Cien hombres me esperaban en la antigua Expo de Sevilla
Me cuesta reconstruir cómo empezó del todo. Sé que era finales de julio, una de esas noches de Sevilla en las que el bochorno se queda pegado a la piel y ni siquiera el levante se digna a soplar. Llevaba semanas dándole vueltas, leyendo en foros lo que se contaba sobre la madrugada en el recinto de la antigua Expo del 92, entre los pabellones tapiados y los jardines que el Ayuntamiento dejó pudrirse en la Isla de la Cartuja. Decían que los jueves de verano aquello cambiaba de naturaleza. Que se juntaban cientos de tíos. Que allí no había normas.
Aparqué cerca del Puente del Alamillo pasadas las dos de la madrugada. Caminé hacia los restos de un anfiteatro al aire libre, donde la maleza se había comido los caminos y las farolas llevaban años fundidas. Solo la luna y la luz fría de algún móvil iluminaban los senderos de albero.
Iba con un pantalón corto negro, una camiseta de tirantes y nada debajo. Me había duchado, afeitado entero, preparado por dentro y por fuera. Sabía a lo que iba. O creía saberlo.
El primer grupo estaba junto a una fuente seca, llena de hojas muertas. Seis o siete tíos fumando, alguno sin camiseta. Me vieron acercarme. Uno de ellos, un tipo enorme, moreno, de barba cerrada y barriga de oso, me cerró el paso.
—¿Qué andas buscando?
—Todo —respondí.
Se rio. Una risa grave que rebotó contra el hormigón agrietado.
—Este dice que todo. ¿Lo habéis oído?
Sacó el teléfono y tecleó algo. En menos de cinco minutos empezaron a aparecer más. De entre los arbustos, de los caminos laterales, del aparcamiento. Como si aquel mensaje hubiera sido una señal. Diez. Veinte. Treinta. Y seguían llegando.
El oso me agarró del cuello de la camiseta y tiró hacia abajo.
—De rodillas y con la boca abierta. No te levantas hasta que yo lo diga.
El albero se me clavó en las rodillas. Me arrancó la camiseta de un tirón y la usó para atarme las muñecas a la espalda. Un nudo sencillo, pero apretado. Noté el algodón cortándome la circulación.
El primero se sacó la polla delante de mi cara. Gruesa, sin circuncidar, con olor a sudor de todo el día. Me la metió hasta el fondo de la garganta sin avisar. Sentí la arcada subir y la contuve. Me sujetó del pelo y empezó a follarme la boca como si fuera un agujero cualquiera. Porque eso era. A eso había ido.
Cuando se corrió, mantuvo la polla dentro y noté los chorros calientes golpeándome la campanilla, resbalando garganta abajo. No me dejó tragar del todo. La sacó chorreando y me agarró la mandíbula para mantenérmela abierta.
—Que se vea —ordenó.
El semen me brillaba sobre la lengua. Varios sacaron los móviles y empezaron a grabar. Los flashes me cegaban.
El segundo fue más bruto. Me metió los dedos en la boca para abrírmela más, escupió dentro y luego empujó. La tenía más larga, curvada, y me rozaba el paladar en cada embestida. Me follaba la cara sujetándome de las orejas. Cuando terminó, lo hizo fuera, apuntando a mis ojos. El semen me selló el párpado izquierdo. Caliente. Espeso.
—No te limpies —dijo alguien.
No pensaba hacerlo.
Perdí la cuenta a partir del décimo. Las pollas se sucedían sin pausa. Algunas enormes, otras normales, alguna pequeña que su dueño compensaba con rabia. Me follaban la garganta hasta que las lágrimas me caían mezcladas con la lefa. La saliva me colgaba del mentón en hilos gruesos que iban a parar al suelo.
***
Entonces el oso volvió. Se había bajado el pantalón. La tenía gorda como una lata, medio empalmada, colgando pesada entre los muslos peludos.
—Date la vuelta. Culo en pompa.
Me empujaron hasta dejarme a cuatro patas. Alguien me bajó el pantalón corto de un tirón. Noté el aire tibio de la noche sobre el agujero expuesto. Un murmullo recorrió el grupo. Ya seríamos cincuenta, puede que más. Una masa de cuerpos sudados cerrando un círculo a mi alrededor.
El oso escupió sobre mi ano. Un escupitajo largo y denso. Después metió un dedo. Dos. Tres. Sin delicadeza, sin esperas. Me abrió con la mano como quien fuerza una cerradura. Grité. Alguien me tapó la boca con la polla.
Cuando me penetró, sentí que me partía por la mitad. Ese grosor obsceno estirándome las paredes, forzando la entrada centímetro a centímetro. El dolor era real, intenso, eléctrico. Y me gustaba. Cada fibra del cuerpo me pedía que parase y cada neurona del cerebro suplicaba que siguiera.
