El príncipe que volvió a buscarme tres meses después
Junio en Doha era una fragua de cristal y asfalto. Las obras del nuevo complejo real avanzaban a un ritmo brutal: excavadoras rugiendo desde antes del amanecer, camiones de hormigón en fila junto al perímetro, vigas de acero brillando bajo un sol que parecía empeñado en derretirlo todo. Yo caminaba entre el polvo con el casco amarillo colgando del cinturón y la camisa pegada al pecho por el sudor.
Noventa y dos días. Los había contado uno por uno desde aquella noche en la terraza del hotel de West Bay. Cada mañana, frente al espejo del baño, me repetía lo mismo: fue un error, fue el calor, fue el whisky, fue la luna llena, fue cualquier cosa menos lo que en realidad había sido. Tenía un contrato millonario que cumplir, tres turnos de obreros que pagar, una madre y dos hermanas en Montevideo que dependían de que yo aguantara este encargo. Rashid bin Tariq estaba comprometido. Su boda se había celebrado en privado quince días después de la firma del contrato, y las imágenes oficiales lo mostraban impecable junto a su esposa kuwaití, sonriendo para los flashes del mundo entero. Yo había visto las fotos una sola vez. Después había cerrado el navegador y no había vuelto a abrirlo nunca más.
Y sin embargo…
Cada vez que el teléfono me vibraba con un mensaje del equipo real —«Su Alteza solicita reunión de avance en obra»— el pulso se me escapaba del cuerpo. Cada vez que entraba a las oficinas temporales instaladas dentro de los containers blancos junto al perímetro, mis ojos buscaban sin querer aquella silueta alta de thobe blanco entre los planos extendidos y los cascos amarillos.
Esa mañana, Rashid apareció sin aviso.
El convoy del príncipe heredero entró por la puerta sur en tres todoterrenos negros mate, sin banderas, sin sirenas, sin escolta visible. Bajó del segundo vehículo vestido con un thobe blanco inmaculado, la ghutra perfectamente colocada, gafas oscuras que le tapaban la mitad superior del rostro. La barba seguía recortada con esa precisión casi militar que le había visto la primera vez. Pero algo había cambiado: incluso desde lejos noté unas sombras finas bajo sus ojos, como si a él también el sueño le estuviera pasando factura.
Me quité el casco y me pasé la mano por el pelo, mojado de sudor y polvo. Llevaba la camisa abierta tres botones porque ese día la sensación térmica rozaba los cincuenta grados. Sentí, sin querer, cómo su mirada se detuvo medio segundo en mi pecho velludo y en las cicatrices viejas que me cruzaban un costado.
—Alteza —saludé, y mi voz salió más ronca de lo que había planeado—. No nos avisaron de su visita.
Rashid se quitó las gafas. Sus ojos negros se clavaron en los míos exactamente como lo habían hecho tres meses atrás, en la terraza, antes del primer beso.
—No era necesario avisar —dijo, y se permitió una sonrisa apenas perceptible—. Soy el dueño del proyecto. Y de muchas otras cosas que aún no he reclamado.
Caminamos juntos por la obra. Los ingenieros y los capataces se apartaban con esa mezcla de respeto y miedo que generaba el apellido bin Tariq. Rashid preguntaba detalles técnicos con voz baja y precisa: tiempos de fraguado, calidad del mármol blanco que acababa de llegar de Carrara, modificaciones en el ala privada del palacio. Yo respondía con planos abiertos, con cálculos que me sabía de memoria, con la cabeza puesta en mi trabajo. Pero mis manos hablaban otro idioma. Gesticulaban demasiado cerca de las suyas, casi rozándolas, y en un momento, al señalar la planta del nivel inferior sobre una mesa improvisada de obra, sus dedos cubrieron los míos durante tres segundos eternos.
Ninguno apartó la mano.
—Los planos han cambiado —murmuró Rashid sin mirar el papel—. Hay una suite que quiero añadir al ala oeste. Más apartada del resto. Más privada. Sin acceso desde el corredor principal.
Tragué saliva.
—Alteza, una modificación así retrasaría la fase dos al menos seis semanas. Habría que rehacer el cálculo estructural y reubicar dos conductos de ventilación.
Rashid levantó la vista del plano. El sol le golpeaba en la mejilla. Una gota de sudor le bajaba por el cuello hasta perderse bajo la tela blanca del thobe.
—Seis semanas es poco precio —dijo— por tener un lugar donde nadie pueda entrar sin mi permiso.
El calor que sentí entonces no tenía nada que ver con el clima de Doha.
***
Logramos alejarnos del resto del equipo cuando ya llevábamos casi una hora de recorrido. Nos detuvimos junto a una pila de vigas de acero apiladas a la sombra precaria de una grúa amarilla. El metal estaba tan caliente que se podía freír un huevo encima.
—No podemos seguir así —susurré sin mirarlo, fingiendo revisar un esquema—. Cada vez que entro a la obra, cada vez que veo un mensaje suyo en el teléfono, pienso en aquella noche. Y eso me está volviendo loco, Alteza. Tengo miedo de que alguien note la forma en que lo miro. Tengo miedo de mí mismo.
Rashid dio un paso hacia mí. El olor a oud, a sándalo y a sudor limpio invadió el aire que respiraba.
—¿Crees que yo no pienso en ti, Mateo? —Su voz era un gruñido bajo, hecho para que solo yo lo escuchara—. Mi esposa duerme a mi lado cada noche. Mi padre espera un heredero antes de fin de año. Y cuando cierro los ojos, lo único que veo son tus manos llenas de callos y tu boca diciéndome «no puedo dejar de pensar en usted». Me casé hace dos meses y todavía siento el sabor del tabaco de tu cigarro en la lengua.
