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Relatos Ardientes

Lo que pasó con el camionero en el área de descanso

Salimos de Pueblo Aldana con el sol ya bajo, rumbo a la cabaña que Mateo había alquilado para el fin de semana largo. Hacía tres meses que estábamos juntos y todavía no nos cansábamos de buscarnos los ojos en el retrovisor cada vez que él aceleraba en una recta.

—Tengo ganas —dijo después de un rato, sin sacar las manos del volante.

Le miré la entrepierna. El bulto ya empujaba contra la tela del pantalón gris.

—¿Ahora? —pregunté, aunque sabía la respuesta.

—Ahora. Y rápido, que falta una hora todavía.

Sonreí. Esa era una de las cosas que más me gustaban de él: cómo pedía sin rodeos, sin disfraz, como si lo que se le antojaba fuese siempre razonable. Le aflojé el cinturón y desabroché el botón. Mateo levantó un poco el culo del asiento para que pudiera bajarle el pantalón hasta los muslos, y ahí estaba, dura y caliente contra mi mano.

—Obediente —murmuró, satisfecho.

Me incliné sobre la palanca de cambios, busqué el ángulo entre el cinturón de seguridad y su cuerpo, y me la tragué entera de una. Mateo soltó un gruñido que se mezcló con el motor del Peugeot. Sentí su mano apoyarse en mi nuca, sin presionar todavía, marcando apenas el ritmo.

No pienses en nada más que en esto.

Subía y bajaba con lentitud, apretando con la lengua justo debajo del glande cada vez que llegaba arriba, jugando con sus huevos con la otra mano. Mateo conducía con una pierna estirada y la otra ligeramente flexionada, dándome espacio. Por la ventana entreabierta entraba olor a campo seco y a gasolina.

—Más adentro —dijo, con la voz un poco más ronca.

Le hice caso. Bajé la cabeza hasta sentirlo golpear el fondo de la garganta y me quedé ahí un par de segundos, conteniendo la arcada, mientras él aflojaba la mandíbula y exhalaba largo. Cuando lo solté, un hilo de saliva quedó colgando entre mi labio y la punta de su polla.

A los diez minutos, una bocina grave nos arrancó del trance. No fue un toque corto: fue un bramido largo, seguido de otro más breve, como una pregunta. Mateo se rió por lo bajo y me apretó la nuca.

—No pares —dijo—. Nos están mirando.

Levanté un poco la vista sin sacármela de la boca. Por el retrovisor lateral alcancé a ver la cabina alta de un camión cisterna, y arriba de todo, detrás del parabrisas, una sombra grande con una mano apoyada en el volante y la otra moviéndose abajo, fuera de mi vista.

—Hijo de puta —susurró Mateo, divertido—. Se está pajeando.

Sentí cómo a él se le ponía más dura todavía dentro de mi boca. La idea de estar dándole un espectáculo a un desconocido a ciento treinta por hora le encendía. A mí también, aunque me costara admitirlo en voz alta.

—Hay un área de descanso a un kilómetro —dijo Mateo, con la voz cada vez más ronca—. ¿Paramos?

No le contesté. No hacía falta.

***

Cuando el Peugeot se detuvo bajo los eucaliptos del parador, el camión se metió detrás de nosotros con un suspiro hidráulico. Me senté derecho un momento. Tenía la boca llena de saliva, el cuello entumecido y los labios hinchados. Por el retrovisor vi cómo se abría la puerta de la cabina del camión y bajaba un hombre.

Era grande. Un osazo, como se dice. Barba gris recortada, panza tirante bajo una camiseta negra, brazos llenos de tatuajes desteñidos por el sol. Caminaba sin apuro, mirándonos directamente, como quien se acerca a un trato cerrado de antemano.

—¿Te animás? —me preguntó Mateo, sin mirarme. Tenía la polla todavía afuera, brillante de mi saliva, descansando sobre el muslo.

—Vos sos el que maneja —respondí, con la garganta áspera.

Soltó una risa corta.

—Yo te miro. Es lo único que quiero hacer.

