y pego la oreja a la madera.

—Duele mucho —protesta Cristina al otro lado.

—Lo siento. ¿Paro?

—Sí, espera. Vale, empuja un poco. ¡Ay!

—¿Cambiamos de postura?

Yo ya tengo la verga en la mano, sin recordar siquiera haberla sacado. La froto despacio mientras los escucho.

—Es que la tienes enorme —se queja ella.

—Para, Bruno, de verdad. No puedo.

—No me dejes así, Cristi.

—Te lo compenso con la boca, anda. Espera, ve al baño y quítate el lubricante.

Escucho moverse a Bruno y salgo zumbando hacia el sofá. Me da tiempo de meterme la polla en el pantalón antes de que aparezca por el pasillo. No me ve.

Media hora después, Cristina se despide con el pelo todavía revuelto y la cara colorada. Cuando se va, me asomo al cuarto.

—Bueno, ¿qué tal?

—Una mierda. No le entraba.

—Pero ¿qué guardas tú ahí abajo, animal?

—Lo peor es el calentón que me ha dejado. Me ha hecho una mamada, pero no es lo mismo.

Se me enciende una bombilla.

—¿Tienes alcohol? Para olvidar las penas.

Bruno me mira raro.

—¿Tú bebes?

—Algún día tiene que ser el primero. Estamos en confianza, ¿no?

Saca una botella de orujo que tenía escondida. La siguiente hora se nos va en chupitos malos y conversaciones que me ponen cada vez más cachondo. Bruno me cuenta al detalle lo que ha intentado hacer con Cristina. Yo, ya bastante perjudicado, le suelto cuatro cosas de mis amigos sin entrar en demasiado detalle.

—Hostia tío, ¿le has comido la polla a tus colegas? —arrastra las palabras, todavía más borracho que yo—. ¿Y cómo es la sensación?

—No sé… Me gustó. Pero es raro. No sé si me gustan ellos o qué. ¿Bruno?

Tiene los ojos cerrados. Se ha quedado frito con mi rollo. Intento despertarlo sin éxito. Lo tumbo bien en la cama y le quito los vaqueros para que esté cómodo. Y entonces lo veo: el bulto bajo los calzoncillos. Joder, vaya paquete. Lo miro de nuevo. Sigue dormido, respiración lenta y profunda.

Sin pensarlo demasiado, acerco la mano. Está blandito pero ya parece enorme. Me armo de valor y le bajo el calzoncillo.

—Joder —susurro.

Esto no está bien. Lo sé. Pero Tomás duerme, Sofía duerme, Bruno duerme y yo estoy borracho. En la vida hay que jugársela.

Le rodeo la polla con los dedos y crece enseguida entre mis manos. Cuando alcanza su tamaño completo, supera con claridad los diecisiete centímetros. La piel le brilla por la depilación que se hizo para Cristina. Le froto despacio, dudo unos segundos y me lo meto en la boca.

Bruno ronca bajito mientras se la chupo. No me cabe entera, pero con esfuerzo consigo tragar la mayor parte. La empapo de saliva. Bruno se retuerce y abre los ojos con pesadez.

—¿Marc? ¿Qué haces…?

Me la saco de la boca al instante, asustado. Pero no se enfada. Murmura, todavía medio dormido.

—Hm… Lo haces bien…

Esas palabras me encienden más. Acelero la mamada. Con la mano libre le acaricio el vientre, llego hasta los pezones y los froto despacio. Bruno suelta un suspiro grave.

—¿Esto es lo que les haces a tus amigos…?

Río con su polla en la boca. Lamo el glande sin parar mientras lo masturbo rápido. Sus huevos chocan contra sus muslos desnudos.

—Cuidado…

Siento el sabor amargo del precum. Termino de masturbarlo con la boca abierta. Su polla escupe cinco chorros, no muy abundantes; está claro que ya se vació en parte con Cristina.

—Qué gusto, tío… —dice, los ojos entrecerrados y media sonrisa.

Lo limpio con un trozo de papel. Bruno se da la vuelta y vuelve a dormir. Yo voy al baño, me enjuago la boca y me miro al espejo. Espero que esto no tenga consecuencias.

***

Cuando despierto, la cama de Bruno está vacía. Los recuerdos me vienen de golpe: su polla, su voz dormida, el sabor de su piel. Llego a la cocina. Tomás le cuenta a Bruno cómo es el Lego del fin de semana pasado. Bruno aparta la mirada al verme.

—Buenos días.

Los pequeños me responden con energía. Bruno no contesta. Me ofrece un zumo de naranja sin mirarme. El desayuno es incómodo. Solo respondo con monosílabos.

Cuando voy a recoger mis cosas, Bruno está estudiando en su escritorio.

—Bruno…

—No, Marc. Vamos a dejarlo estar.

—Lo siento —digo, reuniendo todo el valor que me queda.

Él no contesta.

***

A las seis quedo con Lucía en la biblioteca. La veo aparecer con el pelo suelto, esas ondas negras, las gafas redondas que le dan un aire culto, las pecas en la mejilla izquierda y un escote que no había visto nunca. El corazón se me dispara. ¿Cómo puedo sentir esto ahora, si anoche disfruté como un crío?

