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Relatos Ardientes

El amo que me dejó la llave de mi jaula

Seguía de rodillas frente a Damián cuando entendí que aquella caja de metal pegada a mi cuerpo era mucho más que un capricho. Él me acariciaba el pelo despacio, como se acaricia a algo que ya se considera propio. Sentía el peso frío del acero apretándome la polla flácida dentro de la jaula, imposibilitado de crecer, de reaccionar como quería. Cada latido me la hinchaba contra el metal y me recordaba que ya no era mía.

—Esta jaula de castidad no es solo un símbolo de mi control —dijo, sin levantar la voz—. Es un recordatorio de que eres mío. Vas a mantenerte lejos de cualquier otro, porque quiero que sepas que para mí eres especial.

Sentí algo que mezclaba el miedo con una calma extraña. La idea de estar atado a él de esa manera me aterraba y, al mismo tiempo, me quitaba un peso de encima. ¿Es esto lo que de verdad quiero? Pero había en su mirada una seguridad que me hacía sentir resguardado.

—Si te portas bien, si me demuestras que lo mereces —continuó—, te dejaré libre.

Mientras hablaba, se abrió la bragueta con una calma insultante y sacó la polla dura, gruesa, con las venas marcadas. Me la puso a la altura de la cara, sin decir nada, solo mirándome desde arriba con esa media sonrisa suya. Yo entreabrí los labios por instinto, y él me pasó el glande caliente por la boca, marcándome los labios de líquido preseminal.

—Chúpala —ordenó—. Que quede claro a quién perteneces.

Abrí la boca y me hundió la polla despacio, hasta que el glande me tocó el paladar. Empecé a chuparle lento, envolviéndole la verga con la lengua, saboreando el gusto salado del semen que le brotaba de la punta. Él me agarró la nuca y empezó a moverme la cabeza a su ritmo, cogiéndome la boca como si fuera un coño más. Mi polla enjaulada latía dolorida, apretando contra el metal, sin poder crecer. Cada vez que él me follaba la garganta más profundo, yo me atragantaba, se me llenaban los ojos de lágrimas y él sonreía, satisfecho.

—Buen chico. Buen sumiso. Trágame entera.

Le mamé la polla durante minutos, hasta que se le puso más dura, más gruesa, y noté cómo se le tensaban los huevos. Con un gruñido ronco me sacó la verga de la boca, se agarró él mismo el pito y se corrió sobre mi cara. Los primeros chorros de semen espeso me cayeron en la mejilla, en la frente, en los labios; el resto me llenó la boca abierta. Me tragué todo lo que pude, obediente, con la lengua fuera esperando la última gota.

—Así me gusta —murmuró, limpiándome un hilo de corrida del mentón con el pulgar y metiéndomelo en la boca para que lo chupara—. Con mi lefa en la cara, de rodillas, y esa pollita tuya bien encerrada.

Esa promesa se me quedó pegada. Volver a tener el control sonaba tentador, pero el precio estaba claro: tendría que probar mi lealtad día tras día. Y con el sabor de su semen todavía en la garganta, la lealtad se sentía como la única opción posible.

Un rato después me llevó hasta mi casa. El trayecto fue silencioso, cargado de todo lo que no nos decíamos. Al llegar, se detuvo en el portal y sacó una llave pequeña del bolsillo.

—Quiero que entiendas una cosa —dijo, y me la tendió—. No voy a llamarte en una semana. Necesito que pienses qué significa ser mío y qué viene con eso.

Tomé la llave. Pesaba menos de lo que su gesto sugería, y aun así me temblaron los dedos al cerrarlos sobre ella. Tener la llave de mi propia liberación era reconfortante y aterrador a partes iguales.

—Cada mañana me vas a grabar un vídeo —añadió—. Me das los buenos días y me cuentas qué vas a hacer ese día. Es un ejercicio de compromiso. Una forma de seguir conectados aunque yo no esté.

