Salí del armario y esa noche fui suyo
La farola del callejón parpadeaba: luz, sombra, luz otra vez. Yo estaba sentado en el bordillo, las piernas flojas, viendo cómo el reloj de esfera azul que me había regalado Luca rodaba por el asfalto hasta detenerse junto a los pies de mi antiguo entrenador.
Se agachó y lo recogió con cuidado, sin levantar la vista.
—Se te ha caído —dijo—. Por mi culpa. Perdona.
Su voz ya no tenía filo. Era grave, pero blanda, como si arrastrara un peso por dentro. Me puse de pie, el abrigo pesándome el doble, y cogí el reloj que me tendía. Lo apreté en el puño. Después lo miré a él.
Tenía los ojos rojos. No de rabia: de algo más viejo y más gastado. Culpa.
—Te pido perdón, Dani —murmuró—. Por cómo te traté. Por lo que intenté hacer. No tiene nombre. Se me fue la cabeza.
No dije nada. Solo quería marcharme.
—He empezado a ir a terapia —siguió, mirando el suelo agrietado—. No tienes que perdonarme. Solo necesitaba decírtelo. Cuando te vi entrar en la tienda, no podía irme sin hablar.
—Está bien —dije por lo bajo. Y, por extraño que parezca, le creí.
—No está bien. Es algo que no me perdonaré nunca. Confiabas en mí y me aproveché.
—Te perdono —corté—. Siempre que no vuelvas a comportarte así. Nunca más. Con nadie.
Asintió despacio.
—Te lo juro. Ahora trabajo de mecánico, a las afueras. No creo que me convenga acercarme a sitios con chavales.
Una ráfaga de viento arrastró hojas secas por el bordillo. No había nadie más en la calle.
—Tengo que irme —dije.
Me alejé sintiendo su mirada en la espalda. Ya no me dolía. Pero lo que hizo, lo que intentó hacer, se me había quedado grabado como el frío de febrero en los huesos.
***
Llegué a casa con olor a lasaña casera flotando por todo el comedor, ese aroma a queso tostado y tomate dulce que solo mi madre sabía conseguir. Guardé el regalo en el cajón del escritorio y me senté a la mesa.
Cenábamos casi sin hablar. Yo en medio, mi madre a la izquierda, mi hermana Lucía a la derecha. La televisión murmuraba un documental sobre el Antiguo Egipto, tumbas escondidas y momias olvidadas. Lucía contaba algo de su carrera, del desarrollo infantil, un tema que le caía en el examen. Yo no la escuchaba. Tenía la pierna derecha temblando bajo la mesa, como si quisiera salir corriendo sin mí.
Y entonces, en el hueco entre una frase suya y una pausa del televisor, lo solté.
—Mamá… soy gay.
Lo lancé al aire como quien tira una piedra al agua sin querer ver el rebote. Mi madre dejó de mirar la pantalla. Yo no respiraba.
—Me gustan los hombres —añadí—. Luca… Luca es mi novio.
Me sentía mareado. Lucía se giró hacia mí, no sorprendida por el qué, sino por el cómo: tan de golpe. Mi madre parpadeó y se volvió despacio. Tenía la cara tranquila, pero pensativa, como si rebobinara hacia atrás buscando señales que se le habían escapado.
Lucía me rozó la mano por debajo de la mesa. No dijo nada. Solo estuvo ahí.
—¿Estás seguro? —preguntó mi madre al fin.
—Sí.
—¿Ha sido por ese chico? ¿Por Luca? —ya quería culparlo; la conocía.
—No, mamá. Hace años que lo sé.
Volvió a mirar el televisor, aunque ya no veía nada. Estuvo callada un instante eterno.
—Entonces tendrá que venir más veces a cenar, ¿no? —y me sonrió.
—¿No… no estás enfadada? —pregunté, confuso.
—¿Enfadada? —se levantó, me apartó un mechón de la frente y me abrazó—. Eres mi hijo. Claro que no estoy enfadada.
