Mi primera vez con un hombre fue frente a una cámara
Hace ya algunos años crucé el océano con la cabeza llena de promesas que nadie me había hecho. En España no había trabajo, y con poco más de veinte años decidí jugármela: pedí dinero prestado, entré con una visa de turista y me planté al otro lado del mundo convencido de que allí la suerte cambiaría. Tardé poco en descubrir que la tierra de las oportunidades no tenía ninguna reservada para alguien como yo, sin papeles y sin contactos.
La cosa se fue torciendo mes a mes. Acabé en Chicago, una ciudad inmensa y helada, donde pensé que sería fácil encontrar algo. Terminé durmiendo en el metro, colándome en los andenes para sobrevivir a las noches de invierno, que allí muerden de un modo que no había conocido nunca.
Llegó un punto en que quise rendirme y volver a casa, pero no tenía ni de lejos para el billete de avión. Y entonces ocurrió una de esas cosas que parecen sacadas de una mala película. Estaba arrebujado entre dos mantas raídas, temblando, cuando un hombre se acercó y me preguntó si quería ganar dinero fácil.
Lo primero que pensé fue en droga, así que le corté en seco.
—No quiero saber nada de ese tipo de cosas —le dije.
—No es eso —respondió, casi divertido—. Es algo relacionado con el sexo.
Aquello me desarmó. ¿Ganar dinero con sexo? Bueno, no sonaba tan terrible como pasar otra noche congelándome. Le dije que podíamos hablar, y él me hizo un gesto para que lo siguiera.
Recogí mis pocas pertenencias y salimos a la calle. Tenía un coche de los caros, de esos que huelen a cuero nuevo. Condujo hasta un barrio elegante, aparcó frente a un rascacielos enorme y subimos en ascensor hasta un piso amplio, de techos altos y ventanales que daban a la ciudad iluminada. Hasta ese momento, todo lo que veía me gustaba.
Él era un cuarentón con buena planta, alto, de esos hombres que saben que resultan atractivos y lo usan. Se llamaba Marcus, o al menos así se presentó. Me preguntó si quería beber o comer algo.
—Comer —respondí sin dudar—. Llevo dos días sin probar bocado en condiciones.
Me preparó un par de sándwiches que devoré como un animal mientras él me explicaba de qué iba el asunto.
—Mira, es sencillo —dijo, apoyado contra la encimera—. Tengo una web de porno gay. Subo vídeos en los que les follo la garganta a los tíos. Sin filtros, sin más límite que el que a mí me dé la gana de ponerme.
En cuanto lo dijo, mi instinto gritó que aquello no era para mí, que recogiera mis cosas y me largara. Debió de leérmelo en la cara, porque añadió, sin alterarse:
—Te pago seiscientos dólares por la sesión.
Me quedé helado. Con esa cantidad podía comprarme el billete de vuelta a España. Por fin saldría de aquel infierno donde estaba seguro de que acabaría muriendo de hambre o de frío. Si todo se reducía a que un hombre me metiera la polla en la boca un rato… el hambre era mucho peor. Nunca había estado con un tío, jamás había siquiera fantaseado con ello; todas mis experiencias habían sido con mujeres. Pero estaba claro que, si quería volver a casa, tenía que pasar por el aro.
—De acuerdo —dije, y noté cómo me temblaba un poco la voz.
***
Me llevó a una habitación con una cama de matrimonio y una cámara montada sobre un trípode. Me pidió que me desnudara mientras él hacía lo mismo. Yo estaba cortado, hacía mucho que no tenía sexo de ningún tipo, y menos con un hombre. Pero la recompensa lo merecía, me repetía a mí mismo.
Me quité la ropa intentando taparme con las manos, como si todavía me quedara algo de pudor. Cuando Marcus se giró desnudo hacia mí, casi me da un vuelco el corazón. Tenía una polla descomunal, gruesa y larga, ya empalmada, fácilmente unos veinticuatro centímetros, con un grosor que daba vértigo. ¿Y se suponía que aquello debía caberme en la boca? Empecé a dudar otra vez, pero el recuerdo de las noches en el metro me empujó hacia delante. No había otra. No habría otra oportunidad como esa.
Me indicó que me sentara en la cama, con la espalda contra el cabecero, y que abriera los brazos en cruz. Cuando lo hice, sacó unas esposas que colgaban a cada lado de la cabecera y se acercó para atarme las muñecas.
—Eso no —dije, apartando las manos—. No me ates.
—Entonces vístete y vete —contestó, frío, encogiéndose de hombros.
Pensar que se me escapaba la posibilidad de volver a casa fue como un mazazo.
—Vale —murmuré—. Átame.
Lo hizo despacio, y en cuanto sentí el metal cerrarse sobre mis muñecas comprendí hasta qué punto quedaba a su merced: atado, desnudo, incapaz de defenderme. Quizá había confiado demasiado en aquel desconocido. Pero ya era tarde.