Asentí. La sola idea de grabar esos vídeos me hacía sentir desnudo, como si cada palabra pudiera usarse después en mi contra.

—Recuerda: si me demuestras dedicación, la recompensa será grande —dijo, guiñándome un ojo. Su tono era juguetón, pero por debajo había una seriedad que no me atreví a ignorar.

Se inclinó y me dejó un beso suave en la frente, un gesto que contenía a la vez cariño y dominio. Luego se dio la vuelta y se marchó, dejándome solo con la llave en la mano y un nudo de emociones que no sabía nombrar.

***

Los días siguientes el peso de la jaula se volvió constante, un recordatorio físico de lo que había aceptado. Cada mañana, frente a la cámara del móvil, intentaba mostrarme tranquilo y seguro, pero cada frase salía cargada de sumisión y deseo. Me despertaba con la polla intentando empalmarse dentro del metal, apretada, dolorida, mojada de preseminal que la jaula no dejaba escapar. Grababa los vídeos con el culo todavía caliente por la excitación reprimida, pensando en su verga hundiéndome la boca.

La última mañana, después de grabar, llegó un mensaje suyo. La pantalla me iluminó la cara en la penumbra del cuarto: «Hoy quiero que hagas algo especial para mí. Espero que estés listo para demostrarme tu dedicación».

Una inquietud caliente me recorrió la espalda. Sabía que el día venía con más exigencia de lo habitual. Mientras me vestía, la ansiedad y la excitación se enredaban en el mismo punto del estómago.

A mediodía, otro mensaje: «Sal de casa y ve al parque del Retiro de tu barrio. Te espero».

Caminé hacia allí con el pulso disparado. La brisa me rozaba la cara, pero el nudo del estómago crecía con cada paso. Lo encontré sentado en un banco, con esa expresión que combinaba autoridad y diversión.

—Te estaba esperando —dijo, indicándome que me acercara—. ¿Listo para tu primer reto?

Asentí, con el corazón golpeándome el pecho.

—Quítate los zapatos y camina descalzo sobre la hierba —su voz era suave, pero firme—. Esto es solo el principio.

Obedecí. Cada paso sobre el suelo fresco me recordaba lo vulnerable que estaba y, a la vez, lo mucho que me excitaba ceder a su voluntad. Notaba las miradas curiosas de la gente que pasaba, y dentro de mí florecía una mezcla rara de vergüenza y orgullo.

—Ahora arrodíllate —dijo—. Tómalo como un acto de entrega.

Me agaché. No fue la humedad de la hierba lo que me hizo estremecer, sino el dominio en su mirada.

—Perfecto. —Se inclinó hasta dejar su cara a pocos centímetros de la mía—. Mientras estás ahí, dime cuánto te gusta ser mío.

Las palabras salieron casi sin pensarlas.

—Me gusta ser tuyo. Me siento vivo cuando estoy bajo tu control.

Sonrió, claramente satisfecho.

—Me alegra oírlo. Pero recuerda: ser mío no es cuestión de palabras, es cuestión de actos.

Sacó del bolsillo una venda negra.

—Esta es tu siguiente tarea. Tápate los ojos. Solo así vas a entender qué significa de verdad entregarte a mí.

La idea de quedarme a ciegas me llenó de anticipación y de temor. Me ajusté la venda y el mundo se apagó de golpe.

—Escucha —su voz resonaba en la oscuridad—. Lo que hagas en los próximos minutos define tu día. Si te muestras sumiso y obediente, habrá recompensa. Si no, habrá consecuencias.

El corazón me latía con fuerza mientras esperaba, completamente a su merced. Cada sonido se amplificaba: el roce de la brisa, los pájaros, los pasos de otros en el parque. ¿Qué estará planeando?

De pronto sentí su mano en mi pelo, tirando suave para obligarme a levantar la cara.

—Buen chico —murmuró, antes de rozarme la mejilla—. Pero también quiero que entiendas que estoy aquí para probarte. A veces eso significa incomodarte.