La abracé con fuerza y rompí a llorar. Lucía se puso de pie y se sumó al abrazo, y así nos quedamos los tres, apretados, mientras la lasaña se enfriaba en los platos.
***
El viernes amaneció con el cielo cubierto de nubes densas, gris mate, como si la semana hubiera sido tan pesada que hasta el cielo necesitara descansar. Caminábamos los cuatro hacia la facultad, las mochilas colgando de un hombro, hablando más con las manos que con la boca: yo, Yassine, Hugo y Pablo.
—Por fin finde. Qué ganas de quedar con Carla —dijo Hugo con esa sonrisilla suya de siempre—. Me ha dicho que estará sola en casa.
—¿Y qué vais a hacer? ¿Jugar a la consola? —saltó Yassine, dándole un codazo.
—Tú ríete —se rió Hugo—. Le voy a partir el coño en dos, os lo digo yo. Lleva toda la semana mandándome fotos con las tetas fuera. Ya os contaré.
Yo sonreía, pero no hablaba. El frío me pesaba más en la boca que en la piel, en las palabras que no terminaban de salir. Yassine, el marroquí, presumía de una tía nueva a la que se había follado el fin de semana anterior, contaba con pelos y señales cómo lo había arrastrado al sofá, le había bajado los pantalones y se la había mamado hasta hacerle tragar; los demás reían y le seguían la broma. Yo me reía también, recordando sin querer la noche en que Yassine y Hugo me iniciaron en mi propia habitación, mucho antes de Luca, cuando entre los dos me abrieron por primera vez y me enseñaron lo que era tener dos vergas duras encima al mismo tiempo.
Antes de cruzar la verja oxidada de la entrada, me detuve en seco.
—Chicos, tengo que deciros algo.
Los tres se giraron. Hugo seguía masticando chicle; Pablo ladeó la cabeza, como hacía siempre que no entendía por dónde ibas. Tragué saliva.
—Es sobre Luca. Luca es mi novio.
Se miraron entre ellos. No supe descifrar sus gestos.
—¿Luca? —preguntó Hugo, alzando las cejas.
—Sí. Quería que lo supierais antes que nadie.
—Entonces, ¿sales del armario? —preguntó Pablo.
—A ver, no pienso ir gritándolo por ahí. Pero si me preguntan, no lo voy a negar.
El silencio fue raro. No pesado, pero sí como cuando una clase entera se calla a la vez.
—Primo —Hugo me pasó el brazo por encima del cuello—. Me alegro de que por fin hayas salido de ahí. Y Luca es un tío cojonudo. Me alegro de verdad.
—Seamos sinceros, tampoco nos pillas por sorpresa —añadió Yassine, señalándome con el dedo y sonriendo—. Pero me alegro. Hacéis buena pareja.
Pablo seguía callado. Lo miré, esperando. Por un momento pareció molesto, y no entendí por qué. Entonces se acercó y me abrazó.
—Me alegro, tío. Pero me surge una duda… —se separó con una sonrisa torcida—. ¿Quién se lo monta con quién? Vamos, quién mete y quién pone el culo.
—Eres idiota —le di un empujón cariñoso, y todos estallaron en risas.
Sentí que la sangre me volvía a las piernas. Que mis amigos se lo tomaran con esa naturalidad me quitó un peso enorme. Eran los de siempre, los que nunca me fallaron.
***
Las clases terminaron con el ruido de siempre: sillas arrastrándose, carpetas cerrándose de golpe, gritos sueltos por los pasillos. Me despedí de los chicos en la puerta. Había quedado con Luca: era nuestro primer San Valentín.
Lo encontré un par de calles más allá, apoyado en una señal de tráfico, con una mochila negra y la mirada clavada en el móvil. Esa sonrisa pequeña suya, la que no enseña los dientes pero dice más que cualquier otra. Nos saludamos con un cruce de miradas.
—¿Vamos? —dije.
Subimos al autobús casi vacío y nos sentamos al fondo, junto a la ventana. Él seguía con el móvil.
—¿Alguna novedad en tus redes? —pregunté.
