Mi primer trío con dos amigos en casa de Nico
Llego a clase de Estadística con el tiempo justo. He salido tarde del piso porque el ascensor se ha vuelto a parar entre el cuarto y el quinto, así que entro a la vez que el profesor y me siento junto a Saúl, como siempre. La mañana avanza lenta, igual que el resto de la semana.
Lo único reseñable es que Aitana se me acerca el miércoles en el descanso con la excusa de un ejercicio de econometría que no le sale. Se lo explico despacio, sonríe y nos quedamos hablando de tonterías hasta que vuelve a sonar el timbre. De regreso en clase, Saúl no para de picarme.
—Ya la tienes, tío.
—Quita, anda. Estas cosas van despacio.
—Ya, ya, despacio —se ríe, y se me acerca al oído—. En nada es ella la que está de rodillas.
El comentario me pone a tono y tengo que acomodarme la polla bajo el vaquero sin que se note nada. Llega así otro fin de semana en el que toca pasar el sábado en casa del nuevo novio de mi madre, en las afueras. Mi hermana ha sido más lista y se ha escaqueado quedándose en casa de su pareja. A mí me toca compartir cuarto con Toni, el hijo, que tiene mi edad y al que apenas conozco.
Toni resulta más majo de lo que pensaba. Hablamos de música, de la universidad y de la última chica con la que se lió en una fiesta. Me enseña fotos en el móvil y yo le enseño una de Aitana que guardé del Instagram. Asiente con cara de aprobación y, antes de dormirnos, me suelta el típico consejo sobre lanzarse y no esperar tanto. Le hago caso a medias.
El martes nos recibe con la primera lluvia del otoño. Después de clase, Nico nos invita a Iker y a mí a su casa. Sus padres están fuera el fin de semana y, según él, no le apetece nada ponerse con los apuntes de Derecho Civil. Echo un vistazo al reloj, son apenas las siete, y le digo que sí sin pensarlo. Iker también se apunta.
El piso de Nico está en un bloque viejo del centro. La calefacción ya está encendida y la cocina huele a pasta recalentada del mediodía. Pasamos directos a su cuarto, una habitación pequeña con dos camas individuales que comparte con su hermano mayor cuando este lo visita los fines de semana. Cierra la puerta y nos sentamos cada uno en una cama, hablando de nada en concreto.
—¿Qué tal el combate del sábado? —le pregunto.
—Bien. Mi entrenador me enseñó una técnica nueva y me salvó del K.O. en el segundo asalto. El rival era duro de cojones.
—Sí, sí, se te ha visto sufrir —le pico.
Iker se ríe y, sin previo aviso, le tira a Nico el cojín a la cara. La cosa se nos va de las manos enseguida. Yo le devuelvo el lanzamiento, Iker me hace un placaje con todo el cuerpo y caigo sobre la cama del italiano. Logro escurrirme y le sujeto el cuello por detrás. Nico aprovecha para tumbarme sobre Iker, que queda boca arriba y con los brazos contra el colchón.
—Sujétale las muñecas —dice Nico, divertido.
Le obedezco sin pensar. Me siento a horcajadas sobre Iker, mi culo cerca de su entrepierna, y le aprieto las muñecas contra la almohada con las dos manos. Se resiste un poco más por el orgullo que por las ganas. Desde detrás, Nico se inclina sobre mí, rodea mi cintura para alcanzar las axilas de Iker y empieza a hacerle cosquillas. Iker se retuerce, pero el peso de los dos lo deja sin opciones.
Con el movimiento, mi trasero acaba apoyado justo sobre su paquete. Al principio lo siento blando, como un trozo más de él. Luego noto cómo empieza a crecer bajo mis nalgas.
—¡Quita de ahí! —pide Iker, pero los ojos le dicen otra cosa.
—Ni de coña —le contesto, acercándome a su oreja—. Ni de coña.
Lo siento ponerse duro debajo de mí. Iker me mira fijo unos segundos y luego susurra algo que Nico no llega a escuchar.
—A por Nico.
