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Relatos Ardientes

Mi mejor amigo me enseñó a besar antes de irse

Era el final del verano más raro de mi vida. No el primero, pero sí el último que pasaríamos los cinco juntos. Septiembre se acercaba con la insistencia de algo inevitable, y cada uno de nosotros tenía ya un billete con destino distinto: dos a Valencia, uno a Bilbao, otro a Edimburgo, y yo me quedaba en el mismo pueblo donde habíamos crecido. La universidad nos iba a separar como nos separan todas esas decisiones que parecen tuyas pero que en realidad las toman las notas y el dinero.

Por eso alquilamos la casa. Una casita modesta a las afueras, con piscina y barbacoa, lo bastante lejos para que nadie nos molestara y lo bastante cerca para volver caminando si algo salía mal. La idea era pasar tres días encerrados, beber, recordar y prometernos que nada iba a cambiar, aunque todos supiéramos que era mentira.

La primera noche en el chiringuito del pueblo nos cruzamos con un grupo de chicas. Estaban de viaje, sin plan, y aceptaron sumarse a la nuestra como si llevaran semanas esperando una invitación. A la mañana siguiente había parejas formadas, números intercambiados y cervezas a medio terminar por todos lados. Yo me había acostado solo, como siempre.

—¿Vas a venir esta noche? —me preguntó Iván, asomándose a la cocina con el pelo todavía mojado.

—No me apetece.

—Mateo, en serio. Si te quedas vas a darle vueltas a la cabeza toda la noche.

—Justo por eso quiero quedarme. Llevo todo el verano dándole vueltas. Una noche sin ruido no me viene mal.

Salieron a las nueve, perfumados y con la sonrisa de quien sabe que va a follar. Yo me quedé en bañador, con una toalla, dos cervezas y la piscina para mí solo. El cielo se ponía rosa y los grillos empezaban a desafinar.

Llevaba un rato flotando boca arriba cuando oí la puerta corredera.

—¿Qué haces ahí, alma en pena? —dijo Adrián, dejándose caer en la tumbona de al lado.

—¿Y tú qué haces aquí? Pensé que habías ido con ellos.

—He vuelto a por la cartera y ya no me apetecía volver a salir. Les he dicho que me dolía la cabeza. —Se quitó la camiseta y se tumbó—. Necesitaba algo más tranquilo, la verdad.

Adrián era el único del grupo con el que podía estar callado sin que el silencio pesara. Llevábamos siendo amigos desde los seis años, desde que su madre nos sentó a los dos en la misma mesa del comedor escolar porque ninguno tenía con quién comer. Quince años después seguíamos eligiendo la misma mesa.

Mi mano fue a su pelo casi por reflejo. Lo tenía rizado, castaño, suave, y desde la adolescencia había desarrollado la costumbre de pasar los dedos por entre los rizos cuando hablábamos. Él nunca se quejó. A veces incluso cerraba los ojos.

—Voy a echar de menos este pelo cuando te vayas —le dije.

—Te grabo un vídeo si quieres. Lavado, secado, sin filtro.

—Idiota.

—En serio, yo también os voy a echar de menos a todos. Por eso me hacía ilusión venir. Y ya ves, dos tetas pueden con un grupo entero.

—El camarero de la pizzería el año pasado pudo contigo en menos de media hora —solté, y él me miró con esa mezcla de fastidio y orgullo que se le ponía cuando alguien le recordaba sus aventuras.

—Cabrón, no se te escapa una.

Nos reímos. Me hizo cosquillas en las costillas, en ese punto que siempre supo que era mi perdición, y no paró hasta que le supliqué tres veces.

—¿Me vas a contar qué te pasa? —preguntó después—. Y no me digas que nada, que te conozco.

Me quedé mirando el reflejo de la luz en el agua. No sabía por dónde empezar, así que empecé por lo más fácil.

—Es que esto se acaba, Adrián. Sé que es la vida y todo eso, pero llevo semanas pensando que vosotros os vais a vivir cosas y yo me quedo aquí, en la misma habitación, con los mismos amigos del instituto que no se han ido a ningún lado.

—Yo vuelvo todos los fines de semana.

—Eso lo dices ahora.

—Eso lo digo y lo cumplo.

Le creí. Adrián era de los pocos a los que se les podía creer.

—No es solo eso —dije, y noté el calor en las orejas antes de que las palabras me salieran—. Pensaba que este verano iba a ser el verano. Que iba a perder la virginidad y dejar de mentir. Y ya ves cómo va.