—Qué va. Sigo estancado en los mismos seguidores.
—Ya verás en verano, cuando subas fotos sin camiseta —le dije, burlón. Me empujó contra la ventana, riéndose.
—¿Y al final se lo contaste a tu madre?
—Sí. Le chocó un poco, pero se lo tomó bien. Dice que tienes que pasarte a comer más a menudo.
—¿Y a tus amigos?
—A todos. También bien.
—¿Y tú? ¿Tu madre lo sabe? —pregunté.
—Esta mañana se lo dije. Lo encajó regular. Dice que quería nietos —nos reímos los dos.
El autobús dio un giro lento y la luz del atardecer entró por la ventana con un tono naranja que parecía derretirse sobre los asientos. No hablamos durante un rato. No hacía falta. Bajo el abrigo, Luca me buscó la mano y me la puso sobre su muslo, muy cerca del bulto que ya empezaba a marcársele en el pantalón. Me miró de reojo, mordiéndose el labio, sin decir nada. Le apreté la polla por encima de la tela y noté cómo se endurecía bajo mis dedos. Aparté la mano de golpe, riéndome bajito, y él me susurró al oído «esta noche te vas a cagar», con una voz ronca que me erizó la nuca.
***
Bajamos en nuestra parada y allí estaba: la misma pizzería de la otra vez, el mismo cartel rojo, el mismo olor a masa caliente que salía hasta la acera. Al entrar, el calor del horno nos golpeó de lleno, mezclado con orégano, queso fundido y salsa barbacoa.
Detrás del mostrador estaba Jamal, el chico que nos había atendido la otra vez. El mismo que, meses atrás, me había follado en la parte de atrás, junto a los aparcamientos, con la polla morena sacada por la bragueta y mi cara contra el capó de un coche. Al vernos juntos nos guiñó un ojo, y por un segundo tuve la sensación de que se relamía los labios recordando cómo me había dejado el culo aquella noche. Luca lo notó y me miró; yo aparté la vista, nervioso.
—Una familiar con extra de queso, bacon, pollo y atún —pidió Luca.
—Buena combinación —comentó Jamal—. ¿Para beber?
—Un zumo de naranja natural —dije.
—Yo una cola doble —dijo Luca, sonriéndome.
—Eso lleva mucha azúcar —le reproché.
—Nah. Esta noche la bajo follándote hasta que no puedas andar —respondió por lo bajo, con una mirada que no dejaba dudas.
Nos sentamos al fondo, donde las luces eran más tenues y las mesas de madera oscura quedaban medio escondidas tras unos biombos. Yo me puse junto a la gran ventana que daba a la calle. Empezaba a chispear.
—Creo que va a haber tormenta —dije.
—Me gusta la lluvia —contestó él.
La pizza llegó enorme, caliente, crujiente. Comimos despacio, cada bocado una excusa para otro chiste tonto, riéndonos como si fuéramos los únicos en aquella esquina del mundo. Cuando ya no podía más, me eché atrás.
—Estoy lleno.
Y nos callamos. No de incomodidad: era ese silencio cálido que llega cuando estás lleno de algo más que comida. Luca se inclinó hacia mí, los ojos entrecerrados.
—Ven —murmuró.
Lo entendí al instante, pero el cuerpo se me frenó. Había familias, niños, una pareja mayor dos mesas más allá. Me eché un poco hacia atrás.
—¿En serio? —frunció los labios.
—Es que hay mucha gente, Luca…
Suspiró, rodó los ojos, y entonces me sujetó la cara con las dos manos, despacio pero sin titubear.
—Pues que miren.
Y me besó. No fue largo ni escandaloso, pero sí firme, cálido, real. Sentí su aliento, el roce de su nariz, la presión exacta en mis labios, y me dejé llevar. Cuando nos separamos, abrí los ojos a medias. Él sonreía.
—¿Ves? No ha pasado nada.
Miré alrededor. Un grupo de chicas de otra mesa nos observaba; una levantó el pulgar, sonriendo. Me dio vergüenza y escondí la cara entre los brazos sobre la mesa, mientras Luca se reía bebiendo de su pajita.
