Coincidí con ellos en las duchas aquel verano
Aquel verano cumplí los veinte y todavía vivía en mi pueblo, uno de esos sitios donde nadie se entera de nada y, al mismo tiempo, todo el mundo se entera de todo. Las tardes se hacían eternas. Mi madre prácticamente me echaba a la calle con la toalla y el bañador para que no me quedara fundido al sofá, así que acababa en la piscina municipal hasta que el socorrista avisaba por megafonía de que iban a cerrar.
El último curso de instituto me había dado cierta calle. Había tenido algunas experiencias con un par de chicos del pueblo: pajas a medias, alguna mamada torpe en una furgoneta aparcada, lo típico de quien sabe lo que le gusta pero todavía no se atreve a decirlo en voz alta. En el pueblo se hablaba mucho. Y se hablaba, en concreto, de dos chavales que andaban siempre juntos.
Se llamaban Mateo y Hugo, eran un año menores que yo y la pandilla los rodeaba sin acabar nunca de hacerles preguntas. La versión que circulaba decía que se la cascaban juntos, que una vez uno se la había chupado al otro detrás de las gradas del polideportivo, que se metían en los vestuarios y tardaban en salir más de la cuenta. Pueblo pequeño, infierno grande. A mí esos rumores, lejos de escandalizarme, me ponían a mil. Llevaba semanas fantaseando con ellos sin querer reconocérmelo del todo.
Mi amigo Andrés los conocía del instituto y a veces los saludaba si nos los cruzábamos en la zona de césped. Mateo era moreno, fibroso, con esa cara seria que ponen los tímidos cuando quieren parecer interesantes. Hugo era más rubio, más cachas, más sonriente. Coincidían con mi horario de piscina casi todos los días.
Una tarde, mientras me cambiaba para irme, los vi meterse juntos en el mismo cubículo. Cerraron la puerta y pasaron los minutos. Yo terminé de ponerme la camiseta, me lavé los dientes en el lavabo, recogí la toalla, y ellos seguían sin salir. Me agaché disimuladamente a atarme los cordones cerca del banco y miré por debajo de la puerta. Cuatro pies. Dos chanclas y dos zapatillas. Quietos.
Los rumores son ciertos, pensé. O al menos quiero que lo sean.
No pasó nada aquella tarde. Salí del vestuario con la polla dura debajo de los vaqueros y el corazón a mil. Esa noche, en la cama, no podía dejar de pensar en lo que estarían haciendo ahí dentro, en lo que ocurriría si los tres coincidiéramos alguna vez en el sitio adecuado. Empecé a calcular horarios. Empecé a esperar.
***
La oportunidad llegó dos semanas después, un martes que amaneció nublado y con un poco de viento. La piscina estaba prácticamente vacía. Cuatro gatos, como decía mi padre. Yo había ido solo, sin Andrés, porque me apetecía nadar largos sin tener que esperar a nadie. Hice mis veinte largos, salí del agua y me tumbé al borde, secándome con el sol intermitente que entraba entre las nubes.
A los pocos minutos los vi pasar hacia los vestuarios. Mateo delante, Hugo detrás, con la toalla colgada del hombro y la otra mano metida en el bañador, ajustándoselo. Faltaba media hora para el cierre. El socorrista bostezaba en su silla alta y la chica de la cantina ya estaba bajando la persiana metálica. No había nadie más en la zona de césped.
Se me aceleró el pulso. Era la oportunidad. Conté hasta sesenta, cogí mi toalla, y me fui al vestuario sin pensarlo demasiado, porque sabía que si me paraba a pensarlo iba a echarme atrás. Por dentro me iba repitiendo que, si no pasaba nada, no pasaba nada. Que como mucho me los encontraría duchándose y bromearía con ellos como hacía Andrés.