Me folló despacio al principio, dejando que me amoldara a su forma. Luego aceleró. Embestidas secas, profundas, que me empujaban hacia delante y me clavaban más la polla que tenía en la boca. Estaba sellado por los dos extremos. Un tubo de carne para que lo usaran.
Se corrió dentro con un gruñido animal. Noté su lefa caliente llenándome las tripas. Cuando la sacó, el semen me chorreó por la cara interna de los muslos.
—Siguiente —dijo, y se apartó.
No hubo tregua. Otro ocupó su sitio. Y otro. Y otro. Me follaban en cadena, cada uno sumando su corrida a la que ya tenía dentro. La mezcla me lubricaba tanto que las pollas entraban y salían con un ruido húmedo, sucio, que se oía en todo el claro. Algunos se corrían rápido, sobrados por la situación. Otros se lo tomaban con calma, follándome despacio mientras los demás esperaban turno pajeándose alrededor.
A la vez, la fila de la boca no paraba. Me llenaban la cara de lefa. En los ojos, en la frente, en el pelo, en las orejas. Sentía las capas secándose y otras nuevas cayendo encima. La costra de semen me tiraba de la piel cada vez que intentaba mover la cara.
***
A alguien se le ocurrió ponerme boca arriba. Me tumbaron sobre el albero, que se me clavaba en la espalda. Un tío se sentó sobre mi cara y empezó a restregarme el culo sudado contra la boca.
—Lame, puta.
Le comí el ojete mientras otro me penetraba con las piernas en alto. La postura hacía que la lefa de los anteriores me resbalara por la espalda, empapando el suelo bajo mi cuerpo. Notaba el charco formándose debajo de mí.
Y entonces empezó la lluvia.
No de agua. Un tío se acercó, se sacudió la polla y empezó a mearme encima sin ningún reparo. El chorro caliente me dio en el pecho, subió hasta el cuello, me salpicó la barbilla. El olor ácido y fuerte se mezcló con el hedor dulzón del semen que me cubría la cara. No cerré la boca. El pis me entró entre los labios, salado, amargo, y me lo tragué.
Aquello abrió la veda. Como si todos hubieran estado esperando permiso. Uno tras otro, los que ya se habían corrido y aguardaban a empalmarse otra vez, se acercaban y me meaban encima. En la cara, en el pecho, en la polla, en el pelo. Algunos apuntaban directos a mi boca abierta y yo tragaba lo que podía mientras el resto me resbalaba por las mejillas. Uno me meó en los ojos abiertos, a propósito, y el escozor fue brutal. No los cerré. No merecía cerrarlos.
El charco bajo mi espalda ya era una poza. Albero, semen, pis, saliva, sudor. Todo revuelto en un barro tibio donde mi cuerpo chapoteaba cada vez que una embestida me sacudía. Llevaba allí más de una hora. Quizá dos. El tiempo había dejado de existir.
***
Un grupo de chavales jóvenes, de veintipocos, llegó junto. Cuatro o cinco, con gorras y chándal. Se quedaron mirando un momento, cuchicheando entre risas nerviosas. Uno de ellos, el más alto, rubio, con cara de no haber roto un plato, se acercó y me escupió en la cara.
—Joder, tío, mirad cómo está este cerdo —les dijo a sus colegas.
Se bajó el chándal. La tenía larga, fina, dura del todo. Me la clavó en el culo sin preguntar y empezó a follarme a un ritmo frenético, como si tuviera prisa. Sus colegas se vinieron arriba. Uno me metió la polla en la boca, otro se arrodilló a mi lado y se pajeó apuntándome a la cara. El cuarto me pisó el pecho con la zapatilla, aplastándome contra el suelo, y se masturbó mirándome desde arriba con una mueca de asco.
Se corrieron casi a la vez. El rubio dentro de mi culo, el de la boca en mi garganta, los otros dos en la cara. Cuatro corridas en diez segundos. Se largaron riéndose, chocándose las manos como si hubieran metido un gol.
***
Entonces el oso retomó el control. Me levantó del suelo agarrándome del pelo. Pesaba el doble que yo y me manejaba como a un muñeco. Me puso de rodillas frente a él.
—Abre la boca y no la cierres pase lo que pase.
Me cagué de miedo. Y a la vez la polla se me puso dura como una piedra.
Se giró, se agachó y me pegó el culo peludo a la cara. El olor era denso, concentrado, animal. Me empujó la cabeza contra las nalgas con la mano.
—Come.
Le metí la lengua en el ojete. Sabía a sudor rancio, a hombre, a algo más oscuro y primitivo. Le rimé como si me fuera la vida en ello, abriéndole el agujero con la lengua mientras él gruñía de gusto. Sentía su esfínter apretarme y soltarme la lengua a un ritmo lento.