***
La tormenta estalló cuando salimos. Primero el viento, el que sopla desde las esquinas como si empujara los edificios hacia dentro. Luego el cielo, tan oscuro que los grises parecían negros, partido por relámpagos como grietas blancas. Y al final la lluvia: ya no eran gotas, sino cuchillos de agua cayendo a plomo.
No llevábamos paraguas. Corrimos de toldo en toldo, riéndonos, empapados hasta los huesos, las mochilas a punto de soltar agua. La calle se había vaciado, como si la ciudad entera se hubiera rendido. A unos metros, medio oculto tras una hilera de arbustos desbordados, encontramos un parque que yo no recordaba haber pisado nunca.
—¿Entramos? —preguntó Luca, jadeando, con el pelo pegado a la frente.
Los columpios estaban inmóviles y empapados, los toboganes brillaban como espejos. Y al fondo, entre la niebla de la lluvia, lo vimos: una estructura de juego con forma de dragón gigante, rojo, desgastado, con ojos amarillos y escamas pintadas en los costados. Parecía un animal dormido en medio del barro.
Subimos por una rampa lateral y nos metimos dentro del cuerpo hueco del dragón. Olía a plástico mojado. Nos sentamos con las piernas encogidas, tiritando.
—Esto es de locos —dije, riéndome por lo bajo.
Luca no contestó. Se acercó, me rodeó los hombros con el brazo y apoyó la cabeza en la mía. La lluvia golpeaba el techo del dragón con un sonido hipnótico, casi relajante, como si el mundo se estuviera lavando a sí mismo mientras nosotros nos escondíamos en el vientre de una bestia de plástico.
—Tengo algo para ti —dije, y metí la mano en la chaqueta. Saqué una cajita dorada, un poco aplastada y húmeda—. Por San Valentín.
—¿Ahora?
—¿Qué mejor sitio que dentro de un dragón bajo la lluvia?
Rió, y con los dedos fríos empezó a deshacer el lazo. El envoltorio se abrió como si exhalara, y dentro apareció el reloj: plateado, de esfera azul intensa, minimalista, elegante. Exactamente como él. Lo giró entre las manos para verlo por todos lados; la poca luz que entraba sacaba destellos del metal.
—Me encanta —dijo, y su voz sonó sincera, casi vulnerable.
Se lo abrochó en la muñeca derecha, porque era zurdo, y me miró.
—Es el mejor regalo que me han hecho nunca.
Se inclinó y me besó. No fue como en la pizzería, de impulso o de rebeldía. Fue lento, lleno de algo que no necesitaba nombre. Cerré los ojos. El plástico crujió bajo nosotros, la lluvia seguía cayendo con fuerza, y aun así, dentro, parecía que el mundo se había detenido solo para nosotros.
Cuando nos separamos, metió la mano en el bolsillo interior del abrigo y sacó un folleto, mojado en las esquinas. Plazas antiguas, ruinas, costa soleada, letras en italiano.
—Es de Italia. De donde nací —explicó—. Tenemos una casa cerca de Briosco, en la Brianza. Bosques, campos, un sitio precioso. Mi madre ya lo ha organizado: a finales de junio nos vamos a pasar el verano allí. Me gustaría que vinieras conmigo.
El corazón me dio un salto que casi dolió.
—¿En serio? No sé qué decir… —se me enrojecieron los ojos.
—Solo di que sí. Verás dónde crecí, comerás pasta de verdad. Yo te enseño italiano, prometido.
Asentí sin dudarlo y me lancé a abrazarlo. Su cuerpo todavía temblaba un poco por el frío, pero en aquel abrazo no había sitio para otra cosa que no fuera certeza.
—Te amo —le susurré al oído.
Se quedó inmóvil medio segundo, como si quisiera retener el instante, y luego respondió muy bajito, en italiano:
—Anch'io ti amo, Dani.