Esperé la cara de sorpresa. No llegó.

—Ya lo sabía —dijo él, tranquilo, mirándome como quien anuncia que mañana va a llover.

—¿Cómo que lo sabías?

—Cuando contaste lo de Lucía, yo estaba en casa de Lucía esa tarde. Estudiábamos juntos selectividad. No pudiste estar con ella, porque ella estaba conmigo en la cocina copiando ejercicios de física.

Quise enterrarme en la tumbona.

—Te juro que ahora mismo me lanzo a la piscina con la ropa puesta.

—Tranquilo, no se lo dije a nadie. Pensé que si te habías inventado eso era porque lo necesitabas. Y aquí nadie va contando las cosas de los demás.

—Claro, porque acostarse conmigo es algo que hay que esconder.

Lo dije con un tono que no había planeado. Más amargo de lo que pretendía. Adrián se incorporó sobre el codo y me miró fijo.

—Eso no es lo que he dicho, Mateo. Ni de lejos.

—Ya, pero es lo que pasa. Llevo todo el verano entrándole a chicas y todas me miran como si fuera el primo torpe que sobra en la foto. Estás muy delgado, Mateo. Qué simpático eres, Mateo. Sabes lo que significa eso, ¿no?

—Significa que te has cruzado con tres personas que no te encajaban. Nada más. Yo he ido a una cafetería con un tío que me vio por la ventana, le bastó la cara y me mandó un mensaje desde el coche diciendo que mejor lo dejábamos. ¿Tú me ves a mí preguntándome si soy guapo?

—Tú sí eres guapo —dije sin pensar.

Lo solté como quien escupe una piedra. Él se rio, pero la risa duró menos de lo normal.

—Mírate al espejo de vez en cuando, Mateo. Eres alto, tienes los ojos negros, una sonrisa que te ilumina toda la cara y un cuerpo que no te regaló nadie. Si no estás follando es porque no te estás viendo bien.

Mis dedos seguían en su pelo. Habían bajado un poco, hasta la nuca, y ya no se movían con la naturalidad de antes. Estaba notando cada milímetro de piel. Él también, supongo, porque no apartó la cabeza.

—Tampoco he besado a nadie —dije en voz baja—. Por si te lo estabas preguntando.

—No me lo preguntaba, pero gracias por el dato.

—¿Y cómo se hace? Quiero decir, ¿cómo sabes cuándo besar a alguien sin que te mande a la mierda?

—Lo notas. La cara cambia, los hombros se relajan, no aparta la mirada. Solo tienes que acercarte despacio, para que pueda echarse atrás si no quiere.

Nuestras frentes estaban más cerca de lo que cualquier amigo de toda la vida tiene derecho a estar. La piscina seguía azul, los grillos seguían desafinando, y yo había dejado de respirar.

—¿Y si a quien quiero besar es a alguien que conozco desde los seis años?

Adrián no contestó. Sonrió, una sonrisa pequeña, casi imperceptible, y esperó.

Cerré los ojos. Acerqué la cara. Le rocé los labios apenas un segundo, lo justo para confirmar que no me apartaba. Cuando volví, ya estaba él esperándome con la boca abierta.

El primer beso fue torpe. El segundo, menos. El tercero ya tenía lengua, y para el cuarto no me acordaba de cómo se respiraba. Su mano me agarró la nuca y me empujó contra él con una autoridad que me derritió.

—Besas bien —murmuró separándose un momento, casi pidiendo permiso para sonrojarse.

—No quiero que esto se quede aquí —dije, y me sorprendió la firmeza con la que me salió—. Quiero seguir. Contigo.

Me senté a horcajadas sobre él. Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza, le mordí el labio inferior y volví a besarle con todo el atrevimiento que llevaba veintiún años escondiendo.

—¿Estás seguro? —pregunté.

—Lo único que tengo claro esta noche —contestó.

Me dio la vuelta con un movimiento rápido. Quedé yo de espaldas, sobre la toalla, y Adrián encima, besándome el cuello, lamiéndome la oreja, susurrándome cosas que ya no recuerdo entre palabra y palabra porque las palabras se me iban en cuanto me tocaba.

Bajó por el pecho. Las axilas, los pezones, el surco entre los abdominales. Mordía suave, lamía, soplaba. Cada vez que llegaba a un sitio nuevo me miraba a los ojos antes de seguir, como si estuviera pidiendo permiso sin pedirlo.