El vestuario era de los antiguos: bancos de madera en los pasillos, cubículos individuales para cambiarse y, al fondo, una zona común de duchas. Sin cortinas, sin cubículos, sin nada. Cinco chorros uno al lado del otro y baldosas blancas. Si te duchabas allí, te duchabas en bolas delante de cualquiera que entrara.
Oí el agua antes de verlos. Solo un grifo abierto. Me quité el bañador en el banco más cercano con manos torpes y, en cuanto me lo bajé hasta los tobillos, ya la tenía dura. Era inevitable. Inspiré hondo, cogí la pastilla de jabón, y entré.
Acerté de pleno.
Estaban los dos en la zona de duchas. Hugo apoyado contra los azulejos con una mano y la otra en la polla, moviéndola lentamente. Mateo de pie a su lado, también empalmado, también pajeándose, mirando lo que hacía su amigo. Los dos estaban duros, los dos tenían la respiración entrecortada, y los dos se llevaron un susto monumental cuando aparecí yo desnudo en el umbral.
—Joder —murmuró Hugo, dándome la espalda en un acto reflejo.
Mateo se giró hacia la pared y se tapó con las manos. Por un segundo pensé que la había cagado, que se iban a vestir e iban a salir corriendo. El silencio era denso, solo se oía el agua del chorro de Hugo cayendo en el suelo.
Pero a mí también me la habían pillado dura, y eso lo cambiaba todo. No tenía sentido fingir que pasaba por allí. No tenía sentido hacerme el ofendido. Decidí que la única salida era el descaro.
—Tranquilos, tíos —dije, abriendo el grifo del chorro central—. Que no pasa nada. Todos nos hacemos pajas. Mirad, yo también iba a hacérmela.
Y me cogí la polla delante de ellos sin disimular.
Soltaron una risa nerviosa, primero Mateo, después Hugo. Esa risa floja que sale cuando ya no sabes qué hacer con la vergüenza. Se giraron un poco hacia mí, todavía sin acabar de mirarme a la cara. Yo me eché agua por la nuca, dejé que me corriera por el pecho y por el vientre, y empecé a tocarme suavemente, sin ritmo todavía, esperando a que se acostumbraran a la situación.
—¿Habéis visto a la rubia que estaba en la última tumbona? —solté, buscando una excusa que les diera coartada a ellos y a mí.
—¿La de Pradillo? —preguntó Mateo, agradecido por el cable.
—Esa misma. Joder, qué buena estaba. Imaginadla aquí, entrando ahora mismo, y se nos pone a chupárnosla a los tres.
Hugo se rió de verdad esta vez. Volvió a la pared, pero ya no para esconderse, sino para apoyarse mientras se la cascaba. Mateo retomó su paja con más confianza. Los tres, debajo de los chorros, mirándonos cada uno desde su esquina como si estuviéramos midiéndonos.
La excusa de la chica nos servía a todos. Yo seguía hablando de ella, exagerando, inventando cómo se arrodillaría, cómo se la metería a uno mientras nos pajeaba a los otros dos, cómo le pediríamos que se diera la vuelta. Pero los tres sabíamos perfectamente lo que estaba pasando. No mirábamos al recuerdo de la rubia. Nos mirábamos las pollas.
La de Hugo es la más grande de las tres, pensé sin disimular del todo. Y a Mateo le tiembla la mano.
—La tuya parece más gorda que la mía —le dije a Hugo, casi en broma.
—Será efecto óptico —contestó él, riéndose. Pero levantó la vista y se quedó un buen rato mirando la mía, comparando.
Mateo se quedó callado. Se notaba que era el más tímido de los tres, pero también el más excitado. Su mano iba al doble de velocidad que las nuestras.
—Si alguien tuviera que metérsela a otro por el culo aquí —solté, sin dejar de mirarles—, ¿cuál de las tres entraría primero?
—La suya —respondió Hugo, señalando con la barbilla a Mateo.
—¿La mía? —Mateo se rió, todavía nervioso—. Si la tuya es el doble de gorda.