Marcus se colocó delante de mí, con aquel miembro enorme que de cerca imponía aún más, y me ordenó abrir la boca. Lo hice tras un segundo de vacilación, pero él me dijo que la abriera del todo, al máximo, o no entraría. Estiré la mandíbula cuanto pude y saqué la lengua, y entonces deslizó el glande dentro. Y ocurrió algo que jamás habría imaginado: aquel primer contacto hizo que algo se moviera en mi propia entrepierna. Se me estaba poniendo dura solo porque un hombre me había metido la punta en la boca. ¿Qué demonios me estaba pasando, si nunca había deseado a un tío?
No tuve tiempo de pensarlo. Marcus empezó a empujar sin contemplaciones. El glande no tardó en chocar contra el fondo de mi garganta, y llegaron las primeras arcadas. Pensé que se echaría atrás al notarlas, pero hizo justo lo contrario: redobló el empuje. Golpe tras golpe, las arcadas se repetían, ahora cargadas de saliva que brotaba de no sé dónde, en oleadas que pronto me dejaron la barbilla, el cuello y el pecho empapados.
Intenté girar la cabeza para esquivarlo, pero él lo previó y me la sujetó con ambas manos, con una fuerza brutal. Me estaba follando la garganta sin tregua, y yo, con las muñecas atadas, no podía hacer nada para impedirlo. Y entonces, sin saber muy bien cómo, en un empujón aquella enormidad traspasó el umbral y se hundió por entero. Mi cuerpo, a la defensiva, había aprendido solo a ahuecar la garganta para dejar pasar al intruso.
A partir de ahí cesaron las arcadas. La tenía dentro del todo, y me sentía como si me hubieran alojado algo imposible en la boca, dura y a la vez extrañamente tierna. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo mismo estaba durísimo, el sexo tieso como una piedra sin que nadie me hubiera tocado, porque atado no podía. Apenas tuve un instante para preguntarme por qué, antes de tener que volcar toda mi atención en mantener aquella nueva habilidad que mi cuerpo acababa de descubrir.
Marcus siguió embistiendo durante un tiempo que sería incapaz de medir. No sé si decir que se me hizo eterno o fugaz. Eterno, por lo extremo de la situación: las manos inmovilizadas, un desconocido sujetándome la cabeza, aquella polla descomunal hundida hasta el fondo, la mandíbula abierta al límite. Y fugaz, porque comprendí hasta qué punto aquello me estaba provocando una excitación que jamás había sentido. Tenía la nariz enterrada en su vello, los labios chocando contra él, completamente sometido, y en lugar de rechazo lo que me recorría era un placer que me ardía en cada centímetro del cuerpo.
El hombre continuó con su vaivén implacable. En algún momento, fuera porque se cansó o porque le llegaron las ganas, la sacó y apoyó el glande sobre mi lengua. Empezó a correrse en oleadas, una, dos, tres veces, un chorro abundante y espeso, caliente, que fue llenándome la boca. ¿Y sabéis qué? En contra de todo lo que habría jurado un par de horas antes, lo fui tragando a la vez que lo saboreaba. Un sabor raro, salado, y aun así increíblemente excitante. Y mientras lo tragaba con una avidez creciente, noté cómo me corría yo también, sin tocarme, desesperadamente, como si fuera la primera vez en mi vida que eyaculaba.
Cuando ya no quedó nada, me sorprendí dándole lengüetazos para no perder ni una última gota.
Marcus me miró con un punto de desprecio.
—Ya sabía yo que en el fondo eras un putón —dijo.
Y, aunque parezca mentira, en aquel momento me sonó al más bonito de los halagos.
***
Terminé de limpiar con la lengua aquel glande ya sin rastro de semen, y él se apartó. Me liberó las muñecas y me dijo que me vistiera. Cuando acabé, me puso seiscientos dólares en la mano y me comentó que, si quería verme, en un par de días el vídeo estaría colgado en su web. Me dijo el nombre, que olvidé enseguida adrede.
Y os confieso una cosa, ahora que no nos oye nadie: estuve a punto de preguntarle si podíamos repetir otro día. No por el dinero, que ya tenía lo que necesitaba, sino porque había sido la experiencia sexual más intensa de toda mi vida y quería volver a sentirla. Pero él me cortó: no repetía grabaciones con la misma persona.
Así que me marché, aunque una parte de mí no quería irse de aquel piso.
Días después tomé un vuelo de vuelta a España. Y ya en casa… pues sí, lo habéis adivinado. Empecé a frecuentar webs de citas para hombres, y pronto me hice un experto en mamar y en dejar que me follaran. Pero mi debilidad eran los miembros grandes, los que por un instante me devolvían el recuerdo de aquel desconocido de Chicago que me empotró sin compasión hasta el fondo de la garganta.
Nunca he vuelto a sentir nada igual, aunque he probado pollas enormes y siempre les he pedido que no tuvieran piedad ni conmigo ni con mi garganta. Porque, por grandes que fueran, ninguno tenía aquel punto de sadismo del tipo que estuvo a punto de reventarme la mandíbula… y que, a cambio, me regaló el placer más absoluto que probablemente conoceré jamás.