—Voy a hacerte pasar la mejor noche de tu vida —dijo cuando llegó a la cadera.

Le creí.

Me bajó el bañador con la ayuda de mi cadera levantada. Me la lamió entera antes de metérsela en la boca. Bajó hasta la base sin parpadear, y noté que la nariz se le hundía en mi vello. Me agarró las caderas y empezó a moverlas él, marcándome el ritmo. Yo lo seguí, agarrándole los rizos con las dos manos, sin guiar, solo sintiendo cómo subía y bajaba.

Llevábamos un buen rato cuando se separó para respirar. Me levantó las piernas, me apartó las nalgas con las dos manos y bajó la lengua a un sitio donde nadie había estado antes. Me arqueé sin querer. Empezó a mordisquear, a lamer, a meter la punta de la lengua, y yo solo pude soltar un «joder» entre dientes que sonó más a súplica que a sorpresa.

—Sigue, por favor, sigue así.

Siguió hasta que yo le pedí que parara, no porque no me gustara, sino porque quería devolvérselo. Lo tumbé. Le tiré del bañador. Tenía la polla durísima y un poco más gruesa de lo que me había imaginado las pocas veces que me había permitido imaginarla. Me la metí en la boca como pude. Le hice daño. Me pidió disculpas él, no yo, y me enseñó a abrir la garganta y a controlar el reflejo.

—Despacio. Saliva. Despacio.

Pillé el ritmo. Él dejó de hablar.

Cuando levanté la cabeza, lo tenía mirándome con una cara que no le había visto en quince años de amistad.

—¿Puedo? —pregunté, señalando con la barbilla la zona que llevaba un rato pensando.

—Es lo único que quiero ahora mismo.

Le abrí las piernas. Pegué la polla a la entrada, todavía mojada de mi saliva. Empujé un poco. Él me paró.

—Espera. No así. Te he enseñado yo cómo se prepara antes, ¿no te acuerdas?

Me acordé. Bajé la cabeza, le besé los muslos, le lamí los testículos —pesados, gruesos, perfectos— y subí lento hasta la entrada. Le imité lo que él me había hecho a mí, pero con la timidez del primer día. Metí la lengua, escupí, volví a meterla, metí un dedo, después otro. Él me iba indicando cuándo entrar más y cuándo aflojar.

—Ahora sí. Ven.

Volví a subir. Le besé. Apoyé la punta. Empujé despacio, esperando cada gesto suyo para avanzar un milímetro más. Cada vez que arrugaba la cara, paraba. Cada vez que asentía, seguía. Tardé una eternidad en estar dentro entero. Cuando lo estuve, nos miramos y los dos sonreímos a la vez, con esa cara de no creernos lo que estaba pasando.

Empecé a moverme. Suave primero. Más fuerte después. Adrián me agarró el culo con las dos manos y me pidió más, y yo le di más, sin pensar, sin contar, sin saber cuánto rato llevaba ya. La luna se reflejaba en la piscina y el único ruido eran nuestras respiraciones y el roce de la toalla contra el cemento.

—Hazlo dentro —me susurró en la oreja—. Esta noche soy tuyo.

No aguanté ni diez segundos más después de oír eso. Exploté con un gemido que me salió de algún sitio que no conocía, y noté cómo me vaciaba dentro de él con cada embestida final. Él se corrió un segundo después, sin tocarse, manchándome el estómago y el pecho.

Me dejé caer a su lado. Junté mi frente con la suya, como al principio, y le besé. Despacio. Sin prisa. Con la calma del que ya no tiene que demostrar nada.

—¿Y ahora qué? —pregunté después de un rato.

—Ahora me vienes a ver los fines de semana —contestó él—. Y yo vuelvo. Y vemos qué pasa.

—Trato hecho.

El verano se estaba acabando, sí. Pero esa noche, en aquella piscina, alguien me había enseñado que las despedidas también pueden empezar cosas.

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Comentarios (6)

MartinGBA

que buenisimo!!! me gusto mucho

SebaCba_ok

por favor continua la historia, me quede con muchas ganas de saber que paso despues de esa noche

Andrés_Nqn

me recordo a una despedida que tuve con un amigo hace años. Que rara es la vida a veces...

LecturaNocturna_V

increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo por aca

GaboLect

muy bien narrado, se nota que hay algo de real en esto. Me engancho desde el primer parrafo y no pude parar

Nubeluz

y despues se volvieron a ver? quede pensando en eso jaja

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