Su mano bajó por mi cuello y me arrancó un escalofrío. Estar vendado, sin saber qué venía después, me hacía sentir más expuesto que nunca. Entonces oí el sonido inconfundible de una bragueta bajando. Me pasó la polla dura por los labios cerrados, restregándome el glande caliente por la boca, por la mejilla, por la nariz, marcándome la cara con su olor a macho.

—Abre —susurró—. Aquí, en medio del parque, con la gente pasando. Con los ojos tapados, sin poder ver quién te está mirando.

Abrí la boca y me metió la verga entera de una sola embestida. Sentí el glande empujarme el fondo de la garganta y me atraganté, pero él no aflojó. Me agarró la nuca con las dos manos y empezó a follarme la boca despacio, saboreando cada empujón. Yo estaba de rodillas, ciego, mamándole la polla al aire libre, y la humillación mezclada con la excitación me tenía la cabeza dando vueltas. La jaula me apretaba la polla desesperada, chorreando líquido que no podía salir. Le chupaba con hambre, envolviéndole la verga con la lengua, tragando el preseminal que no paraba de brotarle.

—Eso es. Traga como el sumiso que eres —jadeaba él—. Mírate, arrodillado en la hierba con mi verga hasta la garganta. Cualquiera podría estar viéndote.

Aceleró el ritmo, cogiéndome la boca cada vez más fuerte, con los huevos golpeándome la barbilla. Se me llenaron los ojos de lágrimas bajo la venda, la baba me chorreaba por el mentón, y yo seguía chupando, tragando, gimiendo con la boca llena. Cuando notó que se venía, me hundió la polla hasta el fondo y se corrió dentro de mi garganta. Sentí los chorros calientes de semen bajándome por dentro, disparo tras disparo, y me obligó a tragar cada gota sin sacarla.

—Dime una cosa: ¿qué harías si yo no estuviera aquí para guiarte? —preguntó, sacando la verga despacio, todavía dura, y pasándomela por los labios para que la limpiara con la lengua.

—Me perdería —respondí con sinceridad, la voz temblorosa y ronca, con sabor a corrida en la boca.

—Exacto. Por eso estoy aquí. Para recordarte que en este camino el control lo tengo yo.

Cuando me quitó la venda y abrí los ojos, su expresión era de pura satisfacción. Tenía la comisura de los labios manchada con su propio semen que se me había escapado, y él me lo recogió con el pulgar para meterlo otra vez en mi boca.

—Has pasado la primera prueba —dijo—. Pero esto es solo el comienzo.

Me dio permiso para quitarme la jaula unos días y seguir con mis estudios. Me citó en su casa al cabo de diez días.

***

Cuando llegué, la atmósfera era distinta. Sonaba música baja y olía a comida recién hecha. Damián me recibió con una sonrisa amable que escondía un matiz de mando.

—Esta noche quiero que conozcas a mis amigos —dijo, en un tono que no admitía discusión.

La idea me llenó de nervios. ¿Qué pensarían de mí? Todavía no estaba acostumbrado a nuestra dinámica, y la posibilidad de ser examinado por ellos me daba pánico.

—No te preocupes, solo sé tú mismo —me aseguró, aunque «ser yo mismo» bajo su control significaba otra cosa—. Compórtate bien. Recuerda que eres mío.

En el salón había cuatro hombres riendo y bromeando. Al verme, todas las miradas se posaron sobre mí.

—Chicos, este es mi nuevo amigo —dijo él, como quien enseña un trofeo—. Es muy especial para mí.

Uno de ellos me miró de arriba abajo con una sonrisa burlona.

—Así que tú eres el afortunado. Espero que sepas cómo tenerlo contento.

Las risas llenaron la habitación y yo me sonrojé hasta las orejas. Disfrutaban con mi incomodidad. Me sentía pequeño, examinado como una pieza nueva.