No hablaba italiano, pero no me hizo falta preguntar. Lo entendí en su voz, en sus ojos, en el reloj que brillaba con cada relámpago.
Luca guardó el folleto, me miró con los ojos oscurecidos, y me empujó del pecho hasta tumbarme sobre el suelo del dragón. El plástico frío me golpeó la espalda a través de la sudadera empapada. Se subió encima de mí a horcajadas y empezó a besarme el cuello, a lamerme el lóbulo de la oreja, a morderme la mandíbula. Sentía su polla, todavía atrapada en los vaqueros mojados, apretándose contra mi bulto en un vaivén lento que ya me tenía duro como una piedra.
—Joder, Dani… —jadeó contra mi cuello—. Llevo toda la tarde pensando en esto.
Se incorporó, se sacó el abrigo empapado y se arrancó la camiseta de un tirón. Su torso apareció desnudo delante de mí, brillante de lluvia, los pezones duros por el frío, ese vello fino que le bajaba desde el ombligo hasta perderse bajo la cinturilla. Le pasé las manos por el pecho, le pellizqué un pezón entre los dedos y él soltó un gemido ronco. Le bajé la cabeza de un tirón para volver a besarlo, esta vez con la lengua entera dentro de su boca, mordiéndole el labio, chupándoselo.
Mis manos bajaron a su bragueta. Le desabroché el botón, le bajé la cremallera y le metí la mano en el bóxer. La polla le saltó fuera, dura, gruesa, con el glande morado ya perlado de líquido preseminal. La agarré por la base y empecé a masturbarlo despacio, viendo cómo la piel se le tensaba con cada tirón.
—Cómemela —me pidió con voz ronca—. Cómemela ya, hostia.
Me incorporé a medias y me la metí en la boca. Entró entera, hasta el fondo, hasta que noté el vello contra los labios y las pelotas apoyadas en mi barbilla. Empecé a mamársela con hambre, subiendo y bajando la cabeza, chupándole el glande al llegar arriba, escupiéndole encima para que resbalara mejor. Él me agarró el pelo con las dos manos y empezó a follarme la boca, marcándome el ritmo, metiéndomela hasta la garganta hasta que me daban arcadas.
—Así, así, hostia… tragántela, tragántela toda —gruñía.
Le lamí las pelotas una por una, se las chupé, mientras le seguía haciendo la paja. Le noté un temblor y me la sacó de un tirón, jadeando.
—Para, para, que me corro y no quiero. Todavía no.
Me tumbó otra vez de espaldas y me arrancó los vaqueros de un tirón, el bóxer detrás. Mi polla saltó fuera, dura, apuntándome al ombligo. Se la metió en la boca sin previo aviso, hasta la base, y yo solté un gemido que se perdió en el estruendo de la tormenta. Me la mamó rápido, con saliva, con los labios apretados, subiendo y bajando la cabeza como si llevara horas hambriento. Bajó por el tronco, me chupó los huevos, me los metió en la boca uno a uno, y siguió bajando.
Me levantó las piernas y me las apoyó sobre sus hombros. Sentí su lengua caliente en la entrada del culo y arqueé la espalda del gusto. Me comió el ojete despacio, escupiéndome, lamiéndolo, hundiendo la lengua todo lo que podía, ensuciándome con saliva. Me metió un dedo, luego dos, empujando poco a poco, abriéndome, mientras me seguía mamando la polla al mismo tiempo. Yo temblaba, agarrado a lo que fuera del plástico del dragón, gimiendo sin poder parar.
—Follame ya, Luca, por favor —le supliqué—. Métemela ya.
Se incorporó, se escupió en la mano y se la restregó por la polla. Me la apoyó en la entrada, húmeda y palpitante, y empezó a empujar. Sentí cómo el glande se abría paso, cómo mi culo cedía a la fuerza de su embestida, cómo entraba poco a poco hasta que de una última estocada me la metió entera hasta las pelotas. Solté un quejido a medias, entre dolor y gusto. Luca se detuvo, se echó sobre mí y me comió la boca sin moverse, dejándome sentir cómo palpitaba dentro, cómo su verga latía contra mis paredes.