El camionero ya estaba al lado del coche, del lado del acompañante. Se inclinó para vernos por la ventanilla, apoyando una mano enorme en el marco.

—Buenas —dijo, con una voz que parecía salir de un pozo—. ¿Necesitan algo?

Mateo se rió otra vez. Yo todavía no podía.

—La puerta no tiene cerrojo —contestó Mateo—. Subí si querés.

El osazo no esperó que se lo dijéramos dos veces. Abrió la puerta, se metió de costado en el asiento del copiloto y me empujó con suavidad hacia el centro, de modo que quedé arrodillado entre los dos asientos, con la cara otra vez cerca de Mateo. Cerró la puerta a sus espaldas. El interior del coche se llenó de un olor a sudor limpio, a colonia barata y a tabaco viejo.

—¿Cómo te llamás? —me preguntó.

—Iván —mentí. No sé por qué mentí; me salió.

—Bruno —dijo él, y me apoyó la palma en la nuca—. Seguí con lo tuyo, Iván. No te corto el clima.

Volví a inclinarme sobre Mateo. La diferencia ahora era el peso de Bruno a mi lado, su mano grande dirigiendo el ritmo, su respiración pesada cerca de mi oreja. Mateo me miraba a los ojos cada vez que yo subía, con una sonrisa torcida que no le había visto antes. No eran celos. Era orgullo.

—Bajale el pantalón al pibe —le dijo Mateo a Bruno, sin dejar de acariciarme el pelo.

Sentí las manos del camionero en mi cintura. Me bajó el chándal hasta las rodillas, despacio, con la paciencia de alguien que sabe que el tiempo está de su lado. El aire del parador me pegó en las nalgas a través de la puerta del lado del conductor, que Mateo había dejado entreabierta para escuchar mejor. No había nadie alrededor: solo el zumbido de los camiones que pasaban por la ruta a doscientos metros y el canto irregular de las chicharras.

Bruno escupió. Lo escuché claramente: el sonido húmedo cayendo sobre piel. Después sentí la saliva tibia resbalar por la raja y enseguida el primer empuje de su dedo, grueso, gastado de manejar el volante quién sabe cuántas horas.

—Relajate —dijo, sin levantar la voz—. Es ancha pero corta. Vas a estar bien.

Me dio gracia, aunque no pude reírme con la boca ocupada. Mateo sí se rió, y me apretó más la cabeza contra él.

Bruno se acomodó detrás de mí. Lo escuché bajarse el pantalón sin sacárselo, con esa torpeza eficiente de los hombres acostumbrados a coger de pie en cualquier lado. La cabeza de su polla me presionó la entrada, ancha como había anunciado, tibia, ya mojada de su propia saliva. Tomé aire por la nariz, sin soltar a Mateo, y me abrí.

—Ahí va —dijo Bruno.

Y entró.

El golpe inicial me hizo gemir alrededor de Mateo, un sonido sordo que vibró en la cabina. Mateo soltó una palabrota larga, de esas que no le salían casi nunca. Bruno me dio una palmada en la nalga derecha, sólida, que sonó más fuerte que el ladrido de un perro en algún corral lejano. Después se quedó quieto, dejándome adaptar, con la mano apoyada justo sobre el lugar donde acababa de pegarme.

—Buen culo —comentó, como si estuviera evaluando un terreno.

Empezó a moverse despacio, sin sacarla casi, empujando con la cadera más que con las piernas, dejándome sentir cada centímetro. Yo me concentré en respirar y en mantener el ritmo arriba, donde Mateo me esperaba con los dedos hundidos en mi pelo. La saliva me caía por la comisura y me mojaba la mano con la que sostenía sus huevos.

Mateo me miraba como si yo fuese una película que él había puesto. Cada tanto le decía algo a Bruno por encima de mi cabeza —observaciones cortas, casi clínicas— que me prendían más de lo que me hubiera gustado reconocer.

—Apretale el cuello un poco. Le gusta.

—Es de los que aguantan, este. No te midas.

—Mirá cómo se le pone roja la oreja, mirá.