Sonrío. Cuento hasta tres con los labios y nos giramos a la vez. Atrapo a Nico antes de que reaccione, lo tumbo sobre la cama de Iker y este me ayuda enseguida. Menos mal, porque las técnicas de judo del italiano nos habrían dado la vuelta en un segundo. Iker se le sienta sobre el pecho, el paquete a la altura de la barbilla del italiano, y yo me coloco a horcajadas sobre sus muslos, mi bulto rozando el suyo.
—Hazle cosquillas —propone Iker.
—Mejor aún —digo yo.
Le subo la camiseta a Nico hasta el pecho. En lugar de cosquillas, le paso los dedos despacio por las costillas y el abdomen. El bulto bajo el chándal se le marca enseguida.
—Vaya, alguien parece contento —le digo.
—No para de mirarme el paquete —añade Iker—. Yo creo que el italiano quiere rabo.
Nico no replica. Aprieta la mandíbula, traga saliva y deja de resistirse. Como decía mi madre, quien calla otorga. Me echo un poco hacia atrás, apoyo el culo sobre sus tibias y empiezo a bajarle el chándal y los calzoncillos a la vez. Su polla salta dura como una piedra, gruesa y un poco curvada hacia arriba. Sonrío.
—Sí que quiere, sí.
Y yo también, pienso.
Iker se aparta también, pero Nico se queda quieto, respirando agitado. Nos quedamos los tres en silencio unos segundos. Estamos los tres nerviosos, eso está claro.
—¿Os apetece? —pregunta el italiano por fin, casi en un susurro.
Iker y yo nos miramos. Hace dos semanas, en los servicios de un centro comercial, pasó algo entre nosotros que aún no hemos hablado en alto. Basta para entendernos ahora con la mirada.
—Pero no voy a chupar solo yo —digo, intentando sonar duro.
—Ya veremos —contesta Iker, y se le nota que no tiene tanta confianza como aparenta.
—Sin hacer ruido —pide Nico—. Mi vecina de pared es de las que llama al telefonillo.
Asentimos los tres en un pacto silencioso.
—Empieza tú, Adrián, que tienes más práctica —suelta Iker.
—Espera, espera —se asombra Nico—. ¿Cómo…?
Iba a preguntar cómo lo sabe Iker, pero no le dejo terminar. Me agacho sobre él y me meto su polla en la boca, igual que la primera vez que estuvimos así de cerca, hace meses, en este mismo cuarto. Aquel día acabamos en un sesenta y nueve que se cortó porque sonó el timbre del portal. Nico mira a Iker mientras se la chupo y los dos se ríen, cómplices.
Iker se tumba al lado de Nico y, con muchas dudas, empieza a bajarse el pantalón. Es obvio que no le gusta exponerse así. Cuando me ve tragarme el rabo del italiano, termina de decidirse. Su polla salta de los calzoncillos como un resorte y Nico abre los ojos al verla por primera vez.
La expresión de Iker no deja dudas. Empiezo a pajeársela mientras sigo con la del italiano en la boca. Me siento un poco usado, pero la verdad es que me da igual. Lo estoy disfrutando como hace tiempo no disfrutaba nada.
Iker y Nico se miran y sonríen otra vez, excitados. Cambio de polla y ahora le hago la mamada a Iker mientras pajeo a Nico, cuyo glande sigue mojado con mi saliva. Cada vez que muevo la mano se oye un chasquido húmedo. Iker recibe mi boca como agua de mayo. Vuelvo a tener la sensación de que no me cabe entera y tengo que esforzarme, pero su mano apoyada en mi nuca me hace olvidarlo.
—Vaya zorrita nos hemos buscado, ¿eh, Nico? —dice Iker en voz baja, temblando un poco, y consigue ponerme más cachondo todavía.
Sigo así un buen rato, cambiando de uno al otro, hasta que se me cansa la mandíbula. Me incorporo y suelto las dos pollas a la vez.
—Vale, ya —digo, y me paso la lengua por los labios resecos.
Iker se agarra la suya y se masajea unos segundos para no perder la dureza. Nico lo piensa un momento y suspira.