—Joder, qué apretado estás… —jadeó contra mis labios.
Después las caderas empezaron a moverse. Salió despacio, casi hasta sacármela del todo, y me la volvió a clavar de un golpe seco. Solté un grito ahogado. Repitió el movimiento, cada vez más rápido, cada vez más profundo. El ritmo fue subiendo hasta que ya no eran embestidas: eran golpes secos, brutales, que me hacían crujir el plástico bajo la espalda. Sus pelotas chocaban contra mi culo con un chasquido húmedo cada vez.
—Toma, toma polla, hostia… —gruñía apretándome el cuello—. Este culo es mío, ¿me oyes? Mío.
—Tuyo, todo tuyo —jadeaba yo—. Fóllame, Luca, fóllame más fuerte.
Me sacó la polla, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas. Me agarró por las caderas y me la volvió a meter de una embestida seca, y yo grité contra el suelo del dragón. Empezó a follarme a lo perro, con las palmas de las manos apretándome las nalgas y separándomelas para verse la polla entrar y salir. Se escupió en el dedo y me lo pasó por el culo estirado, alrededor de su propia verga, como jugando con la vista de tenerme abierto.
—Mira cómo te la meto, joder. Mira cómo te la come el culo.
Yo dejaba caer la cabeza y arqueaba el trasero, empujando hacia atrás para que me la clavara más hondo. Me metió el pulgar en la boca y yo se lo chupé como si fuera otra polla. La lluvia caía a mares fuera; los gemidos y los golpes de carne contra carne se perdían en el estruendo del agua contra el plástico. Nadie podía oírnos, y aun así gritábamos como si quisiéramos romper la tormenta.
Me volvió a dar la vuelta y me tumbó bocarriba. Me levantó una pierna y me la apoyó en su hombro, y me penetró otra vez de lado, en un ángulo que me dio directo en la próstata. Empecé a temblar entero, con la polla botando contra el vientre a cada embestida, chorreando líquido.
—Ahí, Luca, ahí, no pares, joder, no pares…
Dejamos de hablar. Solo se oían los jadeos, los gemidos, el chasquido húmedo de nuestros cuerpos y la tormenta encima. Sus ojos clavados en los míos, los míos en los suyos, y esa conexión que solo se siente cuando alguien está literalmente dentro de ti y te está llevando a otro sitio. Mis manos recorrían todo su cuerpo, sus hombros, su espalda, sus nalgas, tirando de él para que me la clavara más adentro.
No sé cuánto duró. El tiempo se había congelado; lo único que avanzaba eran sus embestidas. Empezó a masturbarme con fuerza mientras aceleraba, apretándome la polla en el puño, subiendo y bajando al ritmo de sus caderas. Cada golpe me recorría la espalda como una descarga eléctrica. Sudábamos, exhaustos, mirándonos. Me sujetó del cuello con la mano libre, apretándome apenas, y me la clavó hondo varias veces seguidas, gruñendo con los dientes apretados.
—Córrete conmigo, Dani, córrete conmigo, hostia…
Y me corrí como no recordaba haberlo hecho jamás. La lefa me salió a chorros contra el pecho, contra el suyo, larga y espesa, mientras el culo se me apretaba en espasmos alrededor de su polla. Mis contracciones lo arrastraron. Sentí su verga hincharse dentro, latir con fuerza, y de golpe estallar en descargas calientes que me inundaron por dentro. Se vació del todo, con la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta, mordiéndose el labio para no gritar. Chorro tras chorro, sentí cómo me llenaba, cómo el semen empezaba a rebosarme cuando aún la tenía dentro.
Cayó rendido sobre mi pecho, la polla todavía enterrada en mí, palpitando. Nos miramos, las respiraciones bajando poco a poco, y sonreímos. Me besó en los labios, lento, con la lengua, mientras salía de mí muy despacio. Sentí la corrida escurrirse hacia fuera, caliente, entre mis muslos. Él bajó la mirada, la vio salir, y volvió a subir con una sonrisa boba.