Bruno obedecía sin decir palabra. Cada indicación de Mateo se traducía en un movimiento concreto: una mano en la nuca, un cambio de ángulo, una embestida más profunda. Yo me sentía pasado de mano en mano sin moverme de mi sitio, una pelota entre dos jugadores que se entendían sin haberse cruzado antes en la vida.

Diez minutos así, quizá menos. Después Bruno empezó a apurar el paso.

—Mete quinta —le dijo Mateo, divertido.

Bruno gruñó algo que sonó a obedezco y aceleró. Las palmadas en mi cadera se volvieron secas, regulares, y la cabina entera empezó a moverse con cada estocada. El espejo retrovisor temblaba. Mateo apretaba el volante con la mano libre, como si estuviéramos en marcha de verdad, como si no estuviésemos parados sobre la grava de un parador.

—Me corro —avisó Bruno, con la voz quebrada—. Me corro acá adentro.

—Vení —contestó Mateo por mí, sin preguntarme—. Vení tranquilo.

Bruno bocinó por dentro, soltó un rugido que me hizo apretar todavía más, y un calor espeso me llenó por dentro, mucho más del que yo esperaba. Se quedó pegado a mi espalda unos segundos, respirando sobre mi nuca, con la frente apoyada entre mis omóplatos. Olía a viaje, a horas de cabina y a satisfacción.

Y casi en el mismo gesto, como si lo hubieran ensayado, Mateo se vino en mi boca. No me avisó. Una descarga densa y caliente que tuve que tragar en dos tiempos para no atragantarme. Me supo a sal y a algo dulce que solo le notaba a él.

***

Bruno se salió con cuidado, soltó un suspiro largo y se subió el pantalón con la misma calma con la que lo había bajado. Sacó del bolsillo trasero un pañuelo de tela y me lo alcanzó sin mirarme. Me limpié la cara, me lo guardé en el puño y no se lo devolví. Él tampoco lo pidió.

—Gracias por la pausa —dijo, palmeando la rodilla de Mateo como si fueran viejos compañeros de ruta.

—Maneja tranquilo —contestó Mateo.

El camionero bajó del coche, cerró la puerta sin azotarla y volvió a su cabina. Lo vimos partir por el retrovisor: encendió el motor, hizo un gesto corto con la mano por la ventanilla y se incorporó a la ruta como si nada de lo que acababa de pasar fuese digno de comentario.

Me senté en el asiento del copiloto. Tenía las piernas temblando y la garganta áspera. Mateo me alcanzó una botella de agua del posavasos. Tomé un trago largo, se la pasé, tomó él también. Después me miró con esa media sonrisa que ya conocía bien.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy bien —dije.

Y era verdad.

Se inclinó sobre la palanca, me agarró la nuca con cariño esta vez, y me besó despacio, sin asco, sin reclamo, con la lengua todavía sabiendo a lo que yo había tenido en la boca un minuto antes. Le devolví el beso con la misma calma. Afuera, el sol terminaba de caer detrás de los eucaliptos, y la cabaña, de pronto, ya no parecía tan urgente.

—Una hora más —dijo Mateo, encendiendo el motor.

—Una hora más —repetí, y me acomodé en el asiento con el pañuelo de Bruno todavía apretado en la mano.

Arrancamos hacia el norte, con las ventanas abiertas y el olor de los tres todavía adentro del coche. En la próxima recta, sin sacar los ojos del camino, Mateo me apoyó la mano sobre el muslo y me lo apretó dos veces. Yo entendí.

Iba a ser un fin de semana largo, sí. Pero ya no por la cabaña.

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Comentarios (4)

ElCaminante77

Que relato!!! Me engancho desde la primer linea y no pude parar. De los mejores que lei en esta categoria.

Tadeo_R

increible como lo narraste, se siente que uno esta ahi dentro de la cabina. Muy bueno, espero mas

RutaNocturna88

jajaja la tension del principio es lo que mas me gusto. tremendo

Facundo_03

Me recordo a un viaje largo que hice hace tiempo, aunque la mia no termino tan bien jaja. Excelente!!

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