—Por eso lo digo. Por eso tendrías que empezar tú.
La conversación los soltó del todo. Eran amigos, se conocían, hablar de sus pollas no era tan raro entre ellos como podría haberlo sido entre dos desconocidos. Yo era la novedad, el intruso, pero llevaba ya un buen rato allí, desnudo, pajeándome con ellos, y mi presencia había dejado de incomodarles para empezar a excitarles.
—Lo que molaría es que nos corriéramos los tres juntos —dije.
—Sí —dijo Mateo, casi sin voz.
—Tú primero —le dije a Hugo—. Que con esa polla seguro que disparas lejos. Y tú el último —miré a Mateo—, así vamos bajando.
Hugo aceptó el reto con una risa corta. Empezó a acelerar el ritmo. Su mano subía y bajaba por su polla con un sonido húmedo del jabón mezclado con el agua. Cerró los ojos un segundo, los abrió, miró al suelo, volvió a cerrarlos. Apretó los dientes. Lanzó tres chorros que cayeron en las baldosas, uno detrás del otro, y poco a poco se fue parando, todavía empalmado pero ya sin la urgencia.
—Joder, qué a gusto —dijo, jadeando.
Yo había estado aguantándome a propósito. Me había concentrado en el cuerpo de Hugo, en la pelambre rubia de su pubis, en cómo se le tensaba el abdomen al correrse. Aceleré el ritmo. Me retiré un par de pasos para tener distancia y les dije:
—Voy a ver si llego a la pared.
—Venga, valiente —dijo Mateo, sin parar de pajearse.
Apunté a la pared del fondo y solté cuatro chorrazos. El primero golpeó los azulejos con un ruido pequeño y resbaló hacia abajo. Los otros tres se quedaron a medio camino. Mateo se rió. Hugo aplaudió con la mano que tenía libre.
—Te toca —le dije a Mateo—. A ver si tú llegas, con esa polla no tienes excusa.
Era Hugo el de la polla grande, pero la broma valía igual. Se rieron los dos. Mateo se colocó a mi lado, dejando un par de baldosas entre nosotros para no pisar mi corrida. Estaba ya al borde. Le bastaron seis o siete movimientos para soltar el primer chorro. Y no llegó. Ni uno. Cayeron todos a un palmo de la pared, en el suelo.
—Tanta polla para nada —le dije.
—Eh, que estoy más cerca que tú —protestó.
—Pero como la tienes más larga, es como si estuvieras todavía más cerca. Cuenta el doble.
Nos reímos los tres. Esa risa boba que sale después de correrse, cuando se mezcla el alivio físico con la complicidad de haber hecho algo que se supone que no deberías haber hecho. Nos quedamos un rato más debajo del agua, ya sin tocarnos, dejando que el chorro arrastrara lo que había quedado en el suelo. Nadie miraba la corrida del otro fingiendo no mirarla. Ya no había nada que esconder.
—¿Venís mañana? —preguntó Hugo, mientras cerraba el grifo.
—Si no llueve —dije.
—Si no llueve —repitió Mateo, sonriendo de medio lado.
Salimos a la zona de los bancos y nos secamos cada uno por su cuenta, sin meternos en los cubículos. El silencio era distinto al de antes. No era tenso, era nuevo. Yo acabé el primero porque ellos llevaban zapatillas y yo solo unas chanclas. Me colgué la toalla húmeda del hombro y, antes de salir, me giré.
—Venga, tíos, hasta mañana.
—Hasta mañana —contestaron casi a la vez.
Crucé el aparcamiento con un nudo raro en el estómago, una mezcla de adrenalina, vergüenza y orgullo. No miré hacia atrás. Sabía que, si volvía a entrar al día siguiente, ya no iba a tener que buscar excusas sobre rubias inexistentes. Y sabía, también, que aquel verano todavía tenía muchas tardes por delante.