—Tranquilos, lo tengo bien controlado —respondió Damián, apoyando la mano en mi espalda—. Solo tiene que demostrar que merece estar aquí.

La velada avanzó entre preguntas y miradas. En un momento, él señaló una silla colocada en el centro del salón, como un pequeño escenario.

—Siéntate ahí —ordenó—. Y cuéntales a todos por qué eres especial para mí.

Se me revolvió el estómago. Me senté, con todos los ojos clavados en mí, y tomé aire.

—Él… él me ha enseñado mucho sobre mí mismo —las palabras salían torpes, y yo veía las sonrisas burlonas—. Me hace sentir seguro, aunque a veces me sienta… pequeño.

—¿Pequeño? ¡Qué adorable! —soltó el más cercano, y la sala estalló en carcajadas.

Esa risa retumbó como un eco de mi humillación. En el fondo sabía que todo era parte de un juego que él controlaba. Sus ojos brillaban de placer al verme incómodo, y aun así había en ellos algo parecido al orgullo.

—Exacto —dijo, acercándose a acariciarme la cabeza—. Así es como quiero que te sientas, pequeño. A veces está bien ser vulnerable. De hecho —añadió, girándose hacia los otros—, ¿por qué no les enseñas lo bien entrenada que tienes la boca?

El estómago se me cayó al suelo. Damián se abrió la bragueta ahí mismo, delante de todos, y sacó la polla ya medio dura. Me la puso contra los labios, sin preguntar, mientras los otros cuatro se acomodaban en el sofá para mirar como quien ve un espectáculo.

—Vamos, sumiso. Enséñales cómo se hace.

Abrí la boca y le empecé a chupar la polla delante de sus amigos. Sentía las cinco miradas clavadas, las risas ahogadas, algún comentario en voz baja sobre lo bien que se me daba tragar. Le mamaba la verga con la cara ardiendo de vergüenza, envolviéndole el glande con la lengua, sacando la polla para lamerle los huevos y volviéndola a meter hasta el fondo. La humillación me tenía la polla dura como una piedra dentro del pantalón.

—Mira cómo se le pone —comentó uno—. Le encanta que lo estemos mirando.

—Al pequeño le va ser el centro de atención —se burló otro.

Damián me agarró del pelo y me empezó a follar la boca con fuerza, presumiendo de mí, marcándome el ritmo con las caderas. Yo babeaba, con hilos de saliva chorreándome por la barbilla hasta la camisa, atragantándome con cada embestida. Los amigos se reían y aplaudían despacio, como si estuvieran evaluándome.

—Trágame, sumiso —gruñó él, y se corrió dentro de mi boca de nuevo, con todos mirando.

Cerré los ojos y me tragué su semen mientras oía las carcajadas alrededor. Un chorro se me escapó por la comisura y él me lo recogió con dos dedos y me lo dio de comer, para que sus amigos lo vieran bien.

—Este es mío —dijo Damián, con una sonrisa de triunfo—. Y hace lo que yo le diga, cuando yo le diga.

Terminé la noche humillado y expuesto, pero también con la certeza de que había dado otro paso. Su control sobre mí había crecido, y yo había aceptado mi papel sin oponer demasiada resistencia.

***

Al día siguiente fui a su casa decidido a hablar. Necesitaba poner sobre la mesa lo que sentía, aunque eso me dejara otra vez al descubierto. Lo encontré en el salón, mirando el móvil.

—Oye, ¿podemos hablar un momento? —dije, tomando aire.

—Claro. ¿Qué pasa?

—Sobre lo de anoche… Creo que deberías haberme consultado antes de soltar ese anuncio. No estoy seguro de estar listo para ser tu asistente y mudarme aquí.

Su cara cambió al instante. La calma se evaporó y una sombra de enfado le cruzó los ojos.

—¿Consultarte? —replicó, con el tono endurecido—. ¿Crees que hay que consultarte cada decisión? El que manda en esta relación soy yo.