—Venga, voy.
Por más que aparente que no le mola, está claro que quiere seguir. Quizá no se muere de ganas de chupar, pero sabe que si no lo hace no le volverán a hacer otra mamada. Me coloco al lado de Iker, a su derecha, y Nico se mete entre nosotros. Los dos quedamos medio tumbados, con la espalda apoyada en la pared y las piernas estiradas, dejando el hueco justo para el italiano. Iker me mira y nos reímos, nerviosos.
—Luego vas tú, ¿eh? —le advierte Nico a Iker.
Este no contesta. Mira al italiano con la boca medio abierta. Nico agarra la polla de Iker y, cerrando los ojos como si se preparara para tirarse de un trampolín, se la mete a la boca. El asco le dura dos segundos. Vuelve a abrir los ojos verdes enseguida.
—Es muy gorda, capullo.
Se la saca un momento y se la vuelve a meter. Se nota que se esfuerza por abarcarla entera, pero no llega. La saliva le cae por la comisura y le moja a Iker la base y los huevos.
Para mi sorpresa, Iker me apoya la mano derecha sobre el abdomen, después de subirme un poco la camiseta. Me mira mientras lo hace. Nuestros ojos se encuentran en un instante de intimidad que sobra a los tres. Veo en su cara el morbo y el placer, pero también las dudas. Y veo algo más que no me atrevo a nombrar. Rechazo el pensamiento e imito el gesto, paseándole los dedos por el surco de los abdominales, sintiendo el calor de su piel en las yemas.
Nico cambia de polla y ahora me toca a mí. Siento su boca primero en los huevos, que succiona con torpeza, y luego en el tronco. Al principio apenas llega a la mitad. Le apoyo la mano libre sobre la nuca, lo empujo con suavidad y termina engulléndomela entera. Se me escapa un gemido apagado.
Iker me mira y se muerde el labio. Acerca su cara a la mía hasta dejarla a unos centímetros. Siento su respiración en mi mejilla. Y ahí, con el italiano absorto chupándomela, Iker me muerde el cuello con suavidad. Apenas un par de segundos, sin demasiada seguridad, pero me deja al borde. Se aparta enseguida y baja la mirada, como avergonzado. Yo, con la polla todavía en la boca de Nico, le beso a Iker el hombro y voy subiendo por el cuello. Tuerce la cabeza para dejarme espacio. Bajo la mano, la que estaba en su abdomen, hasta su polla. Me topo con sus dedos, los aparta en cuanto siente los míos y empiezo a pajeárselo yo. Un segundo después me retiro los labios de su piel, sonrojado.
Nico para la mamada y nos mira. No se ha enterado de nada.
—Yo creo que ya —dice, limpiándose la boca—. Ahora te toca a ti, Iker.
Iker lo mira, indeciso. Se nota que se debate en su cabeza.
—Venga, no te rajes —insiste el italiano.
Iker suelta el aire despacio. Lo veo temblar, no sé si de nervios o de excitación.
—Ni de coña —dice por fin—. No puedo, tío, me da asco pensarlo.
—Eres un capullo —le suelta Nico, molesto—. Nosotros aquí chupando y tú te escaqueas. No es justo.
—Tiene razón —añado yo cuando me busca con la mirada—. No es justo.
Iker se queda pensando en serio. Pero sigue negándose.
—Lo siento.
Intenta levantarse, pero le freno. Estoy demasiado caliente para cortar esto ahora.
—Da igual. Lo hago yo por él —le propongo a Nico, y miro a Iker—. Hoy te libras. Pero si quieres repetir, otra vez chupas tú también.
Iker asiente. No sé si lo cumplirá, pero al menos lo ha pillado.
Nico se pone de pie sobre la cama, dejando la polla dura justo a la altura de mi cara. La agarro y me la meto en la boca. Disfruta un par de minutos del placer, pero enseguida se tumba a buscar el sesenta y nueve que dejamos sin acabar la otra vez. Me coloco sobre él y me meto su rabo en la boca al mismo tiempo que él hace lo mismo con el mío.