—¡Hola! —me saluda con un abrazo.

Entramos a la biblioteca y nos sentamos. Estudiamos juntos casi dos horas: ella me explica geometría, yo le explico ecuaciones. A ratos nos quedamos mirándonos como tontos, sin atrevernos a más.

A las ocho cierran. Le propongo dar una vuelta y caminamos sin rumbo. Nuestras manos se rozan varias veces sin llegar a entrelazarse. Acabamos en un parquecito poco iluminado, sentados en un banco.

—Me ha servido mucho el repaso —digo.

—A mí también. Podríamos repetirlo.

Me mira. Y entonces recuerdo a Diego: en la vida hay que jugársela. Acerco mi cara a la suya con torpeza. Ella cierra los ojos justo antes de que mis labios toquen los suyos. Es un beso novato, pero es un beso. Tres segundos que cuento mentalmente.

—Lucía. ¿Quieres salir conmigo?

Levanta la cabeza, sonríe de oreja a oreja, asiente. Esta vez es ella la que me besa. Cuando nos despedimos, me llega un mensaje suyo: «Me lo he pasado muy bien, Marc». Le mando un corazón. Sonrío como nunca.

***

Noviembre llega con días grises y lluviosos. Me paso los recreos entre mis amigos y Lucía, que reclama mi atención con sutileza. Cogemos confianza rápido. Quedamos varias veces a solas y aprendemos a besarnos un poco mejor, pero hasta ahí. Ninguno se atreve a más.

Aitor sigue raro, más distante de lo habitual. Stefano y Diego se ponen contentos por mí cada vez que me ven con Lucía.

El tercer viernes de noviembre, encerrado en mi cuarto y con la familia ya dormida, me dispongo a masturbarme. El vídeo que pongo a volumen bajo enseña a dos tíos y una chica en un trío. Los chicos también se la chupan entre ellos. Pienso en Diego, en Aitor, en Stefano, en Lucía, y para mi sorpresa también en Bruno y en Giorgio, el padrastro de Stefano. Uno de los tíos del vídeo le mete un dedo por el culo al otro y, por primera vez, se me ocurre probarlo.

Iluminado por la lamparita de la mesilla, busco un lápiz en mi cubilete. Lo chupo, lo lubrico bien y lo introduzco en mi ano. Entra sin problema. Después pruebo con un dedo, también empapado en saliva. Cuesta un poco, pero entra. Duele algo, pero quiero seguir.

Busco algo más grueso. Encuentro una barra de pegamento, no muy ancha. La chupo unos segundos y empujo. Cuesta, pero acaba entrando.

—Oh… —susurro en la penumbra.

Me la meto y la saco varias veces. Cuando añado el dedo junto a la barra, descubro una sensación nueva. Lubrico también un subrayador y lo combino con la barra. Ahora me cuesta menos: mi ano suelta una especie de líquido viscoso que facilita todo. Libero mi polla, ya a punto, y empiezo a masturbarme. Tumbado boca arriba, con las rodillas flexionadas, me follo el culo con los objetos mientras me la sacudo. Me corro sobre el abdomen antes de darme cuenta.

***

El sábado siguiente, quedo con Diego en su casa para terminar el It Takes Two, un cooperativo que llevamos jugando todo el mes. Su padre, Carlos, me saluda con cariño. Su madre, Mariana, me pregunta qué tal me va, hacía meses que no me veía. Diego y yo nos encerramos en su cuarto y enchufamos la consola.

Tras hora y media, llegan los créditos.

—Joder, no quedaba casi nada —comento.

—¿Y ahora qué hacemos?

En ese momento entra Mariana.

—Chicos, nos vamos a cenar con unos amigos. Os he dejado fajitas en la nevera, y pastel de zanahoria si os quedáis con hambre.

—Felicidades atrasadas, Mariana —le doy un beso.

—Gracias, cielo.

Cuando se cierra la puerta de la calle, Diego se gira hacia mí con la sonrisa torcida.

—Bueno, weón, ¿ya te has estrenado con Lucía?

—Qué va, tío, me da corte.

—Hay que lanzarse. Aunque me va a dar pena, porque ya no vamos a poder seguir con lo nuestro.

Lo miro de reojo. ¿No vamos a poder?

—Aunque, a ver, lo nuestro son cosas de amigos —añade—. No sería ponerle los cuernos.

—Visto así…

Se queda en silencio. Después suelta, como quien no quiere la cosa:

—Ya que estamos solos, ¿nos hacemos una paja?

Le sonrío con picardía. Ponemos un vídeo y, enseguida, los dos tenemos la verga al aire. Nos sentamos pegados y empezamos a masturbarnos mutuamente, como aquella primera vez que lo cambió todo. Su polla morena ha crecido en estas semanas, juraría que un par de centímetros.

—¿Me la chupas? —pide, igual de directo que siempre.

Niego con la cabeza, sabiendo que la pregunta iba a llegar tarde o temprano.