Retrocedí hasta que la espalda me chocó contra el metal hirviendo. Apenas lo noté.
Esto nos va a destruir a los dos.
—A mí me deportan, Alteza —dije al fin—. Pierdo el contrato, pierdo la licencia profesional, vuelvo a Montevideo arruinado y con una bandera roja en cada embajada del Golfo. A usted… —tragué saliva—. A usted Dios sabe qué le hacen aquí con estas cosas. Su religión, su linaje, su esposa, su padre… son demasiadas cosas en contra.
Rashid sonrió con una amargura que me partió por dentro.
—Mi religión me enseñó a temer el infierno desde niño —dijo—. Y tú me estás enseñando, en pleno desierto, que el verdadero infierno puede ser pasar lo que me queda de vida sin volver a tocarte.
Nos quedamos en silencio. El viento caliente levantaba columnas finas de polvo entre nosotros, como si la arena misma quisiera empujarnos uno contra el otro. A lo lejos, un capataz lo llamó por su título; Rashid respondió con un gesto seco de la mano sin apartar los ojos de los míos.
Antes de volver al convoy, se detuvo dos pasos más allá.
—Esta noche hay una cena privada en el palacio antiguo —dijo—. Solo inversionistas clave del proyecto. Tú estás en la lista. —Bajó la voz hasta convertirla en un hilo—. Ven. Aunque sea para torturarnos un poco más.
Quise decir que no. Quise decir que esa misma tarde compraba un vuelo a Barcelona y dejaba el proyecto en manos de mi segundo. Quise decir que era un hombre adulto y que sabía perfectamente cuándo había que huir.
—Allí estaré —respondí en su lugar.
***
El palacio antiguo de la familia bin Tariq estaba a media hora de la ciudad, escondido entre dunas suaves que cambiaban de forma con cada tormenta. Cuando llegué, los faroles de hierro forjado ya estaban encendidos y la música de oud y qanun llenaba los patios interiores con un murmullo discreto. Dejé el coche con el valet, me ajusté la camisa negra que había elegido casi sin pensar y entré.
Lo vi enseguida.
Rashid estaba en el centro del salón principal, impecable con un thobe negro bordado en hilo de oro, conversando con dos empresarios qataríes. El anillo de matrimonio le brillaba en la mano derecha cada vez que la levantaba para gesticular. Yo llevaba la camisa abierta sin corbata, la barba más crecida que de costumbre, las ojeras de tres meses sin dormir bien.
Nuestras miradas se cruzaron por encima de las copas de cristal.
Y eso fue todo durante la cena.
No nos hablamos a solas. No nos tocamos. Yo estaba sentado del lado opuesto de una mesa larga de madera oscura, entre un jeque de Bahréin y un banquero suizo que me preguntaba sin parar sobre los plazos de entrega y los costes del mármol italiano. Rashid presidía la cabecera. Pero cada vez que levantaba la copa de agua, sus ojos cruzaban el salón hasta encontrar los míos. Y cada vez que mis dedos rozaban el pie de la copa de vino, yo sabía que él estaba mirando.
Era una conversación entera sostenida en silencio.
Una promesa y una amenaza al mismo tiempo.
Al final, cuando los invitados empezaron a despedirse y el personal recogía los platos en bandejas de plata, Rashid me indicó con un movimiento mínimo del mentón que lo siguiera hacia el pasillo lateral. Esperé un par de minutos para no levantar sospechas. Salí.
El corredor estaba a oscuras salvo por dos apliques de bronce. Rashid me esperaba apoyado contra la pared, la espalda recta, los ojos negros brillándole en la penumbra.
Cuando me acerqué, levantó la mano y, con el dorso de dos dedos, me rozó la mano que llevaba caída al costado del cuerpo.
Solo eso.
Un roce que duró menos de un segundo.
Y bastó para que se me cerrara la garganta.
—Tres meses —susurró sin mirarme directamente—. Y cada día ha sido peor que el anterior.
Apreté el puño hasta clavarme las uñas en la palma. Tenía el impulso de agarrarlo del cuello del thobe y empujarlo contra esa pared, pero un guardia podía aparecer en cualquier esquina del palacio.
—¿Cuánto tiempo más vamos a fingir, Alteza?
Levantó la vista. Sus ojos negros, en la luz tenue del corredor, parecían dos pozos sin fondo.
—El tiempo que tarde —dijo— en dejar de importarme el mundo entero. Menos tú.
No hubo más. Un sirviente apareció al fondo del pasillo cargando una bandeja con copas vacías, y Rashid se retiró hacia el salón principal con la elegancia perfecta de quien ha pasado toda la vida disimulando. Yo me quedé unos segundos más, apoyado contra la pared fría, intentando recordar cómo se respiraba.
***
Volví al hotel pasada la medianoche. Conduje yo mismo, con la ventanilla baja y el aire del desierto entrándome en la cara. El corazón me golpeaba como un martillo neumático en plena obra.
Rashid regresó a sus aposentos privados del palacio nuevo. Su esposa dormía en la habitación contigua, con la respiración tranquila de quien todavía no sabe nada de nada.
Ninguno de los dos durmió esa noche.
El desierto seguía esperando, paciente, con esa paciencia de siglos que tienen las arenas que han visto caer imperios. Y el contrato que ninguno de los dos había firmado seguía escribiéndose, letra a letra, en el silencio que crecía entre nosotros.
Yo lo supe esa noche, mirando el techo de la habitación 1402 del hotel: tarde o temprano íbamos a firmarlo con tinta. Y que cuando lo hiciéramos, ya no habría vuelta atrás para ninguno de los dos.