Su mirada se volvió más intensa y un escalofrío me recorrió la espalda. Había algo en su presencia que imponía respeto y sumisión. Aun así, insistí.

—Entiendo que quieres lo mejor para los dos, pero esto es un cambio enorme.

—No hay nada que discutir. Ya he tomado las decisiones que hacían falta. —Su voz se cerró como una puerta—. De hecho, ya he puesto tu piso en venta.

El corazón se me paró un segundo.

—¿Qué? ¿Ya tienes comprador?

—Hay alguien interesado. Solo falta firmar —dijo, sin perder la compostura.

Sentí que el suelo se movía. Perder mi casa me aterraba y, sin embargo, algo en mí se sentía atraído por la magnitud de su control.

—No puedo simplemente… mudarme y dejarlo todo atrás.

—No estás aquí para cuestionar mis decisiones. Estás aquí para aceptar lo que viene —contestó, y debajo de la firmeza había una mezcla de seguridad y protección que, contradictoriamente, me tranquilizaba—. Recuerda: estás destinado a ser mi asistente y a vivir bajo mi techo.

Se levantó y me agarró de la nuca antes de que yo pudiera responder. Me llevó al dormitorio empujándome con firmeza y me tiró de bruces sobre la cama.

—Baja los pantalones. Enséñame ese culo.

Obedecí, temblando. Me bajé el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas, y quedé con el culo al aire, la cara hundida en el edredón. Sentí sus manos abriéndome las nalgas, examinándome el agujero como si fuera un objeto de su propiedad.

—Este culo es mío —dijo, y me escupió sobre el ojete—. No hay discusión posible.

Oí la bragueta abrirse. Me pasó el glande gordo por la raja, restregándomelo por el agujero, mojándomelo con más saliva. Yo apretaba las sábanas con los puños, con la polla latiéndome dura contra el colchón.

—Relájate. Voy a recordarte a quién perteneces.

Me metió la verga de un solo empujón lento pero implacable. Grité contra la almohada; el ardor me subió por la espalda hasta el cuello. Sentí cómo su polla me abría entero, hundiéndose hasta el fondo, hasta que noté los huevos golpearme el culo. Se quedó ahí un segundo, dejándome sentir cada centímetro dentro de mí.

—¿Lo sientes? Esto es lo que significa ser mío.

Y empezó a follarme. Sin ternura, sin pausas. Me cogía del culo con las dos manos, agarrándome las nalgas, y me embestía duro, meciendo la cama con cada golpe de caderas. Yo gemía contra el edredón, con la polla goteando entre mi vientre y el colchón, mientras él me destrozaba el culo a base de vergazos.

—Di que eres mío. Dilo mientras te follo.

—Soy tuyo… soy tuyo, Damián —gemía yo, con la voz rota—, fóllame, soy tuyo.

Me cambió de postura sin sacarla del todo, poniéndome a cuatro patas. Me agarró del pelo tirándome la cabeza para atrás y siguió embistiéndome, más fuerte, más profundo. La polla se me sacudía entre las piernas al ritmo de sus golpes, chorreando líquido preseminal sobre las sábanas. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenaba la habitación.

—Te voy a llenar. Te voy a marcar por dentro —jadeaba, con los dedos clavados en mis caderas—. Para que no te olvides quién manda.

Me embistió media docena de veces más, con toda la fuerza, y se corrió dentro de mí con un gruñido largo. Sentí los chorros calientes de semen inundándome el culo, disparo tras disparo, mientras él me apretaba contra su vientre para no dejar escapar ni una gota. Se quedó dentro de mí varios segundos, respirando pesado, con la polla latiendo todavía. Cuando por fin salió, sentí cómo su corrida me empezaba a chorrear por los muslos.

—No te limpies. Quiero que te quedes así, con mi semen dentro. Para que cuando pienses en cuestionar mis decisiones, te acuerdes de esto.