—Sabía que ibas a pedirlo —digo, sonriendo.

—Vamos, si estás deseándolo.

La verdad es que sí. La imagen de Lucía me cruza la cabeza, pero estoy demasiado cachondo y me convenzo de que esto son cosas entre amigos, nada más. Me tumbo sobre él y me meto en la boca la primera polla que probé en mi vida. Diego empieza a gemir enseguida. Le lamo los huevos con mucha más soltura que aquella primera vez. Subo besándole la pelvis, el ombligo, los pezones. Le muerdo uno con suavidad y él se retuerce.

Me aparto y lo miro, pidiéndole con los ojos que ahora él se ocupe de mí. Diego duda. Acaba inclinándose. Sujeta mi polla con indecisión y, solo cuando le empujo la cabeza, abre la boca. Cuando siento su calor sobre el glande, miro al techo y suelto un suspiro largo.

—Los huevos —pido en un susurro.

Me obedece. Los succiona con torpeza pero con ganas. Cuando se incorpora, me mira a los ojos con una decisión que no le había visto antes.

—Marc. ¿Puedo metértela?

La pregunta me pilla desprevenido.

—¿C-Cómo?

—Quiero sentir cómo es. Y contigo tengo confianza para pedírtelo. Sé que no te vas a rayar.

Esa última frase es la que me convence. Diego no me lo pide para aprovecharse. Lo pide porque, si acepto, será porque yo también quiero.

—Bueno, vale. Pero si me duele, paras.

Asiente como un poseso. Me pongo a cuatro patas sobre su cama y veo cómo sonríe, emocionado. Apoya la punta de su polla contra mi entrada y empuja, pero no entra.

—Espera, espera. Mete un dedo primero.

—¿Un dedo? Qué asco, weón.

—Si quieres metérmela, vas a tener que hacerlo. Y trae crema, que así va a ser imposible.

Sale corriendo y vuelve con un bote de aloe. Se unta el dedo, lo pasa por mi ano. Entra sin problemas. El segundo cuesta algo más. Al tercero, mete demasiado fuerte y casi me tira sobre el colchón.

—¡Joder, perdón!

—Avisa, cabrón.

Ríe y vuelve a probar con más cuidado. Cuando los saca, suelta un «wow» al ver el agujero abierto que dejan sus dedos. Se unta la polla en crema y apoya el glande contra mi entrada. Esta vez entra sin pelearse demasiado. Me alegro de mis experimentos del fin de semana pasado con el pegamento y el subrayador, porque sin ellos esto sería un infierno.

—Sigue —pido, ya goteando precum.

Diego avanza. Siento cómo su polla se abre camino dentro de mí. Es una sensación rara, mezcla de dolor y placer. Cuando sus huevos rozan los míos, suelto un suspiro hondo.

—Buah, weón, esto es una locura.

Río. Empieza a moverse despacio, con cuidado. Cuando mis quejidos se transforman en gemidos, acelera. Se oye el «plop» de sus huevos contra mis nalgas. Un minuto después le pido cambiar de postura: las muñecas me matan.

Me tumbo boca arriba y flexiono las rodillas, dejándole vía libre. Quería verle la cara, además. Diego se apunta a mi entrada como a una diana y, esta vez, entra de una. Apoya los codos a los lados de mi torso y acerca la cara a la mía sin llegar a tocarla. Nos miramos. Reímos los dos, agitados. Sus labios bajan hasta mi cuello, su lengua me lame la piel, sus dientes muerden cerca de la oreja mientras respira rápido.

—Me voy a correr —susurra en mi oído.

Le rodeo con brazos y piernas. Le muerdo el cuello, aspiro su olor. La idea de tener a mi mejor amigo dándome por culo me enciende sin remedio. Le agarro del pelo.

—Dame, Diego, duro.

—¿Te gusta? Te gusta, ¿eh? Me voy, weón…

—Córrete.

—¿Dentro?

—Encima. Córrete encima.

Se incorpora y me arrastra hasta el borde de la cama. Me agarra la polla con la mano y me masturba rápido mientras sigue follándome. Y entonces, sin poder aguantar más, estallo.

—¡Hmm!

Diego saca la polla de dentro de mí, se masturba con frenesí y explota junto a mí. Su semen cae sobre mi vientre y un par de gotas alcanzan mi cara.

—Joder… Ha sido lo mejor que he hecho en la vida —dice, tumbándose a mi lado.

Río, aún sin entender qué acabamos de hacer.

—Gracias por dejarme.

Lo miro. Su mirada es honesta. Su amistad, inquebrantable. Y, por alguna razón extraña, pienso en Lucía. Pero también pienso en Aitor.

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Comentarios (4)

Nico_SJ

tremendo relato!! me dejo sin palabras

Rodolfo_Cba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues de eso

Confidente22

Lo mejor es como describes la tension previa, se siente autentico sin ser forzado. Muy bien narrado, felicitaciones.

Gaston_MDQ

me recordo a algo que me paso con un amigo en la secundaria, nunca lo conté a nadie jajaja. Gracias por animarte a escribirlo

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