Mientras tanto, otros seguían turnándose en mi culo. Ya ni notaba quién entraba ni quién salía. El agujero estaba tan abierto, tan dilatado por decenas de pollas y litros de corrida, que algunos metían la suya y ni rozaban las paredes. Uno intentó meter el puño. Cerró la mano, la untó con la lefa que me chorreaba y empujó. Los nudillos pasaron con un dolor sordo y profundo. Cuando abrió la mano dentro de mí, grité contra el culo del oso. Sentía sus dedos moviéndose por sitios que ninguna polla había alcanzado. Sacó la mano cubierta del semen de cincuenta tíos y me la limpió en la cara.
Perdí la noción de todo. Del tiempo, del espacio, de quién era. Solo existían las sensaciones. La polla en el culo, la lengua en el ojete del oso, las manos que me agarraban, los escupitajos que me caían, los insultos que llovían desde todas las direcciones. «Puta.» «Cerdo.» «Basura.» «Cubo de lefa.» «Vertedero.» Cada palabra me hundía un poco más y me ponía un poco más duro.
***
El oso se apartó de mi cara y me giró. Me quedé mirando al cielo, a las pocas estrellas que se distinguían entre el resplandor naranja de Sevilla. El Puente del Alamillo se recortaba a lo lejos con su mástil inclinado, como el esqueleto de un animal enorme. Hermoso y siniestro a la vez.
—Última ronda —anunció el oso.
Se organizaron. No sé quién dio la orden ni cómo, pero de repente había un círculo cerrado de tíos a mi alrededor. Veinte, treinta, cuarenta pajeándose a la vez. Oía el sonido húmedo de docenas de manos trabajando docenas de pollas. Algunos gruñían, otros respiraban hondo, alguno murmuraba obscenidades. Yo estaba tumbado en el centro, boca arriba, empapado de la cabeza a los pies en una mezcla de fluidos que ya ni sabía identificar. El albero se me había incrustado en la espalda y en el culo. Me daba igual.
El primero se corrió con un gemido corto. El chorro me cayó en el estómago. Después otro en el pecho. Otro en la cara. Y entonces fue como una reacción en cadena. Empezaron a correrse casi todos a la vez, como si el orgasmo de uno disparara el del siguiente. Lefa cayendo desde todos los ángulos. En arcos largos, en goteos espesos, en chorros a presión. Me cubría la cara, se me metía en los ojos, en las orejas, en la nariz. Me ahogaba y tragaba y tosía y tragaba más. Sentía los impactos calientes en la piel como gotas de una lluvia espesa. En el pecho, en los muslos, en la polla, en los pies. Cada centímetro de mi cuerpo recibía su ración.
Duró varios minutos. Oleadas seguidas. Los que acababan se apartaban y otros ocupaban su lugar. Algunos se acercaban y me exprimían las últimas gotas directamente en la boca abierta, sacudiendo la polla contra mis labios. Otros me la restregaban por la cara, usándome de trapo para limpiarse.
***
Cuando terminaron, el silencio fue sobrecogedor. Solo se oían respiraciones agitadas y algún grillo en la maleza. Abrí el ojo que podía abrir. El círculo se había deshecho. Los tíos se vestían, encendían cigarros, miraban el móvil. Volvían a ser personas normales. Padres de familia, oficinistas, mecánicos, profesores. Hombres que al día siguiente llevarían a sus hijos al parque o bajarían a por el pan. Y que esa noche me habían usado como un retrete público.
El oso fue el último en marcharse. Se agachó a mi lado y me miró. Tenía los ojos oscuros, casi negros, y una expresión que no supe descifrar. Me escupió una última vez en la cara. El gargajo me resbaló por la mejilla y cayó al charco donde llevaba horas tumbado.
—Buen cerdo —dijo. Y se fue.
Me quedé allí no sé cuánto rato. Diez minutos, media hora. Mirando las estrellas con los ojos pegados por capas de semen seco. Notaba la lefa enfriándose en cada pliegue del cuerpo, espesándose, tirándome de la piel. El culo me palpitaba abierto, vaciándose despacio del semen de incontables desconocidos que me bajaba por el perineo hasta el charco. Tenía la garganta en carne viva. Las rodillas destrozadas. La espalda marcada por el albero. Y la polla todavía medio dura.
Me levanté como pude. Las piernas me temblaban. Encontré el pantalón corto a tres metros, pisoteado y empapado. Me lo puse sin molestarme en limpiarme. La camiseta estaba hecha jirones, inservible. Caminé hasta el coche descalzo, sin nada arriba, cubierto de semen de la cabeza a los pies, dejando un rastro húmedo sobre el asfalto.
Me senté al volante y me miré en el retrovisor. No me reconocí. La cara hinchada, los ojos rojos, el pelo apelmazado en costras blancas, marcas de dedos en el cuello y en las mejillas. Parecía otra persona. Parecía exactamente lo que era.
Arranqué. Crucé Sevilla a las cinco de la mañana, pegajoso, roto, vacío y absolutamente lleno. Pasé por delante de la Giralda, y las primeras luces del amanecer empezaban a teñir el Guadalquivir de naranja. Camino de casa, mi único pensamiento era cuándo volvería por allí.