***

Días después, sentado frente a él en su sillón, recibí la explicación que lo cambiaba todo.

—Quiero que entiendas una cosa —empezó, con los brazos cruzados—. Cuando te conocí, lo que menos me importó fue tu coche o tu dinero. De eso yo ya tengo de sobra.

El corazón se me aceleró.

—Lo que vi fue tu faceta sumisa —continuó, sin soltarme la mirada—. Desde el primer momento supe que te quería como mi sumiso. Tu entrega es lo que me atrajo.

Esa revelación me dejó aturdido. Siempre había creído que lo había llamado otra cosa de mí, y escuchar que era mi sumisión la clave me dejó todavía más expuesto.

—Ahora —dijo— te doy quince días para dejar los estudios y mudarte aquí. No traigas ropa. Yo me encargo de comprar todo lo que necesites.

—Pero… —intenté protestar, y él levantó una mano.

—No hay peros. Esto es parte de ser mi sumiso. Tienes que aprender a soltar lo que creías importante. Tu vida ahora gira en torno a mí. Confía: te prometo que será una experiencia que te llenará. Yo te doy lo que necesitas y, a cambio, te entregas por completo.

Sentí confusión, deseo y un rayo débil de resistencia luchando por salir. Pero también reconocí que había algo seductor en la idea de ser del todo suyo, en dejar de cargar con mis decisiones.

—Tienes quince días —repitió, reafirmando su autoridad—. Prepárate para ser mío, completamente.

***

La mañana de la mudanza desperté en una habitación lujosa y minimalista, en tonos suaves, con muebles de diseño. Al abrir el armario me encontré una selección de trajes impecables, todos de marcas caras. Ninguna prenda era mía. No había elegido ni un solo botón, y eso me hacía sentir como un niño al que visten para una ocasión especial.

Me miré en el espejo de cuerpo entero, vestido con un conjunto que él había escogido. Cada costura me recordaba la vida que había dejado atrás. En el suelo, unos zapatos de charol perfectamente pulidos esperaban; no eran solo zapatos, eran una declaración de quién debía ser a partir de entonces.

Damián entró con un traje que destilaba poder. Me recorrió de arriba abajo y sonrió.

—Te ves… adecuado —dijo, como quien aprueba su propio trabajo.

—Gracias —respondí, con la voz pequeña.

Me condujo a su oficina. El espacio era amplio, ordenado, con ese aire de competencia constante. Me presentó a sus compañeros con una seguridad que a mí me golpeaba el ego.

—Chicos, este es mi nuevo asistente —anunció, recalcando lo de «nuevo»—. A partir de ahora es mi mano derecha. Enseñadle todo lo que necesita saber. Y si veis que no hace bien su trabajo, no dudéis en recordarle su lugar.

Algunas risas nerviosas recorrieron la sala. Esa broma ligera caló hondo. Me sentí como el estudiante nuevo presentado ante la clase, con todos los ojos puestos en mí y la mezcla de humillación y deseo cada vez más intensa.

Cuando terminaron las presentaciones, se acercó con una sonrisa cómplice.

—Por cierto, en diez días nos vamos a un resort en la costa de Marbella. Será tu oportunidad para relajarte y acostumbrarte a tu nuevo papel. Prepárate, porque allí las cosas serán distintas.

Se me cayó el estómago y se me abrieron los ojos a la vez. ¿Un escape o un nivel más de control? Dentro de mí, una pequeña chispa de rebeldía seguía ardiendo, desafiando toda lógica.

Esa misma noche, en su despacho, me llamó tarde. Lo encontré sentado detrás del escritorio, sin camisa, con la polla ya fuera y dura en la mano.

—Ven aquí. De rodillas, debajo de la mesa. Vas a chuparme mientras reviso los papeles del viaje.