Empiezo a chuparle con ganas. Iker nos mira desde la otra cama, indeciso. Está claro que quiere unirse, pero también que no se cree con derecho. Se acaricia el bulto, ahora medio blando, mientras Nico y yo seguimos a lo nuestro.
—Sois unos cerdos —suelta, en broma, para no quedarse del todo fuera.
Lo ignoramos al principio, pero acabo cayendo. Me saco la polla del italiano de la boca y le hago un gesto a Iker para que se acerque. Lo pilla y se arrodilla entre las piernas de Nico, dejando su rabo a la altura del del italiano. Junto los dos con la mano e intento abarcarlos a la vez con la boca. No me caben juntos, así que juego con la lengua entre los dos glandes mientras se la pajeo despacio a cada uno.
Después vuelvo a turnarme entre una polla y otra. Nico sigue concentrado en la mía. Aguantamos así un par de minutos hasta que me canso del todo y me dejo caer al lado del italiano.
—No puedo más —digo, sin aliento.
—Yo tampoco —admite Nico—. ¿Una paja para acabar?
Nos sentamos los tres en su cama, con las piernas estiradas y la espalda apoyada en la pared. A mí me toca en medio. Empezamos cada uno con la suya, pero al rato Nico me agarra la mano y se la lleva a su rabo. No me resisto, y el italiano, desinteresado, empieza a pajearme.
—¿Y yo? —pregunta Iker, casi tímido.
—Cuando pongas de tu parte —le contesto.
—Joder… —se queja por lo bajo.
Aun así no tarda en apoyarme la mano izquierda en el muslo y subirla despacio. Nico, que lo ve, sonríe con picardía y aparta la mano de mi polla para dejarle vía libre. Con muchas dudas, Iker termina cerrándome los dedos alrededor del rabo. Cuando siento su mano en mí por primera vez, me siento en la gloria. La experiencia con él me sale completamente distinta a la de Nico. Más íntima, más personal, más real.
Le devuelvo el gesto y empiezo a pajearle. Ahora es el italiano quien me acaricia el resto del cuerpo. Los muslos, el abdomen, los huevos. Acelero el ritmo con los dos. Iker me imita. Tengo las dos pollas en las manos al mismo tiempo, siento el calor de cada uno, las venas marcadas en los dedos. Los huevos les rebotan contra la base de mi palma con cada sacudida. A la vez noto la mano de Iker en mi rabo, apretando más cuando llega al glande, como si quisiera exprimírmelo.
—Uf… —suelta el italiano.
—¿Has visto a nuestra zorrita? —se mete Iker, chulo como siempre.
Nico se inclina sobre mí y me besa el pectoral con ansia, sin saber muy bien hacerlo. Llega a morderme un pezón con suavidad. Iker aprovecha que el italiano no nos ve y, igual que antes, me besa y me muerde el cuello con dulzura. Es entonces cuando siento el escalofrío en la base del rabo.
—Estoy a punto —aviso, con la voz rota.
Mis amigos no contestan, pero está claro que también van a correrse. Se apartan de mi cuello y de mi pecho. Soltamos los rabos a la vez y terminamos la paja cada uno con la suya, compartiendo el final como hemos hecho tantas otras tardes, solo que esta vez con otra intensidad. Nos miramos y sonreímos a medias mientras llegamos al clímax.
—Hmm… —es Nico el que gime—. Bof…
La leche cae sobre nuestras pelvis y los tres nos reímos casi a la vez al darnos cuenta de lo que acabamos de hacer. Nico saca papel del cajón de la mesilla y nos limpiamos a medias.
—No ha estado mal —dice Iker, divertido.
No decimos nada más. Solo nos reímos un par de veces, agitados y eufóricos. Cuando Nico sale al baño a lavarse mejor, me vibra el móvil. Lo miro.
—Es Aitana —le digo a Iker—. Quiere quedar el sábado.
—Enhorabuena, tío.
Y sonríe. Pero, para mi sorpresa, sonríe con tristeza.