—Te he llenado entero —susurró.
—Ya lo noto, cabrón —le contesté, riéndome con lo que me quedaba de aire.
Se vistió y se tumbó a mi lado. Yo me subí la ropa como pude, con el culo todavía chorreando y las piernas de gelatina, y nos quedamos mirando el techo del dragón, testigo de su primera vez, de la nuestra. Le acaricié la mejilla. La lluvia, afuera, empezaba a perder fuerza. Y entonces lo supe: nunca me separaría de Luca.
***
El tiempo siguió avanzando, como siempre, y llegó junio. Aprobé el curso; el siguiente sería el último de la carrera. Una mañana de calor estábamos en casa de Yassine, alrededor de la piscina del jardín, con el sol cayendo a plomo sobre las baldosas grises.
Yo estaba sentado en el borde, las piernas dentro del agua. Dentro de la piscina, Luca hacía carreras de buceo con Hugo mientras Yassine intentaba subirse a un flamenco hinchable sin volcarlo. Reían y salpicaban, y por un segundo no parecíamos veinteañeros, sino críos que habían sobrevivido al invierno y a todo lo que vino con él.
Unas chanclas arrastrándose me hicieron girar. Era Pablo, que se dejó caer a mi lado con un suspiro.
—Puto calor —murmuró. Nos quedamos callados un momento, solo el agua moviéndose y las risas de fondo—. Me da cosa que te vayas.
—Solo son dos meses —dije.
—Ya. Pero es como cuando uno se queda en clase y los demás se van de excursión.
—Te escribiré todos los días.
—Mentiroso. Estarás ocupado con la polla de Luca hasta la garganta —me miró de reojo—. ¿Sabes? Hubo un momento en que pensé que te perdía.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Perderme cómo?
—No sé. Conectaste tan bien con Luca que me dieron celos. Pensé que, teniéndolo a él, ya no nos necesitarías al resto. A mí. Y eso me jodió.
—No es así —dije, mirando el agua.
—Ahora lo sé. Fueron celos sin fundamento. Es que contigo compartí cosas muy íntimas y a veces me sentía confundido. —se encogió de hombros—. Tranquilo, sigo siendo hetero, a mí me sigue poniendo un coño mojado y unas buenas tetas. Pero me costó entender que hay amistades tan fuertes que pueden llegar a confundir.
Lo miré sorprendido. En sus ojos estaba esa sinceridad incómoda que solo sale en los días de calor, cuando uno está cansado de guardarse las cosas.
—Gracias por decírmelo —respondí.
—No te acostumbres. Además, el que te abre de piernas y te llena el culo de lefa es Luca —y se rió.
—¡Cabrón! —lo empujé al agua de un manotazo, y todos estallaron de nuevo.
Luca salió de la piscina empapado, con las gotas resbalándole del cuello al pecho, bajando por los abdominales hasta perderse dentro del bañador que se le pegaba al bulto de forma obscena. Se sentó a mi izquierda, la rodilla rozando la mía.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo muy bien —dije, mirándolos a todos.
El padre de Yassine apareció en la terraza con una bandeja de kebabs envueltos en papel de aluminio, y los demás se acercaron nadando, salpicando en todas direcciones. Luca me ofreció su durum a medias; le pegué un mordisco y noté las miradas de mis amigos.
—¡Beso! —pidió Hugo.
—¡Eso, beso! —corearon los demás.
Nos negábamos entre risas, pero al final tragué y besé a Luca entre bromas y pitorreos. Y ahí estábamos todos, como si nada hubiera cambiado y, al mismo tiempo, como si todo lo hubiera hecho. Apoyé la cabeza en su hombro. Él no dijo nada; solo me pasó el brazo por la espalda.
En ese momento supe que no hacía falta un gran final, ni una escena de película. Solo eso: un instante sencillo y verdadero, después de un invierno en el que pasé del miedo al deseo, de la incertidumbre a saber, por fin, lo que era querer a alguien y que te quisieran sin condiciones.