Me metí bajo el escritorio y me arrodillé entre sus piernas. Le agarré la verga con la mano, gruesa y caliente, y me la metí en la boca. Empecé a chupársela despacio, con la lengua rodeándole el glande, mientras él, arriba, seguía leyendo con calma, como si no estuviera pasando nada. De vez en cuando me apretaba la nuca con la mano y me obligaba a tragarle la polla hasta el fondo. Yo le mamaba durante lo que parecieron horas, con la mandíbula dolorida, con la baba chorreándome, tragando cada gota de preseminal que le brotaba.

—Sigue. No pares hasta que yo te diga.

Cuando por fin se corrió, se derramó dentro de mi boca sin dejar de leer los documentos. Me tragué su semen sin protestar, con la garganta ardiendo, y le limpié la polla con la lengua hasta dejársela impecable.

—Buen sumiso —dijo, sin levantar la vista—. Ahora vete a la cama. Mañana empezamos temprano.

***

La noche decisiva llegó pronto. El salón estaba en penumbra, iluminado apenas por una lámpara que recortaba su figura imponente. Damián miraba por la ventana.

—Quiero que sepas que esta noche lo va a definir todo —dijo, volviéndose hacia mí.

Me senté frente a él con el corazón en la garganta.

—He dejado un cheque de ochenta mil euros sobre la mesa —continuó, señalando el mueble. Era una cifra monumental, un nuevo comienzo—. Tienes la opción de tomarlo o no.

Ese papel era mucho más que dinero: era una puerta abierta a otra vida. Pero aceptarlo significaba cerrar la nuestra de golpe.

—Si tomas el dinero —prosiguió, con la voz más grave—, se acaba nuestra relación. No hay vuelta atrás. Si decides no hacerlo, firmo la venta de tu piso esta misma noche, invierto ese dinero a largo plazo a tu nombre y mañana a mediodía te espero en el aeropuerto. Sin maletas. Sin nada.

Me quedé en silencio, sintiendo el peso de cada palabra. Dejar atrás mi vida me abrumaba, pero algo en mí quería asomarse a lo desconocido.

—Esto será un antes y un después —añadió, como si me leyera la mente—. El viaje que te espera no es un destino, es una transformación.

Su mirada me atravesaba como si me escudriñara por dentro. Comprendí que la decisión no iba del dinero ni de la relación: iba de quién quería ser. Aceptar el cheque era recuperar mi independencia y quedarme con un vacío que ya intuía. Rechazarlo era entregarme entero, con todo el miedo y toda la libertad rara que eso implicaba.

Él me tendió la mano, invitándome a dar el paso.

—La elección es tuya. Piensa bien qué deseas de verdad —dijo, y en su voz, por primera vez, había un eco de comprensión.

El cheque seguía sobre la mesa. La noche se deslizaba despacio hacia el amanecer. Y en esa habitación a oscuras, con el corazón y la cabeza tirando cada uno hacia un lado, supe que cualquier cosa que eligiera sellaría mi destino de una forma que jamás habría imaginado.

Cerré los dedos. La decisión estaba tomada.

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Comentarios(9)

ElDominador88

Que relato tan bien escrito, me atrapo desde la primera linea. Gracias por compartirlo

ValentinaCordoba

necesito una segunda parte!!! me quede con muchisimas ganas de saber como sigue todo esto

NightReader33

increible como lograste transmitir esa sensacion de entrega total. se siente autentico, no forzado

marcos_narrador

buenisimo!!

MarisolMDZ

Me recordo mucho a una dinamica que una amiga me conto hace tiempo. Ella intento explicarme y yo no entendia nada, pero leyendo esto lo entendi perfectamente. Es otro nivel de confianza

BrunoLector

De lo mejor que lei en esta categoria en mucho tiempo. Sigue asi

Roxana_B

La imagen del parque al comienzo es potente, te mete directo en la historia sin rodeos. Muy buen comienzo

LectorBA22

se hizo corto jajaj, quero mas!!

Tucuman78

Tremendo relato. La psicologia del personaje esta muy bien trabajada, no es tipico

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